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Retorno a Mennunkatuk

el  Domingo, 04 January 2009 01:00 Escrito por 
Javier Fernández Bilbao firma la segunda de las Historias Asombrosas de diciembre
Los vastos campos de cereal cimbreaban sus espigas al sol, acunados por la suave brisa que se deslizaba silenciosa peinando sus cabelleras y formando olas de amarillo que ondulaban la lejanía. Hectáreas de soledad hendidas tan sólo por un desnudo camino que trazaba una línea de polvo y piedra, adentrándose en la perspectiva hasta perderse tras unos árboles plantados en el horizonte.
Aquel apartado oasis de verdor contrastaba con el predominio absoluto del sempiterno color del secano, que inundaba aquellas tierras con mares de trigo y centeno.
Hacía ya mucho tiempo  que nadie desviaba su  dirección, desde el camino principal que ataba aquella comarca al resto del mundo, al abandono del camino. Ningún explorador curioso se asomó preguntándose donde llevaba exactamente, y si así fuera, tras un par de millas trasegando entre océanos de espigas, llegaría al pié de un cartel plantado sobre un recio poste y próximo a la exigua arboleda.
En sus tablas desteñidas por el sol y el paso del tiempo, aún podía distinguirse el nombre impuesto a estas tierras por sus antiguos moradores:
MENNUNKATUK
Los robles daban sombra a una cuarentena de casas destartaladas y abandonadas que formaban antaño un pequeño reducto de actividad humana. Las maderas desgastadas por la soledad guardaban el secreto de su decadencia hasta que alguien decidiera rescatarlo.
Aquellas despensas de grano que bordeaban el poblado por los cuatro puntos cardinales, subsistían indómitas a su propia naturaleza, puesto que las hoces laboriosas que daban corte a sus tallos, descansaban mudas y herrumbrosas colgando en los establos.

Llegaron del este en sus carretas portando la bandera esperanzada de una nueva vida alejada del bullicio y las tentaciones de la civilización. Guiados con mano firme por su pastor, que les adentraba en estas nuevas tierras con la promesa de un próspero horizonte de futuro. Las ruedas y los cascos arrancaban el polvo a aquel camino dejando tras de sí  una huella que no debería ser repuesta si los planes se ajustaban a sus deseos.

El esfuerzo del hombre ilusionado suplió la inexperiencia y pronto elevaron de nuevo las moradas heredadas, y la actividad y el trabajo constante trajeron poco a poco la austera prosperidad a sus vidas. En la pequeña capilla tañía de nuevo la alegre campana y entre sus tablas se alzaban al cielo las plegarias por el favor de las tierras y el futuro inmediato, que se contemplaba asegurado en las barrigas preñadas asomando tras sábanas blancas que ondeaban  alegres en los tendales.
La cosecha mostró sus riquezas anegando los graneros y las personas y el ganado se tomaron su merecido descanso tras la frenética campaña de  la recolecta. Dieron gracias a Dios por la bendición de sus dones y desearon celebrarlo preparando un día de fiesta en el que compartirían mesa todos juntos.
Los suaves y relucientes manteles se extendían por las mesas alargadas destacando la abundancia de la comida. Las tortas de maíz y el pan de centeno recién horneados reposaban esperando junto a cada plato,  bendiciendo el aire con su aroma y esperando saciar los estómagos agradecidos. Tras los bailes, todo el mundo se acomodó en los bancos y dieron buena cuenta de las viandas nacidas de su esfuerzo diario.
Pasaron los días, semanas y meses, y la felicidad parecía haberse instalado perpetua en los renovados hogares. El llanto de los primeros nacidos se escuchaba reclamando el pecho generoso de sus madres, y este sonido que alegraba cada casa era la mejor prueba de que las cosas funcionaban tan bien o mejor de lo que el pastor les prometió trayéndolos a estas tierras.
Pero sin saberlo, les quedaba poco tiempo para descubrir que sus apacibles días habían sido marcados con la mayor desgracia, pues aquellas tierras les ocultaron el secreto por el cual fueron abandonadas muchos años antes.

El otoño trajo consigo las primeras manifestaciones del mal que habían acunado en su interior sin haberse percatado.
Una muchacha de temprana edad salió un día al porche de su casa profiriendo sinsentidos creados por su mente asaltada de demonios. En sus entrañas portaba algo más que el secreto bebé, al que sólo faltaban pocos meses para amanecer al mundo, pero aquello ya se había apoderado de su cabeza. Los monstruos y las criaturas habitaron sus pesadillas día y noche y la pusieron al borde de la locura, mientras su padre y su madre intentaban calmar sus accesos sin éxito.
El pastor llegó a su casa de mala gana, reclamado insistentemente por el padre desesperado, y éste la observó con atención. Mientras tanto, otras personas recaían víctimas del mal y en cada casa se gestaba un drama.
Aquella noche de prisas y paños calientes, arrojó finalmente al mundo una criatura muerta, desatando la perplejidad de sus anónimos abuelos. Así brotaron las primeras lágrimas desconsoladas de una familia rota y descompuesta. El pastor resistió sus impulsos de viajar buscando ayuda más allá de los campos de centeno, malaconsejado por las lenguas plañideras que desataban sus primeras acusaciones sobre la muchacha. Aquella joven vaciada del fruto de sus entrañas sólo veía fantasmas a su alrededor, y espantaba con sus manos a todos aquellos que osaran tocarla. Su padre ya no era tal, sino un espectro acechante que pululaba por la casa buscando su sueño para arrebatarle la escasa vida que le quedaba.
Al fin, se desató la demencia en Mennunkatuk, y los pocos cuerdos que persistían al avance de la maldición, regalaban los oídos del pastor con historias de espíritus traídos en el vientre de la muchacha, que desataban su furia sobre las carnes pecadoras castigando de paso a todos aquellos que habían permanecido junto a ella. Debían hacer algo para acabar con la manifiesta maldición, y los dedos acusadores pronto se plantaron sobre la figura del padre descastado. Mientras, la esposa lloraba ríos imaginando el tiempo que podría haber pasado el marido a sus espaldas con la niña, alimentando sus pesares con los comentarios que crecían por las esquinas. Quiso morirse de pena, pero no sin antes ensartar un cuchillo en la espalda de su esposo que lloraba su inocencia en un rincón.
El pastor tembló pensando que la niña recobrara la cordura y confesara una verdad que él conocía muy bien. Por ello, avivó las voces acusadoras, no contentas con el sacrificio de los padres de la muchacha, ya que los accesos de locura y las fiebres seguían multiplicándose. Su voz se alzó recuperando la autoridad sobre el pueblo sangrante, y éstos con tal de aplacar sus sufrimientos, cedieron a su plan demencial adornado con sermones mentirosos.
-“Solamente el fuego purificador devolverá el alma de esta pobre criatura a los brazos del Señor, separando la carne de los demonios que la habitan, para devolverlos al lugar de donde salieron fustigados por el olor del pecado. Su padre invocó  esta maldición que nos acosa. Lo hizo abusando de la inocencia de esta obra suya y de Dios, plantando su semilla maldita y creando la abominación de la carne. Él a estas horas ya acompaña a Lucifer para cumplir su condena eterna, y su esposa, víctima de las acciones de su marido, recibirá la gloria de nuestras oraciones para que su alma descanse en paz.”-

La chica fue arrastrada al centro de la plaza entre gritos y sollozos, aún no repuesta de las heridas de su vientre. En ella esperaba un lecho de  paja y  leña listo para el sacrificio. Ataron sus manos y sus pies convulsos a una madera y la asentaron sobre la pira. Los árboles que formaban el macabro escenario volvieron su cara al atardecer, intentando no ser testigos de la demencia comandada por el pastor que azuzaba las llamas con sus plegarias. La gente sentía el placebo del fuego aplacando sus fiebres y accesos, mientras los que habían sido picados por la locura aullaban y bailaban alrededor de la hoguera. Todos creían que el sortilegio de la carne quemada les arrebataría los demonios del cuerpo y así pronto volverían a sus vidas para enterrar los hechos que dieron pie a esta desgracia.
Pero el amanecer trajo consigo el dolor y la locura que habían quedado aparcados tras unas horas, hasta que las brasas dieron paso a las cenizas. La maldición no se había marchado, crecía en el interior de cada uno invariablemente. El pastor rechinó sus dientes al sentir cómo sus manos y sus pies se congelaban. De nada le sirvió cubrírselos con abundantes telas. Los minutos transformaron su frío en calor, dándole un breve alivio. Pero luego se despertó el fuego definitivo de su carne, el que le acompañaría de manera irremisible hasta el final. Salió aullando de dolor a la calle, revolcándose en la tierra de rabia, y sus fieles, comprendieron al verle que estaban todos perdidos.
El agua no mojaba con su humedad las ardientes extremidades y la demencia impidió que nadie intentara escapar de aquella tierra maldita. Los días pasaron agónicamente, y los brazos y piernas se tornaron oscuros por la necrosis que los acuciaba. El dolor no cesaba y la gangrena los desprendía finalmente a cualquier esfuerzo. Los trozos negros y desmembrados tapizaban la calle, las casas y la capilla. Y aquel pueblo ardiente sucumbía lentamente por el dolor y las alucinaciones, creyéndose marcados de forma inexorable por un Dios cruel y vengativo. El pastor mientras tanto arrastraba su cuerpo descompuesto por el padecimiento, sin manos ni pies, hasta la grieta de la tierra en la cual había arrojado al hijo producto de sus abusos. Allí dejó descansar su estampa, pero prefiriendo no esperar al castigo divino, decidió poner punto final a su dolor atravesando su garganta con la cruz de madera de la sepultura.

Sólo años más tarde, se lograría arrancar el cartel de Mennunkatuk y limpiar los huesos de sus casas. Esta vez el fuego y no la brisa, sopló con sus  aires ardientes todas las extensiones de terreno a la vista, y las llamas purificadoras corrieron furiosas entre las espigas, azuzadas por manos sabias.

El ergotismo es una enfermedad, rara hoy día, que causó estragos en el pasado, especialmente en la Edad Media. Lo causa un pequeño hongo que puede crecer infestando los campos descuidados de cereal, especialmente el centeno y en menor medida otros cereales. Llamado comúnmente “cornezuelo del centeno” (claviceps purpúrea), su ingesta provoca micotoxicosis y sus efectos son prácticamente irreversibles. Contiene ácido lisérgico que provoca terribles alucinaciones, abortos invariablemente en las embarazadas, constricción de los vasos sanguíneos de las extremidades que desembocan en necrosis y gangrena, y principalmente un terrible dolor y quemazón. Es por ello que se conocía en la antigüedad con nombres como “mal de los ardientes”, “el fuego del infierno” o “el fuego de S. Antonio”, intentando asemejar estos síntomas al martirio padecido por el santo. Su ingesta venía dada al utilizar la harina contaminada en alimentos como el pan, no desapareciendo el hongo a pesar de la molienda y la cocción. La escasez de alimentos era la fuente de grandes intoxicaciones por el llamado “pan de la locura”. Existía una orden de frailes (Orden de S. Antonio) dedicada en exclusiva al cuidado de los enfermos afectados por el fuego de San Antonio, que se caracterizaban por portan en sus hábitos oscuros una gran “T” azul
En Pont-Saint Esprit, Francia, se desarrolló la última intoxicación colectiva por ergotismo, en el año de 1951.

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