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Avatar: De Kansas a Oz

el  Sábado, 19 December 2009 01:00 Por 
Crítica del film más esperado del año. “Avatar”.

Según pasan los años, hay algo de lo que estoy más convencido. Harry Knowles es un tío grande y sabio.

Con el paso del tiempo, ha conseguido que muchos venzamos, no sin esfuerzo, nuestro cinismo, petulancia y pretendida omnipotencia a la hora de encarar un análisis cinematográfico. Nos ha aleccionado a emprender un nuevo camino para la crítica, un camino que nos transformaría en entes necesarios y no en insidiosos destructores sueños que se creen poseedores del martillo del juicio.

Harry Knowles, al igual que Stephen King, nos ha invitado a renunciar al pilar fundamental en la que se ha cimentado la mayor parte de la crítica desde que ha existido. La creencia en los absolutos. La defensa de un juicio subjetivo disfrazado de verdad objetiva. Nos ha dicho: “Señores, si queremos que nuestro oficio tenga sentido, si queremos ser útiles a nuestros lectores, debemos abandonar esta actitud”.

¿Y cuál es la alternativa? La lectura pasional. El análisis desde la miscelánea de referencias, lecturas y experiencias que nos definen como individuos. El no temer admitir que cuando emitimos un juicio estamos diciendo, simplemente, “a mí me gusta porque…” o “a mí no me gusta porque”. Independientemente de cuáles sean los conocimientos estéticos de cada uno, lo que subyace a un juicio de valor es la persona tras la cual se encuentra este juicio.
 
Salvo que ésta mienta. Pero, como dijo Platón, estos no tienen lugar en la sociedad de los hombres. O no deberían tenerlo.

Harry Knowles suele arrancar su crítica definiéndonos sus emociones previas antes del estreno con respecto a la película en cuestión. Luego, de una manera intuitiva, visceral, funde estas expectativas con lo sentido durante la proyección. Muchas veces, la película, en cuanto al análisis de su trama argumental y propuesta estética, queda en segundo plano. Sin embargo, la sinceridad que se siente en sus palabras y su valor humano supera con mucho al más sesudo de los ensayos fílmicos.

Y se preguntarán seguramente porque no hablo de Cameron y su “Avatar” y sí de Harry Knowles desde hace ya seis párrafos. Bien, según Musashi Miyamoto, jamás debe hacerse nada inútil. De ahí se colige que, si uno conoce lo equivocado de una tendencia asumida en su profesión, debe renunciar a ella. Sin vuelta atrás. Estoy ya convencido de que la crítica se equivoca en sus pretensiones omniscientes y de que debe de ser el individuo quien le hable al lector y le permita penetrar en sus convicciones personales, en el conjunto de gustos, deseos y sueños que lo hacen ser quien es.

Hablemos pues de mí y de “Avatar”.

Desde muy niño, me ha fascinado soñar. Recuerdo un sueño que tuve a los ocho años, un sueño terrible sobre un mundo perdido en el Apocalipsis. Despertaba en una oscura celda, mis muñecas y tobillos atados con grilletes a la fría piedra. Cerca de mí estaba mi mejor amigo, un compañero con el que pasé las mayores penurias. Y, sobre el suelo cubierto de sucia paja en el que orinábamos y defecábamos día tras día, estaban los cadáveres de nuestros antiguos aliados. De pronto, el silencio de nuestra morada se rompía. Una llave giraba en la cerradura. ¿Nos liberaban?

No. Las calles, tanto en sus aceras, como en las terrazas y techos estaban completamente abarrotadas por miles y miles de demonios. Una fluctuante sombra, proyectada por el mar de criaturas voladoras que cubrían el cielo, sumergía en la oscuridad la estrecha carretera por la que avanzábamos, tambaleantes, brazos y pies consumidos a meros palos de huesos cubiertos de un pellejo tirante y pálido. Inmundicias de todo tipo nos golpeaban la cara.

Al fin, la masa que nos cercaba y apenas nos permitía ver más allá de seis pasos, se abría en anillo en torno a una plaza. Sobre ella, se erigía una tarima con dos postes de madera sin desbastar. Nos ataron a ellos. Un diablo sacerdote, cubierto en una túnica negra, recitó oscuros salmos a la plebe. Luego, empuñando una larga lanza de plata, atravesó el pecho de mi amigo. Las criaturas ovacionaron. Yo miré a otro lado, cerrando fuertemente los ojos. Los pesados pasos de la criatura se acercaban hacia mí. Una mano aferró mi barbilla, rasgándome la piel con sus afiladas uñas. Abrí los ojos. El rostro más horrible que la imaginación pudiera concebir me sonrió. La lanza se alzó sobre mi cabeza y se abalanzó, en picado, hacia mi pecho.

Desperté.

Por terrible que pueda parecer esta experiencia, incluso en mis peores pesadillas me he encontrado más en casa que en la realidad. Viajando de la mano de otros caminantes, desde James Cameron a Stephen King, he podido, con el paso de los años, no  perder esa fascinación por mundos posibles más allá del nuestro. Porque creo fervientemente en lo que Clive Barker me afirmó durante la entrevista concedida a Scifiworld en el pasado festival de Sitges.

“Hay otras voces ahí fuera”.

James Cameron las ha escuchado en “Avatar”.

Su película supone mi consumación como espectador cinematográfico. Llevo soñando desde que soy un niño con un instante en el que la técnica cinematográfica pudiera igualarse con la infinita extensión y escala de lo imaginario. Esa era, la era de la maravilla, ha llegado.

Cameron ha elegido, además, llevarnos a ella de la manera más inesperada. “Avatar” es la película más grande de la historia del cine, un film de unas proporciones tan descomunales que quitan el aliento. Sin embargo, a pesar de lo fácil que sería haber aprovechado el marco incomparable de Pandora para intentar orquestar un proyecto de ambiciones ególatras de una escala similar al “2001” de Kubrick, Cameron ha seguido el camino opuesto.  A pesar de que podría haber aprovechado la ocasión para eregirse un monumento, ha elegido renunciar a la prepotencia y nos lleva a un viejo territorio que el cine reciente ha ignorado, menospreciado y olvidado.

El territorio de la inocencia. De la candidez. De los blancos y los negros.

“Avatar” es un cuento de hadas. Es un cuento con un narrador, Jake Sully, un marine parapléjico que emprenderá, como tantos otros antes, “la aventura más grande jamás contada”. En su camino, mil y un peligros, el amor y la posibilidad de fundarse ya no como ser humano, sino como ser.

Esta idea encuentra un significado extraordinario en Pandora. Pandora es algo más que un paraje de ensueño. Cada uno de los seres que la habitan, desde el más insignificante insecto, hasta el inigualable Thanator, comparten un nexo común tan increíble, de tan existencial trascendencia, que cuando uno ve volar en astillas la bella foresta del planeta y perecer bajo el napalm a sus criaturas,  siente un dolor profundo y primigenio. Y una culpabilidad casi tangible por nuestro modo de vida.

En uno de los finales más hermosos que puedan concebirse, independientemente que ya sepamos que esta historia debe terminar así desde un principio, Cameron apuesta con una valentía extraordinaria por el respeto a la Vida con mayúsculas. No a la vida de los hombres. Sino a la vida en sí.

El mayor pecado del hombre es considerar que sus necesidades le permiten destruir la vida como si él fuera su dueño. Cameron nos hace reflexionar sobre este pecado con la belleza que sólo pueden conseguir las historias más simples, aquellas en que la escala cromática jamás viaja a los grises salvo en el trasiego del héroe desde la inconsciencia de su condición hasta su afirmación como héroe.

En un tiempo en el que los cuentos de hadas parecen imposibles y el sarcasmo y la desesperanza cunden en el ánimo general, “Avatar” nos ofrece el mayor regalo del arte y en el vehículo rupturista que el arte siempre ha manifestado en sus expresiones más inolvidables. Nos ofrece la posibilidad de creer en que somos más de lo que creemos ser.  

De la mano de Jim, he podido viajar, una vez más, de los fríos grises de Kansas al infinito arco iris de Oz.

Y el viaje ha resonado en mí.

Espero que también lo haga en ti.

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