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El día que toqué una estrella

el  Viernes, 09 November 2007 01:00 Escrito por 
En el momento en el que escribo estas palabras, alcanzo las estrellas. Llevado en los brazos suaves de la música, mi espíritu asciende hacia ellas; y, sí, se pueden alcanzar.
Alguien me dijo una vez:

"Dicen que todos nuestros átomos proceden de una estrella. Tal vez no me voy, tal vez regreso a casa".

Así acaba “Gattaca”; como todas las hermosas luces que envuelven las grandes historias, se extingue y desaparece, dejando en nuestra memoria una huella luminosa, la sensación de que, por un instante hemos volado y hemos sentido. Pero regresamos de nuevo a nuestra desvaída existencia, al universo de grises que parece impregnar cada uno de nuestros gestos del día a día y lloramos en silencio por aquello que hemos perdido. ¿Pero, lo hemos perdido? Creo que no, creo que tras pisar la arena de la costa donde nacen los sueños, el amor, la bondad y el aliento que lleva a los genios a infundir de vida aquellas obras que cambian la existencia de una persona, que suponen un punto inflexión con respecto a lo vivido hasta ese instante, que arrojan luz donde antes sólo había sombras, uno ya no es el mismo, ha cambiado y en sus ojos se percibe el cambio para aquellos que saben ver.

Hablar de “Gattaca” para mí, de la historia de Jerome Morrow en realidad Vincent Freeman (Ethan Hawke), es hablar del vello erizado sobre mis brazos, de las lágrimas surcando mis mejillas y del grito de mi corazón, encogido en lo profundo de mi ser, aspirando la belleza, la pureza de la contemplación de aquello que es hermoso y eterno. Así siento a “Gattaca”, primera obra de un genio llamado Andrew Niccol (“S1MO0NE”, “El señor de la guerra”) un genio desterrado por los grandes estudios, un proscrito de la industria que lo perdió todo por un sueño, el sueño de hablar de la vida como algo más que un camino recto hacia ninguna parte, de concebirla como un ascenso constante hacia el firmamento infinito y más allá, más lejos, hasta alcanzar las estrellas. Una declaración de que en el espíritu del hombre anida la voluntad del cambio, del amor, de la bondad, de la belleza. La única pregunta que uno debe hacerse, nos dice Niccol, es ¿Estamos dispuestos a alzar la cabeza?

Gattaca comienza con una de las mejores metáforas visuales de la historia del cine. Sobre un fondo azul cobalto, un cilindro negro grueso, alargado y flexible, cae con estruendo; el aire vibra en ecos apagados tras su golpe; lo sigue un segundo. Luego, una fina lluvia de copos blancos desciende sobre el borde de la pantalla. Emergen las letras del título, blancas y sencillas, esbozando una palabra: Gattaca. Pronto descubriremos que los cilindros eran cabellos y que la lluvia de copos blancos era, en realidad, una lluvia de células muertas. Mientras tanto, los acordes de Michael Nyman comienzan a invadir nuestros oídos y nos sentimos vulnerables, desnudos ante la belleza irracional que destila la música y que es capaz de conmovernos en lo más profundo, de hacer temblar los cimientos que creíamos más seguros, pues es la música el verdadero lenguaje del alma, el único que es capaz de abrazar lo intangible de su presencia.

Y seguimos contemplando, contemplando la historia de Vincent, un renegado de la sociedad, un proscrito de su sueño: alcanzar las estrellas. Seguimos su infancia a la sombra de su hermano, porque la naturaleza de su genoma natural no puede competir con la manipulación al que ha sido sometido Antoine. Ambos se retan en mar abierto para ver quién es capaz de nadar más lejos sin volverse atrás y la derrota está escrita en el rostro de Vincent antes de dar la primera brazada y “entonces lo imposible, sucede” y Vincent vence a Antoine.

Esa victoria, será el elemento detonante que llevará a Vincent a la persecución de su sueño de ser astronauta, de superar las barreras de una sociedad definida y encorsetada en base a la calidad genética. En una frase para recordar hoy y siempre Vincent nos alecciona sobre el mecanismo selectivo de ese futuro (¿lejano?): “La selección ya no obedecía a razas o religiones. Ahora era la propia ciencia la que nos discriminaba”. La ciencia contra el hombre, la racionalidad contra los sueños, Vincent contra Antoine.

Hacia el final de la película, cuando ambos hermanos vuelven a retarse en mar abierto, Antoine le pregunta a su hermano, tras darse por vencido:
¿Cómo lo haces, Vincent? ¿Cómo has conseguido todo esto?
¿Quieres saberlo? Fue fácil, yo nunca me guardaba nada para la vuelta.

Y esa bella metáfora con la que arranca la película alcanza su comprensión cuando esta finaliza. Vincent desterraba de su cuerpo, todas las mañanas, los vestigios de su identidad, aquellos signos que pudieran identificarlo como un usurpador de su posición privilegiada. Cuando, finalmente, es descubierto, es su identidad como individuo, su logro imposible, lo que lo salva. Ha renacido, siendo fiel a sí mismo.

Podría decirse que en este artículo no se critica a Gattaca y es cierto, no lo he escrito para ello. Lo he escrito como homenaje a su recuerdo, a su realidad tangible y a su gloria perdurable a través del tiempo, viajando de mirada en mirada, de corazón en corazón. Derramando luz allí, donde había sombra.

Te espera. Encuéntrala.

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