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Alegoría sangrienta: Carrie o el cine de terror según De Palma

el  Domingo, 16 March 2008 01:00 Por 
Análisis de "Carrie", una de las mejores adaptaciones cinematográficas de una obra literaria de Stephen King.

Todo comenzó con una papelera, unas hojas arrugadas reposando en su interior y una mano de mujer acercándose a esas hojas, alisándolas y leyéndolas bajo la luz titileante de una bombilla de cinco watios. Bueno, lo de la bombilla tal vez sea un adorno. Lo que sí es cierto es que Carrie White, la “Cenicienta” que rescató a King de abandonar sus pretensiones como escritor, estuvo a punto de morir en un borrador de 14 páginas, arrojadas a la basura sin mayores miramientos y rescatadas por su mujer Tabithia, que animó al autor a seguir adelante. Y el resto, como suele decirse, ya es leyenda.

Leyenda es también el realizador de “Carrie”, Brian de Palma, y si la historia de Carrie es la historia de un comienzo, el del mayor genio de la narrativa americana contemporánea, Stephen King, también lo es, en cierto modo, para el realizador de “Atrapado por su pasado”. A pesar de que “Carrie” no fue el debut de Brian de Palma, cineasta muy precoz que en sólo seis años había filmado ya otros tantos títulos, sí supone un punto de inflexión en su carrera y una depuración de la que serán las claves de su suntuoso estilo cinematográfico.

“Carrie” comienza, tras un breve travelling en picado sobre el patio de un instituto en el que una clase de niñas juegan al voleibol, con un extraordinario plano secuencia con steady-cam en cámara lenta que se convertirá, con el paso de los años, en la firma del realizador. La cámara se desplaza horizontalmente a través de los vestuarios femeninos, envueltos en un vapor neblinoso del que los bellos cuerpos adolescentes emergen con una coqueta naturalidad, entre risas, tirones de pelo, cuchicheos y golpes amistosos con las toallas.

Apartada de esa felicidad, Carrie White, adolescente marginal que recibe todo el miedo y la inseguridad de sus compañeras transmutado en un odio que es alivio —alivio de enfrentarse a sus propios problemas y arrojándolos a un blanco fácil— se baña con los ojos entornados, disfrutando de su breve intimidad, del sosiego que le provoca el agua resbalando por su cuerpo, un placer de la que no es proscrita.

A través de suaves sobreimpresiones, y acompañados por una banda sonora de una delicadeza y hermosura extraordinarias, De Palma filma la desnudez adolescente con una frescura, elegancia y atrevimiento que nos deja asombrados y establece un referente visual en el desenlace de la secuencia que encontrará su eco en la conclusión de la historia. Rompiendo la serenidad del momento, un hilo carmesí se desliza por el interior del muslo lechoso y terso de Carrie, mezclándose con la espuma. Lo que sigue es una de las secuencias más memorables tanto en el papel como en el celuloide: Carrie es bombardeada por una lluvia de compresas y tampones que sus compañeras arrojan estallando en carcajadas, la joven mujer, niña de espíritu, grita y grita, desconsolada, en el llanto histérico de un animal acorralado.

Dureza, reflexión sobre las virtudes y faltas humanas y una peculiar visión del romanticismo, truncada por el horror final de la historia, se mezclan con la telequinesia en la trama de “Carrie”. Carrie White posee el don de mover objetos a su antojo, don que suele emerger cuando su excitación alcanza un punto crítico. Dicha habilidad es explotada tanto en la novela como en la película para ofrecer un final apocalíptico que se grava a fuego en la retina del espectador; hablamos, por supuesto, de la conocida secuencia del baile.

“Carrie” es un film muy De Palma, y como tal contiene “la secuencia”, ese momento en el que el autor quiere crear un clímax inolvidable que, independientemente de dónde se ubique en el hilo narrativo —bien puede ser al principio, “Snake Eyes”, “Femme Fatale” o “Atrapado por su pasado”, bien puede ser a mitad de la proyección “La Furia”, o, tal vez, en su final, “Misión Imposible” y la que nos ocupa “Carrie”—, supone la culminación de la puesta en escena y el momento de fascinación cinematográfica que el espectador recordará, una y otra vez, al abandonar la sala o apagar su televisor y, tras contener el aliento, exhalar un suspiro tembloroso en su honor. Como ya hemos anticipado, “la secuencia” de “Carrie” se produce durante el baile. Aunque, si queremos hablar con propiedad, deberíamos decir “las secuencias.

Que De Palma profesa una admiración sin límites a Hitchcok es un hecho conocido; es más, siempre que puede intenta seguir los pasos del maestro del suspense, elaborar larguísimas secuencias en las cuales su desenlace se anticipa desde el comienzo de la misma, sosteniendo la intriga en torno al famoso “mac-guffin”, un elemento que por sí mismo no tiene un significado relevante pero que funciona como motor y generador de la intriga. En el caso de la secuencia del baile, este elemento es un cubo lleno de sangre de cerdo que pende de una cuerda sobre el entarimado al que Carry White y su inesperado acompañante —que se sorprende disfrutando el favor dispensado a la introvertida y alienada adolescente, favor que realiza, en un principio, por fidelidad a su novia, Sue, que pretende compensar a Carrie por el daño causado con las constantes burlas de las que ha sido objeto— acuden para recibir sus coronas como rey y reina del baile. De Palma filma el suspense con un largísimo montaje en paralelo a cámara lenta, en el que el cubo oscilante se convierte en un metrónomo de la tensión y, cuando finalmente se derrama sobre la desdichada Carrie White, en el acicate de la tragedia.

La hermosa e inquietante metáfora de la sangre menstrual se repite en el desenlace, dejando claro cuál es el tema del film, algo tan viejo y conocido como el paso de la niñez a la edad adulta y los riesgos, cambios y crueldades que conlleva el dar dicho paso.

Virtuosa, aunque de ritmo algo sincopado en contadas ocasiones, “Carrie” ha resistido bien el paso del tiempo, manteniéndose en su privilegiada posición dentro del olimpo del género terrorífico y del parterre particular que las adaptaciones de King cultivan dentro de dicho género. Imprescindible.

 

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