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Automaton Transfusion: Un género seco

el  Domingo, 08 June 2008 02:00 Por 
Análisis de una película prescindible que, sin embargo, resulta más que relevante para articular una reflexión en torno al excesivo mercantilismo que afecta al género terrorífico que nos llega allende el Atlántico.

No podría uno imaginar mejor título que el de este film de zombis para encauzar una reflexión de carácter general sobre el estado del género y la figura del zombi en particular. El caso es que una mediocridad puede ser más interesante que una obra maestra a la hora de someterla a autopsia. Y no hablo de pataletas y exabruptos o de sarcasmos ególatras que no llevan a ningún sitio. La disección busca resquebrajar el costillar y hundir el bisturí en el corazón para comprender cómo funciona el mercado de la imagen en este siglo XXI y cómo ha cambiado nuestra percepción a la hora de comprender y disfrutar el cine. Antes, hablemos brevemente sobre el caso particular de “Automaton Transfusion”.

Poco hay que comentar. Sobre todo en lo positivo, pues las virtudes del film son muy escasas. Se nos presenta al clásico grupo de adolescentes tras la esperable secuencia-prólogo en la que asistimos al primer ataque de un zombi en una morgue. Tras este prefacio, la película se toma muy poco tiempo para meternos en harina (ensangrentada, por supuesto) y en breves minutos nos encontramos en una orgía salvaje con cuatro personajes principales diseminados en dos planos narrativos separados en el espacio: una fiesta adolescente (el típico botellón que degenera en orgía; no estamos tan lejos de los romanos como parece) y un automóvil que cabalga sobre el asfalto de camino al consabido concierto heavy metal de bar cochambroso.

En lo positivo, el ritmo, la banda sonora y cierta imaginación en algunos momentos de gore extremo (destacable la secuencia en la que un zombi atraviesa el estómago de una joven embarazada y extrae el embrión de sus entrañas, devorándolo frente a la madre, todavía viva). En lo negativo, pues todo lo demás, siendo especialmente desastroso cómo se emplea el efecto sincopado que ha puesto de moda en el sub-género de zombis la excelente “28 días después”. Steven C. Miller, su director y guionista, no parece haber comprendido que existe un límite de legibilidad visual para que el espectador no vomite sus palomitas sobre el regazo. Y ya por no meternos en los cenagosos terrenos del libreto que comete, en el desenlace de la acción, una de las mayores torpezas imaginables al apoyarse en un personaje secundario para otorgarle un ridículo trasfondo a la presencia de los cadáveres reanimados por medio de uno de esos monólogos explicativos que deberían ser el último cliché de salvación para el guionista perezoso.

Dicho esto, lo interesante es pensar en la película y en nuestra reacción como público. El caso es que nos hemos vuelto (como recordaba un sabio, Francis Ford Coppola, en una entrevista concedida a Harry Knowles el pasado 2007) unos golosos de la imagen, unos niños obesos y malcriados por las mil y una tropelías y artificios que el cine puede conjurar en nuestros días; y, al mismo tiempo, el ritmo frenético de nuestra sociedad ha entumecido nuestros cerebros, de manera que, estadísticamente, exigimos muy poco en lo intelectual para ceder a una satisfacción bovina, una contemplación de lo espectacular sin que, entre oreja y oreja, haya mucho más que una pantalla en blanco. ¿Pero es esto una divagación o podremos encontrar las huellas en el barro que nos acerquen a la orgía caníbal del sub-género en cuestión?

El hecho es que esta flaccidez intelectual afecta y mucho al espíritu consumista del género terrorífico, que manifiesta unos síntomas de agotamiento y necrofilia preocupantes. Películas como “El amanecer de los muertos” (ver. 2007), “Planet Terror” o “Automaton Transfusion” son ejemplos, independientemente de la calidad y la factura de cada uno, de cómo el zombi ha acabado por devorarse a sí mismo. Película tras película nos encontramos una y otra vez con el gran muro de la vergüenza en lo tocante al universo cinematográfico: los tópicos. ¿Cuántas veces habremos visto (y veremos) cómo una pareja de hormonados adolescentes huyen de la mano por un bosque a la luz de la luna? ¿Cuántos hospitales, cementerios, institutos e instituciones psiquiátricas hemos de visitar para percatarnos de que el pozo se ha secado, que el reciclaje por el reciclaje no lleva a ningún sitio? Y es precisamente el análisis del legado generado por los films que sí logran salirse de lo previsible los que demuestran los síntomas enumerados en los anteriores párrafos.

“28 días” fue, sin duda, el film más influyente para el cambio en la figura del zombi desde “La Noche de los Muertos Vivientes”. La lentitud se trocó en velocidad, la planificación pausada cambió por un montaje muchísimo más agresivo y fragmentario y el gore frontal se convirtió en el fugaz salpicar de explosiones de violencia apenas entrevistas. Ahora vivimos otra renovación parcial con el descubrimiento del revolucionario planteamiento documental de “El proyecto de la bruja de Blair”. Películas como “Diary of the Dead” o “Rec” abogan por la ficción de la no-ficción. Es decir, por convencer al espectador de que se sienta ante la pantalla para asistir a un hecho filmado y no a un artificio fruto de la planificación.

Sería obtuso negar que ambos planteamientos no han llevado un paso más allá al género. Pero lo sería igualmente pretender que dichos pasos son algo más que, simplemente, pasos; no camino. La relevancia de “28 días” y las nombradas “Diary of the Dead” o “Rec”, su maestría y valor artístico, sólo han servido para instaurar nuevos tipos de modas fútiles que han convertido los hallazgos en rutinarios por su sobre-explotación, por el manoseo insaciable y plúmbeo de lo que debían de haber sido méritos individuales de unas piezas de arte en concreto.

La filosofía del remake, de la subsistencia de la industria mediante, precisamente, la zombificación de su pasado o de los méritos obtenidos en costas ajenas (el saqueo que Hollywood ha realizado del terror oriental ha sido tan voraz como sonrojante), demuestra que al productor cinematográfico (y también al espectador, para que negarlo, que sigue consumiendo el producto) ya no le interesa la artesanía sino la producción en masa. En poco se diferencia la cadena de montaje de una empresa de electrodomésticos al rodaje de las mil películas clon del corte de “Automaton Transfusion” que siguen desangrando el género y abocándolo a una dirección de la que no parece haber salida. Estamos atrapados en una habitación sin puertas. Ya sólo nos queda andar en círculos.

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