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Clash of the Titans: Maquillaje y valor de marca

el  Jueves, 01 April 2010 02:00 Por 
Análisis del remake emprendido por Louis Leterrier del clásico de Harryhausen.

Imagínense un rostro. El rostro de la belleza. Género y especie que deseen. En mi caso, imaginaré una mujer.

Imaginen sus suaves facciones. Su nariz redondeada. Sus ojos realzados en cejas y pestañas. El colorete de sus mejillas. Y, cómo no, un brillante rubí tiñendo de pasión sus labios.

Y ahora imagínense que toman un algodón y, bruscamente, borran de su rostro el maquillaje. Y se encuentran que bajo él nada hay. Nada. Todo era falacia e ilusión.

Algo así pasa con “Furia de Titanes 3-D” y con el cine blockbuster más ramplón del Hollywood actual.

Vaya por delante que este remake de “Clash of the Titans” se disfruta, más aún sin las expectativas de uno están por los suelos antes de acomodarse en la butaca. Y vaya por delante también que no es peor este filme que ejemplos de cine similar como “Transformers”, “Piratas del Caribe” “G.I. Joe” o “The Incredible Hulk”, el anterior film del cineasta Louis Leterrier. Es más, en ciertos aspectos, sobre todo gracias a sus actores y a la ausencia de humor grotesco y grosero, hasta funciona mejor que algunos de sus compañeros de estofa.

Pero, ¿es esto suficiente?. Habida cuenta de los “The Dark Knight”, “Up”, “Avatar”, “District 9” o las más modestas en sus pretensiones, pero ciertamente efectivas, “Sherlock Holmes” o “Iron Man” no debería serlo. El rasero está muy bajo, sí. Pero el aprobado no debe bajar al inframundo, aunque Hades estuviera contento.

“Furia de Titanes 3D” destaca en sus valores de producción (e incluso ahí hay peros) pero fracasa completamente en el talón de Aquiles del Hollywood actual. Mejor dicho, los talones. Libreto y puesta en escena.

Libreto. Del original de Ray Harryhausen sólo ha quedado lo anecdótico: las batallas. Escorpiones, Calibán, Medusa y Kraken. Pero del hilo conductor que motivaba estas batallas, el triángulo entre Calibán, Perseo y Andrómeda, la temeraria y ególatra declaración de Casiopea, la constante lucha de subterfugios entre Tetis y Zeus, nada queda. Apenas nada. Secuencias brevísimas que no dan más que escasos minutos a Andrómeda, jamás personaje y, aún así, desencadenante de toda la trama, y eliminación de los conflictos emocionales que articulaban el interés, porque el Hades vs Zeus de esta versión no tiene nada que hacer, por carencia en el planteamiento y sucesivos embates, contra el divertido y más que resultón téte-a-téte entre Tetis y Zeus.  

No hay una brújula en el guión de “Clash of the Titans”. Y el problema no son los saltos a la torera que el guión de Phil Hay y Matt Manfredi con respecto al mito original y al film de Harryhausen —un ejemplo: Andrómeda y sus progenitores no son ya los gobernantes de Joppa, sino de Argos, aunque Argos era, tanto en el mito como en la anterior versión, el hogar de Acrisio y Dánae, respectivamente, cornudo padrastro y madre de Perseo; otro, este ya menos excusable a requisitos narrativos, se habla de las “Brujas Estigias”, y se “mete la gamba”, porque estigias eran las ninfas a las que las Grayas, las tres hechiceras que comparten ojo, apuntaban como única esperanza de éxito en la misión de Perseo, pues ellas poseían los objetos necesarios para matar a la Medusa—, sino que sus novedades no constituyen una historia. Io asume el papel tanto del mentor —el dramaturgo y filósofo Ammon interpretado por Burguess Meredith en la cinta del 81— como de interés romántico, ya que repetimos que Andrómeda, y es del todo incomprensible, no juega más que un papel florero limitado a una decena de líneas de diálogo. Calibos, el verdadero villano con peso en la versión de Harryhausen, ya que era el único que ostentaba raciocinio y humanidad, es reducido a la mínima expresión y sólo cobra importancia como puching-ball en un par de batallas a ritmo de video-clip.

El Perseo de esta versión es también completamente distinto al interpretado por el limitado Harry Hamlin. Un Sam Worthington tan pelado como en “Avatar”, detalle entre tanta lógica melena rizada que se corresponde con ese valor de marca del que hablaremos en unos párrafos, encarna a un Perseo que se niega a aceptar su condición de semidiós. Perseo quiere renunciar a toda costa a su condición de inmortal, negándose incluso a aceptar los regalos de los dioses en honor a su padre adoptivo, Spyros, un humilde pescador interpretado por un auténtico maestro, Pete Postlethwaite (“En el nombre del padre”, “The Usual Suspects”). La idea es buena, pero su plasmación no. Un par de diálogos intrascendentes entre Perseo con Draco (personaje más interesante de la cinta gracias a la hosca interpretación de Mads Mikkelsen, y de nuevo malgastado impunemente) y Perseo y Zeus, que se aparece a su hijo bastardo vistiendo una túnica y cayado propias de un Moisés post-Sinaí.  

La única idea entretenida del libreto, y que anticipa qué nos podemos esperar de las más que probables secuelas (salvo catástrofe en las arcas), es el libertino mestizaje de mitos. De momento, en este capítulo es sólo un detalle, una tribu de Djinns, genios elementales de la mitología árabe, del desierto que se unen a la búsqueda de Perseo. Leterrier ya había mostrado su más bien escaso conocimiento mitológico atribuyendo a Galahad un papel en la mitología helénica y parece que no le temblará la mano al apostar por esta mezcolanza entre criaturas fantásticas de diversas fuentes al estilo del más puro videojuego. Pero como el diseño de las criaturas resulta curiosote, y a poco más podemos aspirar que a disfrutar con este apartado, bienvenido sea.

Vayamos, más brevemente, a la puesta en escena. Microsecuencia. Neologismo que acuñamos por necesidades profesionales. En cierto modo, recuerda al concepto de cut-scene (también llamadas intros) de los videojuegos. Así arma narrativamente Leterrier su película, a golpe de cutscene; o de microsecuencia. Se trata de escenas de transición de muy corta duración que enlazan entre sí el devenir narrativo de la trama con las grandes batallas. Pero se caracterizan por cojear, y mucho, en la coherencia dramática y en su pertinencia a la hora de aportar una información relevante. Se podrían definir casi como un requisito necesario —de nuevo, los videojuegos; y, siendo justos, los videojuegos de acción más directos, que este medio de expresión artístico ya ha demostrado sobradamente ejemplos de madurez narrativa que ya quisieran para sí muchos títulos de Hollywood— para poder justificar la filmación de batallas.

Las batallas en sí siguen el modelo de “The Incredible Hulk”. Leterrier gusta de la grúa y de los desplazamientos angulares en planos secuencia de más de 270º y con profundidad de campo. Gusta también de cortar las secuencias demasiado rápido, aunque aquí se “modera” bastante más que en “The Incredible Hulk”. Y no puede evitar, al igual que Michael Bay, el aprovechar cualquier fuente lumínica como recurso de estética MTV. Eso sí, sabe aprovechar decentemente las características concretas de cada escenario y rival y adaptarlas al lenguaje cinematográfico más adecuado, dentro del estándar, para cada caso. Pero cojea, y mucho, en la variedad de situaciones que plantea dentro de cada secuencia. No hay gran imaginación ni acumulación de acciones, que es lo que distingue a maestros de los combates o del ritmo como Quentin Tarantino, Brad Bird, Christopher Nolan, Steven Spielberg o Alfonso Cuarón.

¿Actores? Bien las interpretaciones y la dirección de actores. Mal, ya lo comentamos, el libreto. No hay errores ridículos de gestualidad o exceso/carencia de dramatismo con lo ocurrido en la secuencia (como sí los ha habido en títulos como “Terminator Salvation” y actrices tan experimentadas como Helena Bonham Carter), pero tampoco hay ningún personaje que brille demasiado, salvo Mad Mikkelsen y Gemma Atterton ocasionalmente, porque no ha lugar. Lo peor, un gris, muy gris Ralph Fiennes, que no le da abolengo y amenaza alguna a su Hades. Y también un Iain White que tiene la desgracia de interpretar al personaje más estúpido imaginable, un alucinado servidor de los dioses que ha perdido la cabeza y quiere alzar al pueblo de Argos para que sacrifiquen a la princesa Andrómeda.

El 3-D merece un párrafo aparte. Qué vergüenza, Hollywood, qué vergüenza. Qué vergüenza estafar al público de esta manera. Que el montaje elegido por Leterrier no se adapte al formato podía ser disculpable, pero no lo es que en abundantes planos el ratio de la imagen se haya deformado por la conversión y el aspecto de las figuras esté deformado como si una lente anamórfica mal ajustada hubiera hecho de las suyas. Cabezas enormes y miembros espigados son un pobre saldo para tanta promoción estereoscópica. Eso sí, los títulos de crédito son una maravilla y probablemente sean el único plano de la película que se sienta diseñado con este formato en mente.

Y dijimos que era disfrutable, ¿no? Habrá que decir entonces por qué.

Pues lo de siempre. Diseño de producción y efectos especiales. Con salvedades, claro. El Kraken tortugoide, las Grayas, Calibos, los escorpiones y los Djinns son impresionantes. La Medusa no, porque la tecnología CGI que se emplea en su creación no usa los algoritmos de recreación muscular y ósea y de motion capture facial inventados para “Avatar”, y por tanto la carne luce el aspecto sintético, plasticoso de siempre y las expresiones faciales parecen de muñeco, no de humanoide. Sus movimientos, fugaces y amenazadores, se ven traicionados por una mala física del peso, otro defecto clásico del CGI pre-Avatar. Lo demás, destacando un espectacular Caronte enraizado en su barca como mascarón y una representación topográfica de la Tierra en la sala del trono Olímpico, de notable alto.

Y resulta simpático el homenaje a "Star Wars" con una versión arcaica del concepto tras el sable láser. 

Pero llega el valor de marca para poner aún más puntos sobre las ies. Por valor de marca entendemos las referencias subliminales que la publicidad emplea para generar el interés del producto. En el cine, cada vez más capitalista en sus estrategias, este valor se busca visualmente por la mimesis con el éxito. Por eso las Grayas son un calco, con color cambiado, de un icono como el Hombre Pálido de “El Laberinto del Fauno”. Por eso los escorpiones tienen cara de Ella-La-Araña. Por eso Sam Worthington, en plena Grecia mitológica, lleva el pelo rapado a lo Jake Sully y no la lógica melena rizada.  

El valor de marca está influyendo más y más a la repetición de fórmulas visuales en la puesta en escena, el diseño de producción y la lógica de las secuelas y del remake. Lo que tiene éxito se copia, con más o menos maquillaje, y se vuelve a embalar con los dedos cruzados por que el cliente no se haya cansado aún de la tortilla francesa, se llame ésta omelete a las finas hierbas, o torta de huevo batido.

Saber, viene sabiendo igual. O muy parecido.

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