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The Man Who Laughs

el  Martes, 27 January 2009 01:00 Por 
Iniciamos una nueva sección de artículos en la que intentaremos, con la máxima periodicidad posible, acercaros títulos de género fantástico de todas las épocas siguiendo un modelo preestablecido.

SINOPSIS:

Gwynplaine, hijo de Lord Clancharlie, porta una eterna sonrisa en su rostro por culpa del rey, quien ha deformado sus facciones en venganza por una ofensa dispensada al rey por su progenitor. Gwynplaine, tras salvar a un bebé moribundo de la nieve, es adoptado por un feriante y se convierte en ídolo popular. Su amor por Dea, la ciega y hermosa mujer en la que se ha convertido el bebé que salvó de la muerte, se verá amenazado por las intrigas de la corte que, tras el derrocamiento del anterior soberano, reclamará a Gwynplaine la asunción de sus derechos nobiliarios.


FICHA TÉCNICA:

Título original: The Man Who Laughs | Año: 1928 | Duración: 110 min | B/N  | Mudo

Director: Paul Leni | Productor: Paul Kohner | Guión: J. Grubb Alexander, según la novela de Víctor Hugo “L´Homme Qui Rit” | Fotografía: Gilbert Warrenton | Música: Joseph Cherniavsky    | Montaje: Maurice Pivar | Efectos especiales: --

Reparto: Mary Philbin (Dea), Conrad Vein (Gwynplaine), Julius Molnar Jr. (Gwynplaine niño), Olga Baclanova (Duquesa Josiana), Brandon Hurst (Barkilphedro), Cesare Gravina (Ursus), Stuart Holmes (Dirry-Moir), Sam De Grasse (King James II), George Siegmann (Dr. Hardquanonne), Josephine Crowell (Queen Anne), Charles Puffy (Innkeeper), Zimbo el Perro (Homo el Lobo)

COMENTARIO:

1692. Inglaterra, bajo el reinado del cruel Jacobo II. Un noble, disidente y ofensor del monarca, ha sido sentenciado a una muerte horrible: fenecer, atravesado por las afiladas púas que tachonan el seno de la doncella de hierro, uno de los instrumentos de tortura más antiguos y sanguinarios.

Pero el pecado del padre, a ojos del rey, no da cumplida penitencia con este funesto destino. Su hijo, apenas un retoño, es llamado a la presencia real. La sentencia es igualmente salvaje y de una ironía inhumana.  Ayudado por las artes del cirujano de la corte, el Dr. Hardquannone, Jacobo II transforma la bella cara del pequeño en un rostro deforme y eternamente sonriente. La burla del soberano alcanza el culmen en una condena que perseguirá a esta víctima hasta su muerte:  “¡Que se ría eternamente del estúpido de su padre!”

Condenado a vagar por las calles en la orfandad, el deforme Gwynplaine, pues ése es el apellido heredado de su noble padre, encontrará un milagro imposible perdido entre una tormenta de nieve. Casi muerta, aún aferrada al pecho del cadáver de su madre, una recién nacida aguarda el terrible desenlace de su desamparo. Pero Gwynplaine la toma en sus manos y la salva de los rigores del frío y la nieve.

Y entonces, milagrosamente, un anciano charlatán que vive en una destartalada chabola, Ursus, los acoge a ambos  y juntos iniciarán una nueva vida en el que la eterna sonrisa de Gwynplaine será su salvoconducto económico para recorrer los pueblos y ciudades con un espectáculo titulado: “El Hombre que ríe”. Gwynplaine, a pesar de los tristes avatares que conlleva ganarse la vida siendo el hazmerreír de sus semejantes, no es enteramente desgraciado. El amor por Dea, el bebé que salvó de la nieve y que se ha convertido en una bellísima mujer afectada de ceguera, es su bálsamo para soportar lo horrendo de sus facciones.

Pero el pasado de Gwynplaine y los derechos nobiliarios que ostentaba su padre impondrán al “Hombre que Ríe” nuevos e inesperados desafíos.

Saltemos en el tiempo. Nos encontramos en 1928, en plena ola del arrollador éxito que la Universal Pictures estaba logrando con sus films gótico-románticos que habían conquistado el favor del público gracias a su combinación entre el relato dramático y el amoroso y a la figura de un grande entre grandes cuando de intérpretes dedicados al cine fantástico se habla: Lon Chaney.

“El Jorobado de Notre Damme” y “El Fantasma de la Ópera” habían confirmado lo acertado de la fórmula y el productor Paul Kohner planeaba repetir los logros con un nuevo film mudo que evidenciaría, sin embargo, la necesaria (y traumática) transición al nuevo cine sonoro. Lon Chaney y el tétrico aunque hermoso clásico de Victor Hugo, “L´Homme Qui Rit”, parecían fundamentar un nuevo tándem imbatible. Sin embargo, las vicisitudes del negocio impidieron que el sueño fructificara tal y como había sido concebido. Uno de sus elementos fundamentales, Lon Chaney, se salía del encuadre debido a un contrato previo y muy restrictivo con la MGM.

Obligado por las circunstancias, Laemmle fichó en su lugar a Conrad Veit para interpretar el papel principal y se hizo con los servicios del cineasta Paul Leni, uno de los últimos exponentes del expresionismo alemán que había impresionado al productor con su film “Waxworks”. Con un presupuesto de un millón de dólares, elevadísimo para la época, y aprovechando la nueva tecnología para implementar efectos de sonido y una hermosa e icónica banda sonora (que no diálogos; las cartelas siguen siendo rigor obligado en “The Man Who Laughs”), “The Man Who Laughs” fue filmada, estrenada y recibida, en su tiempo, con una tibia acogida por parte de la crítica.

La sordidez de la historia y la incongruencia de la estética, que remite más a Alemania que a Inglaterra (cosa que ya debía estar implícita en las intenciones de Laemmle, sino  a santo de qué el fichar a un exponente del expresionismo teutón), lastraron al film en su recepción en la prensa especializada.

Hoy se la considera una de las grandes obras de ese cine fantástico primigenio que tuvo en los alemanes sus mejores ejemplos de indagación artística en lo macabro. Es, así mismo, una obra con una clara influencia sobre uno de los personajes más relevantes y universales (ya no sólo del cómic, sino del cine y la cultura pop) de los tiempos recientes: El Joker.

¿Pero qué hay del film en sí, aislado de las peculiaridades de su gestación y su obvia importancia histórica? ¿Se trata realmente de una obra de envergadura, un “Fausto” o un “Nosferatum” que pasa tal vez más desapercibido por un cruel olvido del presente?

Ni mucho menos.

“The Man Who Laughs” evidencia la somática técnica que lastraba al cine mudo y que ya denunciara brillantemente (cómo podría ser de otro modo) Andre Bazin en su monumental “Qué es el cine”. El problema del cine silente (salvo algunas excepciones hechas en artistas que supieron exprimir sus posibilidades estéticas hasta extremos de que sus taras se desdibujaban o se sumaban como virtudes; no haremos aquí referencia a sus nombres, pues la lista es larga y sus honorables miembros, de sobra conocidos) se encontraba, y en “The Man Who Laughs” es muy manifiesto, en la dependencia del sonido por ausencia. Las cartelas de texto manifestaban la imposibilidad de que los actores declamaran su diálogo a oídos del público y ello a su vez limitaba enormemente la cantidad de información y la complejidad de dichos textos y, por lo tanto, socavaba la profundidad psicológica de sus personajes.

Así pues, restringidos en el campo de la palabra, el instrumento humano por excelencia, el cine mudo fue, de rigor es admitirlo, el campo más fecundo para formar el lenguaje cinematográfico y hubiera sido un desastre que este impás entre sonoro y mudo no se hubiera producido, pues sin él, probablemente, muchos de los recursos surgidos de la necesidad no hubieran sido hallados o lo hubieran sido de forma mucho más esporádica. Por tanto, los méritos que uno puede encontrar en un film de esta época se ciñen, sobre todo, a su explotación de la imagen.

Y en eso, por desgracia, “The Man Who Laughs” resulta más bien pobre. Sobria y escasa de recursos, su interés se centra, primero, en la extraordinaria historia tomada de Victor Hugo (aunque ésta se encuentre edulcorada y capada a veces sonrojantemente, sobre todo en su desenlace) y, segundo, en la calidad de sus apartados artísticos. El diseño de producción, la fotografía, las interpretaciones y el vestuario rayan a gran nivel.

Pero, formalmente hablando, poco que recuperar de este film en el que se hace patente la necesidad de que los cineastas maduraran cómo lidiar con este nuevo cine de las palabras sin perder por ello la obligatoria necesidad de encontrar nuevas formas de expresión que enriquecieran los recursos y herramientas del lenguaje cinematográfico.

En resumen, película de obligado visionado por su importancia histórica pero de obvias carencias que salen a relucir gracias a la evolución patente en la comprensión de qué es el séptimo arte, qué posibilidades ofrece y cómo debe ser analizado. 

CURIOSIDADES:

1.    El empleo de la doncella de hierro por la película es completamente anacrónico. El film está ambientado en 1690. Pero tal instrumento de tortura no comenzó a emplearse hasta más de un siglo después, en 1793.
2.    Lon Chaney no pudo protagonizar la película por un restrictivo contrato con MGM a pesar de que era la opción preferente por el productor, Paul Kohner.
3.    Previa a esta obra, la novela de Victor Hugo ya había sido adaptada en dos ocasiones. Un film germano de 1921 y uno francés de 1905 fueron las primeras adaptaciones cinematográficas del clásico literario. Casi ocho lustros después, en 1966, “The Man Who Laughs” volvía a la gran pantalla en una versión esta vez italiana protagonizada por Jean Sorel. El film se tituló “L'uomo che ride” y fue dirigido por Sergio Corbucci
4.    Al parecer, la apariencia estética de esta versión concreta de Gwynplaine inspiró al personaje del Joker, el archivillano por excelencia de Batman.
 

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