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El día de la marmota del terror español

el  Miércoles, 27 February 2019 13:12 Escrito por 

El Goya de Honor a Chicho Ibáñez Serrador induce a la reflexión sobre el estado actual del horror nacional

En la última edición de los Premios Goya se rindió homenaje a Chicho Ibáñez Serrador, maestro del terror patrio. En dicha conmemoración participaron algunos de los realizadores que, en los últimos años, nos han brindado varias de las piezas clave del género: Alejandro Amenábar, Jaume Balagueró, Paco Plaza o Juan Antonio Bayona. Todos ellos manifestaron su admiración hacia el autor de ¿Quién puede matar a un niño? y La Residencia, destacando la influencia que sendas obras han ejercido en sus respectivas filmografías.

Por desgracia, el análisis pormenorizado de ese momento de celebración contiene un reverso amargo: el último lustro ha sido devastador para el horror marca España, acostumbrado ya a encadenar etapas de esplendor con caídas en desgracia.

La primera gran crisis tuvo lugar a finales de la década de los ochenta, cuando los miedos sociales se globalizaron y las propuestas de creadores como Amando de Ossorio, Paul Naschy o Jess Franco, tan eminentemente propias, quedaron desfasadas. Además, las producciones en el campo del terror a nivel mundial comenzaron a alejarse de los parámetros de la serie B y evidenciaron la bochornosa escasez de medios con la que llevábamos acometiendo nuestros proyectos desde los setenta.

Del atolladero nos sacaría Alejandro Amenábar con la brillante Tesis, que abrió la veda a una serie de producciones - más o menos afortunadas - enmarcadas en el subgénero del slasher. Así, cintas como Tuno Negro, El arte de morir o Más de mil cámaras velan por tu seguridad vendieron su alma al diablo al plagiar el modelo norteamericano impuesto por Scream con el fin de obtener buenos dividendos en taquilla. Sin embargo, el modelo pronto comenzó a mostrar signos de agotamiento y, para más inri, Amenábar se despedía del género con Los otros. Era necesario un cambio de rumbo.

Con la intención de establecer un canon netamente patrio y de solidez, se creó, a las puertas del presente milenio, la Fantastic Factory. Esta filial de Filmax se marcó como objetivo prioritario la producción de películas de terror de bajo presupuesto dentro de nuestras fronteras por parte de realizadores foráneos. La propuesta no cuajó, si bien sirvió de cantera para figuras tan importantes como Jaume Balagueró y Paco Plaza. El hecho de que los dos únicos directores españoles dentro de la Fantastic Factory fuesen los que aportasen las mejores películas de la casa no fue casualidad. La conclusión era clara: la creación de un lenguaje propio para el horror ibérico seguía pendiente y no podía ser tarea de viejas glorias extranjeras de la serie B.

Tras el fin de la Fantastic Factory, Balagueró y Plaza continuaron trabajando bajo el mecenazgo de Filmax. Uniendo sus fuerzas gestaron Rec, un film enmarcado dentro del found footage y que aprovechaba el miedo a las pandemias virales imperante por aquel entonces. El gran acierto fue, ahora sí, conseguir darle a una producción de este tipo una pátina genuinamente cañí. En esa misma época, Guillermo del Toro aportaba su granito de arena con El laberinto del fauno y Juan Antonio Bayona debutaba obteniendo un gran éxito con El orfanato. Nuestro fantastique parecía ponerse por fin en órbita.

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Por desgracia, la historia es cíclica y el terror español ha incurrido de nuevo en el mismo error. En los últimos años, las propuestas estrenadas han plagiado más que nunca los estándares del horror hollywoodiense. El rechazo del público hacia cintas tan carentes de personalidad como La hermandad, Los últimos días o Intruders fue contundente y, en gran parte, merecido. La confirmación del regreso a épocas oscuras vino de la mano del estrepitoso fracaso sufrido por REC 4: Apocalipsis, triste y doloroso cierre para una saga que había servido para revitalizar el género.

A día de hoy, nuestro fantaterror parece echado a su suerte. A esta situación no ayuda el hecho de que sea visto por muchos directores como un estadio previo que deben superar para dar el salto a otros géneros considerados más serios. En consecuencia, existe una carencia de referentes y valores seguros que provoca que las productoras no quieran invertir en producciones de corte fantástico materializadas por debutantes.

En 2017 Jaume Balagueró y Paco Plaza estrenaron sus últimos proyectos. El primero fracasó con la impersonal Musa, demasiado preocupada en la forma y poco en el fondo. Sin embargo, Paco Plaza obtuvo un gran éxito con Verónica, corroborando que es posible provocar terror exhibiendo exorcismos al compás de Héroes del Silencio . Analizar y comprender esta dicotomía es necesario, ya que el cine de terror español conseguirá ser mejor cuanto más aspire a ser él mismo. Solo así será capaz de salir de este perpetuo día de la marmota. Merece la pena intentarlo.

Lorenzo Chedas

Individuo que lleva 24 años amando el cine fantaterrorífico. Al igual que Ghostface, y para desgracia de la pobre Sidney, yo también creo que el cine no crea asesinos, sólo hace que sean más creativos.

Y además...

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