Scifiworld

Terminator 3: Mediocre Frialdad

el  Miércoles, 03 June 2009 02:00 Por 
Como penúltimo paso antes de ofrecer nuestra opinión acerca de "Terminator Salvation: The Future Begins", analizamos la tercera entrega de la saga.
“Es la hora de las Tortas”.

Le hemos cogido gusto a esto de las citas.

En la que abre este artículo ya excusamos de indicar su autoría. Quien necesite explicación, debería leer las aventuras viñetudas (por favor, sólo las viñetudas) de unos tal “Fantastic Four”.

Centrándonos ya en la cuestión, ha llegado, efectivamente, “la hora de las tortas”. ¿Por qué? Porque debemos desgranar qué pasó el 2 de julio de 2003 con una tal “Terminator 3: La Rebelión de las Máquinas”, tercer film de una franquicia que había cerrado página doce años atrás con la sin parangón “Terminator 2: El Día del Juicio Final”, una de las mejores secuelas de todos los tiempos.

Para conocer qué males se conjuraron en su gestación y los por qué que apartaron al artífice absoluto de este universo, James Cameron, de la realización de esta tercera entrega (que en contra de lo creído por la mayoría, sí había anunciado durante el ínterin entre el segundo y tercer capítulo su intención de continuar con la saga) ya se encuentra el mentadísimo y amplisísimo reportaje contenidísimo en nuestro genial(ísimo) número 15 dentro de la sección “Aquellos Maravillosos 80”.

Como bien sabe el buen lector de “La Semana de Terminator”, aquí se trata de otra cosa. Se trata de analizar qué funciona tan extraordinariamente bien en los filmes de Cameron y qué no lo hace en esta secuela.

En contra de lo que pudiera pensarse, no se trata, al menos no completamente, de una cuestión de guión, sino de ejecución. Precisemos. El guión de “Terminator 3: La Rebelión de las Máquinas” contiene puntos de notable interés, concentrados principalmente en la información mitológica contenida en las ya comunes conversaciones de carretera clásicas en la saga, conversaciones en las que el enviado del futuro protector pone en situación al despistado protagonista, y en el desenlace del film, el punto más brillante del argumento, ya que entronca ilustremente con uno de los temas principales de la saga, lo inevitable del aciago destino.

Evidentemente, el libreto también cuenta con sus puntos flojos —la increíble y almibarada coincidencia que liga a Katherine Brewster con John Connor, éste fue el primer chico que la besó; los bochornosos momentos de humor en la presentación de ambos Terminator; o la estrepitosa pifia de eliminar a Sarah Connor del argumento de una manera completamente anticlimática, la voz de John Connor nos relata en un horrible prefacio expositivo cómo ésta murió de leucemia—, pero éstos son menos escandalosos y más evitables de lo que pudiera parecer a primera vista.  

Pero, como hemos dicho, el problema se encuentra en la ejecución. En todos sus campos.

Empecemos por el principal culpable y la raíz del desaguisado, el realizador Jonathan Mostow. Dirigir una película es mucho más que saber dónde poner la cámara.

En primer lugar, es una tarea que implica sacar el mejor partido a las habilidades del equipo con el que se cuenta, tanto del artístico como del técnico; en esto Mostow cumple a medias. Destroza por completo a sus actores, Nick Stahl y Claire Danes, encargados de interpretar a John Connor y Katherine Brewster, ni más ni menos que los futuros líderes de la resistencia (además de marido y mujer), por dos motivos. En primer lugar, por elegirlos erróneamente. La vista tanto del cineasta y como del director de casting debe centrarse en dos objetivos fundamentales:

1.    Que el intérprete en cuestión se amolde al personaje.

2.    Que en el caso de los actores principales que han de mantener entre ellos, llamémoslo, relaciones de poder en primer término (amor, odio, paternidad, o lo que fuera) surja la química adecuada para cada relación. En el caso de villano/héroe, sería (hablando genéricamente, que luego las posibilidades del arte de narrar se demuestran infinitas y dependientes siempre del propósito de repulsión. Y si hablamos de dos héroes prototípicos destinados a encontrarse sentimentalmente, debe haber, es obvio, una química atractiva.

Pues… No se puede marrar más. Nick Stahl y Claire Danes no se acoplan, en primer lugar, a sus personajes y, en segundo lugar, el uno con el otro. Su mutuo acercamiento rechina como la garra de un Raptor arañando una pizarra. No nos lo creemos. Y si no nos lo creemos, poco nos va a importar lo que les suceda y poco vamos a implicarnos en su sufrimiento.

Es más, probablemente deseemos que lo pasen mal.

El lado en el que Mostow cumple con lo debido se limita al plano técnico. Y con excepciones. El diseño de producción de Terminator Salvation se encontró, salvando a Stan Winston (y sí, ya es mucho salvar), en manos ajenas. Y, sobre todo, huérfano de la tutela de Cameron. Por ello la sensación visual que transmite “Terminator 3” es siempre de copia imperfecta. Tanto el diseño de la Terminatrix, encarnada por una Kristanna Loken carente del menor carisma y sentido de la amenaza (algo que tanto Robert Patrick, por genialidad, y Arnold Schwazenegger por su increíble físico y hieratismo, sí supieron imprimir a sus respectivos villanos), como los diseños de los primeros Terminators y H.K. que observamos en el desenlace del film se encuentran carentes de fuerza, de misterio. De  pasión. Son un producto fabricado. Carentes por completo de alma.

Pero, eso sí, nadie puede negar que se ha hecho un buen trabajo en los efectos especiales. Un trabajo inútil a la hora de emocionar más allá que por efecto acumulativo, la espectacular y aún así monótona secuencia de la persecución de la Terminatrix en el caminón grúa, pero bien facturado.

En cuanto a la dirección de fotografía, nada a destacar… En lo positivo. Mostow asesina el look azulado y frío, casi por completo nocturno (salvo en los interludios en calma), y rueda muchas de sus escenas de acción a la luz del día, completamente fuera de onda del tono fijado por Cameron para la saga.  

Dejemos ya su labor como coordinador de los distintos aspectos estéticos y técnicos de la producción. Centrémonos en la labor más usualmente asociada a su trabajo: el lenguaje de la cámara.

Cuesta decir algo sobre él. Es monótono y plano. Y no comprende dos esencias fundamentales de las secuencias de acción: menos es más y nunca te repitas. Mostow acumula multitud de planos de cobertura que no aportan nada narrativamente a las escenas. A veces incluso pierde a sus personajes en explosiones accesorias que filma únicamente por añadir un nuevo fuego de artificio más, como sucede en la mentada secuencia de la grúa, en la que nos podemos aburrir de ver estallar vehículos y demás objetos al implacable paso de la T-X. Y con respecto a el “nunca te repitas”, comentar que el buen director de acción acumula y encadena acontecimiento tras acontecimiento como una complicada pirámide que ha de ascender en el nivel de emoción hasta su apoteósica cumbre. Pero Mostow no entiende esto. Él cree, como muchos, que la acción es una secuencia más, sólo que en vez de cabezas parlantes o planos de situación, se filman explosiones, disparos y demás juegos malabares de la imagen. Pero no, señor Mostow. Las secuencias de acción, como bien demuestra Tarantino en “Kill Bill”, son una cuestión de danza. De genio.

Para finalizar, mencionemos brevemente lo tocante a la mitología. A pesar de su mediocridad, este tercer capítulo supone un añadido considerable, por la cantidad de sucesos integrados en la historia contada en las dos anteriores entregas, a la franquicia. Nuevamente, el argumento avanzará mediante el diálogo de un Schwarzenegger al volante de un coche.

En primer lugar, la fecha del Día del Juicio Final se ha, simplemente, retrasado. El holocausto total sucederá a las 18:18 del 24 de junio de 2004.

En segundo lugar, el enviado o, mejor dicho, la enviada en esta ocasión por Skynet ya no tiene como único objetivo el asesinato de John Connor. La T-X pretende destruir, uno a uno, a todos los líderes de la Resistencia Humana. Katherine Brewster y Connor, evidentemente, están incluídos.

Y ya por último, mentar la irónica relación entre el Cyberdine modelo 101 T-850 enviado al pasado para proteger a Connor (y sí, se trata de un 850 porque su endoesqueleto interior es una versión más avanzada del visto en las dos primeras entregas, aunque igualmente inexpresiva)  y el mismo John Connor. Según cuenta el Terminator encarnado por Arnie, el 4 de julio del 2032 (fecha a celebrar para cualquier yanki de pro), el cyborg en cuestión asesinará a John Connor, aprovechándose de los lazos afectivos que lo unen a dicho modelo. Capturado y reprogramado por su viuda esposa, Katherine Brewster, el T-850 viajará al pasado y advertirá a Connor acerca de su aciago futuro. Sarcasmos del espacio-tiempo.

En fin, suficientes palabras van ya para resumir, grosso modo, en qué falla esta película con respecto a las obras maestras que la precedieron. Como hemos visto, no se trata de uno u otro aspecto del conjunto, sino la suma global lo que marca la sideral distancia.

En esencia, la diferencia fundamental radica en que Cameron era padre y amante de su historia y, por tanto, supo imprimir el mismo entusiasmo y amor a su equipo en ambos proyectos. Mostow y sus colaboradores, por el contrario, simplemente, eran trabajadores asalariados con una tarea por delante a afrontar de manera profesional, fría y comercial.

El amor por lo que uno hace, sea lo que sea la tarea en cuestión, es lo que separa lo mediocre de lo sublime.

Y en “Terminator 3” falta amor.   
   

Medios

terminator3_tlr2.flv
Más en esta categoría: « La Última Ola Gattaca »

Y además...

41.jpg

C/ Celso Emilio Ferreiro, 2 - 4°D
36600 Vilagarcía de Arousa
Pontevedra (España)

Redacción: 653.378.415

[email protected]

Copyright © 2005 - 2020 Scifiworld Entertainment - Desarrollo web: Ático I Creativos

Esta web utiliza cookies para mejorar la experiencia de los usuarios. Para conocer el uso que hacemos de las cookies, consulta nuestra Política de cookies..