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Con los ojos de un niño: Una mirada a Spielberg desde el País de Nunca Jamás

el  Lunes, 24 March 2008 01:00 Por 
Una serie de reflexiones sobre el maestro a tenor de uno de sus clásicos, “Hook”, su peculiar visión de Peter Pan...

Porque, ¿acaso alguien creía posible que Peter Pan pudiera ser un gordo abogado amante del móvil, con pronunciadas entradas, mujer y dos hijos desatendidos? Al parecer, Spielberg sí lo creía.

Al escribir este artículo sé que no debería tener miedo, a fin de cuentas sólo es uno más, ¿no? Si uno ya ha perdido el miedo hablando de maestros como Kubrick, Scott o John Ford, ¿por qué tenerle miedo a Spielberg?; pues... se lo explico a contuación.

Me he resistido, por lo mucho que significa para mí la obra de este genio del cine, a dar el gran paso (la crítica a esa "película" llamada "Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal se ha borrado misteriosa y milagrosamente de mi memoria), a atreverme a hablar sobre Spielberg y sus películas, a tratar de explicar, desde mi experiencia y estudio constante de sus cabriolas narrativas, cómo es posible el milagro, ¿qué tiene Steven Spielberg que lo hace único en la historia del cine? Me he resistido, sí, pero, como diría Peter Bannings (en realidad su apellido es Pan, pero no lo digan muy alto; debe descubrirlo por sí mismo), nunca digas “Nunca Jamás”.

Creo que, ya de dar el paso, “Hook” no es el peor sitio por el que empezar. La verdad es que el impulso que me lleva a escribir este artículo se fraguó con una película que nada tiene que ver con Spielberg o Peter Pan, Wendy, Campanilla y ese villano de villanos que es el capitán Garfio; al menos no directamente.

A pesar del clima especialmente receptivo entre la crítica a la reciente (y enésima) fantasía infantil cinematográfica que adapta una obra literaria del género de gran éxito, me refiero a “Las crónicas de Spiderwick”, uno no puede dejar de pensar en Spielberg y en “Hook” mientras observa esta película o lee los comentarios elogiosos en la prensa nacional o internacional. Ese pensamiento recurrente se resume en una línea: ¿Lo habré entendido todo mal?

Precisamente, sobre la zanja que separa a “Las crónicas de Spiderwick” de Hook, al genio del artesano, o la imaginación del formulismo, es de lo que quiero hablar en los siguientes pasos. Pero no es tarea fácil.

Explicar la mecánica narrativa que convierte a las películas de Spielberg en esos portentos de ritmo y viveza, en las que lo extraordinario nace de la sensación y no del análisis, no es un asunto nada sencillo. Pero creo que los desafíos están para afrontarlos y tal vez fracasar en el intento; al menos caeremos frente al dragón con una sonrisa. La clave nos la silba una escena de esta vuelta de tuerca a la historia del niño que no quería crecer.

El escenario, Nunca Jamás, en concreto el cuartel general de los niños perdidos, un lugar “mágico”, por tópico que sea decirlo; plagado de raíles sobre los que vuelan vagones que recuerdan a pequeños veleros, piscinas repletas de jugo multicolor y viscoso, hongos de lona con mil remiendos de texturas y colores discordantes y, sobre todo, de niños, de huérfanos desarrapados que han encontrado en su amistad y en una palabra (imaginación) la cura para todas sus desgracias. El dilema: ¿Es o no es ese saco gordo y maduro, de nariz grandota, pelo ralo y alborotado, gafas de culo de vaso y rebosantes michelines de acordeón, el temido y alabado Peter Pan? El desenlace...

El desenlace nos da esa clave fundamental para entender porque el estilo de Spielberg conecta con el público, independientemente de su edad o condición social, de una manera inimaginable en cualquier otro realizador. Un pequeño niño perdido se acerca lentamente a Peter Pan, el único que todavía deposita su confianza en ese cansado y descuidado adulto tendido sobre el suelo en una súplica desesperanzada, mientras la música asume su punto de vista y siembra la expectación y la duda en el espectador.

 Nosotros ya sabemos que es Peter Pan, nos hemos sentado en las butacas como niños o como adultos sabiendo que vamos a ver el Peter Pan by Steven Spielberg y sin embargo... Y sin embargo la lentitud de la cámara siguiendo los movimientos de ese niño, la suavidad de la música acompañando como un vals el ritmo pausado del travelling, la propia expresión de Robin Williams, unos ojos azules en los que se puede adivinar, como si vislumbráramos el brillo del tesoro reverberando en la oscura y mohosa pared de la caverna, la posibilidad de que lo imposible, valga la redundancia, se cumpla. Y es en el momento —el momento en que hemos abandonado nuestro cómodo respaldo y ya estamos en el borde del asiento, inclinados hacia delante—, en el que las manos infantiles se posan sobre esa cara avejentada y comienza a estirarla y a doblarla, buscando los vestigios de un pasado luminoso, cuando creemos o más bien queremos creer.


 Y sí, pueden adivinarlo, la música ha subido de volumen, planos de las bocas y ojos abiertos de los niños perdidos, que antes no creían y ahora, ahora ¿qué? Ahora seguimos viendo esas manos vagando por los pliegues carnosos y los capilares dilatados que resaltan en las mejillas de un hombre maduro, seguimos buscando sendas entre las cañadas oscuras de la frente, ecos de ese ser tanto tiempo dormido y que debe despertar al despunte de un cacareo.

 Y, de pronto, cuando nuestra garganta está seca y nuestra nuez ya se marea de tanto subir y bajar, cuando los lacrimales comienzan a bañar nuestros escocidos ojos en busca de que pestañeemos por un instante (¡pero no podemos!) y el aire que flota sobre la platea se torna denso como la melaza, expectante antes de viajar, de nuevo, a los pulmones, el niño encuentra (¡y nosotros encontramos, creemos, sonreímos, suspiramos y, sí, algunos incluso lloramos!) y exclama: ¡¡Ah, ahí estás, Peter!! Anticipación y Asombro. Esos son los ases de Steven Spielberg.

Sí, hay engranajes girando para que esos ases sean posibles. La milimétrica precisión del montaje, la extraordinaria intensidad de la banda sonora y la majestuosidad y elegancia de cada encuadre, de cada movimiento de cámara, de la iluminación de la escena y de la interpretación de los actores se suman sin discordancias, son notas de una misma partitura. Pero es ese segundo de más o de menos, ese acorde casi invisible lo que obra el milagro del asombro, es el lograr tensar la cuerda de la expectación, de hacer partícipe al que mira para que no sólo mire, sino que sienta, lo que logra la emoción que acaba embargando al espectador al final de la secuencia. Y ahí reside el gran secreto de Spielberg, en que consigue sembrar la duda del espectador, dejarle probar el dulce sólo con la punta de la lengua incluso cuando sabe qué va a pasar, porque no es eso lo importante; lo importante es cómo pasa lo que pasa.

Y es una constante total en la carrera de Spielberg, de hecho, si uno repasa con tiento y atención toda su filmografía, se encontrará con que la metáfora visual más recurrente, la imagen más repetida en su cine, corresponde a unos ojos muy abiertos y una cara de asombro.

Sea Indiana Jones a lomos del tanque, frente al altar pagano de un templo o empuñando el bastón de Ra en el pozo de almas, sea el joven robot David al acercarse al molde en el que despertó a la vida, sea Elliot al contemplar cómo E.T. toca su dedo herido con un índice luminoso, sellando la carne rasgada, o sea el asombro inconcebible de Allan Grant, un paleontólogo que se encuentra, frente a frente, con la criatura de la que ha desenterrado sus huesos durante tanto tiempo, mientras exclama (¡como un niño!): "Es un... Es un DINOSAURIO", está claro que a Spielberg lo que le fascina es fascinar, embelesar al espectador con imágenes que se graben en su mente a fuego y con historias que caldeen su corazón mucho después de que las luces se hayan encendido.

Y hasta aquí he llegado en mis primeros pasos en la veneración y análisis de la obra del maestro. Me dejo muchas cosas en el tintero, muchas cajas embaladas acumulando polvo en el ático. Pero los chicos están bien pagados y creo que no las tirarán por la ventana. Hasta entonces que reposen y sueñen; ya les llegará el día de saludar a la luz.

Ah, se me olvidaba; desde aquí rompo una lanza. Creo que el mejor cineasta que ha dado este arte es el director de este Peter Pan, gordo, abogado, casado y con hijos. Mejor decirlo si uno lo siente, ¿no?
 

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