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Cuestión de suerte

el  Domingo, 04 January 2009 01:00 Escrito por 
Enrique Díaz Pascual firma esta Historia Asombrosa. La segunda de noviembre.
Dicen que para ganar las series mundiales de póquer se necesita un milagro. Comienza  con más de ocho mil jugadores, al cabo de una hora la mitad de ellos, ya han sido eliminados. Aunque Fabrice Tauré participaba por primera vez, no era un jugador novato. Su padre, jugador profesional de los de antes, cuando aún no existía el circuito legal, lo había iniciado por todas las mesas de juego clandestino del país a la temprana edad de quince años. Fiel a la herencia de su progenitor, en cuando tuvo edad suficiente se independizó y se forjó un reconocido prestigio como hábil dominador del juego de los cuatro ases. Pero mientras que para su padre el póquer era una profesión como cualquier otra, para Fabrice era diferente, no ansiaba los beneficios económicos que podían proporcionarle el juego, el dinero solo era el medio para poder jugar y ganar. El deseaba ser “el ganador”, no un ganador respetado o un buen jugador del que se pudiese decir: -Hey, ese tipo juego muy bien y además también sabe perder- no, para el, un perdedor era solo eso, un perdedor. Y Fabrice no soportaba perder.

Con el tiempo fue uno de los mas conocidos  personajes del circuito clandestino del tapete verde. Se hablaba de la gran cantidad de dinero que ganaba, del que perdía en mujeres, del que se metía por la nariz  –para seguir jugando en partidas interminables-, y del que volatilizaba en apuestas absurdas –se dice que en una ocasión perdió mas de un millón apostando en una carrera de cucarachas que organizó el mismo-.
Toni Pisco conocía muy bien a Fabrice Tauré, había seguido de cerca su trayectoria, y estaba bastante seguro de que era el mejor jugador de póquer que había visto en sus mas de 30 años de profesión. El trabajo de Toni consistía en organizar partidas de póquer para gente de mucha “pasta”. Estos individuos, no siempre del todo, digamos … comportamiento respetable, buscaban una gran partida de póquer y exigian máxima discrección. Toni se ocupaba de todo el montaje y se llevaba una suculenta comisión.
Aquella noche Toni había organizado una partida con cuatro clientes que querían jugar con el gran Tauré. Antes de  empezar la partida estaban encantados, jugar con Fabrice era un lujo que pocos se podían permitir. Pero el entusiasmo se enfrió desde el momento en que Tauré se hizo visible entre la penumbra ambiental del pequeño salón de juego. Era evidente que iba borracho, colocado o ambas cosas a la vez. Avanzó tambaleante, saludó con un “huola” tembloroso y descargó, mas que asentó, sus cien kilos largos de peso en un asiento ante la mesa de juego mientras decía: –¿Empezamos o que? -. Fabrice desplumó a sus adversarios, sin escatimar burlas ni tragos de güisqui, en menos de una hora. Las miradas que lanzaron a Pisco los perdedores le dejaron claro que había perdido cuatro buenos clientes. Una cosa era perder contra un buen jugador en una partida competida, otra muy diferente, que un borracho te haga sentir como un analfabeto del póquer. No se podía hacer esto con gente que le hacía ganar tanto dinero. Toni estaba cabreado.

Aquí estaba, entre los 6 últimos finalistas de las series mundiales, en el circuito profesional. No por necesidad, ni por afán de notoriedad, estaba allí por que habían herido su orgullo. Toni Pisco iba a tener que tragarse sus palabras. Le había gritado que estaba acabado, que las drogas le habían reblandecido el cerebro y que lo único que podría hacer era ir tirando en garitos de mala muerte como había hecho su padre. Así que se levantó tambaleante de la mesa, durmió tres días seguidos, se levantó, comió bien y se inscribió en los campeonatos mundiales.
Le gustaba contemplar a los contrincantes que abandonaban la mesa de juego. Les seguía con la vista esperando que sus miradas se cruzasen para poder despedirlos con una sonrisa sardónica y un pensamiento travieso:  –A ver como le dices a tu novia que este año tampoco habrá abrigo de pieles-. Y es que no le caían bien los otros jugadores, los odiaba. Ese era el secreto de su éxito, no importaba lo buen tipo que fuese el adversario, siempre encontraba un motivo para poder odiarle. A veces era porque tenía pelos en la nariz, otras por la cara de idiota que ponía cuando ganaba una buena mano, siempre había algo. Si alguien le quería ganar, se lo tomaba como algo personal y encontraba cualquier motivo estúpido para poder sentir rencor contra su adversario.Y es que Fabrice tenía que odiar para poder ganar
Y ganó, el último día, después de trece horas de juego, su último adversario, aquel que tenía etiquetado como “despreciable calvo de tripa cervecera”, quedaba fuera. Nuevo campeón del mundo, Fabrice Tauré. Mientras recibía el suculento cheque del premio en un escenario iluminado por flashes, tuvo un pensamiento para la persona que más le había motivado para poder alcanzar la victoria: -espero que ese cabrón de Toni esté viendo la tele-.

No era una leyenda urbana –pensó Toni-. La gran partida existía, cada cinco años, dos contendientes, sin límite de dinero ni de tiempo se enfrentaban en representación de dos equipos.
-Queremos que convenza a Fabrice Tauré para que compita por nuestro equipo -mientras hablaba, el anciano del traje gris puso sobre la mesa del salón del apartamento de Toni un maletín negro.
-¿Por que no habla usted directamente con Fabrice? –inquirió Toni-.
-Son las reglas, debemos emplear a un interlocutor para que reclute a nuestro elegido-. El anciano hizo un gesto con la cabeza hacia el maletín.
-Ábralo, hay 500000 para gastos.
Toni estaba paralizado, no se atrevía a levantar las manos de sus rodillas por temor a que éstas se pusieran a temblar . No sabía porqué, pero estaba convencido que la pasta estaba ahí dentro. Había algo en el tono de su interlocutor que actuaba como un certificador de validez de todo lo que estaba escuchando.
-No será necesario –respondió Toni-.
-El importe íntegro de lo que se haya apostado será para el ganador. Acostumbra a ser una suma de nueve cifras –señaló el anciano.
Era “el encargo”, una oportunidad única, después de esto, la gran vida. Pero Fabrice no era un tipo convencional. No tenía respeto por el dinero,  necesitaría conocer más detalles de la partida para poder encontrar algo que resultase motivador para Tauré.
-¿A quién representaremos exactamente? –interrogo Toni-. ¿Se trata de algún tipo de apuesta entre clubes de ricachones?. No sería la primera vez que trabajo en algo así.
El anciano sonrió por primera vez –este gesto inquietó más a Toni que su seriedad- y le respondió:
-Dicen que el póquer no es en realidad un juego de cartas, es un juego de gente. Un juego entre seres humanos por la hegemonía de uno ellos, por su predominio. Los verdaderos contendientes, mi representado y su oponente, hace tiempo que decidieron depositar en manos del azar el grado de representación que podrían ejercer en digamos … áreas de influencia comunes. Es mas civilizado una lucha fratricida.
-Entiendo, –interrumpió Toni-, el perdedor dejará de competir por el espacio empresarial en el cual ambos están interesados. ¿Es eso?
El anciano se carcajeó sonoramente. A Toni se le heló la sangre, definitivamente lo prefería serio.
-Una gran definición Señor Pisco, sabía que usted era una gran elección.  ¿Pero… cual cree usted que es el “espacio empresarial” en pugna?
- Supongo que lo habitual, armas, especulación immobiliaria, drogas…, lo típico-. Toni sabía que la mayoría de los habituales de sus partidas se movían como pez en el agua por estos ambientes.
El hombre de gris se inclinó hacia delante, unió sus manos, lo miró y dijo:
-Almas, señor Pisco, almas. La apuesta en juego es por la esencia del ser humano.
Lo mas extraño de todo es que le creía, no tenía dudas, el viejo loco le estaba diciendo la verdad, eso quería decir que…
- Si señor Pisco, si acepta el encargo, estará trabajando para el Lucero del Alba, para el Ángel Caído. –Toni se estremeció, pareció que le había leído el pensamiento.
-Entonces el otro representado es…
- Sí, el “gran jefe”, “el todopoderoso” –mientras decía esto el anciano miraba hacia arriba con los brazos extendidos en un ademán de burla.
A Toni solo se le ocurrió una pregunta mas:
- ¿Y por que motivo no se enfrentan entre ellos?
- Como comprenderá siempre están muy ocupados, además y según he oído, el de “ahí arriba” prefiere jugar a los dados. Eso sin contar que mi amo tiene muy mal perder y en ocasiones se descontrola.
Mientras el anciano se partía de risa Toni pensó: -esto le va a encantar a Fabrice.

La partida se había organizado en un trasatlántico de lujo.Se habilitó una gran sala de conferencias. Se dispuso una mesa central de juego para los dos participantes y el crupier. A su alrededor se dispusieron una cincuentena de asientos con pequeños monitores de circuito cerrado para poder seguir con detalle el transcurso del juego.
Toni no podía asistir a la partida, no le importaba, su trabajo ya estaba hecho. Se conformaba con que le hubiesen invitado al barco. En los días previos al acontecimiento había visto circular a jefes de estado, grandes empresarios, artistas, obispos, militares… las fuerzas vivas del planeta, todo un espectáculo. Además, podía seguir los resultados de la partida desde los monitores del gran salón de convenciones del lujoso buque. Hoy, en el sexto día de partida, dejaba pasar el tiempo apoyado en el pasamanos de la cubierta principal, observando el mar y deseando que llegase la hora de comer, el buffet del barco le parecía increíble. En eso estaba cuando un joven desconocido se puso a su lado:
-Buenos, días –le saludó el pasajero-, esta espera es insoportable. ¿Quién cree usted que va a ganar?
-Creo que Tauré –dijo Toni-. Estaba bastante convencido de ello. Se hallaba presente cuando a Fabrice le presentaron a su rival. Aunque se mostró educado en su presencia, cuando los volvieron a dejar solos Fabrice le susurró al oído: -joder Toni , ¿has notado como le sudan las manos al tipo ese?, que asco, voy a tener que jugar con guantes de látex para que no se me peguen las cartas a los dedos.
-Pues yo he apostado una pasta por el otro, por el cura ese –continuaba hablando el desconocido-. Mierda, esto se alarga demasiado. Dice mi padre que la partida mas larga de la que se tiene noticia fue en septiembre de 1939, duró seis días. Por cierto, ¿Qué día es hoy?
-Martes.
-No hombre, el día del mes.
-11 de septiembre.

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