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El hombre lobo: Aullidos afónicos

el  Sábado, 13 February 2010 01:00 Por 
Análisis del esperado remake del clásico de la Universal dirigido por Joe Johnston y protagonizado por Benicio Del Toro.

Primera gran cita del 2010. Y primera gran decepción.

Las premisas no eran buenas. Mark Romanek, excelente realizador y artista audiovisual conocido por su total negativa a comprometer su visión por cuestiones de negocio, abandonó el proyecto en enero de 2008, once meses después de haber sido fichado por Universal y cuando el rodaje estaba a punto de comenzar. Se barajaron una amplia lista de sustitutos. Algunos de fuste, como Frank Darabont. Otros, no tanto, como Bret Ratner. El 3 de febrero de 2008 Universal anunciaba que el eficiente artesano Joe Johnston (“Jumanji”, “U-571”, “Jurassic Park 3”) se haría cargo de la realización.

Que empezó inmediatamente. Johnston sólo tuvo un mes para rehacer el trabajo de preproducción y preparar su visión sobre el libreto. El 3 de marzo de 2008, exactamente un mes después de su fichaje, Johnston iniciaba el rodaje de “The Wolfman”, rodaje que se prolongaría hasta el 23 de junio de ese mismo año.

Y de ahí, al 12 de febrero de 2010.

La pregunta es, ¿qué ha ocurrido durante el más de año y medio desde el final del rodaje hasta ahora? Porque, desde luego, la post-producción de “The Wolfman” no exigía el mismo trabajo que la de “Avatar”.

Probablemente la respuesta a todos los males de esta producción se encuentre en ese escaso mes de preparación que tuvo Johnston. Levantar un proyecto de esta envergadura sin apenas tiempo conduce a la precipitación y a tirar de repertorio. Si uno es Hitchcock o Spielberg, hay suficiente munición en el almacén como para cazar la presa al vuelo. Pero si las capacidades son más limitadas, se recurre a las soluciones fáciles.

Precisamente son las soluciones fáciles, excesivamente fáciles, lo que lastran este trabajo. En todos sus apartados.

El empaque del argumento es casi inexistente. Porque la trama no desarrolla los suficientes giros y acontecimientos como para resultar interesante y porque el dibujo dramático de los personajes es muy limitado. El arranque de la trama es un muy buen ejemplo de los problemas argumentales de la cinta. Un hombre, pistola en mano, vaga por los tenebrosos bosques de Blackmoor. Amenaza a la bestia, que permanece fuera de plano. Sufre un primer ataque, escapa corriendo, y la bestia lo remata. Sin más elaboración, sin una introducción atmosférica que retrase la llegada del elemento fantástico y acreciente la tensión. A machete y sin medir los tiempos.

Aunque no sea precisamente técnica, “a machete” es una expresión precisa para describir la puesta en escena de “The Wolfman”. Es un Frankenstein compuesto de micro-secuencias enlazadas abruptamente y abusando del más facilón de los recursos facilones, los montajes de transición. Unas cuantas imágenes de los personajes, normalmente a cámara lenta, enhebradas entre sí con un montaje en paralelo y en sobreimpresiones, es un recurso que, generalmente, y aunque Pixar demostrara lo contrario en la extraordinaria secuencia de apertura de “Up”, no hace avanzar a la trama  y, más grave aún, resulta tan postizo que enfría la implicación emocional del espectador, obligando al director a “remontar” este bajón en las siguientes secuencias. Pero con los escasamente interesantes diálogos de unos escasamente interesantes personajes, una relación romántica anticlimática y poco justificable salvo como un “quema-minutos” más que permita ganar tiempo de metraje y unas secuencias de acción que se sienten sorprendentemente baratas, es difícil “remontar” un centímetro en la atención e interés del espectador.

También falla “The Wolfman” en el nivel técnico. Las secuencias de transformación, que emplean mucho más CGI del que se nos prometió, son muy, muy postizas, casi risibles por la pobreza de las texturas y el conocido aspecto plasticoso de la infografía menos lograda en su recreación de la carne y las expresiones faciales. Más grave aún resulta la rigidez del maquillaje creado por el maestro Rick Baker para Benicio Del Toro. En los primeros planos, la mandíbula inferior permanece en muchísimas ocasiones completamente rígida, transmitiendo una sensación de “careta” que estropea y mucho el aceptable trabajo del resto del diseño. Si Rick Baker falla, desde luego que algo huele a podrido en Dinamarca.

Los intérpretes son, probablemente, lo mejor de la cinta. Pero tampoco relucen. No relucen porque ni un Benicio Del Toro, un Hugo Weaving o un Anthony Hopkins pueden crear magia sin sombrero ni conejo. Las microsecuencias de diálogos precocinados de las que les dota la cinta dan para poco más que para interpretarlas con seriedad y profesión. Y eso se consigue, factor importante, pues de no ser así la película probablemente pasaría de la línea de lo mediocre al pantanoso terreno de lo abominable.

Por último, el empleo de la banda sonora; banda sonora firmada por Danny Elfman, que había sido rechazada en primer lugar por excesivamente clásica, y retocada luego por un número indefinido de compositores para ajustarla al montaje final. Asesina la atmósfera. Ni más ni menos. Por constante, machacona y carente por completo de personalidad. Si bien es cierto que es la única responsable de enhebrar algunos cortes entre escenas, porque, como ya comentamos, la cohesión narrativa del conjunto no es el punto fuerte de “The Wolfman”.  

Pero, como siempre, estamos en el campo de lo meramente subjetivo. Y hay que intentar ampliar el análisis para que este refleje lo suficiente de “The Wolfman” como para que quien pueda disfrutar de ella descubra si merece la pena ir al cine.

Si uno disfruta con el diseño de producción, la fotografía tenebrista, el star-system, la estética victoriana y la licantropía en general entendida en su más clásico concepto puede disfrutar con “The Wolfman”.

Si no es así, un dinero a ahorrar.

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