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Caretas

el  Domingo, 04 January 2009 01:00 Escrito por 
Rubén Sánchez Trigos es el encargado de cerrar la entrega de Historias Asombrosas de octubre
Amo la rutina. Por eso, cuando aquella mañana me levanté y me dirigí al cuarto de baño, dispuesto a ducharme, tomar un café rápido y salir disparado hacia el periódico para el que trabajo de becario desde hace seis meses, no experimenté la menor sensación de hastío. Todo lo contrario. Como la buena de Mariam me decía: ‘esta es la vida que has escogido’.
Supe que algo iba mal en cuánto vi a aquel tipo salir de la habitación de Alberto.
La noche anterior, mi compañero de piso y yo habíamos estado viendo la televisión hasta tarde. Alberto se había ido a dormir primero. No escuché ningún ruido de madrugada, ni me desveló nada extraño. Y créame: tengo lo que se dice un sueño ligero.
El hombre venía frotándose los ojos con el reverso de la mano, como si acabara de despertarse. Era un tipo perturbador, y le diré por qué: su enorme cabeza calva no podía estar menos en consonancia con el resto del cuerpo: era un verdadero palillo andante, un buen montón de piel y huesos. Se detuvo junto a mí y me miró mientras seguía frotándose.
-Chaval- Me dijo -¿Te importa si paso yo primero?
Había algo en su voz aún más perturbador que su físico. Un asomo de familiaridad que no lograba situar del todo. Sin añadir nada más, el hombre calvo pasó por mi lado y entró al cuarto de baño, cerrando la puerta tras él.
Lo primero que hice fue dirigirme a la habitación de Alberto. Imagínese: para pedirle explicaciones.
Me asomé apoyándome en el marco de la puerta, pero el cuarto estaba vacío. La cama, además, aparecía deshecha, y un par de calcetines negros, usados, colgaban del respaldo de la silla. De Alberto, por supuesto, no había ni rastro.
Volví por el pasillo y empujé suavemente la puerta del baño. En esos instantes, el tipo calvo acababa de orinar. Se volvió, subiéndose el pantalón del pijama, y empezó a lavarse las manos en la pila.
-Disculpa- Le dije -¿Eres amigo de Alberto?
-¿Cómo?- Preguntó sin ni siquiera mirarme.
-Que si eres colega de Alberto. Como has pasado la noche aquí...
En ese instante, el extraño alzó la cabeza y me lanzó la mirada más terrorífica que he visto en mi vida. Y no digo terrorífica porque hubiera algún tipo de fulgor misterioso en sus ojos, o porque me sintiera amenazado, sino porque me miró como si yo estuviera loco. La última vez que experimenté algo así tenía diez años, y fue después de decirle a mi madre que había visto, otra vez, al Hombre Verde en la ventana. Por la forma en que mi madre me miró, supe que lo del Hombre Verde y demás fantasías se habían acabado. Supongo que forma parte de hacerse mayor: lo que de niño tiene gracia, de hombre hace que te miren como a un loco.
El extraño siguió mirándome de esa forma acusadora mientras se frotaba las manos enjabonadas. Luego, cerró el grifo y cogió una toalla grande del toallero.
-Joan- Dijo mientras se secaba -¿Qué coño te pasa?
Esto era lo último. Que también supiera mi nombre. Antes de estallar, consideré la posibilidad de que Alberto me estuviera gastando una broma. Una posibilidad remota, desde luego: si existe alguien al que se pueda aplicar la palabra serio, ése es Alberto, alias “a ver estudiado anoche, no pienso dejarte mi examen”.
El hombre se quitó la camisa del pijama –estaba realmente delgado, como Alberto-, y fue a darme con la puerta en las narices. Antes de que pudiera hacerlo, interpuse mi pie y miré fijamente a sus ojos.
-¿Quién eres y dónde está Alberto?
Otra vez me lanzó esa mirada que me aislaba del mundo.
-Joan, si esto es una broma...- Insistió.
-No me hagas preguntártelo dos veces- Añadí.
-Joan, joder, que tengo prisa. Y tú también. Para ya con este juego o llegaremos tarde los dos.
Naturalmente, no hice ni una cosa ni otra. Salí disparado por el pasillo y descolgué el auricular del teléfono fijo.
-¡O me dices quién eres y qué has hecho con Alberto, o llamo a la policía ahora mismo!- Amenacé a gritos.
El extraño había salido del baño y venía atravesando el pasillo hacía mí, con una expresión de auténtico desconcierto pintada en la cara. En su extraña y gigantesca cara.
-Joan...- Balbuceaba -No sé... no sé a qué viene...
-Tú te lo has buscado.
Lo cierto es que no llamé a la policía. Súbitamente, pensé que si ese hombre había hecho algo con Alberto –algo realmente feo, ya me entiende-, no dejaría que lo delatara tan fácilmente. En otras palabras: que me estrellaría el auricular del teléfono en la cara antes de permitir que marcara el primer digito. Así que salí del piso corriendo, con la intención de pedirle a cualquier vecino que estuviera en casa que me dejara usar su teléfono.
En el rellano estaban Luz y sus dos críos, listos para ir a clase. Los tres, de espaldas a mí, terminaban de salir de la puerta del 5º B. No esperé ni un momento. El tipo calvo venía corriendo detrás mía.
-¡Luz!- Grité -¡Espera, no cierres, déjame...!
Ella se volvió para mirarme. Y digo ella por no decir él. Por un instante, pensé que realmente me había vuelto loco. Era el hombre calvo. Quiero decir, que era Luz, nuestra vecina, pero la cabeza que se giró para mirarme era la del hombre calvo otra vez. El resto de ella, sus piernas, sus diminutos pechos bajo el suéter, eran los de Luz. O al menos, los de una mujer.
Abrí la boca para decir algo. Sencillamente no pude.
Los niños también se habían vuelto, los dos, y el espectáculo, ahora, era más grotesco que con Luz o con Alberto. Dos cabezas calvas y monstruosamente grandes me miraban desde dos cuerpos menudos y rechonchos, ataviados con sendas mochilas rojas cargadas de libros.
Aquellos dos ¿niños? eran la cosa más espantosa que he visto nunca, una aberración hecha carne.
Para cuando el primer hombre calvo llegó corriendo, yo tenía todo el cuerpo empapado en sudor, y mis muñecas parecían estallar con palpitaciones. El extraño con el cuerpo de Alberto se plantó ante mí y empezó a gritarme:
-¡Joan! ¿Qué coño te pasa? ¿Te has vuelto loco? ¡Joan!
-Esto... esto es una broma... ¿verdad?- Tartamudeé, y me pareció como si hablara otra persona, otro Joan que no era yo –Decidme que es una broma, por favor. Decidme que estáis todos compinchados.
El hombre calvo me miraba por triplicado: desde el cuerpo de Alberto, desde la cara de Luz, y desde los rostros de los dos niños que se iban al colegio.
Aquello ya era suficiente. Alcancé las escaleras todo lo rápido que pude, y bajé los escalones de dos en dos hasta llegar a la planta baja. La mujer de la limpieza estaba de rodillas en el suelo, pasando un trapo a los tiestos del portal. En cuanto empezó a volverse, supe que no vería su cara sobre sus hombros.
Era el hombre calvo, de nuevo.
Alcancé la calle antes de que Alberto, o cualquiera de esos otros seres que pretendían hacerse pasar por mis vecinos, me alcanzase a mí. Hacía un día tan anodino que resultaba macabro: no hacía ni frío ni calor. En el cielo, jirones de nubes grises se aplastaban contra un azul puro y vívido. Un día cualquiera. Eché a correr sin ninguna dirección en concreto, y muy pronto me tropecé con las primeras... personas.
No tengo que describir lo que vi, supongo: hombres calvos con cuerpos de mujer cargando con las bolsas de la compra, hombres calvos sobre cuerpos de niños paseando a sus perros, hombres calvos poniendo multas a coches que otros hombres calvos aparcaban mal, hombres calvos hablando con otros hombres clavos, hombres calvos besándose entre ellos...
Reprimí una arcada, llevándome una mano a la boca, y doblé por Conde de Peñalver hasta desembocar en Goya. Decidí clavar mi mirada en el suelo y no volver a levantarla mientras caminaba. Decenas de cuerpos extraños se cruzaban a mi paso. Algunos tropezaban conmigo, pero ni una sola vez alcé los ojos para disculparme. Cuerpos altos, bajitos, rechonchos, delgados, atléticos, viejos, jóvenes, vestidos de forma elegante, clásica, con falda, con pantalones de pinza, con vaqueros, con gruesas medias para protegerse del frío. Daba igual. Sabía, con una certeza opresora, que todos ellos paseaban la cabeza del hombre calvo sobre sus hombros.
Los escaparates de las diferentes tiendas se sucedían a mi lado izquierdo. Dejé atrás El Corte Ingles y continué avanzando. En un momento dado me detuve junto a un quiosco, y no pude evitar tropezar con todas aquellas revistas y periódicos. Era nauseabundo. En una de ellas, el hombre calvo posaba frente a una enorme casa de campo. El titular hablaba de una duquesa y de lo bien que estaba llevando la ruptura con su marido. En otra portada, el hombre calvo sujetaba una enorme arma de repetición, ataviado con un chaleco de cuero negro y medio puro entre los dientes. Interpretaba al protagonista de una esperadísima película de acción que se estrenaba este mes. A su lado, en otra revista, el hombre calvo posaba ataviado nada más que con un minúsculo tanga. Su cuerpo, sin embargo, resultaba espectacular. Era la chica del mes. En los periódicos, el panorama también era dantesco: en la portada de uno de ellos, dos hombres calvos se estrechaban la mano para sellar la paz entre sus países; a su derecha, un hombre calvo con uniforme de corredor de Fórmula I, alzaba un trofeo.
Volví la cabeza de forma violenta. No podía seguir mirando. La nausea de antes me trepaba otra vez el esófago. Ya empezaba a percibir el amargo sabor del vómito en mi boca.
Había cometido un error. Había levantado la cabeza del suelo, y ahora lo estaba pagando. La visión que tenía ante mí, por todas partes, fue como una bofetada de miedo en la cara. En pocas palabras: me aturdió. Toda la calle Goya, al menos hasta donde yo alcanzaba a ver, estaba atestada de hombres calvos. Todos parecían realizar las tareas más aburridas del mundo. La mayoría paseaban, se paraban ante los escaparates, entraban, salían, llamaban por sus teléfonos móviles. Sentí que estaba a punto de vomitar, ahí mismo. Seguí a una niña con la mirada. Aquella cabeza calva parecía oscilar sobre su pequeño cuello. La niña pasó junto a mí y entró en una tienda.
Entonces tropecé con mi propia visión.
Durante un instante, contemplé perplejo a aquel chico delgado y pálido que se reflejaba en el cristal del escaparate, como si fuera un extraño. El chico me devolvía una mirada alucinada. Estaba en pijama. Y en zapatillas. Una incipiente barba mañanera comenzaba a oscurece el rostro. Retrocedí un par de pasos, más asustado aún que antes. El chico del cristal también retrocedió. Negué con la cabeza, apreté los puños, mientras varios paseantes se detenían a mi alrededor para mirarme. Una voz me preguntó si estaba bien. Otra pronunció la palabra indigente. Eran dos hombres calvos. No les presté atención. El reflejo era aterrador, y eso era lo único que me importaba. Quise convencerme de que no era yo. Y grité. Sin fisuras. Sin contenciones. Grité de horror.
Una tercera voz sugirió llamar a la policía mientras yo me arrodillaba en el suelo. Varios hombres calvos se acuclillaron junto a mí para socorrerme. Otros, se apartaron asustados.
Si que era yo. Y eso era lo más abominable de todo. Era yo mismo, ¿sabe, doctor? Con mis manos, mis piernas, mis ojos... y mi cara. Sigo conservando mi cara. Soy el único hombre en este mundo que conserva su cara. No me mire así, doctor. Usted también. Usted también tiene la cara del hombre calvo sobre los hombros. Como los que me trajeron aquí. Como todos los demás. No me miré así, por favor. No me mire como me miraba mi madre cuando tenía diez años.

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