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El anillo en tinieblas: la visión de Ralph Bakshi (Parte 2)

el  Jueves, 17 June 2010 02:00 Por 

Sobre el proceso de creación en la película animada de Ralph Bakshi, "El Señor de los Anillos"

John Boorman decía en una entrevista que cuando él preparaba su versión cinematográfica de El Señor de los Anillos, Tolkien le había escrito preguntándole acerca del tratamiento que pensaba darle a la obra, y que él le había respondido que iba a ser una película de imagen real. Cosa que alivió a Tolkien. “Le tenía pavor a la idea de que fuera una película de animación, y le tranquilizó mi respuesta. Su muerte le evitó sufrir lo que finalmente fue: UA se la dio a Ralph Bakshi, el animador. Nunca fui capaz de ver el resultado”. Es sabido que a Tolkien no le gustaban las películas de animación de Disney, por su blandengue tratamiento de los cuentos de hadas, pero la obra de Bakshi no es comparable a la del primero. Es más, la película de Bakshi se aparta manifiestamente de la animación tradicional imperante en aquel entonces, y hace una película de animación dirigida preeminentemente a un público adulto. Más adulta quemuchas otras películas de imagen real empeñadas en banalizar los mitos clásicos.  He ahí la paradoja.

Saul Zaentz, el productor de la cinta, le dio al director la libertad que quería. Bakshi había tomado la decisión de integrar dibujos animados con imagen real, a través de la técnica de rotoscopio, que traza los dibujos sobre material filmado real, fotograma a fotograma. La técnica ya la habían utilizado pioneros como los hermanos Dave, y Max Fleischer, rivales de Disney en sus inicios, que obligados a reducir los costes de sus producciones recurrieron al rotoscopio. Bakshi no lo hizo por reducir costes, y la decisión final de realizar El Señor de los Anillos completamente a través de la técnica de rotoscopio llegó tras un largo periodo de experimentación.Algunas cosas son llanamente imposibles para la animación pura y dura, como tener un montón de personajes moviéndose al mismo tiempo. Si un animador tiene que dibujar un personaje, le lleva mucho tiempo; si tiene que dibujar dos, le llevará el doble de tiempo... Si un animador ha de dibujar doscientas personas en una escena, le llevará el resto de su vida hacerlo”, decía Ralph Bakshi. Muchos son los que han criticado esta decisión, gente del gremio inclusive, a pesar de que hoy en día, con la animación por ordenador asistida por la captura de movimiento —Satan’s rotoscope en opinión de algunos animadores—, debería parecer normal. “Joder, ojala hubiera nacido en estos días— se quejaba Bakshi—. Podría haber hecho mucho más de lo que entonces hice con una tecnología hoy al alcance de todos [...] He sido muy criticado por los animadores por usar “rotoscopio”. Pero si alguien me hubiera dicho cómo iba yo a animar la huida hacia el vado (del Bruinen), que consiste en nueve jinetes negros persiguiendo a Frodo montado a caballo, sin rotoscopio, que me lo diga y lo haré mañana. No había una respuesta a eso entonces. ¿Me habría gustado hacerlo de otro modo? Seguro. ¿Me gusta el rotoscopio? No. ¿Era imposible hacer “El Señor de los Anillos” sin rotoscopio”? No se podía [...] Ahora todo lo que se hace en CGI es rotoscopio, y la gente no se queja por ello. Bueno, este es el resultado final de lo que Bakshi empezó, puedes decirles eso. (risas) Puedes decirles que me besen el culo”

Como Bakshi había decidido utilizar el rotoscopio para toda la película, se vio obligado a entregarles a los animadores material filmado real. Se realizó un casting completo para encontrar actores que pudieran encarnar a cada uno de los personajes de la novela. Para encontrar actores de la talla de los hobbits recurrió a Billy Barty (era Screwball en la película Legend de Ridley Scott), fundador de “Little People of America”, organización que defendía los derechos de los enanos. La película iba a presentar a la gente pequeña como héroes, lo cual se le antojó muy interesante a un activista como lo era Barty, acostumbrado a ver cómo los enanos eran generalmente tratados como freaks en los circos. Barry asumió el papel de Bilbo, y Sharon Baird interpretó a Frodo.

Gran parte de la película se rodó en platós de color blanco que facilitaran el posterior rotoscopio por parte de los animadores. Pero para las escenas de la batalla final, más compleja, el equipo se trasladó hasta España, concretamente hasta la fortaleza de Belmonte, en Cuenca (el desenlace de la cual en la película, Théoden cargando contra las hordas orcaso mientras resuenan los cuernos de Helmo es magnífico). Lo cierto es que la técnica a Bakshi le dio más problemas de los que hubiera imaginado en un principio.  Uno de ellos, el hecho de que algunos de los movimientos filmados fueran demasiado rápidos como para ser capturados por una cámara convencional, generando lo que se conoce como motion blur (trazo confuso de movimiento). Los detalles se perdían y distorsionaban cuando eran registrados por la cámara. Como solución Bakshi decidió que las zonas borrosas se ocultaran por medio de fuertes sombras, que se conseguían aumentando el contraste. De ahí que la película tenga un aspecto tan inusual, porque en ella  alternan, y coexisten, una animación “foto-realista”, con una más tradicional (vid. la escena del “Poney Pisador”). El uso del rotoscopio le permitió a Bakshi introducir el efecto slow motion en animación por vez primera, además de otorgarle a los personajes unos movimientos y gestos más afinados y realistas. Algunas de las escenas en donde más se aprecia el rotoscopio, la imagen filmada tras el fortísimo contraste,  produce una disparidad de sentimientosen el espectador, entre los que puede encontrarse la pura repulsión —algo parecido le pasa a Robert Zemeckis con sus marionetas digitales, que son artificio realista, pero que intuimos “extrañas”—, y la curiosa perplejidad de aquellos que como yo aceptamos la artimaña, incluso el asombro ante algunas secuencias que son antológicamente terroríficas, e insólitas, como la del ataque de los jinetes negros a Frodo y sus compañeros apostados alrededor de la hoguera.

Se contrataron seiscientos animadores, que iban a ser supervisados por el animador senior Dale Baer. En menos de dos años concluyó el trabajo de animación. Y Bakshi contó, como nunca antes, con un presupuesto adicional para la supervisión de algunas de las tomas que no funcionaban, redibujándolas, y no eliminándolas simplemente, como habría sido lo habitual. Las fechas de entrega eran un problema. Quiero decir que sólo teníamos un año y medio para hacer la película. Y hay tantos personajes. Otro gran problema es que no nos quedaba tiempo suficiente para editar. Básicamente fue demasiado. Había tantas cosas que quería afinar con la edición, y no tenía tiempo. Mucho de lo que hay ahí no fue editado. Me habría gustado tener al menos seis meses, pero para “El Señor de los Anillos” tuvimos unas cuatro semanas” Bakshi deploraba de este modo el gran problema que atenazó la producción en su tramo final, un impedimento  responsable tal vez del notablemente más imperfecto acabado visual en su última media hora.  Ya sólo quedaba añadir la banda sonora, que corrió a cargo del compositor Leonard Rosenman, autor de entre otras, de la música de la película de Stanley Kubrick, Barry Lyndon, que le valió un Oscar de la academia. Un gran valor añadido en mi opinión. Sonoridades wagnerianas para una lúgubre película con tintes épicos. Estupendo es el tema que acompaña a los más oscuros personajes de la historia a base de coros que repiten incesantes el nombre de “Mordor”, o el de “Isengard” cuando es el ejército de Saruman el que se dirige al Abisimo de Helm para la batalla final; salpicando a la partitura aquí y allá por atonalidades dodecafónicas cuando subraya el Mal que en general amenaza a los personajes. Risueña y jubilosa cuando se trata de los hobbits, una marcha por cierto tranquilizadora, y que semeja a un oasis en medio de un desierto negro de tiniebla, como lo es el hermoso y magistral coro en honor a “Mithrandir” (a pesar de no encajar con la gregoriana concepción que Tolkien tenía de la música élfica).

Tras la promoción llegó el estreno, que fue todo un éxito.El Señor de los Anillos recaudó en el primer fin de semana alrededor de tres millones de dólares, en sólo treinta y tres pantallas repartidas entre veintidós ciudades. La mayor recaudación de fin de semana de la UA. Pero, lamentablemente, la película siguió una vez más los mismos derroteros recaudatorios que antes siguieran otras películas de género, que una vez que han satisfecho al grueso de seguidores, ésta no consigue cuajar entre la audiencia media que hace que una recaudación sea completamente exitosa, sin ser por ello un fracaso. Quizá una decepción, dadas las altas expectativas que tanto Bakshi como Zaentz estaban generando. Pero lo cierto es que en las mismas fechas del estreno otra película acaparaba la taquilla norteamericana, Superman, de Richard Donner. Se ha especulado acerca del efecto negativo que pudiera tener sobre las audiencias el hecho de que la UA olvidara mencionar que la película era sólo la “Primera Parte” de las dos que supuestamente iban a ser. Un alevoso despiste que seguramente levantó las iras de más de un espectador desconcertado por la sorpresa. ¿Qué significaba la enigmática frase que se escucha una vez concluida la batalla del Abismo de Helm, justo antes de ver los créditos finales? “Las fuerzas de la oscuridad fueron expulsadas para siempre de la faz de la Tierra [Media] por los valientes amigos de Frodo [...]” ¿Acaso aquello era todo? En realidad la frase que originalmente se escuchaba era esta: “Aquí termina la primera parte de El Señor de los Anillos”, pero fue sustituida al poco de su estreno en USA. Para no comprometerse a una segunda parte, y dejarle claro al espectador que posiblemente aquello fuera todo.

A las seis semanas de su estreno la película había recaudado seis mil setecientos setenta y cuatro millones de dólares, aún no siendo un gran taquillazo, recuperó lo invertido. En su periplo fuera de USA sucedió algo similar con la recaudación. De modo que no fue tan mal negocio como a veces se piensa, y su taquilla sin ser grandiosa, al menos no tan cuantiosa como anticiparon Bakshi y Zaentz, sí que puede considerarse bastante buena. A pesar de todo, con el tiempo, y con una exitosa carrera a sus espaldas, Saul Zaentz diría que El Señor de los Anillos fue sin duda su mayor decepción. “No hicimos una tan buena película como podríamos haber hecho, de lejos no tan buena como podríamos haberla hecho. Hizo dinero y todo eso, pero no fue la película correcta. Lo intentas y encuentras qué no funciona, pero en ocasiones esas cosas son intangibles, de modo que nunca lo sabes con certeza.”

A pesar de la buena recaudación, nunca llegó a desarrollarse una segunda parte. ¿Por qué? No porque fuera un fracaso de taquilla, que no lo fue, ni se arruinó ningún estudio a raíz de su estreno. Lo he leído alguna vez en algún lado, pero eso no son más que rumores, a veces maledicentes, o simplemente mal informados. Invertir en una segunda película habría resultado más barato, porque las bases ya se habían sentado, la tecnología estaba, y el equipo también. Pero para Bakshi, que estaba dispuesto a realizar una segunda parte, aquello no era una prioridad. Nada más acabar El Señor de los Anillos Bakshi ya preparaba su siguiente film, American Pop. Y tras éste iban a llegar otros tantos proyectos. Mientras que la United Artists cambiaba de ejecutivos, porque los que había antes abandonaron el estudio para formar el suyo propio, Orion-Pictures. Los nuevos ejecutivos tomaron las riendas del negocio, y financiaron, entre otras, la película La puerta del Cielo (Heaven’s gate), de Michael Cimino, que fue un tremendo fracaso de taquilla, y que, dicen, arruinó al estudio (United Artists acabó fusionándose con la Metro Goldwyn Mayer). En esta tesitura, el escaso entusiasmo de Bakshi, y el miedo de un estudio preocupado por la taquilla, condujeron inevitablemente a la no conclusión de la que habría sido la “Segunda Parte” de El Señor de los Anillos.

Los fieles seguidores de Tolkien y Bakshi esperaron incansables, hasta que finalmente comprendieron que aquello nunca sucedería, dando pie a toda clase de rumores y especulaciones. Es una lástima, me habría gustado verlo. En su lugar, Rankin/Bass, aprovechando los derechos para TV que tenían, produjeron El Retorno del Rey, una película de animación infantil, destinada a un público infantil, sin ambages. Con un estilo muy poco apropiado dadas las características de la novela (sin embargo, el mismo estilo encajaba muy bien con la adaptación de El Hobbit, que en mi opinión es una adaptación notable).

Tolkien no lo merecía. Pero es que muchos hoy en día siguen pensando que hablar de la obra de Tolkien es equivalente a hablar de “cosas para niños”, de un modo peyorativo. Un doble error, porque se asume la intrascendencia del cuento, como algo destinado exclusivamente a los niños, así sin más; y porque lo fantástico ha ido asociado desde hace tiempo a lo falso.  Tolkien es la pura y genuina creación artística, la vuelta del romanticismo que responde como éste antes con su imaginación, al racionalismo más tiránico, y recupera la Verdad que nos trasciende. ¿Cómo es aquello que dijo no sé quién?: “El relato es el espejo a través del cual vemos la realidad y recuperamos nuestro rostro [...] Si alguien se zambulle en las historias, esta leyendo su propia historia”. A través de la historia de El Señor de los Anillos podemos saber mejor quiénes somos. Estamos acostumbrados a que la información nos llegue mediatizada y cargada de prejuicios, y como tal, encajonada por estrechos paradigmas. ¿Pero quién toma esas decisiones? Son los mismos convencionalismos a los que se enfrentaba Bakshi con sus animaciones. Y sin embargo, sin arredrarse y con una franqueza inusual, sin concesiones, Bakshi abordó la adaptación de este gran relato épico —“un ensayo de estética lingüística sobre la muerte y la inmortalidad”, decía Tolkien— que es El Señor de los Anillos, tal cual es, sin descontextualizar el espíritu con el que fue creado, y por tanto a ninguno de sus personajes. Bakshi se movió bajo parámetros artísticos, sin someterse a baremos convencionales o mercantiles. Yo utilizo la animación como una forma de arte, no como un vehículo, más bien como una forma de arte personal”, declaraba Bakshi en una entrevista.Por otro lado él nunca pretendió ser tan bueno como Tolkien, ni creyó que una película pudiera serlo. Y de momento ninguna lo es.

Todavía hoy me encuentro a alguien que, por casualidad, me recuerda que antes de que existiera la trilogía de Peter Jackson, había una horrorosa película que mezclaba imágenes reales con dibujos animados. Ralph Bakshi no merece ser recordado así, pero como decía él, su obra está expuesta para que el mundo la vea. En mi caso la película sigue teniendo, sólo en parte, y de modo distinto, “un no sé qué” que me impresiona lo mismo que la obra de Tolkien me fascina. Le decía yo a un amigo que observando la obra del pintor paisajista ruso Ivan Shiskhin (no he tenido tanta suerte como para ver un original) vi el cuadro Backwoods, en donde se representaba un paisaje con un bosque, y que era admirable, exuberante en los detalles y preciso en los colores y los tonos y grandioso en su composición, trascendía en mi opinión el mero concepto de bosque. Para mi, Backwoods estaba muy próximo a lo que debía ser la consideración metafísica de lo que eran los bosques en la obra literaria El Señor de los Anillos (no hay que olvidar que éstos son un elemento importantísimo en la novela original). Mi amigo no lo entendió y no vio lo metafórico en la realidad explícita. Para él un bosque aquí o allá venía a ser lo mismo. Pero, como pensaba Tolkien, la consideración de lo que es verdad en mi opinión abarca no solamente lo científicamente demostrable, también la consideración “me gusta”, aunque no pueda demostrarlo. Eso es exactamente lo que me pasa cuando veo la película de Ralph Bakshi.

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