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Cambios a peor: Análisis crítico de Soy Leyenda.

el  Jueves, 20 December 2007 01:00 Por 
Análisis de la nueva superproducción hollywoodiense, protagonizada por Will Smith y dirigida por Francis Lawrence, que adapta un clásico literario del mismo título.
Nadie lo puede negar. No, nadie le puede negar a Francis Lawrence que es un buen realizador y que su película, “Soy leyenda”, es, formalmente, una buena película. Nadie le puede negar a Will Smith que el papel de Robert Neville se ajusta a sus capacidades interpretativas como un calcetín, demostrando una vez más que no sólo es un actor de comedia y acción, sino que puede brillar en un registro dramático y sostener sobre sus hombros el peso de la cámara durante toda una película. Nadie le puede negar a “Soy Leyenda” un arranque excelente, una primera hora que consigue estremecer, a pesar de que el escenario post-apocalítptico mostrado no sea novedoso. Pero con eso no basta. Y es una pena.

Decisiones equivocadas. Son ellas las que han evaporado la posibilidad de que “Soy Leyenda” se convirtiera en una película relevante del 2007 y en un ejemplo más que notable de cine de terror y ciencia ficción con mensaje. Pero es que hay un número de errores en la concepción de esta película y de su desarrollo que resultan imperdonables.

Antes de comenzar con los a priori insatisfactorios o directamente erróneos, debemos enunciar una reflexión que es necesario tener en cuenta siempre que hablamos de una obra artística que es adaptación de otra perteneciente a un medio distinto. “Soy Leyenda”, de Richard Matheson, es una novela corta de unas ciento ochenta páginas que revolucionó, a mediados de la década de los cincuenta, el concepto del vampirismo en la ficción literaria. La aportación magistral de Matheson estriba en construir una trama de cariz apocalíptico como marco para un estudio de la psicología humana, sin abandonar en ningún momento la brillantez narrativa y convertir la novela en un ensayo. Pero también estriba en cómo se desarrolla la trama, en las decisiones, geniales, que el autor toma para enhebrar su relato. Matheson no se equivoca jamás. Lawrence y su equipo de guionistas sí lo hacen.

Tampoco se quiere argumentar que el conocimiento de la novela sea clave a la hora de juzgar la película. No, lo que se quiere es comparar las opciones de partida y el camino que se ha seguido, porque, en el caso que nos ocupa, algo ha salido mal en “Soy Leyenda” y el hecho de analizarla bajo el crisol del conocimiento del libro nos permite identificar mejor aquellos problemas que hubieran sido subsanables sólo con no desmarcarse de la obra literaria.

Los errores de partida son los siguientes:

1. El personaje de Robert Neville en la película es un médico y militar. En la novela de Matheson es un hombre cualquiera, sin habilidades científicas o físicas de especial relevancia. Este detalle condiciona todo el suspense de la historia y la implicación emocional del espectador con el personaje de Neville, puesto que Will Smith está más preparado para sobrevivir que la mayoría del público de las butacas. Y eso marca una desigualdad importante a la hora de compartir sus cuitas.

2. La concepción de la amenaza. Lo que hace terribles a los vampiros de Matheson es su humanidad. Las criaturas conservan la capacidad de hablar y de razonar, aunque de forma menguada, y sus rasgos físicos no se ven modificados más allá de la extrema palidez que decolora su tez. Lawrence ha optado por animalizarlos, por caer en lo tópico, por concebir otro monstruo más y además de aspecto muy similar a los ya vistos en películas como “Blade II” o “The Descent”. Pero es que eso no es todo. Por decisión exclusiva de su realizador, todos los vampiros de la película están generados por ordenador. Y no convencen, no convencen en absoluto. Parece increíble que, habiendo conseguido generar una tensión en el espectador con ausencia de elementos terroríficos visibles, Lawrence suicide el suspense por una elección errónea en el uso de los efectos digitales.

3. La soledad del protagonista. En la novela es total. En la película lo acompaña una perra, Sam (de Samantha). Algo tan simple como este pequeño detalle le resta un potencial enorme a la película, porque el poseer un vínculo emocional estable hace la situación menos desalentadora.

Y no se acaban aquí los problemas.

Mientras que la primera hora de la película es, contando ya con lo anteriormente mencionado, deslumbrante, verdaderamente asfixiante a la hora de describir el día a día de Neville —captando, en este aspecto, a la perfección el espíritu de la novela, de que es la ausencia del mundo exterior, de la masa cotidiana que nos rodea, el mayor de los terrores—, su segunda mitad se ahoga por culpa de una decisión narrativa de la que sólo podemos comentar el resultado que produce en el espectador. No resulta creíble y rompe con el resto de la película. Un pegote de reflexión pseudo-católica, en una historia de raíz profundamente atea, debería haber quedado fuera de la ecuación. Y es que además, el desenlace de la trama, atentando contra el pesimismo imperante en la novela y contra la sorpresa perfectamente calculada y coherente que contiene el último capítulo del libro, es anticlimático y convencional, no convence, nos deja fríos.

También es cierto que no todo es negativo en “Soy Leyenda”. Ni mucho menos. La realización de Lawrence es más que correcta, brillante por tramos, pudiéndosele sólo criticar el enfoque que le ha dado a las secuencias de acción más multitudinarias, porque rompe con el estilo pausado del resto de la película y porque no implican a nivel emotivo. Se ven con vagancia, con una sensación de deja-vu, de ya visto. Pero las escenas de suspense, del vagar de Neville por las calles vacías son ejemplares, como lo son el tratamiento de los personajes (beneficiados de una estupenda dirección de actores) que en todo momento implican al espectador en la historia. Éste es el camino, en lo visual, que deberían de seguir los films de horror (y no sólo de horror) hoy en día. El elaborar una trama dejándola respirar, introduciendo poco a poco la historia, da unos frutos mucho más sabrosos que el ruido y el montaje hipercinético al que nos estamos mal acostumbrando últimamente.

También hay que felicitar, aunque ya se ha comentado en el arranque del artículo, a Will Smith. Su labor es excelente. Excelente porque consigue transmitirnos la sensación terrible de la soledad absoluta, una desesperanza que va mucho más allá del hastío. Un desequilibrio emocional que lleva al personaje a que su salud mental penda de un hilo, dispuesto a quebrarse en cualquier instante.

Así que, resumiendo, “Soy Leyenda” no es una película mediocre o abominable (como ha ocurrido demasiadas veces este año con las superproducciones norteamericanas), pero sí fallida, que se queda a medio gas entre lo mediocre y lo admirable. En tierra de nadie.

Aún así, y vista la cartelera de estas Navidades, merece la pena ir a verla y disfrutar de sus puntos fuertes, tratando de que los débiles no nos arruinen la función. Con un poco de esfuerzo, se consigue.


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