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HAN PASADO NADA MENOS QUE 26 AÑOS DESDE LA PUBLICACIÓN ORIGINAL DE "REBAÑO CIEGO" ("THE SHEEP LOOK UP") DE JOHN BRUNNER. SI NO LO SUPIÉRAMOS DE ANTEMANO, PODRÍAMOS PENSAR QUE SE FINALIZÓ HACE UN PAR DE MESES Y QUE SE REFIERE A ACONTECIMIENTOS INMINENTES.
Muy a menudo se suele hablar de la capacidad profética de la ciencia ficción, casi siempre dándonos (como seguidores de la misma) ciertos aires de superioridad intelectual. Lo cierto es que como augures los escritores de ciencia ficción suelen ser una panda de ineptos. Sí, de vez en cuando la clavan... en un aspecto o dos de una novela de quinientas páginas, pero en general los vaticinios no dejan de ser especulaciones alocadas que en no pocas ocasiones quedan anticuadas apenas han salido de imprenta.
Tampoco es que esto importe demasiado. La ciencia ficción cumple en general dos funciones: la primera, deparar simple (que no es poco) entretenimiento; la segunda, proporcionarnos una lupa para estudiar nuestro propio tiempo y nuestra propia sociedad, nuestros miedos y nuestras esperanzas, la forma en que nos enfrentamos al cambio de paradigmas; a menudo tecnológicos aunque también sociales. En definitiva, la ciencia ficción suele hablar del presente, proyectándolo hacia el futuro. No es de extrañar, pues, que pocas veces acierte; no es lo que pretende.
Por eso mismo, cuando te tropiezas con una profecía estremecedoramente atinada, no puedes evitar que un escalofrío te recorra el espinazo, sobre todo cuando pinta una realidad tan negra como “Rebaño ciego”. En una reciente entrevista, William Gibson afirmaba que nadie, con la sola excepción de John Brunner en esta novela, había conseguido plasmar nada que fuera remotamente parecido a nuestro mundo actual. Yo no me atrevería a ser tan categórico, pero desde luego, leyendo esta novela, tienes la impresión de que el autor consiguió de algún modo asomarse por una ventana al futuro y, al no gustarle lo visto, decidió dejarnos una advertencia, que ha sido escuchada... hasta cierto punto.
En la novela, nos encontramos con unos EE.UU. de un futuro impreciso (que ya sería nuestro pasado) en los que la degradación medioambiental ha alcanzado las más altas cotas imaginables. La polución ha convertido el aire en irrespirable en muchas ciudades, obligando al uso de máscaras para salir a la calle; los acuíferos están tan contaminados que utilizar el agua del grifo supone un grave riesgo para la salud, y ni hablar de bañarse en ese vertedero en que se ha convertido el mar (el Mediterráneo, directamente, es un cuenca muerta); las epidemias y plagas, resistentes a antibióticos y pesticidas, atacan con mayor virulencia que nunca; y los políticos, como siempre, sólo se preocupan porque las empresas no vean reducidos sus márgenes de beneficios. ¿Un poco catastrofista? No, ni mucho menos.
En 1972 parecía realmente que los ríos y la atmósfera estaban dirigiéndose hacia este destino y si se han salvado ha sido precisamente gracias a los movimientos ecologistas que avisaron del peligro y lograron que se legislara en consecuencia, pero eso no significa gran cosa. Por aquel entonces, aunque se conocía la existencia de la disminución de la capa de ozono en los polos (desde 1960) no se sabía que los clorofluorocarbonos de origen humano tenían buena parte de culpa en este proceso (lo cual se supo a mediados de los 70) y aún no se había llegado hasta el punto de formarse el famoso agujero (descrito por primera vez en 1985). Y qué decir del cambio climático. Brunner lo menciona de pasada en su novela, pero seguro que era incapaz de imaginar hasta qué punto puede llegar a ser responsabilidad humana, tal y como ha quedado zanjado de una vez por todas en la 27ª reunión del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático del año pasado en Valencia (hasta EE.UU. ha firmado la conclusión de que existe un cambio climático y de que el hombre es responsable de él... con una certeza del 95%). Del mismo modo, Brunner hace referencia a la expansión de las enfermedades de transmisión sexual, en especial de una gonorrea resistente a los tratamientos antibióticos. Faltaban nueve años para que se describiera el primer caso de SIDA, que en la actualidad, estando más o menos controlado en los países en desarrollo, constituye una espada de Damocles colgando sobre la población (y por tanto la economía) de los países del África subsahariana y del sudeste asiático (en algunos casos extremos, hasta el 25% de la población está infectada). Pero no hay nadie a salvo. Quizás la próxima “gripe del pollo” alcance los niveles de la epidemia de gripe española de 1918, que mató entre el 2,5 y el 5% de la humanidad (50-100 millones de personas), afectando de un modo u otro al 20% de la población mundial. ¿Qué ocurriría hoy en día con la posibilidad de infecciones secundarias con resistencia incrementada por décadas de mal uso de los antibióticos? Y, para terminar con este breve repaso, hace poco saltó a las noticias la existencia de una mancha de plásticos del tamaño de Rusia (o el doble de Europa) que flota en el océano Pacífico a capricho de las mareas, constituyendo el mayor vertedero mundial. En visto de todo esto, si de algo podría haberse criticado a Brunner era de haber sido demasiado optimista, al calibrar la cantidad de daño que los ecosistemas podían soportar sin derrumbarse.
Otro aspecto que cabe resaltar en la novela es su extrema crudeza a la hora de plantear una situación sin salida aparente, que va degradándose cada vez más a instancias de un comportamiento y unos intereses que nos son de lo más reconocibles. Ceguera, sin duda; y hoy en día no podemos presumir mucho, pues lo único que hemos logrado es entreabrir los párpados, pero mirando casi siempre para otro lado. A menudo se etiqueta “Rebaño ciego” como una obra distópica. Me temo que tengo que estar en desacuerdo. Las distopías nos muestras sociedades imperfectas (aborrecibles incluso), pero estables. En la obra de Brunner no hay estabilidad. Asistimos a una caída incontrolada, a un derrumbe progresivo del que nadie es culpable por entero y nadie el salvador perfecto (aunque haya protagonistas que se decanten en mayor medida por uno u otro arquetipo). Si alguna etiqueta puede aplicársele es la de apocalíptica. Sin héroes (Austin Train es lo más cercano, aunque su reticencia a encabezar la desorganizada reacción popular es uno de los principales ingredientes de la catástrofe), sin villanos (ninguno de los personajes que llegamos a conocer en cierta profundidad carece de un poso de buenas intenciones), sin momentos cruciales donde algo hubiera podido hacerse para cambiar el destino; sólo un entramado de personas, situaciones, accidentes, ceguera, violencia, intereses, supervivencia, tragedias y pequeñas alegrías que nos conducen, inexorables, hacia la ¿inevitable? conclusión.
Una novela, en suma, que, por desgracia, no ha perdido un ápice de actualidad en un cuarto de siglo. Una grandísima obra literaria, además, que supone una lectura fascinante y aterradora. ¿Estaremos a tiempo de cambiar? ¿O quizás dentro de otros veinticinco años habremos alcanzado por fin el destino que nos augura? Muchos de nosotros seguiremos por aquí para comprobarlo... más nos vale ir tomando cartas en el asunto, pues quizás no exista otro aplazamiento.
“Rebaño ciego” ha sido reeditado recientemente por Grupo Editorial AJEC en su colección Albemuth Internacional. Aprovechad y haceros con él (y, ya que estáis aguzad la vista por si aún podéis pillar “Todos sobre Zanzíbar”, otra gran novela sobre la sobrepoblación, premio Hugo en 1969), no lo lamentaréis (leerlo... quizás sí abrir los ojos, pero no somos ovejas, ¿verdad?).
Firma: Sergio Mars
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