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Quantum of Solace: Ni chicha ni limoná

el  Lunes, 24 November 2008 01:00 Por 
Análisis de "Quantum of Solace", descabezado compendio de excelentes secuencias de acción que supone la etapa previa a lo que, se espera, será el gran conflicto de esta remozada franquicia: el enfrentamiento de Bond con una misteriosa organización secreta que mueve los hilos de la política mundial.
Imaginemos, por un momento, que aterrizamos en la mente de Marc Foster hace unos cuántos meses, cuando de pronto se encuentra con un pastel a priori apetecible pero al que, hincado el diente, se descubre amargo. Cuando ya nadie lo esperaba, un James Bond completamente desahuciado resucita en una reinvención digna de Christopher Nolan y su “Batman Begins”. Llevado por mano maestra por Martin Campbell, viejo lobo de la saga, “Casino Royale” se convierte, verbigracia de un extraordinario guión y un no menos espléndido protagonista, Daniel Craig, en el mayor éxito de esta veteranísima franquicia.

Fijadas las bases de cuál es el camino correcto —un Bond más hierático y a la vez más humano; set-piécès menos recargadas en su inverosimilitud y en las que, al menos, Bond reciba lo suyo también; una mayor apuesta por un marco globalizado de tonos grises similar al de la saga Bond, sin héroes de villanos, y las justas y sutiles pinceladas de humanidad y drama—, uno podría pensarse que Marc Foster tenía el camino allanado para este “Bond 22”.

Pues ni mucho menos.

El problema no deviene, únicamente, del extraordinario nivel mostrado por la anterior película o de la compleja elaboración de un libreto fantástico. No, el problema tiene nombre, piernas y presencia (en realidad ausencia) fenemina: Vesper Lynd.

Para quienes no hayan visto “Casino Royale”, anunciamos un ¡¡SPOILER!! de los buenos.

Como sí sabréis aquellos que disfrutasteis con la anterior aventura de Bond, la susodicha “Casino Royale”, el desenlace del film dejaba a 007 completamente devastado. No sólo sufría la traición de la única mujer que había amado, sino que también, tras vislumbrar brevemente que quizás su traición estaba justificada con el fin de protegerlo, se ve obligado a ver cómo muere frente a él con decisión propia. El film ponía el punto y final con la captura de Bond de Mr. White, miembro de una organización que conspira por el poder a escala global y que teje, desde la trastienda, la realidad política y económica de nuestra civilización.

Pues bien, el asesinato de Vesper condiciona el argumento de la siguiente manera:

1.    Forzosamente, la secuela de “Casino Royale” ha de ofrecer a Bond la oportunidad de vengarse.

2.    Dicha secuela ha de constreñir, al mínimo, los elementos románticos. Éste Bond es un auténtico cabrón desalmado, con perdón de la expresión. Pero lo es de fachada. Todos sus actos se ven condicionados por esa pérdida de rumbo que supone la muerte de un ser amado. Así que las relaciones románticas sólo podrán ser de usar y tirar y como, además, este Bond es un Bond hierático, no habrá demasiados escarceos. Porque no está de humor y su ironía se expresa más con los puños que con la lengua.

3.    La resolución de la trama de la sociedad secreta ha de quedar, momentáneamente, aplazada. Bond debe resolver primero sus problemas personales antes de poder enfrentarse a una amenaza de este calibre.

Conscientes de esto, los guionistas de “Quantum of Solace” —Robert Wade, Neal Purvis y el oscarizado Paul Haggis, triplete que repite tras el gran trabajo realizado en “Casino Royale”— han optado por una película de transición. Esto se transluce en que “Quantum of Solace” no aporta nada excesivamente relevante a la trama —un par de detalles que encauzan la investigación y preparan el siguiente capítulo—, sino que se centra, supuestamente (y aquí vienen los problemas), en la venganza de Bond.

Pero es que esta venganza no se ha realizado correctamente. “Quantum of Solace” es, en realidad, una barraca de feria, es una amalgama de secuencias de acción con brevísimas pinceladas de argumento. De hecho, lo que debería de haber sido el núcleo fundamental de la trama, cómo Bond se venga de haber perdido su amor, se reduce a un epílogo y a vaguedades mencionadas entremedias de las escasas (a diferencia de “Casino Royale”, película mucho más dialogada) conversaciones entre los personajes.

¿Precipitación debido al inesperado éxito de “Casino Royale?

Pues todo apunta a que sí.

Pero volvamos a la premisa del artículo. Estamos en la mente de Marc Foster y nos percatamos, porque tontos no somos, de esta cruel verdad. Las ciento y pico páginas que nos han pasado, impresas en letra courier o similar (tamaño 12, seguramente), son humo. Nada más. Sólo humo

¿Qué hacemos?

Primero, cogemos el teléfono y nos ponemos en contacto con el jerifalte de turno. Y luego, cuando llegue el momento de hablar, somos lo más breves posibles.

—Para que esto funcione, necesito 200 kilos.

Si tenemos suerte, los 200 kilos (de pasta de la de $, entiéndase) vendrán a nosotros en lugar de unos amables, aunque algo silenciosos, ex-agentes soviéticos con cara de pocos amigos.

Lo único que sostiene a “Quantum of Solace” es el extraordinario brío con el que están filmadas sus secuencias. Y el despilfarro económico necesario para su ejecución. Dichas secuencias de acción son, por descontado, mucho menos inteligentes que las set-piécès de “Casino Royale”, por supuesto, porque mientras que aquellas se basaban en la inteligencia de Bond para resolver, de manera eficiente, situaciones de inferioridad. Éstas se limitan a demostrar que, cabreado, es peor que Superman, Batman y Atila juntos. Se le puede hacer sangrar, sí; pero por unas gotitas de su nariz, él te sacará de las venas un equivalente a las cataratas del Niágara.

Como hay un cambio de enfoque en la concepción de la acción también hay un cambio de estilo en los modos de filmarlo. Campbell dotaba a su film del estimable clasicismo que proporciona la steady-cam y el montaje fluído pero claro, preciso en la geografía del escenario con respecto a los focos de la acción, uséase, héroe y villano (o villanos). Foster se va al otro extremo y rueda las secuencias con un montaje hiper-acelerado y un encuadre bamboleante. Lo importante es, ¿funciona?

Rotundamente, sí.

“Quantum of Solace” es un film que saca del espectador varón, porque somos los varones los que, fundamentalmente, nos sentimos identificados al nivel que vamos a comentar, el niño que lleva dentro, aquel que se dedicaba a destrozar cajas de cartón y despiezar castillos de lego entre onomatopeyas furibundas y babosas al límite del paroxismo. Vamos, que Foster se ha montado un circo de testosterona en el que ver cómo se reparte no es el aliciente de la función; es la función en sí.

La estética de anuncio con la que lo ha rodeado es muy descarada. Y completamente injustificada. Resulta especialmente notoria esta arbitraria elección en la escena de la ópera, secuencia montada en paralelo con las evoluciones de Bond en la trastienda del espectáculo por el simple hecho de que “queda bien”. No obedece a lógica narrativa alguna pero, es completamente cierto, “queda bien”. Como “queda bien” ese imposible salto desde el avión (en un CGI que no por evidente resulta menos impresionante) en el que Bond y su pareja de baile, la bellísima Camille (Olga Kurylenko), son seguidos por la cámara mientras descienden, a velocidad terminal, hacia una sima enclaustrada entre la ondulada extensión del desierto boliviano. Y podríamos citar, si quisiéramos, más ejemplos de lo “bien” que quedan estas secuencias.

Pero es un efecto palomita. Así se come, así se olvida.

Mientras que con “Casino Royale” las sucesivas visitas reafirmaban los cimientos de la película, sólida donde las haya, una revisión, si es que uno considera necesario hacerla, de “Quantum of Solace” sólo sirve a modo de entrenamiento para comprender cómo montar mecanos inanes pero espectaculares que, como decíamos, “queden bien”.

En resumen, que como noria este Bond funciona pero que ni chicha ni limoná. Eso sí, nadie le puede negar a Foster que, como entretenimiento sin más pretensiones que el “¡Guau!” adolescente  “Quantum of Solace” cumple con 10.

Pero es que, mire usted, queremos algo más.

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