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Rastro oculto: De camino a ninguna parte

el  Martes, 08 April 2008 02:00 Por 
Análisis de este desaprovechado thriller protagonizado por Diane Lane, que arruina una premisa más que interesante por lo mediocre de su desarrollo.

¿Entrarías? Esa parece ser la pregunta en torno a la que gira “Rastro Oculto”, un nuevo thriller con psicópata que parte de una premisa bastante original que, por desgracia, se marchita muy pronto.

Un sádico internauta lanza una página web que ofrece la posibilidad a su público potencial de contribuir, con sus visitas, al asesinato en directo de una persona. En la época de la total libertad —“selvática”, acertada alegoría que establece uno de los protagonistas del film; de lo poco a subrayar de los diálogos— que vivimos en esa ventana al intercambio de información que es la red de redes, “Rastro Oculto” propone un punto de partida interesante. Y se queda ahí.

Este material sería explosivo, hubiera levantado ampollas y provocado polémica y reflexión. Pero hablamos en subjuntivo porque no es el caso. Gregory Hoblit es incapaz de inquietar con sus imágenes o de incentivar en el espectador reflexión alguna, simplemente se limita a cubrir el expediente, filmando un thriller aséptico y convencional, que desaprovecha las sugerencias del guión en favor de un producto manufacturado en base a unos protocolos que, en el peor de los casos, resultan desapasionadamente efectivos.

Por macabros y retorcidos que sean los asesinatos cibernéticos, la puesta en escena se “encarga” de eliminar cualquier posible sacudida emocional en el espectador que lo llevara a reflexionar sobre los peligros para la integridad de la moral que se ocultan en este nuevo panorama de las telecomunicaciones.

El ejemplo perfecto para señalar, por agravio comparativo, cuáles son las carencias de “Rastro oculto” es “Se7en”. Probablemente la película de Gregory Hoblit parta de una premisa más interesante que la de David Fincher, pero las diferencias en la ejecución marcan que la primera sea un film mediocre y la segunda una obra maestra. En el caso de “Se7en” las secuencias de violencia están filmadas con el objetivo de agredir al espectador, de provocarle un chispazo de horror en las neuronas, una reacción atávica y primitiva de rechazo ante lo grotesco. En “Rastro Oculto”, a pesar del inimaginable sadismo que observamos, uno lo vive con bostezos, sin implicación alguna.

Puede que sea un indicativo de la insensibilidad que se va adueñando del hombre moderno (vemos tantas barbaridades día a día en los noticiarios que la violencia ha pasado a ser un elemento más de nuestra cotidianeidad) pero uno apuntaría más a una incapacidad de los realizadores a la hora de motivar al espectador.

Y es una verdadera lástima, porque la inmundicia que impregna algunos rincones de la red —ejecuciones filmadas, pornografía infantil, palizas grabadas con el móvil, violaciones, etc— merecía un film que promoviera al autolavado de las consciencias.

En cuanto a la interpretación de Diane Lane, ya que es la actriz el motivo principal de que “Rastro Oculto” se estrene en los cines de todo el mundo, sólo hay un adjetivo que le haga justicia: anodina. Anodina, porque su personaje no consigue caer simpático ni involucrar al espectador con su papel de heroína cazapervertidos digitales. Anodina porque se limita a seguir el librillo en todas las escenas, con un hieratismo en el rostro que hace a la agente Jennifer Marsh aún más aséptica. Anodina porque, con este guión, no había para mucho más.

El resto del reparto, con Colin Hanks a la cabeza como ayudante de Diane Lane en su caza digital, cumple su papel en el film de una manera muy similar (aunque con más gracia en el caso de Hanks) a la propia Lane. Pero es que no hay ni un solo personaje que se salve del tópico, de lo adocenado, de lo mil veces visto. Especialmente sonrojante resulta el asesino de la función, un adolescente retraído que decide vengarse de la insensibilidad de la sociedad filmando masacres en directo para saciar la sed de sangre del vulgo.

Y es que, además, esta resolución, que justifica la actuación del antagonista como una vendetta por el mal sufrido, elimina gran parte del terrorífico magnetismo que tenía la propuesta inicial ¿Por qué nos fascina el sufrimiento, por qué nos fascina la violencia? ¿Por qué necesitamos ver aquello que nos repugna? Desde luego, un asesino que es, simplemente, un vengador que ha perdido el norte, resulta mucho menos inquietante que un rostro anónimo que realiza las torturas a gente que desconoce por puro placer, sin un trasfondo en su vida que justifique esa necesidad de violencia salvaje. Es como si después de haber conseguido las pepitas de oro, las arrojáramos al cauce del río y nos quedáramos con el barro. Pero así ha sido.

Y no es que la película sea pésima; no existen grandes desmanes en ninguno de sus apartados. Pero tampoco hay ningún acierto resaltable, salvo su interesante arranque que se queda en eso, interesante. Lo demás, gris.

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