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Rogue: Con nota y estilo

el  Domingo, 06 April 2008 02:00 Por 
"El territorio de la bestia", notable ejemplo de cómo trabajar el cine de género partiendo de una premisa trillada.

Ojo a Greg McLean. Ojo, porque sólo hace falta un minuto de metraje, tal vez incluso un par de planos, para percatarse de que no es uno más dentro del angustioso, y no por los motivos adecuados, panorama del terror internacional. Ojo a su personalidad y a su capacidad para crear atmósferas, a su dirección de actores y a la capacidad innata que posee para crear tensión y mantenerla gracias a un buen ritmo narrativo. Desde luego, uno, si ya está algo curtidito en las estas lides, entra suspicaz y sale sonriendo. Lo dicho, ojo Greg Mclean. Lo cual no quiere decir que “Rogue: El territorio de la bestia” sea una película perfecta.

Lo que sí es, es una película bien llevada, muy bien llevada, teniendo en cuenta que la premisa de partida no puede ser más simple; situémonos. Australia, un periodista americano especializado en reportajes turísticos embarca en un pequeño navío de recreo que se adentra, a lomos de un río, en el hábitat salvaje del último de los dinosaurios vivientes, el cocodrilo. ¿El problema?, pues que uno en especial ha salido muy crecidito y en vez de medir entre tres y cuatro metros, mide unos nueve. Y también los pesa.

Planteado así el escenario, uno piensa, si solo se guía por el tráiler y por su experiencia previa con el cine de género, que el desarrollo, y aún más su realización, está cantado. Susto tras susto, con los fatídicos “¡CHAN-CHAN!” a todo volumen, entre el légamo pantanoso, personajes más bien apuestos en paños menores y mucho diálogo de lata. Pues, si nuestros tiros apuntan en esa dirección, pocos patos vamos a cazar.

Siguiendo la senda de los últimos hallazgos del género —Alexandre Aja, Neil Marshall, en cierto sentido Marcus Nispel—, McLean tiene muy claro que la magia del terror no difiere mucho de la magia de cualquier historia, sea en celuloide, en papel, o en pinturas rupestres; la magia está en contar las cosas bien. ¿Y eso en qué consiste, o estamos soltando un sofisma por soltar?

Pues por ejemplo consiste en cómo uno presenta la historia. En el caso de Mclean la pausa parece haber sido su secreto para el éxito. El realizador nos introduce el tema en una soberbia secuencia de arranque —tal vez algo desaprovechada por esos primeros planos panorámicos a vista de pájaro del paisaje australiano, tan bellos como innecesarios— en la que observamos el primer ataque de la bestia a una vaca, o bovino cornudoo similar, de la fauna local. La morosidad con la que filma la secuencia es admirable. El lento acercamiento del animal al agua, los primeros e inquietantes planos de cómo el espejo de la jungla se dobla en rizos concéntricos, la inquietud de la bestia, que observa, temerosa, la orilla, sin atreverse a inclinar la testa para saciar su sed y, finalmente, la acción, el ataque, fugaz y sin golpes de efecto (uséase, manporrazo a nuestros tímpanos); sencillo, imprevisto, brutal.

Igual de admirable es la siguiente secuencia, la que demuestra, definitivamente, que McLean sabe muy bien lo que tiene entre manos. Sobre un asfalto polvoriento e iluminado por un sol de justicia un autobús se detiene. Unos mocasines de aspecto caro e incongruente con el paisaje en el que han irrumpido descienden por la escalerilla y comienzan a caminar, sin que el montaje corte para mostrarnos a su dueño, por la carretera, en un simple (y elegante) plano secuencia.


Se suceden una serie de estampas que fijan el ambiente, un perro dormitando bajo la sombra de un camión, nativos de rostro curtido y esculpido por la luz solar, las moscas revoloteando en abanicos flotantes de polvo... pero no están filmadas con el estilo fugaz, apresurado, al que nos hemos malacostumbrado. Las imágenes que McLean nos ofrecen son al 90% del adocenado terror actual, lo que las fotografías de un fotógrafo de genio a una postal. El tópico frente a la sorpresa. La presentación de nuestro protagonista concluirá con una pequeña escena en un bar de esos intemporales que podría pertenecer a cualquier estación de servicio perdida de la mano de dios del sur de Estados Unidos. Pero estamos en Australia y los planos a las exóticas criaturas sumergidas en botes de formol nos confirma nuestra ubicación. Pero sin letreritos explicativos; con habilidad y elegancia, como debe ser. Pero ya avisamos al comenzar que “El territorio de la bestia no es una película perfecta”.

Sus errores apuntan sobre todo al libreto que, aunque decente en el planteamiento de las situaciones y un su resolución —algunas muy por los pelos, con la credibilidad del espectador tambaleándose como una peonza desequilibrada—, peca de simpleza en el desarrollo de los personajes y en los diálogos y de cierta incongruencia en el comportamiento emocional de los personajes, demasiado aséptico para lo traumático de la situación. Uno diría que en una película así no se necesita nada más, pero un rápido vistazo a “Tiburón” o “Alien” hace pensarse las cosas un par de veces. Aunque el mayor fallo de “El territorio de la Bestia”, verdaderamente garrafal e incomprensible en un productor profesional —más aún en uno tan bueno como éste—, se sucede en la resolución de una de sus secuencias, que asesina el raccord, la coherencia narrativa, con una impunidad y sinsentido incomprensible. Sin fastidiarle la película a nadie, conviene fijarse en cómo se resuelve la secuencia de la isla. Y con eso ya está dicho todo.

Excusando este defecto, que nos saca, por unos minutos, del desarrollo de la película (tan absurdo y estúpido es), “Rogue” es un film de género brillante, muy bien trenzado y excelentemente interpretado, con mención especial a su pareja protagonista —Radha Mitchell, a quien vimos en “Silent Hill” y Michael Vartan, que ya hacía un excelente papel secundario, como cónyuge adúltero, en “Retratos de una Obesión”— que, a pesar con contar con personajes más bien magros, escuálidos, consiguen conectar con el público. En cuanto al departamento artístico y los efectos visuales, un notable alto a los dos, con sobresaliente en el diseño y verosimilitud de la criatura. Por una vez, y es aún más notable dado que no estamos hablando de una clase A en cuestión de presupuesto, el ordenador es el mejor aliado de la verosimilitud. Eso y la pausa de la realización de McLean, que siempre apuesta por la steady-cam y la prolongación de los planos, cortando sólo cuando resulta necesario.

En definitiva, merece la pena echarle un ojo, o los dos y se pueden esperar muchas cosas de Greg en el futuro. Estaremos al acecho.

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