
Santyago Moro nos presenta un relato de tintes judiciales muy “especiales”. Ironía y sentido del humor de este autor que está despegando con fuerza con sus autoediciones.
POLÍTICA DE REINSERCIÓN
Santyago Moro
-Se declara abierta la vista del procedimiento número…
No presté atención a la retahíla de dígitos que recitaba la monótona voz, probablemente generada por el propio computador legal que verificaría el juicio.
-Bien –intervino el juez, reclamando la atención del público presente-. Entiendo que al acusado se le han realizado las pruebas de identificación pertinentes y que éstas han sido positivas.
-Sí, venerable –confirmó la misma aburrida voz del computador.
-¿Conoce el acusado los cargos que pesan contra él? –preguntó taladrándome con sus ojos compuestos.
-Los conozco, pero no los comprendo.
El dolor de la descarga, aplicada justamente en mi aparato reproductor principal, situado en mi cuello, me indicó de una forma bastante desagradable que la máquina que controlaba ese juzgado era de una serie de las denominadas “duras” y no iba a consentir ni tan siquiera la más mínima ironía. Me hice el firme propósito de procurar no comprobar qué ocurriría si me dirigía de forma ofensiva al juez.
-Lo siento, venerable –me excusé-. Lamento que mi afirmación haya parecido un sarcasmo. Lo cierto es que pretendía únicamente subrayar mi inocencia.
Esperé la nueva descarga… Nada. Por suerte, mi explicación había resultado convincente.
Echaba de menos el implante de reconocimiento multirracial, que era uno de tantos útiles que me habían confiscado tras la detención. Con él, habría podido obtener información sobre el significado de los gestos del juez, que no paraba de mover sus antenas y miembros superiores.
-De acuerdo –dijo al fin-. Pero en lo sucesivo, procure dirigirse a mí teniendo en cuenta estrecho margen de tolerancia que el computador legal de esta sala admite a la hora de que un acusado me hable. Una vez reconocidos los cargos, procedo a autorizar la fase de diálogo bajo la supervisión de sensores cerebrales y detectores de veracidad de las declaraciones.
«El acusado, Alegt, funcionario del Departamento de Justicia de este sector, ocupando el cargo de ejecutor de penas alternativas, se declara inocente de los cargos que se le imputan.
-Así es, venerable.
-… A pesar de que reconoce que ha cometido irregularidades en el seguimiento de al menos diez casos que pertenecían a su propio plan de rehabilitación de delincuentes interplanetarios, ¿no es así?
-No exactamente, venerable –hice una pausa para encontrar las palabras adecuadas y evitar otro castigo físico del puntilloso computador legal que me había tocado en suerte-. En realidad, mi única discrepancia con lo que acaba de decir es que, según mi opinión, el seguimiento no le correspondía a mi grupo, sino que tenía que haberse llevado a cabo de forma rutinaria por algún equipo del Departamento de Vigilancia de Condenas.
-¿Aunque su método se encontrase todavía en fase experimental?
-No se me comunicó lo contrario… ¡Ay!
Como se produjeran más descargas –esta vez por haber detectado una mentira-, el maldito cacharro terminaría por esterilizarme, aunque, quizás, aquello ya no tuviera importancia si era declarado culpable.
-De acuerdo, de acuerdo –me apresuré a decir-. De todas formas, en mi expediente constan los protocolos aplicados…
-Que coinciden exactamente con los que habría seguido el Departamento de Vigilancia de Condenas –me interrumpió el juez-. ¿Para qué cree que se recomienda la supervisión de un nuevo método de reinserción a quién lo ha diseñado? ¡Para hacer lo establecido en los procedimientos de rutina no se echaría mano de funcionarios de nivel superior como usted!
Durante algunas unidades de tiempo, el maldito juez estuvo soltando palabras incomprensibles en su propio idioma. Con toda seguridad, se trataban de insultos hacia mí y la reina de la colmena en la que había nacido. A ninguno de aquellos relamidos jueces de Vega le gustaba tener que juzgar a un funcionario del Departamento de Justicia; tanto como si yo salía absuelto como si no, su imagen no se vería precisamente beneficiada.
-Por la información que se me ha implantado en el cerebro –prosiguió algo más calmado-, su método consistía en manipular genéticamente al condenado, reprimir las tendencias que le habían llevado a cometer el delito y reinsertarlo en sociedades primitivas, en su caso concreto, en el tercer planeta de la estrella 45MG, al que sus habitantes llaman Tierra.
-Así es, señor. Es una forma simple de explicar mi método… ¡Ay!
El pedazo de chatarra acababa de considerar que mi intención era hacer de menos al juez.
-En ese sentido –continué, sintiendo que el computador no estuviera cerca para poder cogerle con una de mis pinzas-, me atrevo a decir que se cumplían todas las normas relativas a penas de reinserción: el condenado era consciente de su identidad, se veía privado de la tecnología de la que dependemos y la duración de la condena dependía de su comportamiento en el mundo al que era destinado.
-Pero, no contó con que pudieran sentirse a gusto en ese planeta y, además de dejarse contagiar por los valores de esa sociedad primitiva, concluyesen que los delitos cometidos allí no entraban dentro de nuestra jurisdicción y que podían comportarse como les viniera en gana si preferían no regresar.
«Si se hubieran limitado a atiborrarse de esas substancias que usan para nublar su mente, o dedicado a copular como locos con los desagradables individuos de la especie del planeta, la cosa no habría tenido demasiada importancia. Lograr una posición privilegiada en su primitiva sociedad o cualquier forma de obtención de placeres, tampoco. Sin embargo, parece ser que los reos presentan nada más integrarse en esa sociedad una tendencia hacia el homicidio indiscriminado imparable y que debía de haberse detectado de inmediato.
-Venerable; no son más que un puñado de seres poco más evolucionados que el resto de los animales de su mundo –protesté- ¿Qué importancia tiene si los condenados cometían algún que otro crimen a consecuencia de la inestabilidad del cambio morfológico y psíquico que su ponía el programa de reinserción.
-¡No le consiento que se permita valorar una sociedad que está siendo observada! –por supuesto, al instante sentí la descarga correspondiente por haber disgustado al juez- ¿Sabe los problemas que en el futuro puede ocasionarnos su actitud indolente? Los terrestres, aunque todavía vivan en un lamentable atraso, evolucionan rápido, y en unos cientos de ciclos podrían llegar a solicitar su incorporación a la Federación Estelar. ¿Cómo les explicaríamos entonces que algunas de las más oscuras páginas de su historia se debieron a que su mundo se utilizó para reinsertar a delincuentes cuya evolución allí no fue seguida con la debida escrupulosidad?
-Quizás –me atreví a observar esperando que el borrado de expedientes hubiera sido completo-, el daño no haya sido tan grave.
Me supe perdido cuando, en una de las pinzas superiores del juez, apareció una lámina de energía de color púrpura: el color de los expedientes de seguimiento de condenas.
-Josaf, condenado por insubordinación y agredir a un embajador, ¿le suena? –yo negué con un gesto- Pues debería conocer al menos su nombre. Fue incorporado a su programa de reinserción y enviado a la Tierra bajo la identidad de… Hitler, Adolf Hitler.
Mis tres corazones dieron un vuelco al escuchar el nombre: ese expediente debería de haber desaparecido hacía tiempo, en cuanto ordené su destrucción al comprobar lo que había sucedido con el tal Josaf.
-Veo que sabe de quién hablamos. ¿Considera que lo que hizo en la Tierra fue tan sólo cometer algunos delitos menores o divertirse? Si algún día ingresan en nuestra organización, ¿cree que les gustará saber que todo el daño que hizo ese individuo se lo deben a la falta de supervisión de un nuevo protocolo? ¿Que, no sólo fueron utilizados para acoger a nuestros delincuentes, sino que éstos se convirtieron en genocidas que nunca olvidarán?
No dije nada; con esa información tenía ya suficiente como para condenarme…
-Hay más nombres: Charles Manson… ¿Quiere que continúe? ¿O prefiere que le recuerde sus nombres reales?
-Quizás –me atreví a señalar-, si detectamos qué hace que se comporten de esa manera, podamos… ¡Ay!
El maldito computador, tras valorar las pruebas en mi contra, había aumentado la intensidad de la descarga.
-¡Ya es tarde! –chilló el juez- No le negaré que su método resultaba ingenioso, y que, de haber detectado y corregido a tiempo el problema, podría haberse utilizado en aquél y otros mundo primitivos, pero, con su falta de supervisión, ha echado todo por tierra.
Un pitido… se iba a dictar sentencia.
-Como juez de esta sección, ordeno la suspensión indefinida del protocolo de reinserción diseñado por el funcionario Alegt, a quien, por su falta de rigor en el desempeño de su labor, le condeno a que le sea aplicado el mismo método, aunque, esta vez, se realizará un seguimiento exhaustivo de su evolución para determinar qué es lo que hace que los reinsertados se comporten de esa manera. En el siguiente ciclo, deberá haber sido manipulado genéticamente y se le integrará en la sociedad terrestre tras los cambios morfológicos pertinentes.
Otro pitido… Ya no había vuelta atrás…
* * *
Llevo ya varias decenas de ciclos terrestres conviviendo con estas desagradables y primitivas criaturas. Ya sé lo que descontroló a los otros condenados…
Enseguida, me percaté del inexplicable y visceral terror que sienten los humanos hacia la idea de dejar de existir: de su muerte y la de los que tienen a su alrededor. Nunca antes había conocido una sociedad que no viese el momento de la muerte como algo natural y una pieza vital en el mecanismo de la vida.
¡Que sencilla sería la labor de los funcionarios de justicia si las razas evolucionadas compartiesen ese pánico a la muerte, al dolor, al sufrimiento y a la pérdida de estatus social! No habría que pergeñar complicados métodos de castigo; bastaría con amenazarles con condenas similares a las que utilizaban los propios humanos
Lo cierto es que, si hubiera hecho bien mi trabajo, me habría dado cuenta enseguida de cuál era el problema…
Es estimulante –más que cualquier droga o placer- ver el miedo en sus ojos; sentir cómo tiemblan de terror ante las amenazas; comprobar con que facilidad pierden la entereza y la seguridad en sí mismos cuando comprenden la fragilidad de sus estructuras sociales.
En el universo civilizado, estarán disfrutando analizando mi evolución y viendo cómo yo también me he rendido a mis instintos y disfruto haciendo daño a estas criaturas, tan frágiles como odiosas.
No necesito computadoras para saber que el problema es que con su extraña forma de ser hacen que salga a la luz un atávico instinto que se remonta a cuando nosotros éramos aún menos civilizados que ellos.
¡Me da igual que me estén observando desde la Federación Galáctica! Llevo varios ciclos aterrorizando a estos despreciables seres, incluso haciendo que muchos de ellos se conviertan a una causa que no existe y aterroricen en mi nombre.
Hoy me preparo para lanzar otra llamada al terror y muerte que haga que se sientan un poco más indefensos.
Ha llegado la hora de hablar una vez más ante el rudimentario aparato que grabará mi mensaje de horror.
Me aliso mi larga y cenicienta barba, me coloco bien el turbante y, mientras disfruto haciéndoles sufrir, acaricio de forma casi imperceptible el Kalashnikov…