Scifiworld

Idolatría en Zalahar

el  Domingo, 04 January 2009 01:00 Escrito por 
Fermín Moreno González nos traslada a la Olvidada Zalahar en la tercera de las Historias Asombrosas de noviembre

Hay quien dice que Zalahar, la Olvidada entre las dunas, el último rescoldo del Imperio Shahir, olvidó por un tiempo el culto a Yalaúd, en favor de un nuevo dios de rostro más amable.

Así, los acólitos de Mnibo penetraron en Zalahar por la puerta de los mercaderes, entre mercachifles, sanadores y carretas cargadas con el hielo de las montañas Oruma cuando la ruta del sur aún perduraba, en la estación de las tormentas, el agua recorriendo voluptuosa los cursos arenosos del Oldulla y el Betela, los uadis que bordeaban los muros de la ciudad y se evaporaban apenas un poco más lejos, en el Desierto Espinoso.

Aldor el ceroferario entró en el templo, encaminando sus pasos dubitativos hacia el altar de negra obsidiana y la alta y escuálida figura, que tocada con la mitra sagrada siempre daba la sensación de estar conversando con el dios Yalaúd, en un silencio ominoso para cualquier otro presente.  Pese a la entrenada cautela de sus pies, motivo de expulsión de anteriores aspirantes a novicio, y a sus sandalias acolchadas de piel de cabra, Arun el sacerdote había advertido su presencia; sin volverse, descendió las desgastadas escalinatas del altar, inclinado hacia el ídolo de tosca piedra que representaba al dios de Zalahar.  Sólo entonces se encaró con su intimidado discípulo.  Sus grises pupilas cobijadas bajo tupidas cejas del color del desierto que desconoce la tormenta lo miraron con torva expectación, y de una forma extraña Aldor halló más fácil decir lo que tenía que decir:

-Los herejes se han llevado a las vírgenes a su nueva morada en la Cuadra de los Esclavos, con el consentimiento de la gente.  No...no habrá sacrificio cuando la luna mengüe, oh, sumo servidor de Yalaúd.

La faz de Arun no traicionó sus pensamientos, como un viejo luchador ambulante encajando un golpe ante su público.  Los fibrosos tendones de su enjuto cuello y sus maseteros se mantuvieron en una férrea calma.  No dijo nada.  Únicamente la comisura de sus labios pareció formar por un instante una inapreciable mueca de zorruna sonrisa.  Conocía bien al dios fenec al que servía; y sabía cuál sería su respuesta.

La estación de las lluvias murió tan abruptamente como había nacido, y las escasas huertas  no se inundaron esta vez con el acostumbrado desbordamiento de Oldulla y Betela.  Las verduras se agostaron, y las palmeras datileras negaron su fruto opulento, sin que, observó Aldor, aquello pareciera inquietar demasiado a los ciudadanos de Zalahar.

-Mi dulce Yoruna es la más bella de todas.  Yo te digo que Mnibo la elegirá como una de sus sacerdotisas.  Deberías haberla visto anoche en el Templo de los Prodigios, Aldor, muchacho.  Tejía bellos brocados de hilo de finísimo oro como nunca hiciera con la basta lana de mi rebaño.  Es obra de Mnibo sin duda –concluyó Melbos, a la par que roía entusiásticamente el hueso yermo de un alberge.

El joven Aldor disimuló su sorpresa guardando un breve silencio antes de contestar a su tío.  Apreciaba a su prima igual que reconocía la parquedad de sus encantos y su escasa destreza.  No sería capaz de abrir un huevo de avestruz sin romper la yema, decían por lo bajo sus vecinas al que quisiera escucharlas, con tanta sorna como razón.

-Cada luna nueva honraremos el advenimiento de Mnibo a Zalahar con un festejo en el gran jardín de su templo.  También tú puedes venir, sus sacerdotes son magnánimos.

Aldor asintió sin entusiasmo y abandonó la casa de Melbos turbado, el sabor de la pregunta callada amargando su lengua como un vino emponzoñado.  El familiar olor de la carne ahumada impregnando toda la estancia apenas podía sentirse.  Buena parte del embotado de los tarros de veteado cristal, el orgullo de su tío, que presidían la sala había desaparecido.  

Venida la noche Aldor abandonó sus oraciones y su cubículo de novicio, arañado en la misma piedra del templo de Yalaúd por oscuras manos prehumanas y encaminó sus pasos hacia la Cuadra de los Esclavos, en el recóndito interior de Zalahar, la Perla del Desierto, por retorcidas callejas del ancho de un salteador crucificado, en las que el abono de las perpetuas sombras engendraba pacientes asesinos y perversos conciliábulos.  Aferraba con fuerza entre ambas manos su pardusco bonete de culto, conjurando cualquier encuentro, presto para mostrarlo.  Ningún ladrón normal perturbaría los asuntos de un discípulo de Yalaúd, pero aquéllos eran tiempos extraños.  Tiempos de paganismo y conflicto.  Y él no era un joven especialmente fornido.

Sus plegarias cesaron llegado a la plaza central de la ciudad, al mismo tiempo que brotó su sorpresa.  Abriéndose paso entre el gentío, se acercó al emplazamiento de la desaparecida Cuadra de los Esclavos.  Donde estuviera el viejo estrado de toscas piedras en sillería, sólo accesible desde los escalones traseros, el Lugar de las Pujas, iluminada por antorchas, se alzaba ahora orgullosa la soberbia efigie del nuevo dios, Mnibo el pródigo.  Su cuerpo de dorada piel, el de un guerrero maduro con la espada envainada de la talla de cuatro hombres irradiaba el poder de un emperador sabio, y su perruno rostro de hamadrias, de plateadas sienes, sonreía afable ante venideros años de prosperidad.  A su lado derecho una inmensa fontana de tres pisos derramaba generosamente su límpida agua sobre el blanco mármol veteado en azul de Merania, donde antes había estado el tablado de ajusticiamiento de esclavos huidos o demasiado orgullosos al que los habitantes de Zalahar se referían con sorna como el Sajadero.  En una ciudad tan parca en reservas de agua, la fuente atraía las miradas tanto como la estatua del dios, y los zahoríes humillaban el rostro avergonzados.  Atravesando el largo corredor suntuosamente alfombrado por un intrincado tapiz que valía el tiempo de una vida, flanqueado por verdeantes parterres de exóticas y abigarradas  floraciones nunca vistas, Aldor siguió al gentío hasta la puerta de la antigua Cuadra de los Esclavos, antes construcción baja de techo plano y celdas semisubterráneas, y ahora pagoda abovedada de marmórea y prístina blancura, abierta al culto.  La vasta cámara interior del recitáculo, abierta a la luz de las estrellas, exhibía a las doncellas núbiles de Zalahar, ataviadas con encajes de purísima seda que volvían sus movimientos tan gráciles como los de la gacela de las dunas, tañendo cítaras, arpas y laúdes alrededor de una mesa de jaspe oriental que parecía albergar viandas suficientes para abastecer a toda la ciudad durante varias semanas.  La ofrenda de Zalahar la idólatra al nuevo dios.  Los oficiantes de Mnibo, de inmaculada túnica blanca, se mostraban amistosos.  Aldor se marchó de mala gana, mascullando para sus adentros.  Yalaúd no podía competir con aquello.  Tal vez fuese el momento de preguntarse si su devoción lo hacía digno del dios fenec.

Arun no se inmutó al oír las infaustas nuevas de su aprendiz.  Tampoco lo hizo cuando dos lunas más tarde espectros descarnados de mirada perdida comenzaron a volver patas arriba la ciudad en busca de alimentos para su herético culto.  Saquearon las moradas de los primeros muertos, pusieron trampas con la carne de sus días ha vecinos para hacerse con ardillas de las rocas y lagartos venenosos de lengua de serpiente, y excavaron como posesos a plena luz del tórrido día para desenterrar hasta el último sapo y pez pulmonado de su viscoso retiro en los resecos uadi.  Él y Aldor permanecieron en las frescas galerías del santuario.  De alguna manera, las famélicas marionetas se mantuvieron alejadas del templo.  Se decía que los sacerdotes de Yalaúd disponían de ominosos mecanismos de defensa ante los profanadores de los que Aldor nada sabía.  De cualquier forma, sí conocía la existencia de la catacumba bajo el altar, cuyo acceso le revelara Arun una vez superado el preceptivo ayuno de siete días con sus noches.  Había descendido con él guiándolo con una cuerda a través de un laberinto de encrucijadas en la más negra oscuridad, y caminando con paso firme, en medio de extraños ecos semejantes a siseos, hasta que los dos llegaron a una cueva de techo bajo, donde a la luz del candil que Arun encendió como por ensalmo, el aprendiz pudo ver los hongos y el verdín que crecían arracimados junto a un goteante hilillo de agua.

Comieron hongos y bebieron parcamente del agua de la cueva durante una, dos semanas, y Arun continuó oficiando su solitario culto como si nada ocurriera, impasible ante los alaridos del exterior y las sacrílegas letanías que el arenoso viento parecía traer desde el distante templo de Mnibo.  Cuando Aldor estaba a punto de enloquecer de terror y enclaustramiento, Arun, junto al ara de los sacrificios, le habló:

-Irás con el plenilunio a ser testigo de la celebración de los apóstatas en su recinto.  Serás mis ojos y mis oídos.

La rebeldía primera se marchitó tan rápido como una flor del desierto, pero el miedo siguió ahí, atenazando al novicio.

-Yo...  yo no...  ¿qué debo hacer?  ¿Cómo puedo llegar hasta allí?  Los...  ellos rondan por toda Zalahar.  Los he visto por los barrotes de arriba.  ¡Me cogerán!

Arun extendió parsimoniosamente su huesuda mano hacia la bandeja de Inmolación donde la Garra, el cuchillo de tosco hierro de cuatro puntas, parecía ansiar los corazones de antaño.  Con gesto experto, descubrió el torso de Aldor, quien dio un respingo, y dejó en su pecho izquierdo cuatro profundas marcas que de inmediato sangraron profusamente, empapando el burdo tejido de su túnica.

-Yalaúd está contigo.  Habrás de llevar esto –dijo el sacerdote, casi recitando sus palabras, y entregando a Aldor la reliquia más preciada del templo.

Aldor cogió con ambas manos temerosas el Diente de Yalaúd, un enorme colmillo amarillento que contenía un translúcido estuche de cristal de roca, y sintió un insólito hormigueo en sus recientes heridas.  El dolor pareció no cesar, sino quedar en suspenso, como si esperase un nuevo receptor.  Partió con la noche.

La oscuridad hedía a execranda fetidez.  Zalahar era un cadáver vigoroso, y sus embelecados habitantes los gusanos de la carne.  Aquel anochecer, tras pulular por las polvorientas callejas en busca de palpitantes ofrendas, encaminaban sus tambaleantes pasos hacia el templo de Mnibo.  No miraron a Aldor.  Era como si no estuviese allí entre ellos.  En su enflaquecido semblante brillaba una expresión de infantil y demente alegría, acaso la del padre que acude a rendir visita a su joven y bienquerida hija.  Al doblar un recodo se topó con el espectro de su tío Melbos.  Su antigua panza le había permitido sobrevivir, trocada en salientes costillas y pómulos afilados como una arista de roca.  El más vívido espanto hizo caer el estuche de sus manos.  Los siervos de Mnibo más próximos a él giraron bruscamente sus cuellos en un gesto demoniacamente amplio, profiriendo hórridos gañidos hambrientos y se dirigieron con su andar ebrio hacia él.  Melbos se lanzó sobre Aldor y lo aferró clavando sus cortantes uñas en el cuello de su sobrino, y mantuvo su presa hasta que éste, arrastrándose por el suelo, pudo recuperar el Diente de Yalaúd.  Melbos se hizo atrás entonces, siseando y dando zarpadas al frío aire de la noche, y al poco reanudó su camino a la pagoda junto a los otros.

A medida que se acercaban a ella, los callejones se veían más y más atestados de obnubilados peregrinos.  Aldor asía el estuche de manera tan frenética que sus dedos de cadavéricos nudillos se agarrotaron.  Ignorando sus náuseas se obligó a confundirse entre la insana turba.  Pronto el impío santuario del dios babuino estuvo a la vista, su alba cúpula relumbrando orgullosa bajo la luna plena.  Para su extrañeza, las letanías profanas que oyera en su refugio junto a Arun se habían mudado en una melodía de acariciantes cantos y armoniosas notas.

Aldor pasó de nuevo junto a la imponente estatua de Mnibo, y la prodigiosa fuente, y cruzó en medio de la consumida comitiva a través del andador de ornado suelo y lujuriantes parterres, hasta trasponer el umbral de la iglesia.  En el recitáculo, sobre el altar de los oficios el Acólito Supremo de Mnibo flanqueado por los demás hermanos salmodiaba hermosas palabras que hablaban de amistad y amor, y del contento que Mnibo el pródigo hallaba en sus hijos.  Las doncellas tañían un orquestado melisma, cantaban con voz cautivadora, y bailaban una danza de sensual inocencia.  Entre el altar y los congregantes de hundidas cuencas se situaba la inmensa mesa hecha de una insólitamente bella madera rojiza, servida de forma exquisita.  Algunos hombres y mujeres se aproximaron a ella para entregar a una solícita muchacha lo que habían conseguido: varios escorpiones, dos nidos de avispas del desierto y una rata saltadora tumefacta.

Se preguntaba si podría comer finalmente algo sustancioso sentado a tan refinada mesa entre argentados cubiertos y aceiteras cuando una ráfaga de repentino dolor atravesó su cuerpo haciéndolo doblarse.  Durante unos instantes escuchó el horrísono estruendo de un millar de voces distintas y sin embargo iguales a la de su sacerdote atronando la plegaria a Yalaúd.  Nadie más entre los presentes pareció oír aquel inhumano alarido.  Cuando aquello terminó, y mientras Aldor pugnaba por alzarse sobre una rodilla percibió algo que encrespó todo su vello.

Volvía a oír las aterradoras letanías profanas de voz cascada y monótona, sin fuerzas, como la de un moribundo.  Pronto un rumor sordo creció entre la congregación.  Ellos también lo oían, acallando por completo las palabras del Acólito Supremo, y la misma melodía de las vírgenes.

Apenas puesto en pie una segunda y estremecedora oleada de agonía dio con Aldor en tierra.  Todo su ser se estremecía como atormentado por el hierro del verdugo.  A través de una cegadora bruma ultraterrena contempló al sumo servidor de Yalaúd al ado del ara de litación.  Después la visión se desvaneció junto con el lancinante sufrimiento, y con ella el majestuoso santuario de Mnibo y su afable prodigalidad, dando paso a una escena de dantesca y sacrílega depravación que ocurría en el patio de tierra de la Cuadra de los Esclavos.

Las muchachas se hallaban en verdad semidesnudas, esclavas inermes de los más bajos caprichos de los esbirros de Mnibo, criaturas rastreras de repugnante apariencia semihumana que se arracimaban en torno a una montaña de comida descompuesta sobre el carcomido cadahalso de ejecuciones.  Casi todas las doncellas eran lánguidos esqueletos enfermizos; unas pocas habían sido atrozmente cebadas hasta reventar y dejadas allí despanzurradas; sobre el altar el Acólito Supremo babeaba su letanía mientras embutía comida podrida en la boca de una joven ensogada de ojos dilatados y pelo encanecido de horror con la que al unísono otra de aquellas deformidades estupraba con vesánica morbosidad.  Otra de las muchachas, sus lágrimas muertas semanas atrás, había sido enterrada hasta el cuello en el montón de agusanados víveres para deleite de los monstruosos comensales que hacían eco al inhumano cántico de su maléfico hierofante.  Todas las vírgenes de Zalahar habían pasado por el poste de flagelación, y por infamias y torturas que el ser humano no debería siquiera poder entrever en sus más enloquecidos sueños.

Los cadaverosos ciudadanos presenciaron con Aldor aquel frenesí demoniaco, y una inextinguible cólera consumió aún más sus demacrados cuerpos.  Los hubo que murieron en el acto de puro terror, los hubo que se abalanzaron sobre la pila de viandas putrefactas, reducidos a una irreversible animalidad, y que después morirían del mero hartazgo, pero la mayoría se precipitó sobre el altar y el tablado, para aprehender vivos a los diablos.  Se habían ganado una muerte lenta.  Pese a su debilidad, los acólitos de Mnibo, faltos de fuerza sobrehumana, fueron acorralados y apisonados por la enajenada turbamulta.

Aldor volvió de camino al templo de Yalaúd para dar la buena nueva a Arun.  Recorrió el espacio vacío entre la Cuadra y el Lugar de las Pujas.  Sobre la plataforma de piedra se erigía una figurilla burlona, un babuino de basta terracota exhibiendo sus genitales.  Se encaramó al estrado y una vez asido el infesto ídolo lo estrelló de una patada contra las rocas.  Sólo había un dios en Zalahar.

A la derecha de la grada volvería a escucharse la agonía de los desuellos en el Sajadero cuando llegase el día.

Enseguida la oscuridad se cerró, y Aldor alzó la vista al cielo.  Nubes de tormenta lo encapotaban ocultando la luna.  Olfateó extasiado la promesa de lluvia.  Cuán vasto y poderoso era el velado influjo del dios fenec.

Llegado al santuario, descendió humilde y quedamente la escalinata de la entrada, hasta que un olor que evocaba en él tiempos pasados lo hizo detenerse antes de llegar al antealtar.  A la oscilante luz de las antorchas pudo atisbar algo sobre la bandeja de Inmolación.  Sobre el ara, la figura imponente tocada con la mitra sagrada rendía culto a su dios.  Como acostumbraba, el sacerdote sintió la presencia de su novicio; sin volverse, descendió las gradas del altar, humillándose hacia la efigie del dios de Zalahar.  Únicamente entonces se encaró con su agitado discípulo.  Resecos uadis de sangre brotaban de sus oídos y bajo su ceño, empapando su áspero manto de ceremonias.  Sus labios dibujaban una apenas perceptible zorruna sonrisa.

Scifiworld

LA REDACCIÓN DE SCIFIWORLD

En el rincón más oscuro de la redacción de Scifiworld se oculta el ser arcano, que administra esta web, y que es el receptáculo de todo el conocimiento y sabiduría fantástica.

Web o Blog: https://www.scifiworld.es

Y además...

07.jpg

Últimas reviews

Listas y Tops

C/ Celso Emilio Ferreiro, 2 - 4°D
36600 Vilagarcía de Arousa
Pontevedra (España)

Redacción: 653.378.415

[email protected]

SFW Internacional

Copyright © 2005 - 2019 Scifiworld Entertainment - Desarrollo web: Ático I Creativos

Esta web utiliza cookies para mejorar la experiencia de los usuarios. Para conocer el uso que hacemos de las cookies, consulta nuestra Política de cookies..