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Ponyo en el acantilado: Celebrando la vida

el  Sábado, 25 April 2009 02:00 Por 
Análisis de la última película del maestro Hayao Miyazaki, que se estrena este fin de semana en nuestro país.
O: “¡Qué bello es vivir!”, si uno prefiere la cita cinematográfica.

“Ponyo en el acantilado”, último film de Hayao Miyazaki, maestro indiscutible del cine moderno, es una sencilla celebración de la vida. El amor, la risa, el asombro… El cine de Hayao Miyazaki traza con una coherencia artística envidiable una senda definida en la exploración de las emociones humanas más primordiales. “Ponyo en el acantilado” es un ejemplo canónico, en lo estético y en lo argumental, de cómo Miyazaki plasma su visión acerca de lo maravilloso de vivir en celuloide.

El primer paso es elegir la mirada. Sosuke, un niño nipón que vive en un pueblecito costero de nuestros días, es la nuestra. El segundo paso es definir cómo se produce el choque con el elemento fantástico. En este asunto, Miyazaki da un vuelvo a sus más recientes fantasías. Mientras que en “El Castillo Ambulante” el genio japonés ambientaba la historia en un universo ya de por sí fantástico y en “El Viaje de Chihiro” la colisión entre lo convencional y lo imposible sucedía por la penetración de nuestro mundo, Chihiro y sus padres, en una dimensión fantástica, “Ponyo en el acantilado” nos ofrece una alternativa ausente hasta la fecha en la filmografía del cineasta. En “Ponyo en el acantilado” la fantasía va al encuentro de nuestro mundo.

Arranque ejemplar. Nos encontramos en el fondo del océano. Tras recrearnos con la bullente vida que flota por doquier, un auténtico telón de medusas que traspasamos merced a la omnisciencia inmaterial de la cámara, sumergiéndonos (nunca mejor dicho) en la historia,  penetramos en el interior de una hermosa burbuja de aire que brilla con todos los colores del arco iris, difractando la dorada luz de los reflectores de un barco cercano encallado en el lecho marino cuya proa penetra, sin quebrarla, en la burbuja. En el interior de la burbuja también fluye la vida. Microscópicas explosiones de amebas, seudópodos y protozoos en perpetuo movimiento, transformándose multiplicándose, abrazándose… La vida. Y como toda melodía precisa su director de orquesta, pronto conocemos al nuestro, un hombre joven y estilizado, de larga melena pelirroja, pantalón oscuro y traje a franjas blancas y azules. Con un pequeño cuentagotas, vierte el icor contenido en unas ánforas a sus pies, icor que parece responsable de la explosión biológica a la que asistimos. Poco después, la cámara se desliza de esta escena y recorre el casco de la nave en un suave travelling lateral para centrar su atención en un diminuto ojo de buey del que surgen las burbujas. De pronto, una redonda cabeza asoma por la obertura. Un extraño pez con rasgos humanos. Ponyo. La pequeña criatura tiene también cabello rojo, un cuerpo que recuerda a la sábana de un fantasma, aunque roja y con una mancha blanca en el pecho, y dos ojos saltones como los de un besugo. Tras su irrupción, una miríada de réplicas diminutas colma por completo el diminuto boquete sobre el casco del barco hundido. Tras besar a una de ellas y lanzar fugaces y preocupados vistazos a lo que se encuentra haciendo, en fuera de campo, el hombre de la roja melena, nuestra diminuta criatura se sube en el lomo de una medusa y se prepara para ascender a nuestro mundo. Pero, por desgracia para ella, una nasa que pende de un barco la atrapa junto con otros desperdicios, con la mala suerte de que un tarro vacío se encasqueta en su cabeza.   

Este breve prólogo de cinco minutos que antecede a unos extraordinarios títulos de crédito en los que se muestran, con la estética de dibujos infantiles, los ingenios humanos para surcar los mares así como nuestros pueblos a su vera y, bajo ellos, el universo de criaturas que nos pasa desapercibido, son un auténtico tour de force visual. El talento de Miyazaki ya alcanzado su máximo esplendor en sus aspectos técnicos, lo que le permite convertir cualquier sueño imposible en tan sólo un bombón visual más de la repleta caja que contiene el metraje de sus films. En “Ponyo en el acantilado” se atreve con un prefacio mudo que revela cuan coherente es, en lo estético la carrera de este realizador. La obsesión por las imágenes atestadas de multitud de seres por los que el ojo se ve rebosado; la velocidad de las secuencias de acción que muestran una cinética acelerada sin perder por ello la claridad geográfica del encuadre; el empleo de la música orquestal para redoblar el impacto de las imágenes, y la particular idiosincrasia plástica de sus dibujos, simplistas, casi salidas de los bocetos de un niño, pero dotados de una expresividad sin parangón, nos resumen lo fundamental de la magia contenida en este autor. La magia se encuentra más en la plasmación de su imaginario que en lo que ese imaginario cuenta.

“Ponyo en el acantilado”, al igual que “El Viaje de Chihiro” o “El Castillo Ambulante”, es una historia muy convencional. Miyazaki se limita, desde un punto de vista argumental, a revisar el clásico “La Sirenita” y dotarlo con un trasfondo moderno y ecológico (otra de las constantes del realizador) que emplea ese terrorífico fenómeno atmosférico de brutal impacto mediático en nuestros tiempos, el tsunami, integrado en el universo de fantasía que desarrolla bajo las aguas del océano. Pero la historia, como decíamos, no cuenta nada nuevo. Un niño, Sosuke, conocerá a una niña-pez, Ponyo, de la cual se enamorará, aunque sea un amor infantil, es amor, al fin y al cabo. Ese vínculo entre ambos será la clave para que su condición de anfibia, el impedimento para que ambos puedan gozar de su mutua empatía, sea revocado, aunque al coste de perder sus poderes mitológicos.

Si el análisis se detuviera en este simple esbozo del esqueleto argumental, resultaría difícil comprender qué hace extraordinaria la animación de Miyazaki y sus estudios Ghibli cuando parten de un desarrollo tan manido. Pues es precisamente su plasmación, el cómo nos cuenta aquello que ya conocemos.

Miyazaki es un renovador de la fantasía no por lo excepcional de sus argumentos ni por la originalidad de su enfoque sino por la excepcional singularidad de su universo estético. Al igual que Tim Burton, este autor posee unas imágenes, secuencias y lugares recurrentes que le son propios y que, película a película, se enriquecen mutuamente, como si cada obra fuera una variación en la escala de una pieza ya conocida.

Un examen más profundo del realizador japonés, un examen que quisiera comprender, a un nivel profundo, esta extraordinario y coherente universo estético planteado por el cineasta, exigiría del detenimiento en el estudio de cada criatura, de su peculiar querencia por los seres cambia-formas, y de la fluidez casi líquida que alcanza su animación, en virtud tanto a los movimientos de cámara empleados como a la dinámica y diseño de sus figuras. Pero este análisis no es el objetivo de una crítica, por así decirlo, a quemarropa de “Ponyo en el acantilado”.

Como todas las críticas, ella debe ser una invitación o una advertencia al impulso de comprar un ticket para asistir a la función.

Así que no lo duden. Paguen la entrada.
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