ESPERANDO TURNO. de Victor Alós

Mayo 8th, 2009


 

Victor Alós muestra un pequeño episodio “cotidiano” en un supermercado un poco cambiado a los que conocemos habitualmente

 

ESPERANDO TURNO. Víctor Alós

 

El sudor resbalaba caliente por la frente. Podía notar cada gota, como se deslizaban lentamente hacia los ojos, buscando las lágrimas para unirse buscando un camino hacia el frío suelo. En sus oídos, cada palpitación de su corazón retumbaba como si fueran cañonazos y la respiración provocaba un estrépito a cada inspiración.

Aún así, se mantenía inmóvil, sin atreverse a mover ni un músculo, rígido tras la puerta en que se había refugiado.

No estaba seguro de que pudieran oírle, pero aún así, cualquier precaución se le antojaba indispensable.

Él, en cambio, era capaz de escuchar cada uno de los lentos y torpes movimientos que se producían en el supermercado. Cada vez que caía al suelo una estantería, o se desplomaba alguna columna de cajas sentía que el corazón se le escapaba del pecho, pero todavía ninguno de ellos se había acercado hasta donde estaba él.

Se limitaban a caminar entre los pasillos, escudriñando por si quedaba algo que les pudiera resultar útil. Y útil, en estas circunstancias, era alguien a quien devorar.

No le quedaba más remedio que comenzar a moverse, o en unos minutos alguno de esos engendros de los que huía acertaría a encontrar la puerta y entraría en la pequeña habitación que no hacía tanto era el despacho del encargado.

Maldijo sus opciones.

Una era salir agazapado, silencioso y gatear hasta la entrada del establecimiento, rezando para que en su recorrido no hubieran ni estanterías volcadas ni ninguno de esos… seres buscando algo que llevarse a la boca.

La otra era salir corriendo, sin detenerse y esperar que la velocidad fuera suficiente arma para esquivarlos y llegar hasta la calle sin que se dieran ni siquiera cuenta de qué es lo que había pasado por su lado.

La cuestión era qué iba a hacer una vez en la calle.

Que supiera, el pueblo entero estaba ocupado por… ellos, así que no es que tuviera muchas salidas.

Ana, Carlos y Jaime habían corrido hacia la vieja nave, así que igual habían podido refugiarse en alto y haber sobrevivido.

Igual hasta habían más supervivientes allí, armados con escopetas y ofreciendo resistencia hasta que llegara alguien a sacarlos de allí.

Porque eso Luis no lo dudaba. Alguien llegaría y los sacaría hasta allí, los dejaría en alguna zona segura y poco a poco irían recuperando el terreno perdido a manos de… bueno, de lo que fuera que les estaba matando.

Se decidió.

Inspiró con fuerza y cogió fuerzas para lanzarse a correr por los pasillos del ya destrozado supermercado.

Antes de poder pensárselo otro vez arrancó con fuerza, abrió la puerta y lanzó una zancada hacia el vano de la puerta, que en lugar de ofrecer la visión de la sala de ventas mostró un cuerpo ajado, sucio y a medio descomponer contra el que chocó con considerable fuerza.

Mientras caía, reconoció a Mercedes, la charcutera, que caía con la misma contundencia que él, pero en sentido contrario. Como a cámara lenta, notó como se partían algunos huesos del otro cuerpo (el de Mercedes, que tantas veces le había atendido en su pequeña charcutería de delicatessen), y sintió un dolor sordo en la rodilla, que había recibido todo el golpe contra el suelo.

También fue consciente de que otro cuerpo ocupó el lugar que había dejado Mercedes.

Algo sonó como un grito apagado, aunque realmente había sido más bien como el aire escapando de un fuelle. Los patéticos movimientos de los seres que esperaban fuera se detuvieron un momento y sin mediar apenas dos segundos, se encaminaron hacia la puerta que se había abierto.

Luis intentó levantarse y huir.

Quizás todavía podría utilizar su peso contra los que se acercaban y salir corriendo…

Quizás…

Sus pensamientos quedaron rotos por el dolor lacerante de un mordisco. Mercedes, con un giro inaudito de su cabeza, había encajado su mandíbula en la pierna de Luis, quien no tuvo más remedio que gritar y dejarse caer en el más tenebroso pánico para evitar ser consciente del terrible fin que le esperaba.

VUELTA AL HOGAR. Francisco Javier Gil Bergillos

Abril 24th, 2009


La familia el pilar de la sociedad, en la que nos refugiamos y donde vivimos a gusto. Pero hay familias y familias. Y la que nos describe Francisco Javier Gil Bergillos una familia que no es muy “normal”. En este caso tal vez sea aconsejable seguir el refran que reza “Mejor solo que mal acompañado”

La noche era lluviosa, como correspondía a un día del mes de febrero en Málaga, nubes aún más oscuras se acercaban desde el oeste amenazando con una semana pasada por agua. Me dirigí a la comisaría una hora antes del comienzo de mi turno para intentar poner algunas ideas en orden, siempre me ha gustado más trabajar de noche, cuando nadie te molesta y eres capaz de concentrarte en cualquier problema por complicado que parezca. El caso que me habían asignado era el más importante de mi carrera, el que podría darme prestigio o arruinar mi futuro de inspector para siempre.

He dicho que tenía que poner algunas ideas en orden, pero más bien eran intuiciones. No es que en esta profesión no se tengan en cuenta las intuiciones, más de una vez habían servido para resolver casos imposibles, sino que yo no era el tipo de persona que tuviese estas “revelaciones”, y menos aún que las tuviese en cuenta. Al fin y al cabo donde te llevasen estas intuiciones era seguro que podría llegarse mediante la fría lógica, la que me gusta aplicar. Sin embargo no podía olvidar el impulso que hizo que esta noche me quedase mirando a mi hija mientras dormía plácidamente antes de irme a trabajar. Con tan sólo siete años era el eje sobre el que giraba mi vida desde la desaparición de su madre hace dos años.

Aún duele recordar aquellos días de incertidumbre. Llegué a casa como de costumbre, dispuesto a relajarme y descansar con familia y lo único que encontré fue la casa destrozada, rastros de lucha en el dormitorio, la cocina y el patio, ni mi mujer ni mi hija estaban allí. Recuerdo cómo se organizó la búsqueda, la ayuda de los compañeros, de los vecinos… Gracias a Dios, mi hija apareció horas después llorando y sin recordar lo sucedido, su ropa estaba desgarrada y manchada de sangre, más tarde averiguaríamos que pertenecía tanto a ella como a su madre y a otra persona que nunca se llegó a identificar, le faltaban mechones de pelos, violentamente arrancados y tenía la cara y el cuerpo arañados y amoratados en ciertos sitios debidos a golpes recibidos. Nunca recordó nada de lo sucedido, nunca habló de aquel día.

Ahora tras dos años de tranquilidad se vuelve a repetir la historia en la ciudad, una nueva desaparición, una nueva casa destrozada y de nuevo ninguna pista. Este es el caso que me toca resolver, tan similar al que viví que me duele compararlos.

Suena el teléfono, es Paco mi compañero, que cubre el turno actual. Los vecinos de la urbanización en la que vivo han llamado quejándose de los gritos y ruidos que surgían de mi vivienda. En un principio se quejaban del ruido, poco después llamaban aterrados a causa de los gritos que salían de la vivienda. Salgo a toda velocidad mientras llamo a la niñera rusa que cuida de Andrea, mi hija, no coge la llamada. Más angustiado de lo que he estado en mucho tiempo arranco el coche y me dirijo a toda velocidad a mi casa, el corazón latiéndome con tanta fuerza que creo q me va a saltar del pecho para caer sobre mis piernas. Llego el primero, no hay ninguno de mis colegas aún allí, la comisaría está cerca.

Abro la puerta sólo para encontrar una imagen conocida, la casa destrozada como barrida por algún viento infernal, no entiendo cómo puede suceder esto dos veces. Un ruido me hace reaccionar, un ruido que viene del dormitorio, al fondo del pasillo. Es el dormitorio que compartía con Ana, mi esposa. Saco el arma y avanzo rápidamente intuyendo de nuevo que algo le ocurre a mi hija. Manchas de sangre van desde el salón hasta el dormitorio y siguen más allá, conteniendo la respiración y con el arma en alto entro en la habitación. Lo que allí sucede supera cualquier pesadilla que hay podido tener una persona cuerda. Veo la cabeza de la niñera, se encuentra en el suelo apuntando hacia mí, los ojos abiertos, mirando al techo, la boca paralizada en su último grito. Pero lo peor es lo que se encuentra encima de ella, alimentándose. Dos cuerpos uno grande y otro pequeño desgarran el interior de la niñera extrayendo sus vísceras y devorándolas con rapidez. Lanzan las garras con ávidamente en el interior de la pobre muchacha sin importarles nada excepto devorar el cadáver. Los cuerpos son ligeramente humanos, desde luego tienen forma humana, pero las garras, las mandíbulas alargadas y el pelo que les sale de todo el cuerpo me hace olvidar al momento la idea de que sean humanas. Me ven y es entonces cuando se desata la locura porque en esas caras bestiales que se levantan puedo ver las miradas de mi hija y mi esposa, no son ojos animales sino que me reconocen, se levantan y avanzan hacia mí. Comprendo que lo ocurrido hace dos años fue la iniciación de mi hija y ahora ha vuelto a por ella. Vienen, levanto el arma pero no puedo disparar. Apunto a una y a otra alternativamente pero es imposible dispararles. Bajo el arma y espero su abrazo, el abrazo de mi familia…

APOCALIPSIS FUGAZ Miguel Martín Cruz

Abril 17th, 2009


 

Dicen que los deseos se cumplen si se cree firmemente en ellos. También dicen “no desees nada, no vaya a ser que se cumpla”. Miguel Martín nos da  unas claves acerca de los deseos y sus consecuencias

 

 

APOCALIPSIS FUGAZ   Miguel Martín Cruz

 

Santiago sacó el telescopio al balcón de su casa y maldijo por enésima vez las navidades. El bullicio, el frío, las compras, la felicidad impostada y el amor a presión. Pero de entre todas, una maldición sobresalía por encima de ellas: el derroche de luces de colores que encapotaban el cielo. Las estrellas escondidas como tímidos infantes delante de los falsos ‘papanoeles’ de los centros comerciales. Un cielo gris sin personalidad ni vida.

La televisión daba alguna noticia estúpida sobre extrañas festividades en lugares desconocidos que Santiago jamás visitaría. Por eso le gustaba mirar el cielo, porque lo tenía siempre a la vista, por muy lejos que estuviera de su hogar. Siempre las mismas estrellas e idéntica oscuridad. Como un lugar común al que siempre poder regresar, como una isla desierta en la que querer naufragar cada madrugada. Un lugar donde abstraerse de gritos de jefes, de mujeres ausentes, de rutinas cimentadas sobre calendarios en delirio. Santiago abrió el ‘Anuario de las Estrellas’ que le mandaban cada año (previa suscripción) desde el Planetario de su ciudad. Pasó las páginas hasta llegar casi al final de la revista, ya pronto le debían enviar una nueva en la que le informaran sobre los acontecimientos celestes del año entrante. El 27 de diciembre no tenía ningún suceso relevante marcado en el almanaque, así que Santiago trasladó el objetivo hasta el edificio de enfrente y miró por el ocular. Escamoteó brevemente algunos minutos privados de sus vecinos, sintiéndose por un momento como un elegante James Stewart demasiado aburrido como para salir de casa. Luego se sintió un pervertido y volvió a dirigir el telescopio hacia el cielo.

Pasaron diez minutos de abstracción casi total hasta que Santiago vio una estrella fugaz enmarcada en su circular campo de visión. Cerró los ojos y pidió un deseo, maldiciendo al instante su credulidad heredada de generaciones infinitas. “Los deseos no se cumplen nunca”, se dijo. “Y menos pidiéndoselo a un pedazo de piedra en movimiento. Ni siquiera es una estrella de verdad, solo un meteoro”. Movió el objetivo y miró absorto la palidez enfermiza de la luna durante casi media hora, perdiéndose en sus misterios inalcanzables y en sus cráteres. Luego bostezó, echó un nuevo vistazo al edificio cercano y casi se cae del taburete al descubrir a su vecina saliendo desnuda al balcón. “Mi deseo”, pensó de inmediato. “Cumplido”. La vecina, de nombre desconocido pero de piernas largamente oteadas desde la distancia, volvió a meterse en su casa dejando la visión de su elegante trasero en las pupilas de Santiago. Tragó saliva y bendijo a aquella estrella en la que no creía. Luego se acostó con una sonrisa de felicidad muriendo en los labios.

La mañana siguiente Santiago despertó con la noticia de un terremoto en todas las cadenas de televisión. Era la noticia del día, demasiado trágica para ser ignorada por los periodistas carroñeros. A Santiago se le revolvieron las tripas con las imágenes mostradas, tan crudas como demoledoras. Edificios caídos, mujeres llorando, niños corriendo asustados. Una pierna ensangrentada saliendo inerte de entre un montón de cascotes. Santiago sintió lástima por ellos, se identificó con su dolor y preparó una lasaña para comer. Luego puso una película de ciencia ficción antigua, tal vez una producida por George Pal, y esperó a que llegara la noche para mirar un rato los cielos eternos. Ya terminaba el día 28 cuando la estela de una nueva estrella fugaz captó la atención de su ojo. Se sintió un poco estúpido pidiendo un nuevo deseo, pensando en que aquellos meteoros perdidos tuvieran la fuerza suficiente como para concederlos o para hacerle el más mínimo caso siquiera. Luego se acostó y durmió sin preocupaciones el resto de la noche, hasta ser despertado a las nueve de la mañana por el soniquete estridente de su teléfono móvil. Era su jefe. Le readmitían en la empresa. En un cargo superior al que había cubierto hasta entonces. Más sueldo, más responsabilidad, más duración. Santiago no podía creerlo, saltó de alegría y decidió que le apetecía salir a dar una vuelta por el centro. Hacía días que no salía de su casa, pero aquella inmejorable noticia había que celebrarla. Esquivó ancianos, insultó a niños insolentes y compró docenas de caprichos que llevaba tiempo ansiando. Incluso no le importó demasiado esperar la cola masiva de los grandes almacenes, ni sentir el pisotón de un gordo de unos ciento cincuenta kilos que intentó colarse cuando ya llegaba a la caja. El mundo era por primera vez en muchos años un sitio realmente bello por el que merecía la pena pasear. Llegó a casa feliz como hacía tiempo que no sucedía, tiró las bolsas con las compras recientes sobre un sillón y se dejó caer sobre el otro sin molestarse en abrir ninguna de sus nuevas adquisiciones. Puso la tele y la pantalla le golpeó el rostro con imágenes de muerte. Inundación en Sudáfrica. Miles de cadáveres. La realidad que te escupe a la cara. Santiago apagó el televisor y abrió una de las bolsas de regalos.

El día 29 no había terminado nada mal para Santiago. Pero aún podía terminar mejor si veía una estrella fugaz a la que pedir un deseo. Esperó más de dos horas, tiempo de sobra para sentir todo su pesar por los muertos recientes a causa de los desastres naturales, pero al fin llegó con su resplandeciente halo de irrealidad. Cerró los ojos y deseó con toda su alma. Esta vez no tuvo que esperar mucho. Un mensaje en el móvil y una noticia en televisión. El mensaje de una amiga del instituto (a la que siempre había deseado en secreto) que le pedía una cita para el día siguiente. La noticia de un atentado brutal en un país árabe de nombre impronunciable. Santiago tragó saliva y contestó al mensaje.

El día 30 Santiago volvió a hacer el amor con una mujer después de un año de sequía absoluta, y se sintió el tipo más afortunado del mundo al cumplir un sueño madurado en la adolescencia. Durante toda la tarde estuvo pensando el porqué de aquella situación, el motivo por el que a cada deseo cumplido (¿Realmente eran deseos realizados por un meteoro candente? ¿Era eso posible? ¿O es que estaba volviéndose loco de remate?) le acompañaba un desastre mortal en algún lugar variable del mundo. ¿A que se debía aquella extraña y dolorosa dualidad? ¿Acaso para mantener el siempre delicado equilibrio universal? ¿Una cosa buena por una cosa mala? Desde luego Santiago asumía su parte de culpa como elemento desestabilizador de la armonía del universo. Si el no hubiera pedido un deseo jamás habría muerto nadie en aquellas catástrofes derivadas. Pero si la estrella fugaz, o el destino, o llámale como quieras, no le hubiera concedido ese deseo, el equilibrio nunca se habría quebrado y las cosas seguirían su curso. Santiago ni se habría enterado de que el mundo entero podía resquebrajarse a su favor. La culpa, por lo tanto, era de los meteoros. De su maldita y tentadora incandescencia. Lo que Santiago tenía claro era que no podía volver a tentar a la suerte con sus deseos nocivos lanzados al aire, por mucho que a él le beneficiaran. Por mucho que le gustara aquella sensación tan parecida al poder. Imposible. Nunca más. Por la noche volvió a colgarse del telescopio y se sintió incapaz de rechazar el tentador refulgir de las estrellas fugaces.

 

Para cuando llegó el día 5 de enero, las cosas habían cambiado un poco en el planeta. Ataques por doquier, amenazas entre países aliados, guerras abiertas en demasiados frentes. La sensación de peligro era constante, se podía respirar en las calles como la suciedad de una rata de alcantarilla medio muerta. Todo parecía cogido con alfileres, como en el precario equilibro de un castillo de naipes construido sobre ascuas. Esperando la brusquedad de una fina corriente de aire para desmoronarse en infinidad de escombros.

Para entonces Santiago había cambiado de residencia, podía permitírselo con los nuevos y sorprendentes fondos a los que tenía acceso. Aquel palacete no estaba mal, aunque el jardín con setos en formas variadas era demasiado costoso de mantener. Alguien llamó a la puerta y su criada (que ejercía a su vez de amante eventual) la abrió con cuidado. Tras unos segundos, volvió a cerrarla sin dar un mísero portazo.

-¿Quién era?- preguntó Santiago desde la comodidad de una cama con dosel.

La criada caminó despacio hasta su jefe, le tendió un paquete demasiado fino y se dirigió nuevamente a la cocina donde le esperaban un montón de cacharros por fregar.

Santiago rasgó el paquete hasta romper la envoltura de papel, alegre al ver la portada del nuevo ‘Anuario de las Estrellas’. Un cielo oscuro punteado de infinitas y brillantes estrellas, como ojos vibrantes en un mar de desolación, le daba la bienvenida desde la primera hoja. Un lugar común al que regresar de vez en cuando, aunque el mundo entero estallara en pedazos de discordia. Santiago abrió la revista y miró los sucesos celestes más importantes de ese mes de enero. En seguida rompió en carcajadas. Solo había llegado a leer una frase, aunque desde luego era la cosa más graciosa que había leído en mucho tiempo. ‘Leónidas: 10 de enero, lluvia de estrellas’. Luego volvió a dormirse con la sonrisa muriendo en sus labios.

RECUERDOS DE LA HISTORIA. Carlos Moreno Martín

Abril 10th, 2009


 

RECUERDOS DE LA HISTORIA. Carlos Moreno Martín

 

Víctor saltó a un lado para evitar las balas que amenazaban con matarles y se agazapó tras una enorme caja de metal para protegerse. Masculló algo mientras sacaba un cargador del bolsillo y lo metía por el mango de la pistola, después de dejar caer el cargador vacío. Metió una bala en la recamara y se asomó para dar dos disparos al azar. Así, al menos, esos malditos militares que querían matarle sabrían que estaba armado y que opondría resistencia.

Comprobó que Sara estaba a su lado e ilesa y se apoyó en el frío metal mientras escuchaba los pasos que se acercaban lentamente a él. Todo había empezado como una simple investigación científica.

Los llamados Recuerdos de la Historia. Esos objetos que no se correspondían con la época a la que pertenecían. Un cráneo de Cromagnon agujereado por una bala del calibre 25; una huella de zapatilla Nike junto a la de un Triceratops; objetos de la prehistoria, elaborados por las manos de un hombre de las cavernas, que representaban a astronautas o aviones. Cuando Sara había ido a su casa a pedirle ayuda, nunca pensó que acabarían perseguidos por un grupo de militares asesinos.

Sus investigaciones les habían llevado hasta aquél hangar en la Base Aérea de Zaragoza. Habían averiguado que varios soldados que habían hecho guardia en la garita de control de ese lugar habían muerto apenas un días después. Además de unos documentos que señalaban el Hangar 31 como el escondite de algo importante.

Y ahora estaban allí, apoyados en esa fría y dura caja de metal, esperando que sus perseguidores los atrapasen.

Y por si eso fuera poco, estaba el OVNI.

Víctor desvió la mirada hacia allí. La inmensa nave gris se elevaba como un edificio de dos plantas. Redonda y lisa parecía un frisbi gigante. Víctor vio que Sara, apoyada como él, apenas podía apartar la mirada de la maquina. El muchacho volvió a asomarse y disparar. Las balas no dieron en el blanco pero hizo que los tres hombres que se acercaban se escondieran y retrocedieran para protegerse.

Sintió un tirón en la chaqueta y vio que Sara señalaba algo. Cuando Víctor miró hacia allí, frunció el entrecejo, pensativo.

El Ovni tenía una compuerta abierta y, desde allí, podía ver el interior de la nave. Cientos de luces parpadeaban en un panel de mandos, en su interior.

—¿Quieres que entremos allí? —preguntó en un susurro.

—¡Claro! —la mujer se apartó un mechón de pelo negro de los ojos—. Es nuestra única salida.

Víctor apretó los labios sopesando la idea. Sara tenía razón. Era la única manera de escapar. Podían entrar en el Ovni e intentar cerrar la puerta. Si lo conseguían, tal vez pudieran ganar algo de tiempo.

—Está bien —accedió.

Entonces saltó a un lado y comenzó a disparar a los militares que los acechaban y ambos corrieron hacia la nave. Las balas mordían el cemento a los pies de Víctor, pero él no retrocedía. Debía proteger a Sara para que, al menos ella, pudiera salir con vida.

Sara entró primero y comenzó a pulsar botones al azar buscando el que cerraría la compuerta. Víctor aguantó, disparando para mantener a sus enemigos a raya. Por fin la puerta comenzó a cerrarse con un crujido metálico y los disparos de los militares se apagaron suavemente.

Víctor arrastró la espalda por la pared, cansado. Paseó la mirada por la nave y vio que estaban en una habitación circular. Todo el lugar era un enorme panel de mandos con botones y luces que parpadeaban a distintos ritmos.

Sara giró sobre sí misma, mirando todos y cada uno de los lugares y objetos de la nave. No podía creer que estuviera en el interior de un ovni. Posiblemente, Víctor y ella eran de los pocos afortunados que habían podido hacerlo. Sin embargo, se llevó una decepción al comprobar que la estética de la nave era muy parecida a la de un avión terrestre. Los paneles de mando, los mandos de la nave… todo era muy terrícola. Incluso los encargados de investigarla habían sustituido los letreros alienígenas por letreros en español. Suponía que los originales, que debían estar guardados en algún lugar en aquella base aérea, estarían escritos con símbolos extraños. Daría cualquier cosa por poder verlo.

Giró la cabeza para ver como Víctor se levantaba del suelo, dolorido, con la mano aún empuñando el arma. No podía ver ningún tipo de sorpresa en los ojos verde esmeralda del hombre. Miraba el interior del ovni, como si estuviera viendo un programa de televisión. Sin ningún interés. Él se acercó a ella, mientras guardaba la pistola bajo su chaqueta.

De repente, la puerta del Ovni comenzó a temblar al tiempo que un fuerte sonido se expandía por todo el metal de la nave. Alguien estaba golpeándola desde el exterior.

—¡Mierda! —exclamó Víctor antes de apartar a Sara para sentarse en un sillón frente a los mandos de la nave.

“El asiento es demasiado terrestre para ser de un Ovni”, pensó divertido.

—Tenemos que irnos de aquí —dijo examinando con atención los mandos de la nave—. No parecen muy distintos de los aviones terrícolas —comentó.

Comenzó a pulsar botones mecánicamente, recordando las clases de vuelo que había recibido unos años antes, cuando formaba parte de las Fuerzas Aéreas. Sonrió. Eso ya había quedado muy atrás y ahora sus propios compañeros le perseguían para matarle.

De pronto, la nave comenzó a temblar con suavidad y los dos sintieron como se elevaba apenas un poco en el aire. Notaron una extraña sensación de anti gravedad. Víctor sonrió al pensar en la reacción de los militares que intentaban entrar en ella.

Frente a él se encendió una pantalla que les mostraba lo que sucedía en el exterior. Los soldados corrían de un lado a otro haciendo señas con la mano, buscando la manera de detener la máquina

—¿Qué son esos números? —preguntó Sara.                                     

Víctor miró a donde señalaba ella y vio un pequeño panel parecido a una calculadora. Junto a él había tres pantallas con un número cada uno. 14619471311, 332221 y 1043202.

—Ni idea —contestó distraído. En la pantalla había visto como en el techo del hangar se abría una compuerta—. Joder, hasta la tienen preparada para despegar.

Y entonces, sin pensarlo dos veces, tiró hacia atrás de los mandos y los dos sintieron como la nave salía disparada hacia el cielo. Sara tuvo que agarrarse al sillón para no caer y Víctor sintió que su espalda se aplastaba contra el sillón. De repente, el ovni empezó a temblar con violencia. Hubo un fogonazo de luz blanca en la pantalla y la imagen cambió.

—¿Qué demonios es eso? —Sara formuló la pregunta con los ojos muy abiertos, sorprendida por lo que estaba viendo.

Víctor dejó los mandos de la nave tras comprobar que podía seguir volando sola y se levantó para poder ver mejor. En la pantalla, el oscuro y estrellado cielo de Zaragoza había dado paso a un desierto rojizo, iluminado por un sol de justicia.

—Esto no es Zaragoza —confirmó en un susurro.

—Pero entonces, ¿Dónde estamos?

Víctor paseó la mirada por toda la nave, intentado encontrar una respuesta a lo que estaba pasando y sus ojos se posaron en los números digitales que había en el panel de mando.

14619471311, 332221 y 1043202.

Luego volvió a mirar la pantalla y vio enormes rocas rojas de varios pisos de altura. Y entonces lo vio todo claro.

—¡Mierda! —exclamó—. ¡Mierda, mierda y mierda!

—¿Qué?

—Esta es tu respuesta —declaró él, abriendo los brazos para abarcar toda la nave.

—¿La respuesta a qué?

—A la cabeza de Cromagnon con el agujero de bala —contestó—, a la huella de zapatilla junto a la del dinosaurio. Incluso al misterio del mapa de Piris Rei; o a la construcción de las pirámides o los Moais de la Isla de Pascua.

—No te entiendo —Sara sacudió la cabeza—. ¿Qué tiene que ver todo eso con este ovni?

—¡No es ningún ovni! —exclamó Víctor fuera de sí—. ¡Es una máquina del tiempo y del espacio!

Sara le miró estupefacta, comprendiendo. Al fin todo tenía sentido. Por eso todas las pistas que habían recopilado durante las últimas dos semanas les llevaban al misterioso Hangar 31 de la Base Aérea de Zaragoza. Por eso el ejército les seguía sin descanso para matarlos. Ellos los sabían y no podían dejar que Víctor y ella lo descubrieran y lo sacaran a la luz.

—Algún desgraciado —continuó Víctor más para sí mismo que para su amiga— debió viajar a la era de los dinosaurios y pasearse entre ellos con unas Nike; otro le pegó un tiro a un hombre de las cavernas y se quedó tan tranquilo; incluso puede que alguien ayudara a los egipcios a construir las pirámides. Sara —añadió—, si esta máquina existe ahora, tal vez existan más ¡Y en otra época! Quizás los ovnis que se ven el cielo no vengan de otro planeta, sino de la tierra ¡Desde el futuro!

Sara tuvo que sentarse pues le temblaban las piernas y pensó que iba a caer. Lo que Víctor decía tenía sentido. Eso explicaría las oleadas masivas de avistamientos en distintas partes del mundo. Incluso daría una razón al por qué en determinados cuadros antiguos se podían ver objetos parecidos a los ovnis. En la Biblia también se hablaba de ellos, carros de fuego en el cielo. Sería lógico pensar que si el ejército poseía una máquina del tiempo como en la que estaban en ese momento, hubieran viajado a la época de los dinosaurios, a la de Cristo… También era predecible el hecho de que humanos del futuro hayan viajado hasta nuestros días para ver cómo vivimos, como nos alimentamos, como somos.

—Quizás esta máquina es solo el principio —se atrevió a decir—. Quizás dentro de muchos años la raza humana haya evolucionado y posea muchas máquinas más como esta. Eso explicaría por qué los que afirman haber visto alienígenas dicen que son alargados, con ojos grandes, grises… ¡A lo mejor el siguiente paso en la evolución es ese! Pero entonces… —añadió tragando saliva, sintiendo que el miedo se apoderaba de su cuerpo—. Víctor, ¿Dónde estamos?

Su amigo desvió la mirada a los números que se reflejaban en las pantallitas digitales. 14619471311, 332221 y 1043202.

—14619471311 es la fecha y la hora —contestó señalando los dígitos—. Y 332221 y 1043202 son las coordenadas.

Entonces miró con gravedad a Sara y continuó:

—Estamos en el catorce de junio de mil novecientos cuarenta y siete a las una y once de la tarde. En las coordenadas treinta y tres grados, veintidós minutos, veintiún segundos Norte, y ciento cuatro grados, treinta y dos minutos, dos segundos Este.

—¿Y eso qué demonios significa, Víctor? —preguntó ella en un gemido.

Víctor respiró profundamente antes de contestar:

—Sara, estamos en Roswell, Nuevo Méjico —clavó sus verdes ojos en ella—. Nosotros somos el ovni que se estrelló allí hace sesenta años.

La muchacha guardó silencio, intentando  asimilar las palabras de Víctor. Paseó la mirada por la máquina, maldiciéndose a sí misma por haberse embarcado en aquella estúpida investigación. Y, aún más, por haber continuado con ella cuando se dio cuenta de que podían descubrir algo peligroso. Sus ojos se posaron en la pantalla que le mostraba el desierto de Nuevo Méjico, sesenta años atrás.

—¡Cuidado! —gritó de repente, desesperada, mientras se lanzaba contra los mandos de la nave.

La máquina del tiempo dio un violento golpe y Víctor salió despedido contra la pared de metal. Entonces todo se volvió negro.

 

Esclavos de su genoma. Santiago Jiménez de Ory

Abril 3rd, 2009


Esclavos de su genoma. Santiago Jiménez de Ory.

Los avances en la genetica siempre han sido motivo de relatos de Ciencia Ficción. En este caso los hijos no los trae la cigüeña sino un genetista.

 El doctor Ramírez estaba contento, casi eufórico. De hecho, estaba tan excitado que no podía dejar de pasear de un lado a otro de su despacho. ¡Había sido un éxito rotundo! Sinceramente, no podía recordar en toda su carrera profesional una consulta resuelta de forma tan perfecta e impecable. Mentalmente, volvió a repasar la conversación sostenida con su último cliente, deleitándose con cada palabra y cada frase:

 

» Buenos días, señor González, ¡bienvenido a Future Genomics S.A.! Por favor, siéntese y póngase cómodo. Soy el doctor Ángel Ramírez, y le asesoraré en esta consulta y en cualquier otra cosa que pueda necesitar de nuestra empresa. Por favor, dígame, ¿desea alguna cosa en particular? ¿Algo que haya visto en nuestro catálogo de servicios y productos? No lo dude, Future Genomics S.A. le proporcionará lo que usted anda buscando.

 

» ¡Ah, desea usted encargar un hijo! Buena elección, hoy en día nadie con recursos querría tener un hijo de forma natural… ¡demasiados defectos aleatorios! Sí, tiene usted razón, en un mundo tan competitivo como éste los individuos deben estar preparados desde su misma concepción para alcanzar el éxito,  ¡y ahí los padres tienen mucho que decir! Un buen padre no permitiría que las opciones de su hijo quedaran reducidas antes de tiempo, no si puede impedirlo, ¿verdad? ¡Me alegro de que estemos de acuerdo, señor González! No lo dude, su futuro vástago se lo agradecerá. Pero antes de nada, ¿desea un niño o una niña? ¡Ah, un varón! Bien, su hijo reunirá entonces todas las condiciones necesarias para triunfar en la vida. Y dígame, ¿qué le gustaría exactamente que fuera su hijo? ¿Abogado, científico, político…?

 

» ¡Deportista! Ciertamente, usted desea lo mejor para su retoño, señor González: una vida repleta de triunfos para que, una vez retirado, pueda disfrutar de sus trofeos, sus recuerdos, los premios conseguidos y las rentas… Efectivamente, ése es el sueño que todo padre desearía para su hijo, ¡y Future Genomics S.A. le ayudará a conseguirlo! ¿Y más concretamente, en qué deporte le gustaría que destacara su hijo? ¿Fútbol, baloncesto, natación…? ¡Ah, un atleta! Triunfar en un estadio olímpico repleto de gente que aplaude sin cesar… ¡bonito sueño! ¡Sólo que en Future Genomics S.A. lo convertiremos en realidad!

 

» Ahora bien, será necesario que me describa más exactamente en qué especialidad querrá que destaque su hijo. ¿Velocidad, resistencia, lanzamiento de peso…? Cada especialidad conlleva unas determinadas características físicas ideales, ya sabe. ¿Atleta de fondo, dice usted? ¡Estupendo! ¡La gloria de las carreras de larga distancia y los maratones! Buena elección, créame, ¡estupenda! Perfecto, ahora que hemos concretado la actividad en la que destacará su hijo, le explicaré brevemente el proceso que nos permitirá hacer de él un auténtico campeón.

 

» Bien, en primer lugar necesitaremos una muestra de su semen, señor González, para obtener los espermatozoides con la información genética que transmitirá a su hijo. En realidad podríamos extraer este material genético a partir de cualquier célula de su cuerpo, pero en experimentos previos hemos comprobado que con células seminales se obtienen mejores resultados, y por eso preferimos hacerlo de esta manera… pero no se preocupe, ¡no le supondrá ninguna molestia, se lo aseguro!

 

» Seguidamente, seleccionaremos algunos espermatozoides y modificaremos los genes que portan, concretamente los relacionados con el biotipo del corredor de fondo, y que predispondrán a su hijo a tener una mayor resistencia, una mejor capacidad respiratoria y eficiencia metabólica, estructura esquelética y fibras musculares adecuadas, etc.  ¡Sin duda, ésta será la fase más laboriosa del proceso! Después fecundaremos estos espermatozoides con óvulos ya preparados de forma similar (nuestra empresa posee óvulos en propiedad con el material genético adecuado, según las opciones que deseen nuestros clientes) y colocaremos uno de los embriones resultantes  en una cámara especial donde podrá crecer y desarrollarse, mientras congelamos los demás para conservarlos. Esta cámara  proporcionará al embrión, de forma artificial, el entorno que el útero le ofrecería en un embarazo normal, y es uno de los aparatos de los que nos sentimos más orgullosos… porque en Future Genomics S.A. intentamos mantener en todas nuestras operaciones, siempre que sea posible, condiciones parecidas a las que ha creado la naturaleza, ¿sabe?

 

» Bien, continuando con mi explicación, en nueve meses (esto es, el tiempo de duración normal de un embarazo humano) su hijo “nacerá”, por así decirlo, aunque en realidad lo que haremos será extraerlo de la cámara. En ese momento comenzará la fase más difícil del proceso, porque verá usted, aunque la composición genética es importante en el desarrollo de un individuo, de nada sirve si no es estimulada de la forma adecuada. Por ponerle un ejemplo, ¿de qué le serviría a un niño tener la predisposición genética ideal para ser un gran corredor de fondo, si únicamente se desplaza en automóvil? Hoy en día cualquier empresa es perfectamente capaz de llevar a cabo los pasos que le acabo de describir, ¡pero la clave del éxito de Future Genomics S.A. radica en la excelencia de su personal educador! Nuestra empresa se enorgullece de tener en su plantilla a los mejores profesionales y expertos: profesores, psicólogos, nutricionistas, médicos, etc., todos ellos de reconocido prestigio y perfectamente cualificados para extraer el máximo potencial de los hijos de nuestros clientes.

 

» En su caso, se trataría de educar a su hijo desde el mismo instante de su “nacimiento” para  convertirlo en el campeón que usted desea. Para conseguirlo estableceremos un plan de acción con unos objetivos adecuados para cada fase de su crecimiento, que deberán ser cumplidos escrupulosamente mes tras mes y año tras año para alcanzar el éxito final. Así, desde niño tendrá una formación personalizada con seguimiento continuo, que le permitirá desarrollar sus características físicas y técnicas y también estimular su ambición, competitividad, autoconfianza, etc. Por supuesto, también le mantendremos apartado de todo lo que pueda suponer una distracción en su objetivo: nada de relaciones con otras personas, excepto con el personal cualificado y siempre por asuntos estrictamente profesionales, y nada de libros ni películas, excepto la lectura de las biografías de los deportistas más famosos, para que le sirvan de inspiración y motivación.

 

» Naturalmente, también vigilaremos detalladamente su dieta, atendiendo a sus necesidades nutricionales particulares, y cuidaremos su salud y sus problemas físicos y psicológicos, así como las enfermedades que pueda padecer. Todo lo trataremos de manera personalizada, tal y como corresponde a su composición genética, y revisaremos en cada etapa que su hijo va cumpliendo los objetivos previstos, de forma que pueda alcanzar el éxito en el momento óptimo. Posteriormente, una vez haya alcanzado el final de su carrera deportiva, podrá vivir de las rentas de sus triunfos o, si lo desea, trabajar en nuestra empresa como personal especializado. Y, si no consiguiera convertirse en el campeón que usted quería, no se preocupe, nuestra empresa se compromete a devolverle el dinero de forma íntegra o a repetir el proceso con alguno de los embriones que habíamos conservado, completamente gratis. ¡Pero eso no ocurrirá, se lo garantizo!

 

» Y éste es nuestro plan de acción, señor González, ¿qué le parece? ¿Tiene alguna duda? Ah, teme que, a pesar de lo que le he contado, su hijo pueda desviarse del objetivo trazado y plantearse trabajar en algo completamente distinto a lo que usted había pensado, ¿verdad? ¡No se preocupe por eso, señor González! Como ya le he explicado, nuestra empresa trabajará desde el instante en que su hijo adquiera conciencia de sí mismo para inculcarle disciplina y para demostrarle que no puede hacer ninguna otra actividad excepto la que determina su material genético… porque ahí está la clave, ¡sus atributos genéticos le impedirán ejecutar otra tarea de forma eficaz! Bueno, quizá sería mejor decir que a su hijo, en el caso de que decida abandonar su formación, le será enormemente difícil encontrar otro trabajo diferente sin tener la predisposición genética adecuada para realizarlo, ¿comprende?  En el mundo actual en que vivimos, aunque oficialmente no existe discriminación alguna por razón del genoma de los individuos, existe la tendencia creciente de que cada persona trabaje de acuerdo a lo que dicte su dotación genética, aunque no haya sido estimulada completamente, para que así sean los mejor dotados para cada profesión los que ocupen los puestos que les corresponden. Policías, abogados, albañiles… ¡cada oficio tiene su genotipo ideal! De esta manera, cuando su hijo se dé cuenta de que es prisionero de su propio genoma, comprenderá que no puede hacer otra cosa sino aceptar su destino…

 

» Bueno, ¿qué opina ahora, señor González? ¡Excelente! Me alegro de que le haya gustado el plan de acción que le he presentado. ¿Cuándo quiere empezar el proceso? Ah, perfecto, comenzaremos el próximo miércoles. Ha sido un placer hablar con usted, ¡un enorme placer! Lo acompaño hasta la puerta… no, por favor, no es ninguna molestia, ¡faltaría más! Espero verle la semana que viene… ¡hasta la vista!

 

Sonriendo, el doctor Ramírez se sentó finalmente en una silla y exhaló un profundo suspiro de satisfacción. De repente, le vino a la cabeza la expresión “prisionero de su genoma”, y soltó una sonora carcajada. ¡Era sencillamente perfecta! Tenía que acordarse de utilizarla en sus próximas consultas, aunque quizá… sí, quizá el concepto no fuera del todo exacto. Después de todo, un prisionero siempre alberga esperanzas de alcanzar la libertad, incluso hasta el punto de luchar por ella, mientras que los hijos de los clientes que acudían a Future Genomics S.A.  jamás tendrían esa posibilidad. Después de todo, ¿qué eran ellos sino encargos de sus futuros padres, sin opciones ni posibilidades de hacer nada en la vida, excepto lo que dictara su propio material genético? Sí, decididamente  sería mejor definirlos como esclavos, porque… ¿acaso no era aquella su situación?

Votaciones Historias Asombrosas Online (Marzo 2009)

Abril 2nd, 2009

Ya podéis votar a los participantes del mes de marzo que son:

Restos en la oscuridad. Enrique Díaz

Política de reinserción. Santiago Moro

Madrid me mata. Pedro Escudero

En Tiempos del Sultán. Juan José Tena

Os recordamos que el vencedor de esta tanda conseguirá la publicación de su relato en un número especial de Historias Asombrosas que se editará en diciembre de este mismo año.

Restos en la oscuridad. Enrique Díaz

Marzo 27th, 2009


Los relatos de “artefacto” han sido una constante en la ciencia ficción desde que ésta existe. Enrique Díaz nos ofrece una versión de este encuentro con un “cacharro” extraterrestre un poco diferente. Y es que las civilizaciones son todas iguales.

Restos en la oscuridad por Enríque Díaz

Esta noche he soñado. Mientras me afeito, intento recordar los detalles de mi sueño pero sólo obtengo ecos sin sentido. En mis sueños nunca hay imágenes visuales, únicamente imágenes sonoras acompañadas de olores y sabores. algo normal para un ciego de nacimiento. Por enésima vez en mi vida, fuerzo mi imaginación con el fin de recrear en mi mente el mundo de objetos tridimensionales que me envuelve. Es un esfuerzo vano que siempre acaba por conducirme al mundo plano, de profundidad infinita, donde residen mis sentidos. El zumbido de mi crono de muñeca me devuelve al mundo real. Faltan treinta minutos para el inicio de mi turno. Salgo del baño y atravieso la cámara principal en dirección al armario. Este breve recorrido memorizado, me conduce hasta la distancia que me permite extender la mano y abrir la puerta del guardarropa con precisión. Con movimientos hábiles, me enfundo en el mono de trabajo y activo los sensores de proximidad y comunicación antes de salir a los pasillos de gravedad cero.

El desplazamiento en caída libre por la estación sería imposible sin la ayuda del sensor de proximidad. Éste me informa de la situación y distancia de paredes, abrazaderas, puertas… o cualquier otro objeto que se encuentre en mi trayectoria. Aunque al principio no fue fácil, ahora mi cerebro procesa toda la información recibida casi de forma inconsciente. Mientras me desplazo por el pasillo en dirección a la cubierta de maniobras, el sensor me previene de la cercanía de cruce con el mecánico de primera Amenek Sacco. Modifico mi rumbo con un leve toque de mis pies contra la pared, y le saludo:

- Buenos día Ame.

- Para mí, buenas noches Jaak. Acabo de terminar un turno de noche y me muero por una cama. Que tengas buen turno en tu nube, Jaak. -me responde.

Las nubes, el misterio cósmico que cambio nuestra conocimiento del cosmos. Las enormes esferas de materia oscura, donde la luz queda excluida, guardan en sus entrañas restos de tecnologías desconocidas para nuestra especie. Los invidentes hemos resultado ser los trabajadores perfectos para recuperar los objetos del interior de las nubes. Los sistemas remotos apenas funcionan dentro de una nube y cualquier sistema electrónico reduce su efectividad en un noventa por ciento. Asimismo, los primeros astronautas en aventurarse en sus interior sufrían alucinaciones y desorientación. Sometidos a una intensa privación sensorial, pocos son los profesionales que pueden realizar un trabajo efectivo dentro de una nube. Yo soy uno de ellos. Desplazarme por su interior es, en cierto modo, como entrar en una habitación por primera vez: un espacio desconocido que voy recomponiendo con lo que mi sentido del tacto y mi memoria espacial me muestran.

Ya estoy dentro de mi nube, es de las “pequeñas”, unos trescientos kilómetros de diámetro. Su interior no es igual al vacío del espacio, tiene una densidad cinco veces superior a la del aire de la tierra. Es como bucear en algo semejante a un agua “ligera”. Una vez superados los primeros metros de incursión, la comunicación con el exterior desaparece, sólo escucho el sonido de mi respiración dentro del casco del traje espacial. Cada pocos segundos un tenue “blip” me informa de que los sistemas de soporte vital del traje se mantienen operativos. Aspiro profundamente y activo los impulsores en dirección al punto donde terminé la exploración anterior.

Hasta el momento, todos los objetos hallados -de formas, tamaños y materiales desconocidos en nuestro planeta-, nos han enseñado bien poco. Los analizamos minuciosamente, pero no sabemos como activarlos, parece que las tecnologías extraterrestres superan nuestro entendimiento. Sin embargo, no perdemos la esperanza, las nubes son inmensas y queda mucho por recolectar. Seguro que acabaremos por encontrar la Piedra Rosetta que nos permitirá desentrañar todos los secretos que arrancamos a la materia oscura.

Para localizar objetos empleo una sonda de ecolocación por ultrasonidos. De alcance limitado -unos diez metros-, me permite detectar si hay algún objeto cercano. Hoy ya he localizado dos objetos, el primero, de formar similar a una barra de pan de superficie lisa, mide 23 centímetros y no parece demasiado interesante. El segundo objeto, que exploro ahora con mis manos, es mucho más interesante. Es grande, dos metros de largo por uno de ancho, tiene forma de cigarro y su superficie presenta leves protuberancias. Mientras busco un buen punto donde poner un anclaje para poder remolcarlo, noto una oquedad. Presiono con mi mano y esta penetra con facilidad, la saco con rapidez. Me he puesto nervioso, mala estrategia, respiro profundamente, una, dos, tres veces…Me tranquilizo y repaso mentalmente la trayectoria de salida de la nube: “giro de 30 grados, justo a mi espalda, inclinación de 15 grados sobre plano horizontal, propulsión de 3 segundos, alinear a 90 grados, todo recto, propulsión, y salida en 12 minutos. Asegurarme de mi posición me tranquiliza. Vuelvo a acariciar la oquedad, los guantes del traje me impiden obtener más información, así que decido volver a introducir la mano. Hay algo dentro -siento un escalofrío-, tiene partes blandas y partes duras, diría que… sí… hay fragmentos que me recuerdan la piel animal. Mi corazón se acelera, extraigo la mano y pienso: “Dios mío… creo que he encontrado un envoltorio con un organismo biológico en su interior”.

El hallazgo de restos biológicos extraterrestre ha puesto en alerta a toda la estación espacial. Los jefes me han felicitado, los científicos están emocionados… pero yo… yo estoy confuso. En mi compartimiento, alejado del entusiasmo general, he recordado un episodio de mi niñez que me ha inquietado. Cuando tenía siete años me rompí una pierna -las caídas eran algo habitual para un niño activo y ciego-, y mi madre me compró una mascota, un pequeño hamster con tacto de terciopelo, que hiciese más llevadera mi convalecencia. Adoraba al pequeño roedor, era mi compañero de juegos preferido. Un día, no encontré al animal en su jaula. Mi madre me informó con cautela de que el diminuto animal, en su incansable búsqueda de comida, había ido a parar a un cubo lleno de agua y se había ahogado. Para evitarme el contacto con del animal muerto, mi madre lo arrojó a la basura. Yo me enfurecí, ¡la basura!, habían tirado a mi amigo a la basura. Salí a trompicones al jardín de casa buscando a tientas los cubos de los desechos. Tropecé con ellos derribándoles. Arrodillado, busqué a mi mascota entre los desperdicios mientras escuchaba los contenidos sollozos de mi madre. Este recuerdo me ha ofrecido una respuesta acerca del misterio de la materia oscura. Creo que estamos revolviendo entre los cubos de la basura de algún ser cósmico desconocido. Hoy, probablemente, he recuperado una de sus mascotas.

 

 

POLÍTICA DE REINSERCIÓN Santyago Moro

Marzo 19th, 2009

Santyago Moro nos presenta un relato de tintes judiciales muy “especiales”. Ironía y sentido del humor de este autor que está despegando con fuerza con sus autoediciones.

 

POLÍTICA DE REINSERCIÓN

Santyago Moro

 

-Se declara abierta la vista del procedimiento número…

No presté atención a la retahíla de dígitos que recitaba la monótona voz, probablemente generada por el propio computador legal que verificaría el juicio.

-Bien –intervino el juez, reclamando la atención del público presente-. Entiendo que al acusado se le han realizado las pruebas de identificación pertinentes y que éstas han sido positivas.

-Sí, venerable –confirmó la misma aburrida voz del computador.

-¿Conoce el acusado los cargos que pesan contra él? –preguntó taladrándome con sus ojos compuestos.

-Los conozco, pero no los comprendo.

El dolor de la descarga, aplicada justamente en mi aparato reproductor principal, situado en mi cuello, me indicó de una forma bastante desagradable que la máquina que controlaba ese juzgado era de una serie de las denominadas “duras” y no iba a consentir ni tan siquiera la más mínima ironía. Me hice el firme propósito de procurar no comprobar qué ocurriría si me dirigía de forma ofensiva al juez.

-Lo siento, venerable –me excusé-. Lamento que mi afirmación haya parecido un sarcasmo. Lo cierto es que pretendía únicamente subrayar mi inocencia.

Esperé la nueva descarga… Nada. Por suerte, mi explicación había resultado convincente.

Echaba de menos el implante de reconocimiento multirracial, que era uno de tantos útiles que me habían confiscado tras la detención. Con él, habría podido obtener información sobre el significado de los gestos del juez, que no paraba de mover sus antenas y miembros superiores.

-De acuerdo –dijo al fin-. Pero en lo sucesivo, procure dirigirse a mí teniendo en cuenta estrecho margen de tolerancia que el computador legal de esta sala admite a la hora de que un acusado me hable. Una vez reconocidos los cargos, procedo a autorizar la fase de diálogo bajo la supervisión de sensores cerebrales y detectores de veracidad de las declaraciones.

«El acusado, Alegt, funcionario del Departamento de Justicia de este sector, ocupando el cargo de ejecutor de penas alternativas, se declara inocente de los cargos que se le imputan.

-Así es, venerable.

-… A pesar de que reconoce que ha cometido irregularidades en el seguimiento de al menos diez casos que pertenecían a su propio plan de rehabilitación de delincuentes interplanetarios, ¿no es así?

-No exactamente, venerable –hice una pausa para encontrar las palabras adecuadas y evitar otro castigo físico del puntilloso computador legal que me había tocado en suerte-. En realidad, mi única discrepancia con lo que acaba de decir es que, según mi opinión, el seguimiento no le correspondía a mi grupo, sino que tenía que haberse llevado a cabo de forma rutinaria por algún equipo del Departamento de Vigilancia de Condenas.

-¿Aunque su método se encontrase todavía en fase experimental?

-No se me comunicó lo contrario… ¡Ay!

Como se produjeran más descargas –esta vez por haber detectado una mentira-, el maldito cacharro terminaría por esterilizarme, aunque, quizás, aquello ya no tuviera importancia si era declarado culpable.

-De acuerdo, de acuerdo –me apresuré a decir-. De todas formas, en mi expediente constan los protocolos aplicados…

-Que coinciden exactamente con los que habría seguido el Departamento de Vigilancia de Condenas –me interrumpió el juez-. ¿Para qué cree que se recomienda la supervisión de un nuevo método de reinserción a quién lo ha diseñado? ¡Para hacer lo establecido en los procedimientos de rutina no se echaría mano de funcionarios de nivel superior como usted!

Durante algunas unidades de tiempo, el maldito juez estuvo soltando palabras incomprensibles en su propio idioma. Con toda seguridad, se trataban de insultos hacia mí y la reina de la colmena en la que había nacido. A ninguno de aquellos relamidos jueces de Vega le gustaba tener que juzgar a un funcionario del Departamento de Justicia; tanto como si yo salía absuelto como si no, su imagen no se vería precisamente beneficiada.

-Por la información que se me ha implantado en el cerebro –prosiguió algo más calmado-, su método consistía en manipular genéticamente al condenado, reprimir las tendencias que le habían llevado a cometer el delito y reinsertarlo en sociedades primitivas, en su caso concreto, en el tercer planeta de la estrella 45MG, al que sus habitantes llaman Tierra.

-Así es, señor. Es una forma simple de explicar mi método… ¡Ay!

El pedazo de chatarra acababa de considerar que mi intención era hacer de menos al juez.

-En ese sentido –continué, sintiendo que el computador no estuviera cerca para poder cogerle con una de mis pinzas-, me atrevo a decir que se cumplían todas las normas relativas a penas de reinserción: el condenado era consciente de su identidad, se veía privado de la tecnología de la que dependemos y la duración de la condena dependía de su comportamiento en el mundo al que era destinado.

-Pero, no contó con que pudieran sentirse a gusto en ese planeta y, además de dejarse contagiar por los valores de esa sociedad primitiva, concluyesen que los delitos cometidos allí no entraban dentro de nuestra jurisdicción y que podían comportarse como les viniera en gana si preferían no regresar.

«Si se hubieran limitado a atiborrarse de esas substancias que usan para nublar su mente, o dedicado a copular como locos con los desagradables individuos de la especie del planeta, la cosa no habría tenido demasiada importancia. Lograr una posición privilegiada en su primitiva sociedad o cualquier forma de obtención de placeres, tampoco. Sin embargo, parece ser que los reos presentan nada más integrarse en esa sociedad una tendencia hacia el homicidio indiscriminado imparable y que debía de haberse detectado de inmediato.

-Venerable; no son más que un puñado de seres poco más evolucionados que el resto de los animales de su mundo –protesté- ¿Qué importancia tiene si los condenados cometían algún que otro crimen a consecuencia de la inestabilidad del cambio morfológico y psíquico que su ponía el programa de reinserción.

-¡No le consiento que se permita valorar una sociedad que está siendo observada! –por supuesto, al instante sentí la descarga correspondiente por haber disgustado al juez- ¿Sabe los problemas que en el futuro puede ocasionarnos su actitud indolente? Los terrestres, aunque todavía vivan en un lamentable atraso, evolucionan rápido, y en unos cientos de ciclos podrían llegar a solicitar su incorporación a la Federación Estelar. ¿Cómo les explicaríamos entonces que algunas de las más oscuras páginas de su historia se debieron a que su mundo se utilizó para reinsertar a delincuentes cuya evolución allí no fue seguida con la debida escrupulosidad?

-Quizás –me atreví a observar esperando que el borrado de expedientes hubiera sido completo-, el daño no haya sido tan grave.

Me supe perdido cuando, en una de las pinzas superiores del juez, apareció una lámina de energía de color púrpura: el color de los expedientes de seguimiento de condenas.

-Josaf, condenado por insubordinación y agredir a un embajador, ¿le suena? –yo negué con un gesto- Pues debería conocer al menos su nombre. Fue incorporado a su programa de reinserción y enviado a la Tierra bajo la identidad de… Hitler, Adolf Hitler.

Mis tres corazones dieron un vuelco al escuchar el nombre: ese expediente debería de haber desaparecido hacía tiempo, en cuanto ordené su destrucción al comprobar lo que había sucedido con el tal Josaf.

-Veo que sabe de quién hablamos. ¿Considera que lo que hizo en la Tierra fue tan sólo cometer algunos delitos menores o divertirse? Si algún día ingresan en nuestra organización, ¿cree que les gustará saber que todo el daño que hizo ese individuo se lo deben a la falta de supervisión de un nuevo protocolo? ¿Que, no sólo fueron utilizados para acoger a nuestros delincuentes, sino que éstos se convirtieron en genocidas que nunca olvidarán?

No dije nada; con esa información tenía ya suficiente como para condenarme…

-Hay más nombres: Charles Manson… ¿Quiere que continúe? ¿O prefiere que le recuerde sus nombres reales?

-Quizás –me atreví a señalar-, si detectamos qué hace que se comporten de esa manera, podamos… ¡Ay!

El maldito computador, tras valorar las pruebas en mi contra, había aumentado la intensidad de la descarga.

-¡Ya es tarde! –chilló el juez- No le negaré que su método resultaba ingenioso, y que, de haber detectado y corregido a tiempo el problema, podría haberse utilizado en aquél y otros mundo primitivos, pero, con su falta de supervisión, ha echado todo por tierra.

Un pitido… se iba a dictar sentencia.

-Como juez de esta sección, ordeno la suspensión indefinida del protocolo de reinserción diseñado por el funcionario Alegt, a quien, por su falta de rigor en el desempeño de su labor, le condeno a que le sea aplicado el mismo método, aunque, esta vez, se realizará un seguimiento exhaustivo de su evolución para determinar qué es lo que hace que los reinsertados se comporten de esa manera. En el siguiente ciclo, deberá haber sido manipulado genéticamente y se le integrará en la sociedad terrestre tras los cambios morfológicos pertinentes.

Otro pitido… Ya no había vuelta atrás…

 

* * *

 

Llevo ya varias decenas de ciclos terrestres conviviendo con estas desagradables y primitivas criaturas. Ya sé lo que descontroló a los otros condenados…

Enseguida, me percaté del inexplicable y visceral terror que sienten los humanos hacia la idea de dejar de existir: de su muerte y la de los que tienen a su alrededor. Nunca antes había conocido una sociedad que no viese el momento de la muerte como algo natural y una pieza vital en el mecanismo de la vida.

¡Que sencilla sería la labor de los funcionarios de justicia si las razas evolucionadas compartiesen ese pánico a la muerte, al dolor, al sufrimiento y a la pérdida de estatus social! No habría que pergeñar complicados métodos de castigo; bastaría con amenazarles con condenas similares a las que utilizaban los propios humanos

Lo cierto es que, si hubiera hecho bien mi trabajo, me habría dado cuenta enseguida de cuál era el problema…

Es estimulante –más que cualquier droga o placer- ver el miedo en sus ojos; sentir cómo tiemblan de terror ante las amenazas; comprobar con que facilidad pierden la entereza y la seguridad en sí mismos cuando comprenden la fragilidad de sus estructuras sociales.

En el universo civilizado, estarán disfrutando analizando mi evolución y viendo cómo yo también me he rendido a mis instintos y disfruto haciendo daño a estas criaturas, tan frágiles como odiosas.

No necesito computadoras para saber que el problema es que con su extraña forma de ser hacen que salga a la luz un atávico instinto que se remonta a cuando nosotros éramos aún menos civilizados que ellos.

¡Me da igual que me estén observando desde la Federación Galáctica! Llevo varios ciclos aterrorizando a estos despreciables seres, incluso haciendo que muchos de ellos se conviertan a una causa que no existe y aterroricen en mi nombre.

Hoy me preparo para lanzar otra llamada al terror y muerte que haga que se sientan un poco más indefensos.

Ha llegado la hora de hablar una vez más ante el rudimentario aparato que grabará mi mensaje de horror.

Me aliso mi larga y cenicienta barba, me coloco bien el turbante y, mientras disfruto haciéndoles sufrir, acaricio de forma casi imperceptible el Kalashnikov…

Madrid me mata

Marzo 13th, 2009

Pedro  Escudero nos brinda un relato corto con un título que mas de un madrileño, y foráneo, habrá dicho alguna de una vez. Y es que las ciudades, y cuanto mas grandes peor, son muy peligrosas. Y si no que se lo digan al protagonista de este cuento.

 MADRID ME MATA

PEDRO ESCUDERO


Otra vez ese olor extraño golpeaba su nariz. No era la primera vez que lo percibía aquella misma semana, pero en aquella ocasión era más intenso. Raúl giró la cabeza a derecha e izquierda. Una muchedumbre se apretuja en la acera a un lado y otro del Paseo de la Castellana; saliendo unos del metro —un agujero que vomitaba auténticas hordas de adormilados trabajadores—, bajando otros a las profundidades para acudir a cualquiera de los lugares que aquella telaraña subterránea unía entre si. Le parecían hormigas que seguían su camino de manera automática, simples insectos sin raciocinio que no se planteaban lo miserable de sus vidas; arrastrándose un día tras otro para conseguir comida, cobijo y un poco del tipo de felicidad artificial que cada uno de ellos eligiera, y luego llamarían pasatiempo.

 

Odiaba Madrid y cuanto representaba con todas sus fuerzas. En un primer momento le atrajo con todas sus posibilidades, luces, espectáculos y trabajos. Pero esa primera sensación duró poco. Sabía que la ciudad palpitaba con vida propia. Incluso había llegado a comentarlo con un par de amigos por chat: “Es una animal grande que necesita gente para funcionar pero les deja sin alma ni corazón”.

 

“Odio Madrid”, ese era su nick en tuenti, el messenger y el chat de google. En los últimos tiempos había llegado a convencer a varios conocidos —no estaba seguro del número pero no serían menos de una docena—para que no dejaran sus trabajos y acudieran a la capital en busca de mejores oportunidades.

 

¿Y por qué no se había ido si tanto odiaba aquel tipo de vida? Esa era la pregunta que se hacía cada mañana cuando el despertador le arrancaba del plácido sueño y le devolvía a su realidad gris. Llegó hacía casi dos años, recién acabada la carrera de ingeniería química, dispuesto a comerse el mundo y triunfar en unos meses. Y vaya si lo había conseguido, y con creces, al menos según los parámetros que el mismo se había marcado. Era como si cada vez que ya hubiera decidido abandonarlo todo y marcharse, una nueva oportunidad le apareciera entre las manos: Trabajos bien remunerados, sexo abundante con mujeres hermosas de esas que siempre le habían parecido inaccesibles, fiestas alocadas en los locales más afamados, puestos de dirección, un piso de protección oficial, coche de empresa, pareja estable…

 

De nuevo una vaharada de aquel olor inundó sus fosas nasales. Era un aroma extraño. Estaba fuera de lugar. Le traía recuerdos de cuanto anhelaba. De todo aquello que Madrid no era. Una mezcla entre aire de montaña, el papel de un libro viejo, pasteles horneados en la tahona de su pueblo, y pólvora de fuegos artificiales recién quemada. Aquel olor era la quintaesencia de la felicidad.

 

Se dejó guiar por aquel olor, siguiendo su rastro por varias callejuelas laterales. No tuvo que andar mucho antes de encontrar su origen, una tienda de ultramarinos con aspecto anticuado y un escaparate en el que se agolpaban toda clase de especias y cachivaches, desde arpones hasta semillas de mostaza.

 

Raúl entró en la tienda. Dos minutos más tarde una mano volteaba un cartel deslucido en la puerta de la entrada del lado que decía cerrado. Treinta minutos después el escaparate tenía los cristales pintados de blanco, como cualquier comercio en reformas. A las dos horas en el lugar sólo había un muro de ladrillos.

 

De Raúl no quedó ni rastro.

 

Y Madrid continuó palpitando, con vida propia, atrayendo con sus oportunidades a una legión de humanos como el néctar a las abejas; librándose de los inadaptados, el más peligroso de los virus, una enfermedad letal contra la que tenía sus propias defensas.

En Tiempos del Sultán. Juan José Tena

Marzo 6th, 2009

Comenzamos la publicación de nuevos relatos para Historias Asombrosas On Line. Actualizaremos un relato cada viernes.  Se abren pues la votaciones del mes de marzo de 2009.

Este primer cuento  trata de un tema muy antiguo y, a la vez, muy actual y de moda. Una interesante reinterpretación de un mito. Lean, lean

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