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Colinas Sangrientas: A un espíritu perdido

el  Miércoles, 11 November 2009 01:00 Por 
Reflexión sobre el arte y sus posibles enfoques en el género fantástico sugerida por el visionado de "Colinas Sangrientas".
Recobrar un espíritu perdido.

No es mal propósito.

Con “The Hills Run Red”, Dave Parker, cineasta debutante, se ha propuesto un reto complicado, recobrar un espíritu perdido, una forma de entender el cine de terror para la cual el espectador ya no se encuentra bien predispuesto.

Hemos hablado de ello ampliamente en el número veinte de nuestra revista, a través de la entrevista exclusiva de más de media hora que le realizamos al realizador durante la pasada edición del Festival de Sitges y también mediante el análisis del DVD en nuestra sección “Hollodeck”.

Pero el espacio del papel fue reducido para analizar en profundidad porqué la propuesta de Parker resulta relevante más allá de la calidad cualitativa de su cinta. Se trata, ciertamente, de una cuestión seminal, una cuestión en torno a la que han orbitado muchas de las tertulias de nuestro equipo durante los escasos oasis de descanso en el ajetreo del primero entre los certámenes devotos al cine fantástico, Sitges.

¿Qué actitud debemos tener hacia al fantástico cinematográfico? ¿Tiene sentido el apostar por un cine más realista y moralmente comprometido como el practicado por cineastas como Pascual Laugier en “Martyrs”, o por el contrario es necesario un retorno de la inocencia y de la mítica como el practicado antaño en las fantasías de Harryhausen y tantos otros maestros del pasado?

¿Tiene sentido, siquiera, el posicionarse a favor de una u otra tendencia?

Sí para el artista.

El crítico puede debatir sobre sus filias y fobias. Puede incluso, si su sensatez se lo permite, llegar a la conclusión de que el debate mismo es más una cuestión de Barça-Madrid, entiéndase, de gusto personal; ya que los argumentos a favor y en contra de cada tendencia, en su esencia, pueden fundarse con criterio desde ambas enconadas posiciones.

Pero ésta no es una opción para el artista. El artista que es templado y quiere contentar a todos, miente. El artista ha de hablar desde la verdad. Su verdad. Tenga el color que tenga.

En el caso de Dave Parker, su verdad luce, claramente, una tonalidad hemoglobínica. Pero no es su rojo un rojo alienado y tortuoso. Es su rojo un rojo festivo, una invitación a gozar con la ficción de la violencia y el horror como caricatura, no con la violencia en sí.

Parker quiere invitarnos con su “The Hills Run Red” a reencontrarse con un cine autoconsciente de ser cine. Con un fantástico que no se disfraza de realidad para adecuarse a una tendencia general en el gusto de público porque lo morboso y terrorífico no sea icónico sino íntimo; porque la experiencia del horror se sienta sin que los códigos artísticos y arquetípicos del género establezcan una barrera entre la ficción y la vida.

Y para ilustrar esta invitación, repetiremos una cita que ya aparece en varias ocasiones en el nº20 de nuestro magazine, pero que resulta de esencial para entender esta dicotomía artística a la hora de afrontar el horror moderno.

“En mi opinión personal, lo que se echa más en falta en los filmes de horror de hoy en día o, mejor dicho, lo que más se les achaca es esa búsqueda obsesiva del realismo. Un realismo oscuro y terrible”, declaraba Parker a Scifiworld. “Sin embargo, los filmes que me encandilaron como adolescente no eran así. Eran mucho más fantásticos. Películas como “Fright Night”, “Return of the Living Dead” o “Creepshow. Así que me gustan las películas de horror conscientes de que son películas de horror, y no que intentan tomarse demasiado en serio a sí misma para que las tomen en serio”.

Orson Scott Card afirmaba, en el magnífico ensayo que abre el tercer volumen de su antología de relatos “Mapas en un espejo”, que existen tres tipos de historias: las íntimas, aquellas que reflejan el individualismo de quienes las padecen; las épicas, que articulan mediante la ficción un compendio de creencias que definen la pertenencia a una comunidad y que no encuentran su marco fuera de esos límites y las míticas, que alcanzan el mayor grado de abstracción al abarcar a todo el género humano. Estas últimas son historias dirigidas, directamente, a la idea de homo sapiens.

El giro actual de cierto cine de autor europeo, y de otras nacionalidades, ha asumido que el horror y el fantástico deben visitar lo íntimo y alejarse de lo mítico en pos de una identificación más directa con la individualidad del espectador, con la carnalidad de la experiencia.

Sin embargo, autores como Parker, y de manera muy consciente, quieren restituir y cimentar sus apuestas fantásticas en la mítica, en historias que se entiendan más allá del contexto de sus personajes y que apelen a una idea universal del miedo, el dolor y también la diversión.

Por ello la estructura narrativa y estética de su “The Hills Run Red” resulta tan irónica. Brevemente, Tyler, estudiante universitario que aspira a la condición de cineasta, busca con ahínco la copia perdida de “The Hills Run Red”, un film de culto dirigido por un oscuro cineasta llamado Wilson Wyler Concannon cuya obsesión era atrapar la realidad a través de la lente de su cámara, precisamente a lo que aspiran muchos realizadores modernos con los que Parker no comparte punto de vista.

Lo interesante es que el film apuesta por una caracterización y gestualidad ficticia de estos personajes, lo que le añade un subtexto irónico a la propia lectura de la película. Willian Concannon cree que por filmar un asesinato real, atrapa la realidad, igual que otros directores que no citaremos aquí creen respetar y aprehender la esencia de una novela gráfica calcando sus composiciones de viñeta.

Pero lo que Concannon no entiende es que el mero hecho de filmar un suceso real, violento o no, no significa que el espectador lo perciba como realidad.

Por poner un ejemplo sencillo. Uno puede observar, diariamente, los efectos de una bomba a través de cualquier canal de noticias. Sin embargo, las imágenes (reales) nos conmueven menos que su reconstrucción dramática en manos de un artista. Así, las imágenes documentales de los Campos de Concentración no logran por sí solas estremecer el alma humana como sí lo hace “La Lista de Schindler”, así como Concannon fallará en su premisa de atrapar la muerte simplemente filmándola.

La mirada del artista encuentra en la realidad la paleta de las emociones, pero su mero reflejo, sin distorsión alguna, sin participación de la condición humana en esa emoción (y una mirada contemplativa es ya de por sí una elección) resulta en el baldío de un lienzo en blanco.

Lo mismo ocurre con el horror.

El horror, entendido como se entendió por los slashers de la década de los 80 (de los que Parker toma el espíritu pero sin pretender caer en el mero pastiche) asociaba esa emoción, horror, a una figura icónica. La efectividad de esa figura era un valor artístico. Y, como tal, su hallazgo solía ser más una cuestión de azar que premeditada.

“Repasamos toda la trayectoria de psycho-killers, seleccionando aquellos que sí aterrorizaban y preguntándonos porqué lo hacían”, comentaba Dave Parker, contestando a una cuestión acerca de las inspiraciones e investigación realizada para crear al psycho-killer de “Colinas Sangrientas”, Babyface. “Y nos dimos cuenta de una cosa. Muchas veces, podríamos casi decir que prácticamente en todas las ocasiones, el acierto fue por pura suerte. ¿Quién iba a suponer que una simple máscara de jockey se iba a convertir en una imagen tan icónica?”.

Sin embargo, es trabajando desde este conocimiento donde se inicia el duro camino de intentar controlar la emoción que se busca. Los frutos de ese camino para Parker han sido Babyface, y su recompensa, siempre individual, se encuentra en cada espectador que asuma su figura como una encarnación de ese horror abstracto y esencialmente mítico pretendido por el autor.

“Pero, además de conseguir atemorizar con su aspecto, me interesaba que el personaje dijera algo de sí mismo sólo por cómo luce”, aseveraba Parker. “Como sabes, la mayoría de los asesinos en serie enmascarados sólo te aportan información visual, porque no hablan; así que es difícil saber de dónde vienen y cómo han llegado a esto”.

En definitiva, “Colinas Sangrientas” es, como ya dijimos, un estímulo para plantearse cuestiones claves sobre el arte y su propósito, sobre la naturaleza de las historias y sobre cómo el artista debe asumir la responsabilidad de asumir qué papel juega ante su creación, llevándolo a sus últimas consecuencias.

Independientemente de que uno de adscriba más a lo íntimo, lo épico o lo mítico, y si sus a prioris prejuiciosos no le impiden entender una propuesta en el que el cine es asumidamente un artificio, y se enorgullece de serlo, al servicio de la fantasía, esta cinta resulta una más que interesante parada para mentes inquietas y ávidas de preguntas.

Las respuestas ya llegarán frente al papel, el barro, el lienzo, los instrumentos o el celuloide.

O en la misma vida, el mayor y más fundamental de todas las artes.

Y además...

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