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Héroes o dioses La balada de Feyrhell

el  Domingo, 04 January 2009 01:00 Escrito por 
Repiten José Miguel Cuesta y José Rubio con esta balada que cierra las Historias Asombrosas del mes de noviembre
En aquel amanecer
el alba cubría con un velo de alabastro
la magnificencia del océano.
El horizonte,
infinito e indefinido,
ardía como un horno gigantesco
presagiando la llegada del Sol,
que en su divino curso recorrería
las inmensas desolaciones
de la tierra subyugada.

En aquel amanecer se elevaban
los cantos de hombres
que invocaban a sus dioses.
Aquellos cantos hacían brillar
las ocultas estrellas
y enternecían los corazones de roca
de lejanas montañas.
Eran cánticos que brotaban
de labios poco habituados a contemplar
la soberanía de los soles,
que en llamaradas triunfantes
cabalgaban de horizonte a horizonte
desde el principio de los tiempos.

Las ásperas y verticales paredes
de los acantilados parecían
lanzar chispas doradas
a las profundices del cielo.
La grandeza de aquel santuario
era profanada con la presencia
de inesperados visitantes
llevando a cabo milenarios rituales.

Dos largas filas de hombres
que alzaban en sus manos
las ardientes llamas de hoscas antorchas,
marcaban el sendero
que otros seguirían;
portando sobre sus hombros
un pequeño barco funerario.
Contemplando la escena sobre una roca elevada,
un anciano invocaba con plegarias a los dioses.
Su figura se limitaba
en el resplandor cobrizo del amanecer.
Hablaba con trémulas pero solemnes palabras,
cual trompetas del destino
que se unen al silencio del infinito:

¡Tejed Nornas!
¡Tejed el devenir de los mundos!
¡Haced girar los husos de la vida
con serena armonía
y juzgad en ellos las acciones de los hombres!,
pero no dejéis que sean borrados
de vuestra memoria
aquellos que ya cayeron,
aquellos que blandieron con fiereza las espadas
y dejaron para siempre la tierra
de los mortales.

En el barco se hallaba erguida una gran pira
Sobre la que descansaba
el cuerpo inerte de un guerrero.
Aunque de porte sereno,
ya había cruzado las puertas de la muerte.
En su pecho
y agarrada con sus manos frías,
brillaba con esplendor
el filo de una enorme espada,
tributo a los dioses
de una vida consagrada al combate.
Feyrhell había sido y era
un rey entre los hombres,
un héroe entre los dioses.
Feyrhell el de los cabellos rojos,
monarca de un pueblo guerrero.
Dispuesto, tras una vida
de alegrías y muerte,
de victorias y saqueos,
a cabalgar junto a sus dioses
en las filas de la huestes divinas.

Pasados largos momentos,
depositaron el barco en las plácidas aguas
y prendieron fuego a la pira,
y lo empujaron lentamente
hacía las cálidas corrientes marinas.

En alta mar
las llamas ascienden enfurecidas
hasta el mismo firmamento,
cuando el trueno rompe la calma
de la naturaleza inerme.
El mismo sol se oculta temeroso
detrás de sombríos nimbos
que danzan en el espacio
con voluptuosas formas.
La tierra es oscurecida como el mar,
y millares de estrellas
parecen desprenderse del cielo.
Aparecieron entonces,
montadas en blancos corceles
de resplandecientes armaduras
y cabalgando con el enfurecido viento,
jóvenes muchachas de extremada belleza,
que se aproximaban solemnes
hacia la pequeña barca cubierta de llamas.
Sus manos etéreas acariciaron
el sereno rostro del vikingo,
y su imagen inmortal se elevó
del cuerpo sin vida;
liberándose de los fríos muros de la carne.

Llevado por las gráciles manos
que tan dulcemente le habían
despertado del sopor,
cruzó el manto de las nubes
para descubrir un sol resplandeciente
que abarcaba el horizonte infinito.

Más allá,
Tras el resplandor del astro rey,
observó el maravilloso fresno Iggdrasil,
el árbol que sirve de soporte al Universo
y extiende sus raíces a través de los mundos.
Bajo una de sus raíces
viven los hombres: en Midgard,
que es el campo de batalla de los dioses
y el mundo inhóspito donde vivió.
En otra raíz tenían los gigantes su morada,
la ciudad de Jötunshein;
mientras que en la tercera, Nilflheim,
era el dominio absoluto de Hel,
la diosa de la muerte, el lugar
del imperio helado de los muertos.
Otra de las raíces ascendía hasta Asgard,
el resplandeciente reino de los dioses,
donde él debía dirigirse.

A su lado,
y custodiado por aquellas
que asignan a los hombres su destino,
se hallaba el pozo Urda,
de cuya agua sagrada nadie podía beber.
Las hermosas doncellas de doradas trenzas
abandonaron a Feyrhell,
dejándole en cambio
un encabritado caballo
que agitaba con furia
sus crines de ébano.

Los cascos de la bestia
corrieron veloces por los vientos estelares,
dejando atrás las viejas murallas
que rodeaban Midgard,
hasta que llegó a Niflheim,
allí donde doce ríos vierten sus aguas
en un abismo insondable,
donde se hielan creando
una espectral cascada.

En el interior, nubes ardientes
transformaban las gélidas masas
en vaporosas neblinas.
Como umbral de aquel dominio
se alzaban dos inmensas estatuas
de marmóreas formas.
Fueron construidas en el amanecer del tiempo,
por una raza cuyas tumbas
en forma de torres
y ciudades de altas cúpulas,
constituyen ahora solo el polvo
de un pasado esplendor.

Pero ellas aún permanecían en píe,
acechando, para contemplar
el terrible amanecer postrero
que surge en otro mundo
consumiendo el velo de la noche.
En sus ojos de mirada pétrea
se refleja la sabiduría de quienes
han contemplado el paso de la eternidad.

Las estatuas,
mudas como las montañas
de cuyo seno surgieron,
mostraron el camino
hacia la ciudad de los dioses.

El rey cruzó el umbral
Bajo su mirada penetrante,
empequeñecido por la inmensa sombra
de sus cuerpos.
Más allá contempló, limitados
en un horizonte púrpura,
a los miles de guerreros caídos
en el campo de batalla.
Compañeros de armas que le llamaban
rogándole que se uniera
a las oscuras huestes.

Feyrhell dudaba,
tentado por un sinfín de dichas
que los guerreros le prometían;
halagos encubiertos por la siniestra figura
de la diosa de la muerte, Hel,
que divisó tras el ejercito espectral.
Ese no era el camino, se dijo,
pues más allá pudo ver
la esplendorosa Asgard,
y en sus dorados salones
Odín se sienta para presidir
los grandes festines.

Feyrhell se alejó del reino de la muerte
cabalgando como un rayo
por las yermas extensiones.
En la lejanía vio un resplandor
entre las tinieblas de los hielos perpetuos,
que se hallaba al final del camino,
después de atravesar Muspelheim,
la morada de los destructores del mundo,
el hogar de los gigantes de la montaña.
Una extensión fría y oscura,
envuelta en eternas brumas.
Los trolls, agazapados en multitud
de cuevas, esperaban pacientes
para coger desprevenida
a alguna víctima temeraria.

De repente una descomunal sombra
ocultó las constelaciones de estrellas
que brillaban en el cielo.
Era uno de los temibles gigantes
de aspecto sobrecogedor.
Izaba una poderosa hacha de roca
en su mano derecha,
que agitaba alrededor de su cabeza
con amenazadoras intenciones.

La mortal arma descendió
como un relámpago
y Feyrhell, a pesar de esquivar el golpe,
rodó lejos de su caballo
al chocar contra el suelo.
El gigante y el guerrero
libraron singular combate
entre los gélidos vapores de Muspellheim.
Hasta que al fin la habilidad
y la destreza en el manejo de la espada,
dieron el triunfo a Feyrhell,
el de los rojos cabellos.

Después de la victoria,
apenas el gigante sucumbió,
se marchó el rey de las temidas
regiones donde merodean los trolls,
pues tal vez otros gigantes
intentaran interrumpir
su sagrado camino.

Sus ojos vieron por fin
el multicolor puente del arco iris,
Biggfrost le saludaba
y le marcaría el camino
hasta las resplandecientes murallas de Asgard.

Las noches oscuras,
las épicas batallas quedaban olvidadas
ante la maravillosa visión.
La dorada armadura de Heimdall
Solo era un punto luminoso
ante la majestuosa grandeza
de la ciudad de los dioses,
como una llama lo es
ante el fulgor de astro rey.

Así, Feyrhell cruzó las doradas puertas
y se adentró en los grandiosos
salones de Gladsheim,
donde las estatuas de oro
brillaban con intenso resplandor
y los tejidos de seda
adornados con piedras preciosas
se descolgaban por las paredes
y se deslizaban por el suelo que pisaba.

Sentado sobre un inmenso trono
se encontraba el dios de los dioses: Odín,
cubierto con un manto de nubes grises
y una capucha azul como el cielo.
Su único ojo era el símbolo
de la omnisciente sabiduría.
Su porte sereno y mayestático,
su sola presencia parecía abarcar
toda la gloria y cada triunfo en la batalla.

Los cuervos, Hugín y Munín,
se balanceaban en sus hombros,
como su infinito pensamiento
y su inabarcable memoria.
Era el padre universal
entre los hombres y los dioses.
Ante él se postró,
entregándole como tributo más preciado
su espada y su vida inmortal.

El tiempo señalará
el fin del reino de los dioses,
pero el día que esto suceda es aún lejano.
Feyrhell será uno más de las huestes
que se enfrentará,
hasta que no quede hálito en sus venas,
a las fuerzas inagotables del mal
que en el día del Ragnarok,
después de destruir el mágico puente
y matar al valeroso Heimdall,
que hará sonar por última vez
su cuerno de guerra,
se presentarán en la nave Nafglar,
construida con las uñas de los muertos,
ante las misma puertas
de la sagrada ciudad de Asgard.

Feyrhell sabe que la gloria póstuma
de combatir al lado de Thor, Balder, Tyr
y tantos otros dioses, superará en mucho
el precio amargo de la derrota.
A pesar de ello,
quién sabe si el lobo Fenrir o el gigante Hrym
o, ¿por qué no?, la serpiente Midgard,
quizá sucumbirán bajo el filo de su espada.

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