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Reescribiendo el pasado y cambiando el futuro: Gladiator o Scott y el cine MTV.

el  Jueves, 27 March 2008 01:00 Por 
Análisis de esta obra maestra del genio británico y de la influencia que su estilo visual manifiesta sobre el presente cinematográfico.

La primera imagen: una mano; una mano curtida y madura, varonil, moviéndose entre la marea de espigas trigueñas como un pequeño esquife vagando en la inmensidad del océano; una música evocadora, voces de mujer que salmodian ecos de  un pasado querido y perdido, un pasado al que se regresa, una y otra vez, desde el pensamiento. La primera imagen se quiebra. Cambio de plano. El rostro tosco y rudo de Russell Crowe envuelto en azul lavanda. Sus ojos azul en azul; más profundos. Un petirrojo posado sobre las ramas peladas, esqueléticas, de un árbol nudoso y desnudo. Levanta el vuelo. El rostro tosco y rudo lo sigue con la mirada y sonríe. Estamos en Germania...

Es “Gladiator”, sin duda, ahora que podemos recapitular, al menos en parte, por donde cabalga el cine en este nuevo siglo, una de las películas más fundacionales del estilo visual que campa en nuestros salas. Al menos en lo que se refiere al blockbuster, esto es: el cine espectáculo. Es también una obra sintomática de unos realizadores más influyentes en las últimas dos décadas, el inglés Ridley Scott, un superdotado de la imagen que, sin embargo, a sucumbido a su propio ego artístico. Y es, sin duda, una obra maestra, una película que ha suscitado mil y una polémicas acerca de su validez, pero que, a medida que los años transcurren, se ha revelado como una de las propuestas cinematográficas más sólidas en la memoria reciente; “Gladiator” se ha labrado su lugar en la historia del cine a base de sudor, sangre, melodrama y, sí, efectismo.

Analicemos su extraordinario arranque, porque en él encontramos las claves de este nuevo estilo que el “profeta” Scott ha pergeñado en este film, estilo que impregna las imágenes de “El señor de los anillos”, “Transformers”, la trilogía de Jason Bourne o “Piratas del caribe”; y no sólo en lo visual, como veremos.

 El arranque de “Gladiator” es una monumental batalla entre romanos y bárbaros teutones, inmersa en el azul profundo e invernal con el que Jeff Nathanson (director de fotografía habitual de Scott durante estos últimos años) impregna las imágenes, en busca de su contraste con dos colores, el rojo de la sangre y los estandartes y el dorado de las llamas que florecerán en la arboleda con el impacto de los proyectiles arrojados por las catapultas y las saetas incendiadas que vuelan desde los arcos de los legionarios; no estamos muy lejos de The Wall y las palmeras de Vietnam. Pero más importante que el qué es el cómo, ¿cómo decide filmar Scott esta batalla? Ahí se encuentra la pregunta fundamental.

La búsqueda del efectismo constante, de supeditar la claridad narrativa para potenciar la emoción de las secuencias y la inmersión física del espectador en las sensaciones asociadas a la situación planteada —el combate, en este caso—, son los objetivos de Scott a la hora de dirigir la secuencia. Si uno analiza cuidadosamente el arranque de “Gladiator”, se percata de lo innecesario de muchos de sus planos y movimientos de cámara. En numerosas ocasiones la lente pierde de vista una narración escalonada o, al menos, enfocada en perseguir las evoluciones del protagonista, Russell Crowe, por el campo de batalla. Imágenes ralentizadas o emborronadas con objetivos de silicona, que capturan fugaces instantes de brutal belleza —la sangre surtiendo de un corte, una espada encallando en el tronco de un árbol, las siluetas recortadas de los combatientes a la luz de las, cada vez más numerosas, hogueras que salpican la foresta— son empleadas no con el objetivo de ayudar al flujo de la historia, no; el objetivo de estos planos es trastocar la imaginación del espectador, influir en su estado mental para transportarlo, de la manera más vívida posible, al caos y fragor de la batalla. Y si eso interrumpe la coherencia narrativa —lo que llamamos raccord cinematográfico— o, incluso, llega a confundir al espectador acerca de lo que ha visto, no importa, queda supeditado al objetivo, porque el objetivo no es lo que ve, sino lo que siente.

Para alcanzar esta narrativa sensorial —presente, por otra parte, en toda la filmografía de Scott, desde “Blade Runner”, hasta “1492: La conquista del paraíso”, aunque no con la absoluta primacía de forma sobre fondo que sí se aprecia en “Gladiator” (algunos ecos existían en su anterior, y horrible, “La teniente O´Neill”)— Scott se vale de los recursos del videoclip, en el que la manipulación de la imagen mediante filtros, alteración de la velocidad en el visionado o, incluso, recorte de fotogramas —lo que llamamos, el efecto “estrábico”; el ojo percibe una velocidad mayor a la real en virtud de la eliminación, no de la inclusión, de fotogramas, de manera que las acciones se vuelven sesgadas y fugaces a nuestros ojos, aceleradas—, obedecen a promover la sugestión del espectador, su subconsciente. Por eso “Gladiator” ha hecho mucho “daño” al cine y lo entrecomillo porque depende de lo que uno considere que debe ser el cine.

 Desde luego, ha sido una película esencial para el cine entendido como barraca de feria, como espectáculo tan vívido como plúmbeo —cuesta asimilar el estilo de cineastas como Tony Scott o Michael Bay sin rendir cuentas a esta película—, pero ha provocado un amaneramiento y maniqueísmo en la imagen que causa que lo principal en una superproducción ya no sea la historia, sino los fuegos de artificio, las secuencias que, fragmentadas, dan lugar a esos tráilers tan impresionantes y vacuos a los que nuestros ojos ya se han acostumbrado.

Además, “Gladiator” acusa un problema endémico de toda la filmografía de Scott; y es la escasa, por no decir nula, implicación del realizador con lo que cuenta, lo que provoca que el resultado carezca de profundidad, siendo extraordinario en lo estético pero escasamente memorable en las ideas, en los conceptos planteados e, incluso, en sus personajes (a Scott siempre lo ha salvado su faceta como excepcional director de actores, porque en sus criaturas de ficción apenas hay un leve, levísimo, hálito de vida).

 También podríamos hacer hincapié en la escasa credibilidad histórica de muchas secuencias y situaciones, por no hablar de las actitudes adoptadas por algunos personajes, pero, y dado que es una historia épica que no busca tanto la veracidad como la emoción, este aspecto no resulta tan relevante.

Y, sin embargo, sí creo justo reconocer a “Gladiator” como una obra maestra, porque, a pesar de su historia simplista y vacua, la fuerza con la que está filmada y el extraordinario carisma de sus actores —capaces de proporcionar una impresión de  hondura psicológica (que se revela falsa en todos ellos, salvo, tal vez, en el extraordinario Cómodo interpretado por Joaquim Phoenix) gracias al convencimiento y la veracidad con la que viven sus roles—, eleva el film a lo sublime en tanto a lo que se refiere a la experiencia de contemplarlo, al torbellino de emociones que suscitan sus imágenes. Y sí, eso es mérito más que suficiente para entrar en la historia.

Además, tenemos el trigo y la mano. Y de ellos, créanme, no nos podremos olvidar jamás.

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