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1984 de George Orwell en el cine I: 1948-2000

el  Martes, 17 November 2009 01:00 Por 
Si las polémicas advertencias políticas y sociales de la novela 1984 han despertado enorme atención desde mediados del siglo XX, interesantes son también las adaptaciones y reinterpretaciones en el cine de esta famosa obra. En esta primera parte reviso la influencia la última novela de Orwell en el siglo XX: 1984 (M. Anderson), 1984 (M. Radford), THX 1138 (G. Lucas), El dormilón (W. Allen) y Brazil (T. Gilliam).

[Cabecera cortesía de Frederic Guimont. Imagen de su novela gráfica 1984.]

Desde mediados del siglo XX gran parte de la crítica literaria de 1984 ha quitado valor a la novela por una prosa lejos de la genialidad: se le ha achacado lentitud a la acción y se ha visto a Winston, el protagonista de esta historia, como un producto de la paranoia política de Orwell, mientras que O’Brien y Julia estarían compuestos de una personalidad plana, no mucho más que secundarios mal trazados para aclarar algunos aspectos del propio Winston. Sin embargo, 1984 se ha convertido en un hito fundamental de la literatura, no ya anti-utópica, sino de todo el siglo XX y probablemente del XXI. La prueba de ello es la presencia que ha ganado en la cultura de masas, sobre todo en el cine. Y es que el celuloide ha recurrido a los miedos de 1984 en numerosas ocasiones. El por qué podrá comprobarse si recorremos la problemática que plantea el argumento de estas películas. Entonces podremos preguntarnos si hemos superado aquellas pesadillas políticas de la posguerra de los cuarenta.

Para asimilar 1984 hay que comprender, primero, a su creador. Las experiencias que George Orwell fue viviendo durante aquella turbulenta primera mitad del siglo XX formaron, poco a poco, al hombre comprometido que terminó como uno de los periodistas más respetados de Inglaterra. De muy joven, fue testigo de los abusos de Europa en sus colonias trabajando de guardia imperial en la Birmania británica. También tuvo ocasión de conocer en primera persona la vida en la indigencia en París. De vuelta a Inglaterra, comprobó las durísimas condiciones de vida de los trabajadores de Wigan, sus propios compatriotas. Y, por si todo esto fuera poco, horrorizado por el avance del fascismo en Europa, se atrevió a viajar a España tras el alzamiento de Franco para colaborar en la defensa republicana en el frente aragonés. Curtido, así, en la vida, no pudo más que aborrecer las hipocresías de la clase política una vez que se consolidó como articulista en diversas publicaciones.

De este modo apareció el Orwell escritor. Su pluma daría dos puñetazos sobre la mesa: Rebelión en la granja (Animal Farm) y 1984 (Nineteen Eighty-Four). Concluida la Segunda Guerra Mundial y en los albores de la Guerra Fría, Orwell se atrevió a hacer una dura sátira del mundo de finales de los cuarenta, llevando las miserias de la política del momento a su máxima expresión para advertir a los occidentales: vamos por la senda equivocada.


Ángel Luis Sucasas ya comentaba en su artículo cómo en 1984 Winston Smith vive en Oceanía, un ficticio estado totalitario que apareció en un “futuro” no muy lejano, cercano si el presente es el 1948 en el que se publicó la novela. Ese totalitarismo es regulado por Ingsoc, el partido único, encabezado por el Gran Hermano. Dicho partido se divide, en estructura piramidal, en Interior, formado por la clase dirigente, y Exterior, compuesto por funcionarios y otros profesionales. Por debajo de todos ellos queda una masa de “proles” que realizan las labores industriales y agrícolas. Los ciudadanos de Oceanía viven bajo el control de la llamada Policía del Pensamiento, un grupo de vigilancia encargado de detectar cualquier foco de disidencia o comportamiento extraño, con el fin de eliminar toda impureza ideológica. Y, por si este estricto control fuera insuficiente, Orwell proyecta en ese “futuro” un desarrollo de la tecnología que hace posible la instalación por todo el país de unos dispositivos llamados telepantallas, máquinas capaz de emitir vídeo y audio pero, además, de recibirlo. ¿Puede inmovilizarse aún más el pensamiento del individuo? El Partido lo intenta mediante algunos mecanismos de control “extra”. Para empezar, la información escrita y audiovisual no sólo es manipulada, sino que se reescriben periódicos anteriores con el fin de que las noticias proporcionadas coincidan con lo que Ingsoc proclamó en realidad (y en eso consiste, precisamente, el trabajo de Winston). También se preocupan de hacer presente a la población la existencia de un enemigo que amenaza la “felicidad” de la próspera Oceanía. Por último, y para exprimir definitivamente cualquier iniciativa de libre pensamiento, el estado se ocupa de empobrecer la cultura, el lenguaje y los recursos: la cultura para deseducar a las masas; el lenguaje para establecer un idioma incapaz de formular pensamientos como “libertad” o “igualdad”; y los recursos para hacer creer a la población que cualquier mísero incremento en la cantidad de alimentos es un mérito del partido en el poder.

Con semejante atmósfera, la solución argumental de Orwell, como en todas las novelas distópicas, es la rebelión del protagonista. En el caso de 1984, Winston se refugiará en un viejo apartamento para amar, leer y pensar, hasta ser finalmente descubierto y anulado por el todopoderoso estado oceánico y sus representantes. Recapitulemos, pues, los elementos más importantes de 1984:
- Gobierno totalitario
- Control policial y vigilancia estatal
- Manipulación informativa
- Pobreza cultural y material
- Rebelión del protagonista
Habiendo entendido los mensajes en los que insiste Orwell, pasemos a recorrer la filmografía a que ha dado lugar y comprobemos cuáles de ellos han seguido preocupando a directores y guionistas hasta nuestros días. Sin embargo, también es necesario recordar las adaptaciones directas de la película y observar cómo les fue entre un público verdaderamente de masas.

La primera de ellas data nada más y nada menos que de 1956, tan sólo seis años después de la muerte del escritor. Para entonces la BBC ya había emitido en 1954 una adaptación televisiva de la novela. Michael Anderson, director de esta primera adaptación, se encontró de partida con un guión considerablemente infiel al libro. No sabemos si fue ése un hándicap decisivo, pero el caso es que la película acabó fracasando en recaudación. Por si fuera poco Lluis Bonet recordaba en su artículo de La Vanguardia (22-11-1984) que Sonia Orwell, segunda y última esposa del escritor, acabó llevando a la productora a los tribunales debido a las enormes diferencias con el texto original, logrando retirar las copias de la obra en 1976. En cuanto a la película en sí, pese a la cuestionable adaptación del argumento, como señalan los propios créditos, el mensaje principal de Orwell sobre la libertad del individuo y la opresión totalitaria se mantiene. El problema es que varían la estructura y otros elementos de manera completamente innecesaria: nombres, orden de las escenas, escenarios añadidos, etc. Y es que el libro no presenta tantas dificultades como para necesitar grandes malabarismos cinematográficos, especialmente en lo que al guión se refiere.

La prueba de ello no llegaría hasta el propio año 1984 con el estreno de la adaptación dirigida por Michael Radford. Esta vez sí. Supervisada previamente por la mencionada viuda de Orwell, la 1984 de Radford recibió varios premios y el reconocimiento de la crítica. Además, a un guión sorprendentemente fiel al texto, las actuaciones de John Hurt y Richard Burton (en su despedida del cine) terminaron de hacer de esta película un gran homenaje a George Orwell en tan significativo año. Radford dejó claro, así, que era posible adaptar el libro de manera cuidada logrando, a su vez, una buena obra cinematográfica. Sin embargo, cayó la Unión Soviética, pasó el año 1984 y desde entonces no se ha vuelto a ver una adaptación en la gran pantalla aunque, a día de hoy, pueden verse a Winston, Julia y el rostro del Gran Hermano en los escenarios.

El otro legado de Orwell ha llegado al celuloide en forma de inspiración. Los mensajes de advertencia del británico en cuanto a política y tecnología, en ese orden, han dado lugar a otros guiones, si bien no demasiado rentables, sí curiosos. El primero de ellos tiene el honor de ser también el primer estreno de George Lucas: THX 1138, de 1971. A decir verdad, THX 1138, no toma elementos únicamente de 1984, sino de las principales obras de la literatura distópica: Un mundo feliz, de Aldous Huxley y la propia novela de Orwell, aunque también aparecen determinados elementos de Nosotros, de Eugene Zamiatin. THX 1138 (o “Tex”) vive en un mundo futuro donde la sociedad ha sabido aplicar el desarrollo tecnológico a un bienestar casi inconsciente. La ciudad funciona como un mecanismo de relojería pero, para ello, los seres humanos han de consumir determinadas sustancias químicas proporcionadas por la administración de modo que la psique de cada individuo se mantenga dentro del orden establecido: no se permiten las emociones. El problema de THX 1138 y del ser humano en general es, primero, la alteración del consumo de esas drogas y, en segundo lugar, la intromisión de un vínculo afectivo con su compañera de piso. El resultado es el sentimiento de opresión al ver cómo la sociedad controla hasta el último segundo de la vida de cada ciudadano. Lucas introdujo en su guión:
- un gobierno totalitario,
- al que hace vigilar al ciudadano constantemente,
- en un mundo en el que la comida viene encapsulada y los ratos de ocio se dedican al consumo de televisión vistosa pero sin contenido,
- y en el que el protagonista decide escapar a cualquier precio de esa felicidad impuesta.
Es preciso prestar atención a detalles concretos: los miembros del estado estudian directamente el pensamiento de los ciudadanos; éstos tienen nombres formados por letras y números genéricos para anular más su identidad individual; el sexo es regulado únicamente por la administración; las telepantallas se encuentran por todas partes. El resultado es un sentimiento de tormento en el protagonista, que se rebela hasta buscar la huída.
A estos elementos, extraídos del texto de Orwell al principio de este artículo, hay que añadir otros. De Un mundo feliz (Aldous Huxley, 1932) se observan ideas como el cultivo de embriones o el control de la población con drogas, y de Nosotros (Eugene Zamiatin, 1921) la anulación del deseo humano tratando directamente el cerebro.

Pasados dos años de la aparición de THX 1138, Woody Allen estrenó en 1973 su quinta película como director: Sleeper, en España titulada El dormilón. Tal denominación proviene del planteamiento de la historia. Un grupo de científicos despierta en 2174 a Miles Monroe, en letargo desde el siglo XX, e intentará explicarle la necesidad de mantenerse escondido. El motivo es la situación social del siglo XXII: un estricto gobierno, conducido por un líder cómicamente presentado bajo el nombre de “El Jefazo”, controla cada aspecto de la vida. Una mente “desprogramada” como la de Monroe supone un peligro para la estabilidad ciudadana. Antes de ser detenidos, los científicos instan al protagonista a encontrar a la Resistencia, un grupo de rebeldes al gobierno. El resto del argumento gira entorno al vaivén de Monroe entre este grupo disidente y la nueva sociedad: entre los restos de su mundo y el nuevo universo humano.
Woody Allen también toma para su película gran parte de los elementos planteados por Orwell:
-Hay un gobierno totalitario regido por el particular “Jefazo”. Es curioso, sin embargo, el contraste entre el temible Gran Hermano y este señor, canoso y en silla de ruedas, que sonríe a su pueblo desde la cima de un acantilado en compañía de su simpático perro.
-La policía está presente en todo el metraje, aunque es justo indicar que Monroe es un disidente desde el inicio de la película y, por tanto, es sujeto de persecución.
-La cultura se ha empobrecido enormemente. Allen demuestra cómo ésta se ha atrofiado en dos siglos mediante una fiesta en la que acaba Monroe. Luna, una poeta que acaba acompañándole en su huida, compone un poema en el que una mariposa se convierte en larva. En realidad es fácil comprender que el director está criticando el propio empobrecimiento cultural del siglo XX.
-Monroe es un disidente que rehúsa a ser insertado en una sociedad tan fría. El argumento del protagonista disidente es invertido en El dormilón, pues al principio Monroe es el fugitivo que trata de convencer a Luna de lo frívolo de su mundo, mientras que a mitad de película los papeles se han invertido y es ella la que tiene que convencerle.
Esta obra, crítica con todas estas características de la sociedad de los años setenta, añade a sus ataques un tono humorístico que ridiculiza al mundo de su tiempo. Este tono cómico supone una gran novedad en el género antiutópico que, en cierto modo, conserva el siguiente título que quiero analizar.

Más de una década después Terry Gilliam, el miembro norteamericano de los Monty Python, rodó su propia interpretación de 1984, curiosamente mientras, con la llegada del año clave, Michael Radford preparaba su adaptación. Sin embargo, si éste último estrenó su obra a finales del famoso Nineteen Eighty-Four, Gilliam tuvo que hacerlo en 1985. Brazil fue el nombre de esta historia, con Jonathan Pryce en el papel protagonista y la actuación secundaria de un joven Robert De Niro y Michael Palin (también procedente de los Monty Python).
En B azil no se menciona ninguna ciudad ni país concretos, para hacerla más lejana al espectador. El estado es un imperio burocrático, donde la administración consume una buena parte del PIB y cualquier trámite rebasa el absurdo. Un error en la «vaporización» de un disidente hace a Sam, el protagonista, indagar en el caso. Sin embargo, la estructura gubernamental es tan disparatadamente absurda que Sam acaba odiando el estado, convirtiéndose, a su vez, en disidente. Observemos los paralelismos entre la novela que inspira esta película y el resultado en Brazil:
- Hay un gobierno totalitario;
- la policía limita la acción de la ciudadanía, que es vigilada constantemente;
- el estado manipula toda la información (de hecho, gran parte de la acción transcurre en el Ministerio de Obtención de Información);
- Gilliam hace hincapié en las carencias culturales de la población;
- el protagonista se acaba rebelando contra el sistema.
Pese al leve tono humorístico de Brazil, si se hace un estudio más profundo de la película incluso es posible apreciar la analogía entre la estructura argumental de 1984 y de la película de Gilliam. En última instancia, el mensaje al espectador es de características muy similares.

Durante los años noventa, Orwell apareció en la gran pantalla a través de una nueva adaptación de Rebelión en la granja (John Stephenson, 1999). Sin embargo, hubo que esperar hasta el año 2002 para volver a contemplar una reinterpretación de 1984. En la segunda parte del artículo repasaré la influencia de la novela en este nuevo siglo, sin adaptaciones directas, pero con propuestas muy interesantes.

Autor: Ángel Galdón Rodríguez

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