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District 9: La historia, Objetivo Final

el  Jueves, 10 September 2009 02:00 Por 
Análisis de "District 9", opera prima de Neill Blomkamp.
Un sabio dijo una vez:

“El medio de los cómics está creciendo a pasos agigantados, y los que recuerden el objetivo final de los cómics —contar una historia— siempre estarán a la cabeza de la manada”.

La negrita y subrayado, obviamente, no es casual.

No es discusión baladí considerar qué prima en el cine y qué lo distingue como arte. ¿Es la imagen de por sí unidad o tiene el mismo sentido que un fonema aislada del contexto que dota el montaje?

La respuesta siempre será compleja y ambigüa.

El que quiera desdeñar el poder de la imagen como unidad dotada de significado propio, estará convirtiendo el lenguaje cinematográfico en un traductor visual de la narrativa literaria. El que, por el contrario, reniegue de su contextualización, y la asuma como único motor de su film, acabará en el baldío terreno de la estética por la estética.

Pero, y a pesar que esta reflexión nos lleva a considerar que la verdad se encontraría en la duplicidad del propósito, lo cierto es que el contar una historia, sea en el medio que sea, tiene un valor añadido. Ése valor es que para alguien esa historia siempre será nueva y necesita ser contada.

La necesidad del ser humano de recibir historias en su formación que configuren sus principios morales y existenciales es algo inalterable. Por mucho que cambie la sociedad, la necesidad de las historias seguirá presente por cada nacimiento. Fascinación y aprendizaje a través del relato permanecerán inextricablemente ligados a nuestra raza.

Asumido esto, la siguiente cuestión a plantearse es la necesidad de contarlas bien. Y es una responsabilidad de todo narrador el saber cómo hacerlo; y muy especialmente del narrador audiovisual con audiencias masificadas.

Toda esta introducción viene a cuento del desinterés generalizado de gran parte de Hollywood por ofrecer algo más que una excelente factura técnica y artística a sus productos. Sin ir más lejos, y por comparación, dos títulos que se encontrarán en nuestras carteleras esta semana, “District 9” y “Gamer” demuestran como enfoques contrarios con el mismo propósito ofrecen resultados divergentes.

Ambas películas tratan de plantear, desde un contexto de ciencia ficción, profundos cuestionamientos morales acerca de la sociedad contemporánea. Pero su forma de abordar el asunto es opuesta. En “Gamer” la zafia, brusca y confusa exposición del argumento, que abunda en los mismos tópicos que, supuestamente, debería criticar, produce una contradicción entre el objetivo que persigue su narración y el camino elegido para narrarla. En “District 9” sucede todo lo contrario. Tanto su propósito como el lenguaje elegido para plasmarlo corren paralelos y el segundo sirve como potenciador del primero.

“District 9” es una película tan rica que su análisis adecuado sería ahondar en todos y cada uno de sus aspectos estéticos y artísticos analizando como funcionan detalladamente. El mérito de cada uno de ellos, acrecentado por su escasísimo presupuesto de 30 millones de dólares, nos conmina a ello.

Pero, para no cansar al lector digital, intentaremos no prolongarnos innecesariamente en la disertación y atacaremos a los puntos fundamentales del film para armar una reflexión global sin fisuras.   

Empecemos por la historia.

Llegan los extraterrestres. Por sorpresa, una enorme nave nodriza se ha plantado sobre Johannesburgo. Sus propósitos nos resultan desconocidos y nadie emerge de la nave como embajador de la civilización alienígena. Así que abrimos nuestro camino hacia el interior. Lo que encontramos es todo lo contrario a lo que Spielberg imaginó en “Encuentros en la 3ª Fase”, mierda tupiendo el fuselaje y un millón de alienígenas malnutridos, enfermos y desorientados con aspecto de langosta.

No pueden salir de nuestro planeta. Y desde luego su aspecto no induce a la confianza en un mutuo entendimiento. Además, poseen una tecnología armamentística muy avanzada, lo que provoca que, cuando los primeros disturbios entre la población surafricana y estas enormes “gambas” se producen, haya muertos.

¿Solución? Los nazis nos la dieron. Reclusión en guetos. Al menos como paso A.

Pero la situación se ha vuelto más y más insostenible y se requiere de una solución más definitiva. Llamémoslo, el Paso B. Campos de concentración.

Claro que para vender esa idea, habrá que reconvertirla y edulcorarla con un nombre políticamente correcto que despierte las mínimas suspicacias entre los extraterrestres. Ese nombre es: el formulario A-27. Su significado, la evacuación y reubicación de las “Langostas” al Distrito 10. Un lavado de cara, como bien dice uno de los entrevistados, cara la opinión pública.

Y el encargado de hacer que este edicto se lleve a cabo, Wikus Van De Merwe, nuero del CEO de Multi National United (MNU), la mayor empresa armamentística a nivel mundial y la encargada de velar por el control y regulación del “District 9”. Es en esta evacuación, ejercida mediante un convoy de tanques blindados que se internan en el “District 9” para ir, casa por casa, en la busca de la firma del formulario en cuestión, donde se producirá el verdadero acontecimiento que desvelará las cartas de esta historia.

Evidentemente, no diremos cuál es.

Pasemos al lenguaje audiovisual elegido. A primera vista, parece que nos encontramos ante un fake-documentary. Pero Neil Blomkamp ha hilado mucho más fino que eso.

Existen tres niveles narrativos cuyo empleo y propósito difiere considerablemente.

Por un lado, se encuentran las entrevistas a posteriori de los eventos que veremos en la película y que tienen como motivo la revelación de lo sucedido por parte del futuro sustituto de Wikus en el trabajo de campo, Fondiswa, un sudafricano de color que, atormentado por el encubrimiento y manipulación practicado por la MNU sobre la historia de Wikus decide hacer público sus conocimientos del incidente. Lo interesante es la disparidad de los testimonios. Los hay internos a la MNU, y la naturaleza de sus declaraciones va de la culpabilidad justificada a la acusación de traición a nuestro Wikus. También se encuentran aquellos que no defienden sus decisiones pero las respetan. También sus familiares y seres queridos, que reaccionan de una manera muy distinta: la madre, emocionada y sin saber qué opinar; el padre, declarando que, en lo que a él respecta, su hijo está muerto, y su mujer, confusa, añorando a su marido y sin entrar en valoraciones. Por último tenemos, muy brevemente (tal vez demasiado brevemente), a Fondiswa, el auténtico motivo, aunque pase desapercibido, de que el público se entere de (al menos, parcialmente) la verdad de lo ocurrido.   

Segundo nivel narrativo, las imágenes de archivo tomadas por la MNU durante la incursión de Wikus en el Distrito 9 con el fin de cumplir su misión con la firma del edicto. Se incluyen también aquí las filmaciones de las cámaras televisivas, así como de las cámaras de las dependencias interiores de la MNU o las callejeras. El propósito de estas imágenes es ilustrar los acontecimientos objetivamente, sin manipulación, las partes, por así decirlo, más puramente ilustrativas de los hechos.

Y si se tratara de un fake documentary, aquí debería acabar el asunto.

Pero hay un tercer nivel narrativo del todo inesperado y que se presenta por sorpresa una vez nos introducimos en el Distrito 9. El narrador omnisciente. Su presencia altera completamente la valoración del film.

Blomkamp no quiere que veamos lo ocurrido sólo desde el punto de vista que tendría el público que observara el documental elaborado con las entrevistas y materiales de archivo. No. Quiere que nuestra comprensión del suceso sea completa.

De ahí que cobre tanta importancia la “mosca” que identifica cada textura visual. Gracias a los logotipos sabemos qué punto de vista en concreto asumimos. Y cuando el montaje de una secuencia se convierte en alineal y está exento de cualquier logo, sabemos que nos encontramos ante ese narrador omnisciente.

Esta perspectiva extra nos permite descubrir las claves que desconocen los entrevistados. El caso es que ninguno de ellos sabe lo que ocurrió por entero, porque hay partes que quedaron totalmente exentas de filmación, como las conversaciones entre  alienígenas acerca de su plan o las secuencias del desesperado y aislado Wikus, durmiendo entre cartones tras su desgracia. El efecto, al oír ciertos comentarios de los entrevistados, es irónico y revelador, y envuelve de una pátina amarga la veracidad de la verdad filmada (y filtrada) por los medios audiovisuales de cara al espectador eminentemente televisivo.

Al margen de este análisis narratológico, es imposible no detenerse, al menos un par de párrafos, en los aspectos puramente técnicos y artísticos de esta película, que, al igual que cualquiera de sus elementos, se encuentran al servicio de ese objetivo final comentado en la cita: contar una historia.

De sobresaliente se puede calificar el trabajo de Weta Digital con los Broom, las langostas alienígenas segregadas al distrito 9. Su fotorrealismo es total, con una reacción a la fuerte luz solar del escenario y a los claroscuros de las chabolas sencillamente espectacular. Esto se ha conseguido, a tan bajo coste, por la inteligencia de Blomkamp y Jackson a la hora de elegir el aspecto de sus aliens.

 El mayor problema actual con los gráficos CGI, Cronenberg estará satisfecho, es la carne. Mientras las superficies artificiales se recrean con un realismo absoluto —los Autobots y Decepticons de Michael Bay son el mejor ejemplo de ello—, no sucede lo mismo, ni de lejos, cuando se intenta retratar un organismo mamífero. Ni en su movimiento ni en la textura de su piel si esta se encuentra descubierta. El pelaje, eso sí, si es ya perfecto.

Sabiendo esto, Jackson y su equipo apoyan su diseño en un exoesqueleto que, aunque orgánico, no deja de ser muy similar a texturizar un material artificial. Pero eso no quita mérito alguno al trabajo de los animadores, que han conseguido unos ojos de una expresividad absoluta y, sobre todo, una integración con el entorno obsesiva con el detalle, hasta el punto de que llegamos a ver, cuando una tecnología de paneles translucidos y azulados se muestra en algunas escenas, su reflejo distorsionado sobre las órbitas oculares con un realismo que quita el aliento.

El desenlace de la película y su mecha son el colofón perfecto, nuevamente, gracias al hecho de recrear un ser artificial, para un trabajo sin tacha e inmejorable con efectos más físicos, que no permitirían las locuras que Blomkamp se permite en la puesta en escena.

Si completamos este argumento de densidad argumental, su espectacular estructura narratológica y su calidad de efectos especiales y diseño de producción con la asombrosa interpretación del debutante Sharlto Copley, el resultado solo puede calificarse de extraordinario.

Como ya dijimos en la crítica de “Up”, nos abstendremos de calificar sus logros en comparación con sus compañeras de cartelera, pues lo ideal es juzgar en base a los méritos de cada film individualmente.

Pero, aún así, la diferencia canta.

Canta como Caruso.

PD: Una pequeña posdata. La cita que abre este artículo es de John Romita Sr. y fue dicha a tenor del estreno del extraordinario Marvels en edición de lujo en tapa dura. La obra en cuestión se ajustaba, sin duda, tan bien como “District 9” a esa máxima: La historia va primero.

Más de uno haría bien en recordarlo…  

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