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Superman Returns: Una segunda oportunidad

el  Viernes, 11 April 2008 02:00 Por 
Análisis de "Superman Returns", una película que merece esa segunda oportunidad para redescubrir su valía.

Verás mi vida a través de tus ojos,
como yo veré la tuya a través de los míos.
El hijo se convierte en padre;
el padre, en hijo.

28 de Junio de 2006. Veinte años de espera; más en realidad, pues el cuarto capítulo del héroe de Krypton no será recordado, precisamente, como una página dorada en su historia... Y, además, Christopher Reeve había muerto; Clark Kent en persona. No parecía posible que el retorno tuviera lugar y sin embargo...

Sin embargo Bryan Singer, a quien le debemos “Sospechosos habituales” y los dos capítulos de “X-Men”, que no es decir poco, creía en el personaje, creía en que su inocencia, su inherente bondad,  su defensa de unos valores morales tan primarios como esenciales, sencillamente, bastaban. Y se equivocó...

¿Pero se equivocó realmente? ¿O el supuesto fracaso de “Superman Returns” es, precisamente, supuesto? Como casi todo en esta vida, el éxito del fracaso es sólo una cuestión de perspectiva.

“Superman Returns” ha sufrido el mal de las películas malditas: el boca a boca. El bulo. A pesar de que la crítica, en esta ocasión, no pudo ser más receptiva con la delicada e intimista obra de arte de Bryan Singer el público vivió “Superman Returns” como un fracaso, una de esas películas que despiertan unas expectativas tan desmedidas que, al no cumplirse (o al menos no hacerlo de la manera que uno se espera), la valoración se ve empañada por un velo opaco de acritud, de resentimiento porque el sueño que esperábamos se ha esfumado. Pero es que tal vez no estábamos buscando el sueño adecuado...

Mi primera experiencia con “Superman Returns”, la que tuve en la butaca, no pudo ser más negativa. La simpleza del argumento, la falta de chispa de los diálogos, el ritmo plomizo y la total falta de carisma de su novato protagonista, Brandon Routh, un “pobre diablo” a quien vestir las mallas azules y rojas, de un suave y elegante granate en esta ocasión, se me antojaban verdades evidentes, escritas en piedra. Qué equivocado estaba...

Creo que la madurez, en la que me gustaría pensar como sinónimo de sabiduría, deviene en una pausa, tal vez un par de segundos ganados al curso del tiempo, a la hora de emitir un juicio. No dejarse llevar por la primera impresión, vaya, pues las primeras impresiones, a menudo, suelen engañar nuestra percepción. El caso de “Superman Returns” exige de un especial esfuerzo en esta pausa, pues la película es imperfecta —muy similar, en este aspecto, al “King Kong” de Peter Jackson, una película que crece con cada visionado—, adolece de graves problemas de ritmo y de decisiones muy cuestionables en el desarrollo de su argumento. Pero, si uno le da ese ínterin, ese pequeño margen que no le lleve a decir lo primero que se le pasa por la cabeza, “Superman Returns” comienza a refulgir con una luz diáfana, como un metal deslustrado que tras su capa de herrumbre revelara el brillo puro del platino.

Si el Superman de Bryan Singer ha calado menos en el público de lo que se esperaba esto no ha ocurrido por casualidad o azar. Existe una sencilla razón que lo justifica: la película nos fue vendida como una película de superhéroes al uso, convencional salvo en su monstruoso presupuesto que (debido a los muchos fénix que se consumieron y renacieron antes de que Hollywood encontrara en Singer la clave para el hombre de acero) creció hasta el límite de convertirse, a fecha de su estreno, en la película más cara de la historia del cine. Pero es que “Superman Returns” no es un film de mallas y acción al uso; es un melodrama romántico, un film de personajes.

La idea de Singer estaba muy clara: si uno quiere construir una casa duradera, que no sólo resista durante un año sino que siga lustrosa y sin demasiadas goteras a pesar del paso del tiempo, más vale que cuide sus cimientos. Y los cimientos de una saga son sus personajes. Y Singer lo sabe y, en consecuencia, los trabaja, centrando la historia no en el enfrentamiento de Lex Luthor y Superman —sin duda, lo más flojo del film, sobre todo por la fidelidad de Singer al Luthor de Donner, extraordinario villano de dos extraordinarios films... de otra época—, sino en el triángulo afectivo cuyos vértices son Lois Lane, su hijo, supuestamente concebido durante el viaje de Superman a Krypton, y el mismo Kal´El. Existen, por supuesto, impresionantes set-pieces en el film, pero su valor deviene en nimio si lo comparamos con la importancia del cómo se desarrollan los vínculos argumentales de este triángulo.

Y Singer no se detiene ahí, optando por una puesta en escena diametralmente opuesta a lo que se estila hoy en día. Contra el ruido y la estética “sucia” de montajes acelerados y encuadres epilépticas Singer aplica su propia fórmula cinematográfica, una suerte de lirismo visual en mixtura con un clasicismo en las formas. Suntuosos travellings en Steady-Cam, se combinan con encuadres limpios que no se desgranan en miles de planos tan espectaculares como indescifrables. Incluso cuando el ritmo se acelera mucho —por ejemplo, los planos interiores de la impresionante secuencia del trasbordador especial—, esta marcha extra está plenamente justificada por el momento y nunca resulta efectista. Además, la plasticidad de determinados momentos del film —momentos pausados, tranquilos, como ese Superman detenido sobre el limbo terrestre, con la capa ondeando en un océano de onduladas formas bermejas, mientras escucha los millones de voces que lo aguardan bajo sus pies, esperando ser rescatadas de un peligro mortal—, le otorga un valor estético de una dimensión distinta a lo que podría uno esperarse. “Sorpresa” parece ser la palabra perfecta para tratar de definir este regreso de Superman.

Y, a pesar de todo, a pesar de sus cuatrocientos millones en taquilla y el éxito que ha tenido en DVD, “Superman Returns” sigue irradiando una inmerecida aureola de fracaso, aureola que podría forzar que su retorno se quedara sólo en esta primera piedra del hogar que Singer añora construir para el kriptoniano en nuestros corazones, un hogar caliente y sincero, simple en sus exigencias pero poderoso en sus convecciones. A fin de cuentas, no creo que la bondad, la justicia o el amor, puedan ser considerados una moda del pasado. Me niego a creerlo.

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