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El orfanato: Éste es el camino

el  Miércoles, 11 June 2008 02:00 Por 
Análisis de la estimable película de Juan Antonio Bayona y de su posible efecto dinamizador sobre la industria cinematográfica de nuestro país.

Efectivamente, éste es el camino a seguir. No ya para Juan Antonio Bayona, que firma un debut cinematográfico más que notable, sumándose a la ya generosa lista de esperanzas autóctonas para el género fantástico, sino para el cine español en general que aspire a torear en las plazas internacionales. ¿Y de dónde parte ese camino? Del único lugar posible para llegar a buen puerto: la historia.

Conviene comenzar señalando que no todas las notas de “El orfanato” son diáfanas. Existen debilidades en diferentes aspectos de esta película que enumeraremos posteriormente, pero que en ningún caso enturbian el buen tono general y la cohesión existente entre el argumento y el modo de plasmarlo, su puesta en escena.

Decíamos que éste era el camino a seguir para el cine español. Ahora hay que explicar por qué o de poco vale afirmarlo. “El orfanato” define, conscientemente o no, las pautas exigibles a un cine de género nacional que se pretenda libre del modelo americano y a la vez competitivo en la taquilla mundial. Es evidente que por la vía de la emulación no vamos a ningún sitio. Así que lo que tenemos que ofrecer son historias que nos sean propias. Y por propias no se debe entender la exigencia de la completa originalidad de todos sus elementos (tarea por otra parte imposible), pero sí que el resultado conjunto de la obra se aleje del pastiche o del remedo de lo que se estila en otras costas. Porque si emulamos lo que hacen otros (y, para más inri, con menos medios de los que éstos disponen) no vamos a ningún sitio. Mejor meterse las manos en los bolsillos si lo único que se nos ocurre hacer con ellas es hurgarnos la nariz a ver qué tesoro encontramos.

Receta sencilla es, decíamos, apostar por la historia. “El orfanato” nos cuenta, con apreciable clasicismo en las formas que jamás tratan de imponer un estilo abigarrado que entorpezca el ritmo narrativo, un dilema emocional clásico pero no por ello menos efectivo: la necesidad de creer en la pervivencia de los seres queridos; aun cuando sabemos que éstos nos han abandonado. El personaje de Laura, interpretada por una Belén Rueda eficiente aunque en ocasiones excesivamente afectada, es doblemente efectivo para la trama porque por un lado establece un claro punto de vista para el desarrollo de la película (el espectador ve la historia a través de sus ojos en todo momento y eso potencia y clarifica el ritmo narrativo) y por otro ayuda a los espectadores a quienes el film va dirigido, un público esencialmente adulto de mediana edad, a identificarse con los sentimientos maternales del personaje. El conflicto amoroso de la pérdida y la añoranza de un hijo es una fibra sensible que toca a cada una de las butacas y ayuda a aceptar, incluso a los espectadores más reacios, la obvia truculencia de la historia, porque, si bien no la dulcifica, si la tamiza; ofrece un enfoque en el que la violencia y el horror pueden ser asumibles.

Este acierto en el corazón emocional se ve complementado por una buena estructuración del guión que, salvo en su tramo central donde pierde consistencia derivando en escenas de relleno , atina en la disposición de los acontecimientos. Escenas francamente bien construidas como la desaparición de Simón en medio de la celebración de apertura de la residencia para niños discapacitados que administrarán Laura y su marido Tomás —con el interesante juego de las máscaras que visten los niños y que Laura, sistemáticamente, irá quitando en busca de los rasgos de su hijo— o detalles narrativos inspirados como la medalla de San Antonio que Tomás entrega a Laura y que cerrará la película en un estimable fuera de campo, demuestran que Bayona no ha sido perezoso en la construcción de la historia. Ha pensado detenidamente qué quería contar y lo ha contado con el moroso pulso del narrador consciente de que las cosas bien hechas exigen su mimo y su paciencia.

Otra cosa es que la calidad estética y artística del film se queden lejos del calificativo de obra maestra. Es obvio que Bayona no es Guillermo Del Toro; tan obvio como que tampoco aspira a serlo. El mérito fundamental de este film es la honestidad total con que sus artífices lo han elaborado, en todos sus aspectos. El reparto se ha creído la historia y eso se plasma en las efectivas interpretaciones; su director de fotografía, Oscar Faura, ha pintado con excelencia en el gusto, si bien no con originalidad, cada fotograma de la película; Fernando Velázquez ha compuesto una colección de temas eminentemente narrativos que, por lo general, funcionan bien (aunque habrá que ampliar este aspecto, pues es, probablemente, el menos afinado del film); y, como ya se ha comentado, Bayona ha asumido la dirección con una modestia muy loable en un debutante y con un clasicismo en las formas que busca siempre la eficiencia en la comprensión de la trama. Ahora toca hablar, brevemente, de sus defectos.

Por un lado está el tema de la originalidad, peliagudo donde los haya. Parece que el cine de género español se ha aficionado, últimamente, a que la infancia y los fantasmas vayan de la mano. El caso es que el argumento de “El orfanato” es, como comentamos, un ejemplo a seguir en cuanto a la coherencia de la construcción. Pero a pesar de ella y de un desenlace sencillamente magnífico uno no puede desinhibirse del déjà-vu que planea sobre sus imágenes. En segundo lugar, el empleo de la banda sonora. Dicen los sabios en esto de la realización cinematográfica que el abuso de la música revela inseguridad por parte del director. Asumiendo este precepto como cierto, Bayona se muestra demasiado inseguro. En demasiadas ocasiones, el suspense de sus escenas se apoya en el bastón de los acordes chirriantes y las abruptas subidas y bajadas de volumen en los efectos de sonido. Esto demuestra una cierta pobreza de la planificación, pues la banda sonora no complementa el movimiento de la cámara; lo sustituye. En último lugar, es necesario señalar de nuevo la inconsistencia de su tramo central. Ya lo dijo el maestro Coppola, "un segundo acto es fundamental para calentar a la audiencia de cara al desenlace". Si bien dicho desenlace resulta satisfactorio, el calentamiento pierde gas y con ese gas volatilizado escapa también nuestra atención que, si bien no desaparece, sí se ve mermada.

En resumen, “El orfanato” es, en términos globales, un gran debut, un ejemplo a seguir por los realizadores nacionales que busquen sus opciones en el género fantástico y, además, una buena película. Lo cual no es poco.

Esperemos que el éxito que ha acompañado a esta producción cambie de una vez dos lacras de las que tenemos que deshacernos con la mayor celeridad: Una, la asunción de que el cine de género no tiene cabida en nuestro país; uno no sabe ya cuántos ejemplos necesitan los productores para convencerse. Dos, que nos olvidemos, de una vez por todas, de la imitación. Lo que hagan los yankis, hablando en plata, hecho queda. Éste es el camino para la conquista. Veremos cuántos se percatan de ello.

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