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Terminator 2: El reflejo perfecto

el  Miércoles, 03 June 2009 02:00 Por 
Ha llegado el turno en nuestro especial "La Semana de Terminator" de analizar una de las mejores secuelas de todos los tiempos, "Terminator 2: El Día del Juicio Final".

«“Terminator 2” clona en desarrollo e intenciones al film anterior, lo complementa y perfecciona y establece un continuo diálogo cinematográfico de réplica y contrarréplica. Plantea, al igual que la lucha principal entre los dos Terminators del film, el moderno androide de aleación polimimética T-1000 y el vetusto aunque aún efectivo T-800, serie 101, un pulso entre la frescura argumental de la primera entrega y la modernización que implica su secuela mediante el impulso de todos los aspectos artísticos y técnicos que componen una obra cinematográfica. Es…. Su réplica perfeccionada. Su reflejo perfecto.»

¿Puede encontrarse algo más pedante que una cita como apertura de un texto? Ya saben a que me refiero. Estos pedacitos de texto del corte: «Aquí yace alguien cuyo nombre está escrito en el agua.»; «Del azul del cielo al negro de la nada.»; «El resto es silencio.», que luego firman tipejos tan anónimos como John Keats, Neil Young o Hamlet, Príncipe de Dinamarca (respectivamente,  por supuesto).

A esta pregunta, respuesta: “No subestime usted el pretencioso poder del pedante. Sus ampulosas y fatuas pretensiones siempre superarán el magín más experimentado”.

Efectivamente, se puede ser más pedante arrancando un texto.

Se puede empezar con una auto-cita.

Así lo hemos hecho. El primer párrafo encursivado puede encontrarse, no más lejos ni más cerca que aquí, en el nº15 de nuestra revista en papel, Scifiworld, firmado por el menda, esto es, un tan Ángel Luis.

Sí, el colmo.

Sin embargo, antes de que lluevan las piedras (o furiosos smileys; ¡qué peor!), breve comentario. Autores como Stephen King han demostrado que esto de la auto-cita, cita célebre o cita a ciegas puede tener su sentido si lo contado depende/enlaza/se comprende mejor si va antecedido de la susodicha (y ya fastidiosa de repetir) cita.

Así que intentemos justificar a raíz de ese atrevimiento, su razón de ser.

De hecho, la auto-cita en cuestión es más un examen y prueba que intento de encumbrar el yo a ningún sitio. Las palabras, por sí mismas, incluso (o especialmente) cuando contienen promesas, poco valen. Los hechos deben refrendarlas. Dijimos (y permitámonos de nuevo el atrevimiento de la auto-cita):

«“Terminator” será igualmente diseccionada a través de nuestro website con una óptica distinta. Mitología y análisis fílmico se conjugarán en una penetración en detalle que tratara de descubrir el por qué de la magia presente en los dos primeros capítulos y su pérdida en la olvidable tercera entrega”».

De eso debemos hablar.

En el citado artículo del nº15 apenas planteamos la cuestión de forma sintética. La dimensión será dada ahora. Pero con una nueva promesa (escrita).  

El que escribe, suele (o debe) ser consciente de lo que hace. Consciente de que, por ejemplo, ayer mismo el sufrido lector tuvo que dejarse los ojos (si quiso y pudo) en las más de 2000 palabras que componían la reflexión/análisis/taxidermia a “The Terminator”. Consciente de que la pantalla del ordenador cansa los ojos y que los caracteres digitales no padecen precisamente de elefantiasis (aunque para eso está el zoom). Consciente de que, en definitiva, la vida en este siglo XXI va tan rápida de que el aburrir es pecado capital. Es cierto, las crueldades ocasionales, pueden tener su gracia. Pero un exceso de tortura nunca resulta agradable.

Así que expliquemos, brevemente (se intentará), porque tildamos a “Terminator 2: El Día del Juicio Final” con el calificativo de “El Reflejo Perfecto”.

Al grano.

El bisturí penetrará primero en la estructura narrativa.

Al igual que en “The Terminator”, comenzamos con un flashback al futuro, a la guerra entre hombres y máquinas en pleno siglo XXI.

 A continuación, presentación de los dos viajeros del futuro con misiones dispares —a saber: T-1000 (misión: matar a John Connor); T-800 (misión: proteger a John Connor)— y, también, presentación del personaje principal, John Connor, que al igual que Sarah en su primera entrega, se golpeará de sopetón con su importancia clave en el destino del planeta (con una ironía añadida, John ya fue advertido y aleccionado por su madre; pero, debido al encierro de ésta en un psiquiátrico, ha dejado de creer en ese Apocalipsis nuclear del que él surgirá como líder de la menguada humanidad).

En el nudo, amén de las secuencias de acción. Nuevos flas-backs/forwards (oníricos, en este caso), acerca del inexorable destino. Nuevo intento de alterar la línea temporal. Nueva revelación mesiánica por parte del héroe y encuentro de una figura (a la cuál, inexorablemente, debe perder) que viene a llenar un vacío emocional (el T-800 asume la plaza vacante de progenitor del joven Connor).

Lucha final en un escenario industrial, muerte de los viajeros del futuro y redención (en este capítulo, y si no fuera por el avida dollars de la industria hollywoodiense, dicha redención se consuma) del aciago futuro que nos espera a todos los bípedos terrestres y, supuestamente, inteligentes.

Resumiendo, se trata de un esquema muy parecido.

Así que, lo que debemos preguntarnos, es ¿dónde se encuentra la gracia para Cameron de volver a rodar la misma película por segunda ocasión? Pues, igual que si de un “Adivine las 5 diferencias” se tratara, la gracia se encuentra en jugar con esta melliza apariencia desde una perspectiva irónica, amante y creativa (sí, las tres).

Por ejemplo, ilustremos este concepto con Sarah Connor y pensemos en una escena en concreto, el intento de asesinato de Myles Dyson, diseñador de la futura Skynet, tras el profético y realmente estremecedor sueño nuclear de la citada Sarah (y no hay epíteto o hipérbole suficiente que se acerque, que tan siquiera roce a lo sobrecogedor y extraordinario de esa escena). Preguntémonos, ¿qué esta sucediendo aquí? La mayor de las ironías. Sarah Connor está previniendo el futuro, alterándolo y amoldándolo a su gusto para evitar lo que, para ella, es una catástrofe, el conocido Día del Juicio Final. Y lo está haciendo de manera fría, calculada… ¿Ven por dónde voy?

Efectivamente, Sarah ha estado a punto de convertirse en Skynet. Ha estado a punto de tomar una vida, y esto es (en esencia), arrebatar su libertad a un ser consciente (más de un político debería pensar en la muerte desde este punto de vista antes de hablar demasiado aprisa acerca de “guerra contra el terror”), aniquilarlo, borrar su paso de la historia con el propósito de crear el futuro conveniente a sus propósitos. Y por supuesto Sarah, baja el arma. Y llora. Cameron podría haber hecho que su hijo, heroicamente, la detuviera; que el Terminator (en lo que sería otro momento para figurar en la antología del sarcasmo) evitara el homicidio. Pero no. El bueno de Jim es demasiado listo, demasiado genial y elegante para eso.

Sarah tenía que disparar, tenía que estar a punto de tocar el gatillo (impagable ese primer plano de su índice aumentando, micra a micra, la presión del percutor sobre la bala), tenía que estar a punto de convertirse en su enemigo, de dejar atrás la humanidad y ser, efectivamente, una máquina.

¿Y todo para qué? Pues, efectivamente, para cortarnos el aliento.

Pero, sí queremos detenernos en ironías, ¡qué acerca del Terminator encarnado por Schwarzenegger, asesino de Kyle Reese, convertido en padre adoptivo de John Connor! Pensémoslo un instante. El asesino de su padre se convierte en su padre. La máquina que le quitó la vida al hombre que su madre amaba recíprocamente se convierte en algo más que su amigo. Se convierte en su referencia, en su puntal emocional. Y, obviamente, Cameron (y las leyes de la lógica dramática) se encargarán de dejarlo huérfano de nuevo.

Sí, ironía.

Pero también hay amor en este juego de espejos.

Pongamos la sesera a trabajar de nuevo. ¿Qué necesidad tenía Cameron de contar el mismo esquema argumental por segunda vez, a saber, asesino venido del futuro, salvador venido del futuro, objetivo humano entremedias? ¿No hubiera sido más lógico, por aquello de no caer en la repetición, dedicar el arranque del film al Juicio Final y desarrollar en el resto del metraje la esperada etapa de guerra en el futuro?

La respuesta a esto se encuentra conociendo la idiosincrasia del autor. Escuchándolo hablar.

Cameron es un perfeccionista. De la “peor” especie. Quiere y ama tanto su trabajo y su ego artístico que no se permite un error, un desliz, una historia de la que no esté convencido o una escena que, aún bien rodada, no aporte nada al transcurso de la historia; las secuencias de acción tampoco han de contar con los clásicos planos extra de cobertura para aumentar la espectacularidad; y cualquier efecto fotográfico, independientemente de su belleza estética, ha de estar justificado de una manera coherente. Si unimos esto al hecho de que “Terminator” era su queridísima historia (nacida, recordemos, de un sueño en el que un esqueleto metálico emergía de las llamas; reflexionen, un sueño, esqueleto metálico, llamas, ¡vean el arranque de esta secuela, vean!) y que la tecnología le permitía afrontar ahora un grado de realismo inédito antaño y con un presupuesto acorde a su nueva condición de cineasta estrella, la tentación fue demasiado fuerte.

Cameron nos quería contar de nuevo la misma historia. Pero no podía hacerse un remake (ja, otro gallo cantaría hoy). Así que optó por el camino más brillante y más genial: ofrecernos una prolongación que es, a la vez, versión alternativa de la historia precedente y reflejo perfecto de su esencia.  

Y sobre la mitología de la serie, poca cosa. Nos enteramos de la fecha del Juicio Final (29/09/1997) y, si vemos la versión extendida, nos enteramos también de un detalle francamente inquietante y sugerente: Skynet instalaba en las consciencias de los Terminators un chip inhibidor de pensamiento para evitar que sus tropas reflexionasen acerca de la ética de sus acciones. Sin duda, gran método para controlar posibles rebeliones.

Y más valiera haberlas controlado. Porque ya saben lo que toca mañana, hablar de “Terminator 3: La Rebelión de las Máquinas”.

Qué poco apetece.

O mucho.

Como decíamos, las crueldades ocasionales, pueden tener su gracia.

PD: ¿Promesa cumplida? Mmm… Lo cierto es que muy breves, no hemos sido.

Medios

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