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Joker: anatomía de un asesino

el  Sábado, 15 May 2010 02:00 Por 

“Y yo que creía que mis chistes eran malos…”

Desde los abismos insondables de la Noche se elevó Caos, sentado en su horrible trono de oscuridad. Con una sonrisa en la boca, Loki, admiró su obra, y junto a él, Hel, Garm, y Orco, rieron por las bufonadas del rey payaso. Dios del mal, genio de la destrucción, bufón de los dioses, maestro en el engaño, Loki se cubrió la cabeza con el jovial manto del payaso, el más corrupto y odioso de los ases.

Desde esa altura, boca abajo, Joker rió con ganas. Porque vio que Batman sufría, y que su mundo se desmoronaba.  “Eso es lo que pasa cuando una fuerza imparable da con un objeto inamovible [...] Tú, de verdad eres incorruptible, ¿eh? le dijo el Joker a Batman . No me matarás porque tienes un oscuro sentido de lo que en conciencia  es correcto. Y yo no te mataré porque eres demasiado divertido. Creo que tú y yo estamos destinados a hacer esto para siempre

El Joker, (el Guasón en Latinoamérica), archienemigo de Batman, apareció por vez primera en el Batman Nº 1, en el año 1940. El creador de Batman, Bob Kane, se inspiró en la adaptación cinematográfica de “El hombre que ríe”, de Victor Hugo.  Como personaje de ficción, villano entre villanos, el Joker ha mantenido inflexiblemente desde entonces una peculiar apariencia de payaso. Porque en general el personaje ha sufrido otra clase de alteraciones, variaciones de conducta, que derivan de motivaciones diferentes las unas de las otras.  Por lo tanto podemos encontrarnos con un Joker que no ha pasado de ser un simple ladrón — un poco idiota — con manía bufonesca, paródica, y chistosa, y otras veces en cambio se nos ha presentado en la forma de un despiadado asesino sicótico, y en la de un  destructivo terrorista nihilista — porque afirma que el hombre carece de sentido, y que la vida, a lo sumo, no es otra cosa que una “broma de mal gusto”.

En el cómic Batman: Arkham Asylum, de Grant Morrison y Dave Mc Kean, se dice que el Joker “está más allá de cualquier tratamiento psiquiátrico”.  Un oblicuo Joker con “súper conciencia”, cuyas oscilaciones mentales — unas veces es sólo payaso, otras depravado asesino — son meras formaciones reactivas a las que se ve impelido por esta misma “súper conciencia”. Y sin embargo, paradójicamente, el Joker carece de una más profunda sensibilidad intelectual, porque de hecho es un desalmado y despiadado genocida.

El Joker más reciente — voy a centrarme en el Joker cinematográfico retratado por el  director Christopher Nolan —, está inspirado en el cómic Batman: la broma asesina, de Alan Moore. Como súper villano, se parece más al Lucifer transformado en Satán  en la tradición judeo-cristiana, y al Melkor Morgoth de la obra de Tolkien, que al Darth Vader de Star Wars, o el propio Lex Luthor en los comics de Superman. Porque a diferencia de estos últimos, el Joker no cuenta con un “plan”, sus actos no son la consecuencia de un  propósito bien definido, no pretende gobernar o dominar a nadie — no es imperialista — le basta con malograr, arruinar, y pervertir la conciencia y la vida de los otros.  Al Joker, sobre todo, le impulsa un feroz e inestable deseo de destrucción, tanto física como psíquica.  Una degenerada aspiración que satisface a través del asesinato o la corrupción..., lo mismo le da, y siempre a través de la mentira y el fraude.  En El caballero oscuro el Joker le confiesa a un postrado Harvey Dent que no tiene ningún plan: “¿Realmente parezco un hombre con un plan, Harvey? No tengo un plan. La mafia tiene planes, los policías tienen planes. ¿Sabes que soy, Harvey? Soy el perro que persigue a los coches. No sabría qué hacer si alcanzara alguno. Sólo hago cosas. Odio los planes. Los tuyos, los de ellos, los de todos.”

Pero, ¿qué le pasó al Joker para acabar sumido en una crisis mental tan profunda? El origen del Príncipe Payaso no ha quedado nunca claro, no hay unanimidad al respecto, y sólo podemos especular. En el año 1988, con la publicación de Batman: la broma asesina, supimos que el Joker antes trabajaba como ingeniero en una planta química. Sabemos que dejó el trabajo con el fin de poder alcanzar un postergado sueño, el de ser cómico, y que no pudo ser, porque fracasó. Desesperado, sin dinero, y a punto de ser padre, planea un robo en la planta química en la que antes trabajaba. Acompañado por dos ladrones de tres al cuarto, se introduce en la planta química, pero acaba siendo pillado in fraganti por la policía, y por el mismo Batman. El anónimo ingeniero trata de huir, pero en su confusión cae fatalmente sobre un vertido de productos químicos, que lo transforman. Es el nacimiento del sicótico Joker. Algo muy similar pasaba con el Joker gordito y bailón del director Tim Burton, en la película Batman, del año 1989. El Joker que Jack Nicholson interpretó era antes un mafioso de poca monta de nombre Jack Napier, que traicionado por su jefe Carl Grisson sufría un accidente, cayendo dentro de un tanque con productos químicos que lo desfiguraban. De nuevo nacía el Joker. Éste, a diferencia del Joker de Nolan, era menos cínico, y menos siniestro, aunque irreflexivo, también muy payaso y con debilidad por los artículos de broma. El Joker de El caballero oscuro, interpretado magistralmente por el malogrado Heath Ledger  no tiene la cara deformada por ninguna clase de producto químico. En cambio, este Joker exhibe dos enigmáticas cicatrices en ambos lados de la boca. Para colmo, el desequilibrado Joker se pinta la cara para que, junto a las cicatrices, pueda insinuársele en ésta una perpetua y macabra sonrisa de payaso. Poco sabemos acerca del origen de estas cicatrices, porque el Joker confunde, y no sabemos cuándo miente. Además,el director Christopher Nolan afirma que el Joker es más como el tiburón de “Jaws”, y no un tipo con un pasado. Es el naipe salvaje.”

El Joker de El caballero oscuro es, además de un demente sádico, un tipo con un peculiar y grandísimo sentido del humor — no cabría esperar otra cosa de un payaso —, capaz de, entre mofa y payasada, brindarnos algunos de los retazos fundamentales que dañan su demencial conciencia de criminal, afirmando con descarada deferencia que el hombre es sólo el resultado de unas determinadas condiciones heredadas, y del ambiente que lo rodea. Un neurótico fatalista, empeñado en negarle al hombre su libertad, y cuyos más entusiastas admiradores se encuentran entre las filas de quienes alegremente adoptan una inquietante fascinación en favor del “pandeterminismo” más descarnado. No en vano, Batman, lleno de ira, le pregunta al payaso: “¿Qué estabas tratando de demostrar? ¿Que en lo profundo, todo el mundo es tan feo como tú?” En una sociedad que parece no querer creer que más allá de las predicciones biológicas, psicológicas, o sociológicas, el hombre pueda tener la capacidad real de trascender tales condiciones, no sólo porque piensa que carece verdaderamente de libertad, sino también de responsabilidad, el Joker se nos antoja un villano entre villanos, depravadamente actual y reconocible, admirable, espejo del más infeccioso y corrosivo cinismo — pues el Joker comparte muchas de las características del hombre cínico que se ríe de todo y de todos cuando quiere hacer daño psicológicamente. Pero peor aún, el Joker es además un genocida indiferente.

Con todo, el Joker no deja de ser un villano de fantasía “infantil”, lo mismo que su némesis, el superhéroe de turno que lo combate, Batman. “El caballero oscuro”, como no podía ser de otro modo, tiene la seductora pátina infantil de la obviedad — característica inherente a los cómics de superhéroes.   Paradójicamente el director Christopher Nolan realizó con El caballero oscuro uno de los acercamientos cinematográficos más brillantes, estimulantes, y adultos, que pudiera esperarse en un género de este estilo. Porque en el Batman de Nolan, el verdadero enemigo habita potencialmente en cada uno de los personajes, “que hacen de su comportamiento algo bueno o cruel, compasivo o indiferente, creativo o destructivo, y que los eleva a la categoría de villanos  o de héroes.”  El Joker tratará en vano de sacudir los quebradizos espíritus de los ciudadanos de Gotham, y del mismo Batman, de modo que todos y cada uno de  ellos acaben cruzando la delgada línea que los separa de la demencia, la suya misma. “La locura es como la gravedad le dice el Joker a Batman . Todo lo que hace falta es un pequeño empujón.” Y de hecho Batman es un personaje ambiguo, carente por completo del perfecto equilibrio interno, en principio, deseable, en alguien como él (se pasea por las calles de Gotham a todo trapo con un batmóvil-tanque arrollando vehículos a tutiplén; otro tanto con respecto a la batimoto).  Por lo tanto, no es extraña la reflexión que Batman le hace al comisario Gordon: “O bien mueres como un héroe, o bien vives lo suficiente como para verte convertido en un villano.” ¿Es posible no dejarse llevar por una extrema violencia cuando se combate incesantemente contra el mal? En el cómic Batman: Arkham Asylum, el Joker considera que Batman debería estar como él internado en el psiquiátrico. Pero, ¿quién dice que el hombre necesite de veras un equilibrio interno perfecto? Es por eso mismo que Bruce Wayne lucha incansable en pos de una misión que lo redima. Porque el hombre murciélago es la sublimación de la voluntad, de la fuerza, y la tenacidad. Mientras que el Joker es un personaje carente por completo de voluntad, porque es muy débil, no sólo físicamente, y además de intolerante, es un sombrío aguafiestas.

Christopher y Jonathan Nolan estructuran en su guión una historia de acción en la que las frases con mensaje, y las citas del I-ching, acaban conformando el juego de moralejas a que los hechos de unos y otros derivan. Y lo que más llama la atención en el guión, sin duda alguna, es la singular aproximación que Nolan hace de los héroes corrientes y molientes como Harvey Dent, el comisario Gordon, Rachel..., a través de la abnegada mirada del caballero oscuro, el superhéroe de Gotham, Batman, y también de la malintencionada y macabra sonrisa del supervillano de turno que los acosa, el Joker no olvidemos que sin el villano Joker, irremplazable, El caballero oscuro carece de sentido. De hecho, ambos, superhéroe y supervillano, tratarán en vano de pasarle el testigo al pueblo de Gotham, en una suerte de afán por banalizar el heroísmo lo que provoca que éste sea más reconocible para el espectador adulto.El Joker, manipulador y siniestro allá donde los haya, exclamará que  “ [...] su moral la del pueblo de Gotham , su código, es sólo un mal chiste. Se derrumba al primer síntoma de problemas. Ellos sólo son tan buenos como el mundo les permite ser. Te lo demostraré.”

Pero si algo nos ha enseñado este nuestro laboratorio vivo de la historia, es que  precisamente contrariamente a lo que el Príncipe Payaso piensa el ser humano, aun en las peores situaciones, despojado de todo,ha seguido siendo su propio determinante.

Batman, contraviniendo los diabólicos apetitos del Joker, hará lo que sea necesario para que el pueblo de Gotham vea “su fe recompensada.” Y será capaz de referirse a sí mismo no como un héroe: “ [...] porque no soy un héroe, no como Dent.” A fin de cuentas los ciudadanos de Gotham necesitan creer en alguien cercano y accesible, un ciudadano ejemplar capaz de mantenerse íntegro, alguien que pueda evitar caer por la resbaladiza pendiente del mal, en definitiva... un modelo a tener en cuenta. El magnífico epitafio en la película lo resume todo cuando el héroe enmascarado elige, en detrimento propio, la condena, porque, como dice el comisario Gordon: “él es el héroe que Gotham merece, pero no el héroe que necesita ahora [...] Porque él no es nuestro héroe. Él es un guardián silencioso. Un vigilante protector. Un caballero oscuro.La heroicidad de Batman es inalcanzable, a no ser en la fantasía heroica de los comics. Lo mismo que la sobrecogedora y llana vileza del Joker.

Para Batman, ese modelo a imitar debía corresponderle a la incorruptible figura del  fiscal del distrito, Harvey Dent. El verdadero héroe de la ciudad, y que iba a permitirle retirarse en paz, para ser sólo Bruce Wayne, una vez devuelto el orden y la justicia a la ciudad de Gotham. Debía ser así, porque de hecho, “los héroes son gente ordinaria cuya acción social es extra-ordinaria, que actúa cuando otros son pasivos, que se desquitan del ego-centrismo en pos del socio-centrismo.”  Pero Harvey Dent es un “héroe de barro”, como diría el poeta y traductor Carlos Pujol respecto a los héroes en las novelas de Joseph Conrad (“Hearth of darkness”), “muy frágil, pero capaz de resistir los embates de la oscuridad, que es lo irracional y amorfo, el caos primigenio[...]” 

Un sistema caótico es un sistema sin leyes. Joker es la anarquía, el caos y el desorden, que frente a la previsibilidad de un sistema racional se eleva por encima de las invenciones morales de muchas de las personas que dentro del sistema enmascaran sus mediocres intenciones, y que se arropan con las vestiduras de unos seudovalores fanáticos, y para nada genuinos. En este sentido el Joker es honesto. Parece que el “autoengaño” no forma parte de la personalidad fragmentada del Joker. Él es francamente cruel y malvado, y no trata de justificar las cosas malas que hace para “mantener intacta su convicción de que es buena persona”.  Porque no lo es.

Una franqueza de la que deberían tomar ejemplo quienes se ocultan bajo multifacéticas e intachables máscaras prefabricadas. ¡Ah, si al menos tuvieran el detalle de pintarse la cara de payaso!

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