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El prisionero de Spandau

el  Martes, 21 October 2008 02:00 Escrito por 
José Rubio y José Miguel Cuesta nos trasladan a la Inglaterra de los años cuarenta en la última de las Historias Asombrosas de septiembre.

Inglaterra. Sábado. 10 de mayo de 1941.

Faltaban dos horas para cerrar el día. Un Messerchmitt 110 alemán cruzaba los cielos cubiertos de espanto de Escocia a baja altura, intentando ocultarse del radar inglés; sin éxito. Los cañones antiaéreos de la R.A.F. descargaron sus baterías retumbando en la oscuridad, creando un pavoroso espectáculo de luz y sonido, pero, excepcionalmente, ninguno pudo o quiso hacer fuego en un blanco tan accesible.

Cerca del señorial castillo de Glasgow, el avión viró a la derecha y la portezuela lateral se abrió, lanzando un hombre al vacío. Cayó como una piedra, a gran velocidad, hasta que se desplegó el paracaídas y descendió suavemente, zigzagueando sobre las copas de los árboles del bosque de Hamilton, en Dungavel.

Más tarde, sobre la una de la madrugada, los soldados ingleses, al estilo de la caza del zorro, emboscaron al intruso. A la mañana siguiente, The Times anunciaba que el lugarteniente del Fürer, Rudolff Hess, había sido apresado y que reposaba provisionalmente en el hospital del condado, curándose una torcedura de tobillo.

Lucía en su esplendor el mes de mayo de 1941, pero Europa se ensombrecía y cubría de luto por la guerra, una guerra que abarcaría medio mundo con su tenaza de hierro. Y nadie comprendía el significado oculto de aquel acto heroico, quizá fruto de la locura.

Carcel de Spandau. Berlín Oriental. Agosto de 1944

El teniente coronel Eugene K. Bird contempló las fotos mientras bebía un sorbo de té, parsimoniosamente, sin prisa, fotograma a fotograma, analizándolas hasta el más nimio detalle con su perspicaz inteligencia, escudriñándolas como si supiera que se le escapaba algo. El prisionero número siete se había dedicado a garabatear en las paredes de la celda signos inteligibles, ideogramas, runas y demás figuras geométricas de significado desconocido. Nadie parecía saber qué estaba expresando con ellas, pero debían ser importantes, dado el peculiar personaje que las escribía.

Hasta poco antes del final del juicio de Nuremberg, Rudolff Hess había alegado amnesia parcial. «¡Qué diablos!» –pensaba el teniente–, hasta el mismo momento en que los acusados pudieron decir sus últimas palabras, todos creían que estaba amnésico, sino trastornado o loco. Pero cuando se levantó para expresar su último alegato de defensa, desveló al público presente que su amnesia había sido una estrategia, una artimaña para que no lo asesinaran en su celda, que se encontraba en plenas facultades psíquicas y físicas y –esto estremeció a todos–, no se arrepentía de nada de lo que había hecho. Es más, dijo: «Volvería a empezar de nuevo, aunque supiese que una pira de fuego me espera al final de mis días.» El pobre infeliz no se dio cuenta de que con esas palabras firmaba una sentencia más terrible que la pena de muerte, la condena de vivir hasta el final de sus días encarcelado, aislado, solo, sin poder ver a su familia, sin poder hablar con nadie.

¿Fue miedo lo que provocó la decisión del jurado, al ver esa expresión de fanatismo en un nazi tan carismático, o había algún otro oscuro secreto por el que temerle, hasta el punto de no atreverse a matarlo y, es más, a incomunicarlo de por vida?

Eugene K. Bird se decantaba por la segunda opción. Había seguido las vicisitudes de Rudolf Hess desde que fue hecho prisionero en Inglaterra, y había presenciado numerosos e infructuosos interrogatorios. Siempre, después del primer turno de preguntas con presencia francesa, inglesa, rusa y americana, con taquígrafo y siguiendo a rajatabla las ordenanzas y convencionalismos carcelarios, siempre se realizaban otros a puerta cerrada, sin presencia alguna más que de un hombre misterioso, del que no tenía referencias. Eugene nunca pudo averiguar qué buscaba de Hess, sólo contemplaba una y otra vez su rostro decepcionado al final de cada sesión, y una frase dejada caer inconscientemente: «Ya lo decía Hitler, este hombre es más terco que una mula.»

Lo cierto es que en el último mes, la monotonía de años se veía alterada bruscamente. Hess no tenía permiso para escribir más que una carta a su familia a la semana, debidamente censurada, por supuesto. Pero ahora se dedicaba a garabatear como un poseso las paredes, como si pretendiese dejar algún tipo de mensaje. ¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¿Pensaba que se acercaba el momento de su muerte? Aún no le cubrían las canas y se encontraba perfectamente. ¿Creía que lo iban a matar? Se había quejado del mal trato dado por uno de los vigilantes ingleses, pero, ¡de ahí a un asesinato!, pensaba el teniente coronel. Los motivos de su actitud se mostraban impredecibles, pero a causa de ellos los interrogatorios iban a continuar, a puerta cerrada. Pero estaba vez Eugene quería estar presente. Y esa noche había uno.

En otro lugar de Spandau, en una cama de colchón de paja y cubierto con una manta que apenas le protege del frió de la celda, un hombre se retuerce poseído por sueños delirantes.

–¡No!, ¡no!, no, mi Fürer no ha muerto. ¡No!, nunca se suicidaría. Os ha engañado a todos. ¡Ja! Sí, os ha engañado a todos. Sólo se ha escondido. Ha ido al recinto secreto, ha ido a Agarti, y allí está con el Rey del Mundo. No, no ha muerto, no puede morir, es la Luz de Alemania, es el Mesías del próximo milenio, el Kalki Avatara. Volverá con su horda furiosa, su Wildes Heer, el Último Batallón de los Héroes, cuando menos os lo esperéis, y me sacará de aquí. Sí, me sacará de aquí y volveremos a luchar, porque nuestro es el destino y nuestro el mayor secreto… Pero no, de eso no he de hablar, mi Fürer, de eso no hablaré nunca…

De pronto calló, se enroscó en la cama como un gato y permaneció expectante, como si supiera que algo iba a suceder.

Al poco, más tranquilo, abrió los ojos y los fijó en las paredes, observando el conocimiento plasmado en sus dibujos, símbolos y claves para iniciados. Luego musitó una canción de su infancia, de antes que empezara todo, de cuando vivía con sus padres en Alejandría. Tiempos felices en los que nada presagiaba las nubes de tormenta que se avecinaban sobre Europa.
Se incorporó un poco apoyando la espalda en la pared, y se pasó las manos por la cara y el pelo como queriendo quitarse algo que se le había pegado, como si quisiera despertar del sueño en el que estaba inmerso, un sueño que duraba una eternidad. De pronto se quedó quieto y escuchó el silencio. A lo lejos unas puertas se abrieron y oyó pasos; eran dos hombres subiendo las escaleras que llevaban a su pabellón.

–Sí, son ellos -–se dijo–. Otra vez vienen a por mí. Otra vez intentaran sonsacarme los secretos que juré custodiar.

En efecto, dos hombres llegaron hasta su celda, abrieron la cerradura y descorrieron la reja. La voz del oficial se escuchó en la noche: «Prisionero número siete. Vístase y acompáñenos.» Una sonrisa se esbozó en su rostro pálido y enjuto: «Ni siquiera se atreven a pronunciar mi nombre. Cuanto me temen.»

La sala del interrogatorio era un viejo calabozo frío y húmedo. Las paredes se vestían de moho, y el pequeño espacio central solo lo ocupaban una mesa y dos sillas. Le ordenaron que se sentase en una de ellas. Así empezó el interrogatorio.

La primera parte siempre consistía en lo mismo, en dejarlo solo, esperando indefinidamente. No recordaban que la soledad y la espera era parte de su formación en las Wafen SS.
Al rato, ¿quince minutos? ¿treinta? ¿una hora?, quién sabe, dos hombres cruzaron la puerta de hierro. El teniente coronel Eugene K. Bird, y el mismo enigmático personaje de siempre. Eugene se dirigió a la pared de su izquierda y permaneció de pie; el otro se sentó enfrente del preso. Sin mirarlo sacó una pitillera y un cigarro. Ofreció uno a Hess, que lo rechazó.

«¿No recuerda que no fumo?»

Dio unas caladas, mientras extraía unas fotos de un sobre marrón, y las contempló de pasada, colocándolas en la mesa de cara al prisionero. Dio varias caladas más y, al final, miró a Rudolf y le habló.

–Bien. Tal vez quiera compartir algo de esto –señaló las fotos–. Llevo años pidiéndole que nos cuente sus secretos, y ahora se pone a dibujarlos en las paredes de la celda, en clave ¿Acaso cree que alguien va a tener acceso a estos gráficos, salvo nosotros?

Silencio.

«¡Qué pérdida de tiempo! Sabe que no voy a hablar. ¿Y qué hace el director de la prisión aquí? Seguramente siga el mismo ritual de siempre.»

En efecto.

–Sr. Hess. Sabemos casi todo de usted, aunque a lo mejor usted mismo ya lo ha olvidado. Nació el 26 de abril de 1894 en Alejandría. Cuando Alemania entró en la ahora llamada Primera Guerra Mundial, se fue voluntario al frente a luchar y fue herido varias veces. En 1921 se unió al movimiento Nacionalsocialista con el que tomó parte en el Putsch de Munich de 1923, siendo encarcelado junto con Hitler en Lansberg. Diez años después acceden al poder, que ironía, por la vía democrática, y Adolf le nombra presidente del comité central del Partido Nacionalsocialista, para más tarde, en 1934, ascenderlo al cargo de Ministro. En 1939 era usted la tercera figura política de Alemania: Vicefürer del Reich, detrás de Hermann Goering. Pero en 1941 se lanza en paracaídas sobre Escocia para entrevistarse con el Duque de Hamilton, adversario político de Churchill, y es apresado y encarcelado. En los juicios de Nuremberg de 1945 fue acusado de criminal de guerra, más tarde conmutado por cadena perpetua. ¿No es cierto?

Silencio.

–Nunca ha quedado suficientemente explicado porqué usted hizo aquella maniobra suicida. Sus mismos compatriotas lo calificaron de loco; un acto de irreflexión. ¿No es cierto? Lo dejaron sólo, abandonado en manos de los adversarios a los que estaban bombardeando sin misericordia. Según algunos era un gesto de paz, un intento de parar la guerra, de conseguir que el Imperio Británico y el Reich Alemán cerrasen un tratado que acabase la masacre. Según otros, usted pretendía –siguiendo las órdenes secretas de su Fürer, claro–, conseguir algo más ambicioso: que Inglaterra fuese un aliado en la conquista del mundo. Apoyándoles, Alemania tendría las manos libres para conquistar toda Europa, y dejaría intacta las colonias de la metrópoli. ¿Acaso no son los ingleses arios? ¿No tienen su misma sangre nórdica? ¿No les unen las mismas tradiciones artúricas y caballerescas? ¿No es cierto?

Silencio.

–Sin embargo, nos cuesta mucho aceptar unas intenciones tan «nobles». No conociendo «todo» sobre usted, señor Hess. ¿O debo llamarle «hermano» de los «cuerpos libres» de la Sociedad Thule.

El inquisidor clavó su mirada de aguila un largo rato en el prisionero número siete, esperando infructuosamente algún tipo de reacción. Dio algunas caladas más al cigarro y se levantó para seguir hablando de pie, dando vueltas alrededor de Hess, que parecía una estatua de bronce envejecido.

–Sabemos que usted pertenecía a esa orden esotérica, y sabemos todo sobre la misma y sobre su fundador, Karl Haushofer. ¿No es cierto que fue su mentor? ¿No es cierto que colaboró con él en su instituto de geopolítica, creado en ese momento en München, y que renunció a una plaza de profesor para dedicarse a la política? ¿No es cierto, señor Hess, que les visitaba a menudo a usted y a Adolf Hitler en la cárcel de Lansberg, y que éste, no sólo ayudó a Hitler a escribir Mi lucha, sino que lo educó en las ciencias de su sociedad secreta?

Silencio.

–Quizás no sepa que se ha suicidado recientemente al estilo japonés, después de asesinar a su esposa. ¿No sabe que está solo, que no queda nadie de su Hermandad de Sangre?

Por un momento Hess pestañeó. Se resquebrajó su marmórea frialdad y un poco de emoción humana llegó a la superficie. ¡Karl Haushofer muerto! Su mentor, su padre espiritual. Pero su debilidad duró tan sólo un instante. Imaginó el signo de la victoria, la svástica, y tarareó en su mente una vieja canción de guerra de las SS. Mientras todo esto pasaba en su interior, los dos carceleros sólo apreciaban en él… silencio.

–Desde antes que empezara la guerra estudiábamos todos los pasos de su política.

Estudiábamos, evidentemente, sus actividades económicas y, sobre todo, el gran desarrollo armamentístico. Pero mi departamento siempre estuvo al tanto de los sutiles cambios morales que estaban proliferando en su país, su neopaganismo. Nuevos ritos, viejas tradiciones volviendo a la vida, una forma distinta de concebir el mundo, un mesianismo fanático centrado en la figura del Fürer. ¿Cómo era? ¿Un pueblo, un Reich y un Fürer? Sabíamos que los más altos dirigentes pertenecían en mayor o menor medida a alguna sociedad ocultista, y que las SS sucedían a las SA con un carácter iniciático implícito, que no auguraba nada bueno. Entonces crearon la Ahennerbe, creo que fue en el 33, la sociedad de investigación de la herencia de los antepasados ¿No es cierto? En 1935 Himmler la relacionó con las SS y creó una sección especial encargada del «terreno de lo sobrenatural», ¿verdad?

»¿No es cierto que enviaron expediciones arqueológicas por toda Europa? ¿Qué buscaban en Polonia? ¿Y en Praga, qué buscaba Himmler en Praga? ¿Por qué dijo Goebbels que si caían Praga y Viena, caería toda Europa? Más tarde mandaron una expedición al Tíbet, ¿qué buscaban allí? Hemos conseguido descifrar mensajes secretos que hablan de Agarti. ¿Qué es Agarti? ¡Por amor de dios, diga algo!

Como siempre, el oficial se apasionaba y perdía los nervios.

«¡Qué infantil y qué débil! –pensó Rudolf Hess–. ¿Cómo comunicarle los verdaderos planes del Fürer? ¿Cómo e plicarle el interés por capturar determinados puntos geománticos de Euroasia? ¿Cómo hacerle entender lo importante que era conquistar la Europa Oriental, el Turkestán, el Pamir, el Gobi y el Tíbet? Esos lugares son la “región-corazón” y los que los dominen, dominaran el mundo. No comprenden la razón del extremo del interés de Haushofer en la Geopolítica, y mejor que no lo sepan.»

Pero el interrogatorio continuaba.

–Sé lo que piensa, señor Hess, pero hemos avanzado en las investigaciones desde la última vez que nos vimos. Ya sabemos por qué lucharon tan desesperadamente en Montecasino, y sabemos por qué las conversaciones con Skorzeny para organizar una expedición, cuyo objeto era el robo del Santo Grial. Es más… –por un momento calló y se colocó mirando directamente a los ojos de Rudolf Hess, tal vez para ser más melodramático, o para ver el detalle de la expresión de sus ojos–, sabemos por qué tanto interés en el castillo cátaro de Montsegur.

Entonces, por una única vez desde su encarcelamiento, Hess mostró asombro e incertidumbre en su rostro, y sintió miedo. Miedo a que los «vencedores» conocieran su más alto secreto, el que todavía podría cambiar la balanza de la historia y dar la victoria a los que aún fueran «fieles».

Recordaba las palabras del Fürer: «…el mundo emprende un giro decisivo; estamos en el gozne de los tiempos… el planeta experimentará una conmoción que ustedes, los no iniciados, no pueden comprender… lo que ocurre es más que el advenimiento de una religión.» Temiendo quedar demasiado en evidencia, Hess se apresuró a controlar los síntomas de su rostro, aplicándose uno de los ejercicios psicológicos bien aprendidos. Pero era tarde, su interlocutor se había dado cuenta y una sutil sonrisa nada disimulada apareció en su rostro. Se irguió y volvió a caminar con paso firme alrededor de Hess.

–Sabemos que los cátaros, los «puros», ocultaban un profundo secreto en Languedoc. Estamos al corriente de que fueron masacrados; pero la historia no nos ha dicho la verdadera razón del porqué, las oscuras ambiciones que rodearon el secreto que guardaban con tanto afán. Sí, sabemos que cuando Montsegur cayó, los cruzados de Simón de Montfort no pudieron hacerse con su tesoro, porque cuatro cátaros lograron ponerlo a salvo en las cavernas del Sabarthé, en los Pirineos, donde las SS lo buscaron durante la guerra. Esa región está llena de cuevas y cavernas donde los cátaros se escondían y recibían iniciaciones. Sabemos que eso no es todo y que hay más, pero… todavía no sabemos qué es. Y usted es la clave, señor Hess. Usted es la clave.

»¿En qué consistía ese tesoro cátaro? Seguramente no el Grial, ni un tesoro de oro y joyas. ¿Qué era, pues, ese tesoro? Mandaron varias expediciones a investigar en las cuevas de los Pirineos, e incluso pactaron algo con el dictador Francisco Franco que no hemos podido averiguar. ¿Lo encontraron sus hombres? ¿Tan importante era para la guerra? ¿Fue algo relacionado con esas expediciones lo que le motivó a marchar, solo, a Inglaterra? ¿Está relacionado con lo que ha garabateado en esas paredes: palabras en griego, símbolos alquímicos y astrológicos, figuras geométricas…?

Hess había conseguido recobrar su autocontrol y un rostro inexpresivo era todo lo que podía ver su carcelero. Le bombardeó con preguntas, una tras otra, esperando doblegarle,  como se doblega en una guerra al enemigo. Pero Hess sólo ofreció silencio, férreo, retador, victorioso. El mismo teniente coronel Eugene notó la presión a la que era sometido su prisionero, y no estaba muy seguro de lo que allí ocurría. Por un momento se puso del lado de Hess, instintivamente, como cuando uno se pone de lado del más débil. Pero la ilusión duro poco, porque Eugene vio, palpablemente, que Rudolf Hess no era el más débil.

–No sabemos cómo, pero debe haber una relación entre las piezas de este rompecabezas: la expedición al Tíbet, la leyenda del Rey del Mundo, los tibetanos que encontramos muertos al bombardear Berlín, el Imperio de los Mil Años, Agarti, la expedición a los Pirineos… No lo sabemos, pero le aseguro que lo averiguaremos.

Al fin, vencido, el oficial se calló, le lanzó una última mirada con dureza y cambió de actitud. Aparentemente más tranquilo, cogió su pitillera, las fotos y salió de la estancia seguido de Eugene.

Mientras cerraban la puerta, Hess repetía en su mente de acero: «ingenuos, si lo hubiéramos encontrado, no habríamos perdido la guerra.»

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