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Los mundos de Coraline: un lugar para la infancia

el  Martes, 16 June 2009 02:00 Escrito por 
La primera película de animación Stop-motion rodada en 3D trae de vuelta a las pantallas el mejor cine infantil.

Hacía mucho tiempo que al público infantil y juvenil se le venía negando la posibilidad de acceder a películas que recuperaran el mejor espíritu de los cuentos clásicos para niños. Son muchas las razones que han llevado a que en las últimas décadas las películas realizadas con esta audiencia en mente estén medidas, cuidadas y edulcoradas; más pensadas en que no molesten a los padres que a los propios críos. Y es que cualquier adulto que aún pueda recordar lo que significa ser niño o que incluso aún conserve algo del poder de fascinación primario de esas edades,  sabe que los niños necesitan asustarse, necesitan cierto trastorno en su realidad para poder ir así comprendiendo el mundo que les rodea. Al mismo tiempo, son más que capaces de asumir esos peligros y turbulencias si se sienten los protagonistas del relato, y salen de las aventuras recompensados. Éste ha sido el esquema de los cuentos clásicos desde su mismo nacimiento.

El cine y la televisión, por ser los grandes cuentacuentos de nuestros días, son los principales encargados de entregar estas historias, y si bien las películas infantiles no-hay-dolor siguen estando a la orden del día, hay pequeños pasos que indican que algo puede estar cambiando. El ejemplo juvenil de las novelas y las películas de Harry Potter abrió un gran camino para ese regreso, que gente como Guillermo del Toro, Terry Guilliam o el mismo Henry Selick que nos ocupa, se han encargado de ir labrando.

De entre las cintas de esta categoría que gotean en la cartelera actual, buscando devolver al niño su derecho a historias más siniestras, esta grandiosa "Los mundos de Coraline" (Coraline, 2009) puede situarse con la cabeza bien alta junto a "El laberinto del fauno" (2006), como una de las grandes brújulas que van guiando esta nueva era. Teniendo además el mérito añadido de recuperar para el campo de la animación el tono Disney más crudo y sincero de sus primeros largometrajes, actualizándolo en su justa medida para los tiempos actuales.

Con muy pocas concesiones a la galería (incluso Wybie, el amigo de Coraline añadido para la película, mantiene el tono inquietante del conjunto), "Los mundos de Coraline" es la gran obra de animación infantil occidental del nuevo siglo. Una película para niños que los adultos han de disfrutar poniéndose los ojos de éstos (al contrario que en los films de Pixar, que separan más claramente a sus audiencias), con un cuidado extremo en sus personajes, tanto principales como secundarios, que respiran sinceridad y complejidad de caracteres, tratando de no caer nunca en lugares comunes: fijémonos sino como hasta el siempre delicado personaje de la madre no muestra el típico amor maternal que se considera exigible en estos filmes.

Tomando como punto de partida una novela del respetado Neil Gaiman, Selick (igual que hiciera antes con los mundos de Burton o de Roald Dahl) insufla el film de su inigualable delicadeza, talento narrativo y gusto por el detalle que impregnan cada fotograma, y lanza un golpe de mano a los que durante demasiado tiempo lo han situado a la sombra de Burton [comparen sino esta película con "La novia cadáver" (Corpse Bride, 2005)], con una obra aún más redonda que "Pesadilla antes de Navidad" (The Nightmare before Christmas, 1993) (filme que siempre fue suyo) y en la que asume el rol de autor total (guión, producción, dirección y diseño de producción), reafirmando así su incontestable talento y voz propia.

Una cinta sobre la obligada asunción de lo auténtico en las realidades menos atractivas, que retorna una vez más a la eterna fuente que son los libros de Alicia de Lewis Carroll, haciéndolo además mediante el vehículo de la técnica cinematográfica más artesanal: la animación Stop-motion.

De una belleza arrebatadora, como se puede comprobar con la conjunción de imágenes y música de su misma secuencia de créditos iniciales, ningún espectador debería perdérsela; y más aún si puede asistir a un pase de la cinta en el renovado sistema 3D con el que ha sido filmada (primera vez para un film de este tipo), gracias al cual hasta los más delicados detalles visuales (de la minuciosidad y romanticismo de su dirección artística a la textura de los personajes protagonistas) cobran una nueva dimensión muy cercana a la realidad.

Henry Selick utiliza en todo momento con gran rigor la nueva/vieja técnica y demuestra que el objetivo de las nuevas cintas 3D no es la sorpresa y excitación de los trucos tridimensionales, sino la simple capacidad de inmersión en el fotograma que las tres dimensiones permiten y el nuevo sentido que otorgan fundamentalmente a la profundidad de campo. No les falta razón a los que vaticinan ya esta técnica como una nueva revolución cinematográfica a la altura de la llegada del sonido o del color.  

Definitivamente, no se me ocurre nada mejor que esta película para abrirse por fin a ella.

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