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Carnaval grotesco: el cine de Tobe Hooper

el  Martes, 03 June 2014 09:15 Escrito por 

El cine de Tobe Hooper es un carnaval grotesco, una mascarada macabra por la que desfilan caretas de goma o cuero humano, embozos de harapos y —lo que es más inquietante— sonrisas de padres de familia y ciudadanos perfectamente respetables

No resulta difícil ver la última cena de La matanza de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, 1974) como un reflejo deformante del ideal familiar estadounidense; pero, de la misma manera, también los adultos de Invasores de Marte (Invaders from Mars, 1986) o Fuerza vital (Lifeforce, 1985) son carcasas, disfraces en las que mora un parásito extraterrestre. Incluso el freak de La casa de los horrores (The Funhouse, 1981) debe llevar puesta una máscara de Frankenstein para pasar desapercibido entre la muchedumbre de la feria, sólo tras quitársela nos revela su naturaleza aberrante.

Para Hooper, el cine parece ser un espejo invertido, un cristal polarizado a través del que se vislumbran los horrores que subyacen bajo cuanto parece digno y respetable: el cementerio bajo la urbanización de Poltergeist (1982); la cadena de despiece humano bajo el parque de atracciones de La matanza de Texas 2 (The Texas Chainsaw Massacre 2, 1986); la maquinaria industrial capitalista que —en Alianza macabra (The Mangler, 1995)— se alimenta de la carne de obreros e inocentes; incluso Buck, el putero de Trampa mortal (Eaten Alive, 1977) encuentra un reflejo todavía más oscuro en Judd, el gerente del hostal que alimenta a un aligátor con los cadáveres de sus huéspedes. Pero en el punto de mira de Hooper se encuentra, sobre todo, el ideal familiar americano fraguado en los cincuenta, un engaño represivo y castrador con el que el director se ha ensañado desde su ópera prima hasta sus películas para la serie Masters of Horror: El baile de los muertos (Dance of the Dead, 2005) y La cosa maldita (The Damned Thing, 2006).

Todo carnaval invierte las jerarquías, trastoca todas las categorías, alertándonos de todo cuanto hay de farsa en el pensamiento dominante. En el carnaval se dice lo que está prohibido, lo obsceno sale a la luz, las pulsiones se manifiestan y la muerte se revela en toda su gloria de gusanos, putrefacción y huesos: el pasacalles concluye en una casa destartalada, cubierta de carroñas, alambres, plumas de ave y muebles fabricados con pellejos y osamentas, allí donde nuestros cuerpos —sólo carne— serán reducidos a comida, mobiliario u ornamento. El carnaval nos obliga a mirar allí, nos fuerza a examinar lo que debiera permanecer oculto y de ahí que Hooper centre su atención en el ojo, es decir, en el frágil órgano de la mirada que, a menudo, desborda el encuadre o acaba siendo destruido por haber visto más de lo que debiera, tal como sucede en Terrores nocturnos (Night Terrors, 1993) o en Eye, el capítulo que Hooper dirige para Bolsa de cadáveres (Body Bags, John Carpenter y Tobe Hooper, 1993).

Sin embargo, el carnaval es también un juego doble: muestra lo prohibido, pero no deja de ser un divertimento. Y esto bien lo sabe Hooper, pues sus películas nos invitan también a entrar en la danza y a disfrutar de un espectáculo burlesco: la vampira estelar de Fuerza vital exagera al límite el cine de la Hammer, Eye y Trampa mortal son tebeos desvergonzados, La matanza de Texas 2 se mofa de la obra original y, finalmente, Invasores de Marte es una escenificación casi paródica de las fantasías de un chaval de los ochenta: ¡escapa de la maestra extraterrestre, protege a la chica y salva el planeta con ayuda del valeroso ejército!

Sin embargo, durante el juego, el carnaval nos ha revelado también cuanto hay de oscuro en la naturaleza humana: la represión familiar y sexual, la alienación de los excluidos y la fragilidad de nuestra carne. Como el joven Mark en Phantasma II (Salem’s Lot, 1979), podemos jugar con miniaturas y figurillas de Drácula en nuestra habitación, pintarlas de colores o ponerlas sobre una maqueta; sin embargo, cuando el amigo muerto se presente flotando en la ventana, arañando la otra cara del cristal, el juego perderá todo su sentido. Como el niño de La casa de los horrores, podemos pretender que somos asesinos en serie, mirar a la hermana desnuda a través de los ojos de la careta y apuñalarla en la ducha con un cuchillo de goma blanda; sin embargo, más allá de la chanza, hallaremos también espantos reales ante los que no sabremos articular palabra alguna.

El cine de Hooper es un carnaval en ambos sentidos: ciertamente, revela lo reprimido, pero también busca la diversión del miedo y se deleita con los cómics de terror de la EC y los monstruos de la Universal. Sus películas nos transmiten un placer por contar historias de monstruos, un goce de narrador que no siempre ha llegado a buen puerto, por más que —según afirma Hooper en su novela Midnight Movie, escrita con Alan Goldsher— «Hollywood es un lugar mágico donde los unicornios bailan bajo los arcoíris, donde todo el mundo ama a todo el mundo y donde todos dicen siempre la verdad. ¿Cómo podría frustrarme eso?». A todas luces, Hooper ha mantenido una relación difícil con la industria y, tras descalabros sucesivos en la productora Cannon —Fuerza Vital, Invasores de Marte y La matanza de Texas 2—, su carrera ha avanzado, a trancas y barrancas, entre la televisión y la producción independiente.

La industria es cruel y es posible que los aspirantes al estrellato de La masacre de Toolbox (The Toolbox Massacre, 2004) sientan algo parecido al director, pues todos ellos son personas desechables, cuerpos que sólo sirven para que el monstruo de Hollywood siga gozando de eterna juventud. Como en el resto de sus películas, La masacre de Toolbox nos invita a disfrutar del miedo, pero no por ello deja de mostrar las miserias de un Hollywood habitado por excluidos. Como en el resto de sus películas, podemos entrar a disfrutar del carnaval, pero estamos advertidos: nada de cuanto consideramos normal está libre de esconder un monstruo bajo la máscara.

Por Luis Pérez Ochando

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