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Transformers: Revenge of the Fallen

el  Jueves, 25 June 2009 02:00 Por 
Cuando una obra maestra, apesta

Asusta “Transformers: Revenge of the Fallen”.

Aterroriza.

Lleva al paroxismo.

En contra de lo que una primera visión superficial pudiera indicar, la secuela al hit de 2007 urdido por Michael Bay bajo la tutela de Steven Spielberg es un maná inagotable para el análisis crítico desde cualquier perspectiva abordable. Pero, y sobre todo, es una radiografía precisa, plenamente nítida gracias a su autoconciencia, de la nación que abandera: Estados Unidos.

Y por ende, de todos nosotros.

El machismo más recalcitrante; el militarismo como única solución posible al conflicto; la concepción canónica y tiránica de una belleza de (precisamente) anuncio; los posibles rebrotes de la idolatría a la máquina y la abolición a la cultura promulgados por el nacismo, y la fría y calculadora mentalidad del individuo capitalista se funden en un crisol destinado a devolvernos, incandescente, el metal del que se forja nuestra contemporaneidad.

De hecho, este pozo sin fondo es tan extraordinariamente rico que la verdadera explotación de sus implicaciones daría para un libro, para una enciclopedia o para pulsar, de una vez por todas, ese botón fatídico que Heston presionó al final de “Regreso al Planeta de los Simios”.

Bromeamos.

Ni de broma.

Pero, a la vez, a parte de esta eterna sucesión de matrioskas intelectuales, se encuentra la verdadera esencia de “Transformers: Revenge of the Fallen”, aquella que apela a apagar nuestro cerebro y dejarnos llevar por una corriente que en su ambigüedad también es sana, liberadora y profundamente humana. Esta esencia es un viaje al pasado (o al futuro, depende de dónde se encuentre uno en la autopista de la vida). Es un viaje a la edad de las explosiones (¡oh, sí!, ¡cómo no iban a ser ellas las culpables hablando del gran M. B. Es un viaje a la adolescencia.

Y si uno es adolescente —y macho, ¡OJO!, que esto es para machos; y para hembras sumisas— las preocupaciones se centran todo en un lugar de la anatomía, un lugar extensible y endurecible a la que, sintiéndolo en el alma, no podemos nombrar con otro vocablo que el tan temido. Sí, si uno es joven piensa con la polla.

Así todos los chistes groseros y banales que superpueblan el metraje…

Pero, un momento, tomémonos un Kit-Kat.

Recurramos al estilo de (no)puntuación del Joyce más libertino para el siguiente párrafo que enumera, en un suspiro, hasta que punto llega la cochambre a acumularse en este aspecto.

Y es más, tampoco vamos a utilizar el “space”.

Hala.

KIT


(

LosperrosdeSamWitwickyfollanentresírabiosamenteyunpequeñorobotex-

DecepticonseagarraalapiernadeMeganFoxyhacegestosobscenosqueimitanelcoito

ytambiénsenombranveintemilnovecientasseteintaysieteveceslaspalabras

EscrotoHuevosCojonesbolsayelAgenteSimmonsinterpretadopor

JohnTurturrocomentasubidoalaPirámidedeKeops

queleveelescrotoalenemigocuandocontempladosbolasmetálicasquecuelgande

lamadredetodoslosDecepticonsencuantoatamañounrobotllamado

Devastadordeojosesmeraldaconformadoconnumerososvehículosdeconstrucción

ylamadredeSamsetomaunbizcochoechocon

Maríaycomienzaacomportarsecomounagataenceloavergonzandoasuhijoporelcampus

yhaymuchomásperonoqueremosagotarlapacienciade

quienaúnsigueleyendoestecomprimidopárrafo

Así que…

)

KAT 

Retomando:

…dos los chistes banales que superpueblan el metraje, todos los innecesarios planos de atardeceres a camara lenta, todos los orgiásticos combates de imaginativos engendros mecánicos que sangran aceite en cada golpe se justifican por el mero propósito de ofrecer, via ocular, una orgía a los sentidos.

“Transformers: Revenge of the Follen” es sexo cinematográfico. Despojado de toda lírica, de toda trascendencia. Es un puro mete-saca salvaje de 147 minutos de duración en el que no se trabaja en absoluto la implicación con los personajes por que lo que se está es… Sí. Lo vamos a decir. Lo que se está es follando con el espectador. Salvajemente. Como si mañana se fuera a acabar el mundo.

Todo se encuentra magnificado a la enésima potencia para que el atiborre sea tan mayúsculo que las neuronas se sobrecarguen. Algo así como lo que ocurre en “Matrix: Reloaded” pero sin el punto de ironía auto-consciente que ejercieron los Wachowski en esa comedia mal entendida que es la continuación de “Matrix”.  

Pero además del propósito debemos de hablar de lo que hace grande a la película en sí para poder calificarla de obra maestra con respecto a ese propósito. Tres son los aspectos: efectos visuales, diseño de producción y sonido y la puesta en escena.

Michael Bay ha alcanzado con este film la cuadratura del círculo, ha convertido la estupidez en genialidad. Apoyándose en un guión más calculado e inteligente de lo que podría creerse por parte de Orci y Kurtzman —tanto en lo que se refiere estrictamente al universo creado para la franquicia (excelente ese trasfondo cultural que liga la llegada de los alienígenas con el pasado de nuestras civilizaciones y la expansión de la historia y cultura de Autobots y Decepticons con ese maravilloso diálogo en una sala repleta de embriones que mantienen Megatron y The Fallen, la encarnación de Satán en esta historia cristiana y católica), como en su más dudosa labor de propaganda política y cultural de corte republicana (chistes sobre la incultura de los países musulmanes que llegan al extremo más absoluto cuando John Turturro, ¡y por qué tenías que ser precisamente tú, maldita sea!, le espeta al genial actor y único y genuino “Oompa-Lompa” Deep Roy: “¡Me recuerdas a quien me vende los Falafel!”)—, Bay lleva su estilo de sobresaturar la pantalla a cotas que (y parece increíble poder afirmarlo a estas alturas sin sonrojo) jamás podríamos creer poder contemplar. Las secuencias de acción y batalla de “Transformers: Revenge of the Fallen” sobrepasan todo intento de descripción e hipérbole. Son la versión McDonald de los versos de Virgilio y Homero.

¡Cómo ser fiel, con el verbo, a esa imposible succión practicada por Devastator, un robot de inimaginable envergadura de ojos esmeralda y formado por la conjunción de cinco enorme vehículos de obras, que traga coches, personas y las mismísimas sagradas arenas del país del loto!

¡Cómo acercarnos fielmente a la emoción que produce ver los miles de esferas vomitados por ese genial gato mecánico que dan forma a uno de los diseños más alienígenas de la cinta y más abrumadoramente sensuales en su curva extrañeza!

¡Cómo explicar, sino es con un lenguaje no inventado de sentimientos, el erizarse del vello al contemplar, por vez primera, a ese inmenso robot-satélite que orbita, al servicio del poder Decepticon, alrededor de nuestro orbe terrestre interceptando cualquier comunicación mundial que a sus oscuros designios convenga!

¡NO HAY PALABRAS!

Hay que verlo.

Sentirlo.

Gozarlo.

Y, sí, llegar al orgasmo.

Y luego, en la bajada, cuando ya se enchufa de nuevo el cerebro y uno está en los veintiypico, treintaypico, o cientiypico pero no en los granujientos tres lustros, entender que nuestros males se encuentran aquí, nítidamente esbozados.

Y cuando se conoce al enemigo, se le puede batir.

Aunque se goce con él.

PD (Postumed Declaration):

En primera persona, hago una declaración a título póstumo (póstumo con respecto al artículo, ojo, que nadie se ha muerto aquí).

Apoyo total y públicamente a Harry Knowles en su llamada a la vergüenza a Steven Spielberg por patrocinar con su nombre un film como éste.

Cito sus palabras:

“Y vergüenza para ti, Steven. Los chicos van alinearse con esto – y se van a encontrar con sexo perruno, tacos gratuitos, esterotipos raciales y demás”.


Pues sí, demás, porque también hay el mismo tipo de adoración arrobada a la máquina propia del fascismo, la concepción machista hasta el último e indecente extremo de la mujer como objeto de goce sexual y la defensa de las armas como la mejor arma (permítase la redundancia) para la paz.

Y si usted hizo “E.T.” fue por algo.

¿Que nos hacemos viejos?

Bueno, pero las creencias deben seguir siendo igual de jóvenes.

Sino, luego su extraordinaria y doliente arenga por la paz de la reciente “Münich” se ve contaminada.

Aunque bueno, dicen que errar es de sabios.

O no.

El artículo de Knowles al completo acerca de esta obra-maestra-que-apesta, del que recomiendo su lectura para los anglófilos, pues hay sabiduría en sus palabras, se puede encontrar aquí.

Medios

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