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Evolución

el  Martes, 21 October 2008 02:00 Escrito por 
Todo tiene un comienzo. Así nos lo recuerda José Ignacio Becerril en la tercera de nuestras Historias Asombrosas de septiembre.
Tiempos modernos

“Te llamaras Lucifer”, le dijo su padre, cuando al poco de nacer le sostuvo en sus brazos. En esa época estaba fascinado por todo lo satánico, y creyó oportuno demostrarlo de ese modo. Nieto de hippys trasnochados antisistema, hijo de fanáticos de la cibernética y el hard metal, aquel pequeño bebe nació con el siglo XXI, en una sociedad cuya evolución y cambio se empezaba a acelerar a tal velocidad que sus habitantes comenzaban a ser incapaces de controlarlo o siquiera comprenderlo.

Su peculiar familia lo mantuvo lejos de los cauces habituales de socialización, por lo que no sufrió los traumas propios de una educación enfocada a la resistencia al cambio y a la inmutabilidad de los valores y hechos. Frente al resto de sus conciudadanos, que fueron aleccionados en el espejismo de conceptos que asimilaban como correctos e inmutables para luego ver como eran rápidamente desechados por otros más nuevos y confusos, él nunca tuvo nada claro ni seguro, y por eso se adaptó como nadie a la vorágine en que el mundo se había convertido. Supo aceptar sin complejos que lo que antes tardaba generaciones en ser asumido, ahora se sucedía a un ritmo vertiginoso.

Sin los condicionamientos de una instrucción al uso, acompañó desde un principio a sus progenitores en su peregrinar por todas las modas y tendencias que como hongos aparecían tan deslumbrantes y prometedoras como huecas y artificiales. En realidad huían sin saberlo de una a otra, buscando una verdad lo suficientemente sólida como para poder aferrarse a ella y abandonar el proceloso mar de incertidumbre que les agobiaba. Vivió secuencialmente etapas de fanatismo tecnológico, naturista, religioso, humanista, religioso de nuevo, y así sin freno ni descanso. Parar era demasiado doloroso.

La búsqueda de la felicidad

Una cosa sí aprendió de sus padres. Qué la vida era solo una busca continua y descarnada de la felicidad. En cuanto a cómo conseguirla, tampoco lo tuvo nunca muy claro. Y no ya sólo el medio de perseguirla, sino su propio significado mutó con el paso de los años.

El caso es que con quince años ya había probado tantas drogas y estado en tantos grupos que buscaban la suprema catarsis a través de la química, que había perdido el concepto de que era real y no, y puede que nunca lo recuperara del todo. Pero, como se solía decir, ‘qué importa si es falso si es bueno’. Gracias a su facultad camaleónica de no ser capaz de sujetarse a nada, un día simplemente las abandonó, dispuesto a conocer nuevas experiencias, y un poco también porque se había dado cuenta que sus compañeros con tanto consumo empezaban a tener la personalidad de un perchero. Felices, pero percheros.

Luego le dio por pasar por cuanta secta le prometió el encuentro con dios, consigo mismo, con su tótem interior o el viaje en cuerpo y alma al paraíso, al planeta Hummo o a la conciencia universal.

Y otra vez su capacidad de distanciamiento e inadaptación, le salvo de perder definitivamente el juicio.

Siguió explorando, en un mundo donde la tecnología había conseguido tal capacidad de procurar estímulos a nuestro cerebro y de deformar el concepto de la realidad, que los seres humanos empezaban a sentirse tan inseguros como fideos inmersos en agua en ebullición. Los pocos que aún se resistían y trataban de decir basta, apenas conseguían saltar de una olla para acabar en otra. Esto provocó un colapso social que derivó a un mayor extremismo en todas las manifestaciones de la vida. Quien era naturista era muy naturista, vivía en los cada vez más escasos bosques desnudo y asalvajado,  y terminaba poniendo bombas a las empresas que él consideraba contaminantes. Quien se declaraba devoto, acababa disfrazado con vistosas túnicas en iglesias cada vez más barrocas y terminaba poniendo bombas a los que él consideraba herejes. Quién abrazaba un credo político, acababa vistiendo de un solo color y enarbolando una sola consigna, y terminaba igualmente poniendo bombas a los que él consideraba opositores. Quién dedicaba su existencia en cuerpo y alma a alcanzar el máximo beneficio para su empresa o multinacional, acababa viviendo en su despacho conectado a su ordenador y, sí, terminaba poniendo bombas a quien él consideraba sus competidores. Quién afirmaba que lo único importante era la patria y la independencia, acababa aislándose con los suyos sin siquiera querer conocer que había fuera, y terminaba poniendo bombas en cualquier sitio, porque no tenía muy claro quien era el enemigo exterior y quienes los traidores internos. Fue una época de muchas explosiones. Como a todo, el hombre pareció acostumbrarse. En lo que sí estuvieron de acuerdo todos es en poner bombas a los que no se posicionaban claramente, pues no había discusión de que estos eran los peores.

Y mientras tanto la tecnología seguía avanzando a pasos agigantados, gracias al auténtico motor de los nuevos tiempos, el ocio...

Porqué si antes habían sido las guerras las causantes de los avances de la humanidad, ahora la desesperación de los hombres por ocupar su tiempo se había convertido en la batalla crucial de esas nuevas hydras de múltiples cabezas que eran las grandes empresas. Toda persona era, ante todo, un consumidor. De su capacidad de fagotización y dilapidación dependía toda la economía moderna y, por tanto, toda la civilización. Tenía que ser entrenado para estar preparado para consumir más y mejor. Si se decidía a salirse de ese proceso de gasto continuo, el 99% de la actividad humana quedaba sin justificación. Y la velocidad a que se movía el mundo dejó de estar en términos humanos y el hombre dejo de controlar que le pasaba.

Los propios dioses


Así, el día en que se alcanzó la inmortalidad, hubieran debido producirse grandes celebraciones y festejos, pero nadie le dio tanta importancia. Primero llegaron los implantes sensitivos que aumentaban las capacidades corporales, y así la gente fue más alta, más fuerte, veía mejor o escuchaba a sus vecinos a través de la pared. Después se popularizaron los injertos de memoria, que pese a lo que podríamos creer no nos hicieron más listos. Simplemente buscábamos antes las cosas en los archivos. Luego los postizos cerebrales, que proporcionaban cada vez remedos más perfectos de emociones verdaderas, y que competían en el mercado con las cada vez más sofisticadas drogas. La felicidad o al menos su sensación empezó a depender de una pastilla o de un botón conectado a nuestro cerebelo.

Y por fin, la gran revolución, que se comunicó al mundo mediante un anuncio publicitario. Todo un cerebro humano, con todas sus emociones y percepciones, recuerdos y sentimientos, fue descargado en un soporte físico de silicio y cobre.

Naturalmente se ocultó que muchos de los primeros conejillos de indias murieron o se volvieron majareta en el sentido literal del termino. Pero lo cierto es que se había conseguido que un ser humano trasladase su mente a una máquina. Y como los artilugios mecánicos podían ser fácilmente reemplazados, se acabaron las enfermedades degenerativas, como la vejez, y el concepto de tiempo cambió. También hubo sectores enteros de la industria que se hundieron, pero, ¿cuándo no había pasado eso? Ahora las clases más altas en principio, y al poco las menos pudientes, pudieron acceder a estructuras de metal con sentidos electrónicos, o nuevos cuerpos orgánicos a la carta diseñados genéticamente. Podían incluso hacerse copias de seguridad. Reproducirse adquirió otro sentido. Pero, curiosamente, esto no nos hizo más listos. Ni más felices.

Nuevas razas y especies surgieron. No ya clases sociales, grupos o tribus. Literalmente, nuevos seres. A los que prefirieron tener una base metálica se les denominó ‘tecnobots’, y entre ellos había multitud de subclases, por ejemplo los que guardaban cierta apariencia antropomórfica y los que definitivamente abandonaron el aspecto humano. Los que se decantaron por diseños orgánicos fueron llamados genéricamente ‘biobots’, y entre ellos los había perfectos según los cánones clásicos, los ‘símiles’, todos iguales (hacerse un diseño genético exclusivo era caro), los que se cambiaban de cuerpo como de traje, siguiendo modas cada vez más efímeras, los ‘bestias’, que adoptaban formas animales más o menos humanizadas... De hecho, uno podía ser hombre hoy y mañana mujer, o un pájaro, o cambiar de color, tener cuatro brazos o raíces que succionaran el agua de la tierra. Podía ser un actor famoso o un ser legendario. Si ya quedaban pocas cosas inmutables, nuestra propia apariencia dejo de serlo. Ni que contar que hubo muchos problemas de identidad. Pero ¿cuándo no los había habido?

Y, al poco, surgió una nueva pregunta, otra nueva posibilidad ¿Porqué no unir dos mentes en una? Descargar dos mentes en un sólo soporte. Tal vez ese fuera el fin del que seguía siendo el mayor miedo de los seres humanos: la soledad.

Los primeros que lo intentaron fracasaron estrepitosamente. Más que científicos, fueron románticos tan exaltados como todo en aquellos días. Querían probar literalmente lo que era la comunión de las almas.

Pero luego empezaron los primeros éxitos, y se descubrió que la suma de dos no era dos, sino uno nuevo, a veces más completo, otras más extraño, pero nunca exactamente como el anterior. A veces la personalidad de uno se comía la del otro y el resultado se parecía más a uno de los factores. En otras lo que surgía nuevo parecía no tener nada que ver con los sumandos que se habían entrelazado. Era una extraña química, una nueva ciencia en la que nada era previsible al cien por cien.

Pero algo era cierto. En general, las nuevas mentes eran más fuertes, más poderosas. Más capaces de comprender e indagar la realidad. Así que esa nueva posibilidad se hizo muy popular en un mundo donde había de todo y mucho. Qué mayor remedio contra la añoranza, contra la tristeza.

Y porque limitarse a solo dos. Porque no unir tres mentes, cuatro, mil. El concepto familia tuvo un nuevo significado. Y salvo los naturistas, los encerrados en reservas y los más pobres, nadie más volvió a querer tener hijos. Como mucho, autómatas que pudieran en su caso desconectarse o devolverse. En un mundo con tantas posibilidades, se eligieron las más cómodas ¿cuándo no lo había hecho así el hombre?

Aparecieron entonces inmensos ordenadores que se nutrían no de datos o programas, sino de la propia vida y experiencias de los seres humanos que se descargaban en ellos. Fue como el mito de la criatura de Frankenstein, pero al revés. No eran engendros surgidos de trozos de cuerpos humanos. Estaban compuestos de trozos de otras mentes. Pero eran criaturas, en definitiva.

Se les numeró y se los denominó 'bancos de personas'. Lugares donde uno podía transferirse y abandonarse en el limbo para integrarse en un ser nuevo. Aportar su granito de arena en la constitución de nuevas entidades. Muchos decían que era como desvanecerse en la mente universal, o que el proceso era como retornar al limus iniciático. Pero a lo mejor esto sólo era parte de la publicidad.

Y en ese mundo caótico y convulso, sin que apenas nadie se percatara de ello, apareció un nuevo fenómeno. Resultó que estos macrocerebros complejos formados por la unión, que no suma, de distintas mentes, empezaron a evolucionar por su cuenta. Tenían tanta vida interior (literalmente), tantas conexiones y variables en sus entrañas con cada nuevo añadido, que no necesitaban estímulos exteriores sino que podían vivir de su propia reflexión y deliberación interna. Aprendían de sí mismas, y en la oscuridad de su pensamiento alcanzaban los secretos más ocultos de la vida y el universo.

Número 7

Nuestro amigo, el eterno inconformista que todo lo probaba, también pasó uno por uno por todos estos pasos. Fue todo y nada, y a diferencia de los demás, todo lo vivió incluso con alegría y satisfacción, sin que acabar cada experimentación le fuera traumático o doloroso. Llegó el momento de adherirse por fin a uno de estos macroseres. Tuvo bastantes para elegir, e incluso muchos se anunciaban como especialmente indicados para determinados perfiles de personas. Él prefirió unirse al que genéricamente denominaban número siete. Todos estaban numerados, pero muchos de ellos habían decidido llamarse de otras formas más atractivas, como Nirvana, Edén, Uno...  En todo caso solo descargó en él una copia de sí mismo, por si las moscas.

Lamentablemente el original murió a los pocos días en un terrible atentado provocado por un naturista, o un patriota, o un político, o un creyente, o un burócrata, o un anti cualquiera de esas cosas... A saber.

Y una vez allí dentro, en aquel bullicio de miles de mentes que convergían y divergían aclimatándose y fundiéndose en una sola, su presencia fue como la de un virus. Decenas de intelectos se podían sumar unos a otros y apenas producir variación alguna en el resultado final, como si a un guiso de carne le echas más carne. Pero a veces una sola nota de discrepancia era capaz de producir efectos devastadores, y cambiar de sentido de todo el conjunto radicalmente, como una gota de colorante en un litro de agua.

En su caso, su pertinaz inconformismo supuso un revulsivo para aquel nuevo ser. Descubrió la curiosidad y, a través de tanto y tanto conocimiento que acumulaba, se apasionó por aprender, por conocer, por ir mas allá. Descubrió la imaginación y la hizo su guía, viajando en su interior más allá de lo que nadie había llegado, hasta que aprendió como prescindir de la materia, del tiempo, de todo. Hasta que dejó de estar atrapado en chips y cables, y traspasó los límites de lo físico hasta convertirse en mera energía. Evolucionó hacia la existencia total, un nuevo estado de consciencia, de realidad.

En el preciso momento que esto ocurrió, si este concepto temporal se pudiera emplear en este caso, ya la tierra era un caos donde la vida se mantenía escasamente y de manera muy alejada de lo que había sido el ser humano. Pero e o no le importaba, porque tenía todo el infinito por explorar.

Quiso saber si otros grandes cerebros habían conseguido esa metamorfosis, pero en muchos de ellos solo halló vacío, muerte, o incluso locura. Algunos habían entrado en bucles donde sin saberlo su pensamiento giraba en un discurso sin final. Solo uno de ellos había alcanzado como él ese nuevo grado de conciencia: el número 4.

Y si en él mismo había sido la influencia del más puro inconformismo la que había provocado su evolución, en el número 4 el motor del cambio había sido el convencimiento de tener un destino, una misión. Tras su transformación en una entidad incorpórea sin limites espaciales ni temporales, había llegado a la conclusión de que se había convertido en el mismismo Dios Todopoderoso. Tras esta auto revelación,  se había volcado sobre la vida de sus ancestros, decidido a asumir su papel.

Así, intervenía en ella según entendía que debía hacerlo. Pero principalmente, su actividad más preciada era, justo en el momento de la muerte de cada ser humano, recoger su identidad y enjuiciar su existencia, decidiendo si merecía integrarse en su suprema gloria, o debía ser castigado en algunos de los infiernos que en su infinita sabiduría había creado para mantener su concepto de justicia.

Número 7 comprendió que las creencias y  dogmas que sus antepasados habían tenido durante toda la historia eran ciertos. Dios  existía, y estaba allí esperando el momento final para aplicar su vara de medir. Pero curiosamente, no había sido el primero en existir. No fue primero el Verbo, sino el hombre, y, después de éste, fue Dios.

Y el eterno inadaptado no pudo por menos que indignarse y rebelarse. Nadie podía decidir por otro. Debía ser cada uno quien resolviese si quería unirse a la supuesta magnificencia de Dios, vivir otra vida, una nueva oportunidad, o incluso dejar de existir definitivamente.

Naturalmente esta oposición no gustó al autoconsiderado Dios. Ambas macroentidades se enfrentaron y lo siguen haciendo en un duelo que dura toda la eternidad y abarca todo el espacio.

Y número 7 recordó las palabras de su padre. Era cierto, él era Lucifer. Aunque también podéis llamarle Legión.


FIN

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