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La Última Ola

el  Jueves, 19 March 2009 01:00 Por 
Las Fuerzas Ocultas. El Ritual Asesino. Las Siniestras Tormentas. Los Proféticos Sueños. La Última Ola.
SINOPSIS:

Obligado por compromiso, David Burton acepta defender a un grupo de aborígenes australianos en un caso de homicidio. Pronto, descubrirá que el desenlace del proceso jurídico es el menor de sus problemas. Una serie de visiones que lo acosan desde hace tiempo comienzan a revelar su verdadero sentido tras su contacto con los nativos. Algo desconocido se esconde en su interior. Y su significado podría ocultar la catástrofe definitiva. El fin del mundo.

FICHA TÉCNICA:

Título original:
The Last Wave | Año: 1992 | Duración: 128 min | Color | Sonoro

Director: Peter Weir | Productor: Hal McElroy, Jim McElroy | Guión: Peter Weir, Tony Morphet, Petru Popescu | Fotografía: Russell Boyd | Música: Charles Wain | Montaje: Neil Angwin | Efectos especiales: Mont Fieguth, Bob Hilditch

Reparto:
Richard Chamberlain (David Burton), Olivia Hamnett (Annie Burton), David Gulpilil (Chris Lee), Frederick Parslow (Rev. Burton), Vivean Gray (Dr. Whitburn), Nandjiwarra Amagula (Charlie). Walter Amagula (Gerry Lee), Roy Bara (Larry), Cedrick Lalara (Lindsey), Morris Lalara (Jacko), Peter Carrol (Michael Zeadler), Athol Compton (Billy Corman), Hedley Cullen (Judge), Michael Duffield (Andrew Potter)
    

COMENTARIO:

“Basta lo más insignificante  para revelar el caos que subyace”.

Ocurre de vez en cuando. Un cineasta joven, aún desconocido y no particularmente interesado en el género fantástico dirige, sin embargo, una obra maestra dentro de sus límites. El pasado año, Tomas Alfredson, realizador sueco que hasta entonces se había distinguido como un realizador de minorías en los terrenos del drama y la comedia, filmó una de las páginas maestras dentro del sub-género vampírico: “Déjame entrar”.

Tres décadas antes, Peter Weir hizo lo propio.

Los años 70 fueron, cinematográficamente hablando, una época convulsa en Australia. Gracias al gobierno de John Gorton, que financió la primera escuela cinematográfica, una industria naciente comenzó a asentarse gracias a la financiación pública y al trabajo de una serie de cineastas revolucionarios que replantearon la cinematografía nacional con una actitud crítica hacia la sumisión al modelo estético y temático estadounidense y la consecuente reivindicación y búsqueda de lo propio, de las raíces australianas. Sus nombres: Gillian Armstrong, Fred Schepisi, Bruce Beresford Phillip Noyce (Newsfront) y Peter Weir.

Weir tuvo claro que plantear este viaje y cuestionamiento de la raigambre patria era un tema problemático y polémico y que el abordarlo frontalmente generaría, con certeza, un rechazo del público a quien iba dirigido; es decir, sus convecinos. Weir quería reflexionar sobre la no-existencia de cimientos emocionales por parte de los australianos con su tierra. La tomaron por la fuerza, asesinaron a sus verdaderos nativos y adoptaron una cultura importada, la europea, a un hogar al que, sin remedio, no pertenecían. Pero, al mismo tiempo, el cineasta no pretendía hacer una simple y hueca enumeración de las vejaciones y exterminio con el que se barrió la etnia aborigen del continente. Su reflexión apuntaba a un territorio más sutil, más filosófico y existencial. Y la confrontación entre el mundo onírico y sobrenatural con el racionalismo más puramente occidental sugería un conflicto perfecto en el que articular su digresión.

En una entrevista a fecha de su estreno en USA, el 8 de junio de 1979, Weir confesaba lo siguiente:

“Algo en lo que pienso a menudo, algo en lo que pienso muy a menudo, es el hecho de que, con un legado básicamente escocés-irlandés-inglés, he perdido mi pasado. No tengo pasado. No soy nadie. Le pregunto a mis padres: ‘Quiénes son esa gente que está en el álbum. Y no pueden recordarlo’. Nadie lo sabe. No tengo cultura. Soy un europeo que vive en Australia. En un sentido, soy australiano. Pero he perdido algo. Y sobre eso he realizado mi película”.


Realizado en toda regal. Weir firma el guión y la realización. Y eso sólo es la cúspide del iceberg. Su investigación de la cultura aborigen llegó a un impás cuando descubrió que la vertiente académica no lo satisfacía: “Hay algunos libros, pero no tuve la suerte de encontrar nada interesante. Eran, o muy académicos o casi poéticos. No me servían para cimentar la película”. Weir pagó un millón de dólares por intentar contactar con las tribus aún activas y pasar seis semanas con ellos. No fue posible. Sin embargo, sí consiguió hablar con Nanjiwarra Amagula, el jefe de un clan aún existente. Weir se citó con él en la playa, para plantearle qué tipo de película quería realizar. Pero, antes de entrar en materia, una sensación lo impelió a guardar silencio. Después de pasar todo el día en la playa, sin cruzarse una palabra, Nanjiwarra dijo: “¿Puedo llevar a mi mujer conmigo para hacer esta película? Obviamente, Weir aceptó.

La decisión de Weir por reclutar a un grupo de aborígenes sin experiencia interpretativa pero pertenecientes a un clan, vista la película, redunda en unos beneficios evidentes. Pero antes de hablar de ellos, hablemos del argumento en sí ¿Qué nos cuenta “La última Ola”? Y no menos importante ¿Cómo elige contárnoslo?

El fin del mundo. Ni más ni menos. Un abogado, David Burton, australiano y caucásico, encarnado magistralmente por un Richard Chamberlein al que el realizador eligió por las cualidades “casi alienígenas” de sus facciones, se enfrenta a un caso de asesinato tras muchos años sin tener que lidiar con este tipo de casos. El homicidio en cuestión requiere sus habilidades por su singularidad: está relacionado con los clanes tribales. Y, de todo el cuerpo jurisprudente, David es el único que comprende y conoce en parte este oscuro mundo. En paralelo con esta trama jurídica, se desarrolla el electo sobrenatural. Burton sufre, desde hace tiempo, una serie de visiones recurrentes. Está sentado en su coche, un día como otro cualquiera. Sin embargo, hay detalles inquietantes aunque no evidentes. Es más el cómo la percepción del mundo parece haberse alterado. El reflejo del sol sobre el enjambre acristalado de un rascacielos parece el preludio de una catástrofe. Así es. La radio se avería, llueven ranas y, desde la costa, algo se acerca. “La última ola”.

Fruto de sus conversaciones de primera mano con miembros del clan, Weir dota a su película de una concepción de lo onírico muy peculiar. El sueño es otra dimensión temporal paralela a la nuestra y sólo algunas personas de percepción extraordinaria pueden discernir las junturas y caminar por ambas caras del espejo. Burton es uno de ellos, un espíritu, una criatura que alberga en su interior la premonición definitiva: El fin del mundo.

El lenguaje cinematográfico con el que Weir filma esta historia bascula en dirección contraria al cine de género. El terror jamás es manifiesto. No hay golpes de efecto ni sonoros, ni visuales. Los encuadres son rígidos, sobrios, medidos. Sólo el empleo de la música y la demora en el montaje proporcionan a las imágenes una cualidad irreal, onírica. Premonitoria.

El sueño se convierte en “La Última Ola” en una metáfora de ese pasado perdido. Burton habla con su padre de sus extraños sueños de niño, unos sueños que, ni siquiera en la infancia, le pertenecen. Pertenecen al ente espiritual que se ha encarnado en su cuerpo. Pertenecen a esa otra Australia desterrada, a sangre y fuego, por Europa. Pertenecen al verdadero pasado del país, a sus legítimos dueños.

Por eso, en el estremecedor desenlace del film, la soledad de Burton es tanta o más asoladora que la propia conclusión de los acontecimientos.

Es en ese momento cuando las palabras del realizador cobran sentido:

“He perdido mi pasado. No tengo pasado. No soy nadie”.


Y también mi futuro…

 

CURIOSIDADES:


-La idea matriz se le ocurrió a Weir durante un viaje en Túnez. Allí, entre las ruinas romanas de Duga, algo lo impelió a detenerse. Al mirar a la arena, vio una piedra. Era el puño de una estatua sin rostro.  

Y además...

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