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True Lies: El Pinocho más divertido

el  Viernes, 12 December 2008 01:00 Por 
Análisis de una de las mejores películas de la historia del cine de acción.
Una mañana James Cameron se despertó, se miró al espejo y, tras enjuagarse la boca, aún con el sabor del éxito que supuso “Terminator 2” chispeando en sus papilas gustativas, se dio cuenta de que, mire usted por dónde, se sentía juguetón. Y mentiroso. A la velocidad de un Harrier en vuelo rasante, las sinapsis de sus neuronas comenzaron a vocear a los cuatro vientos, recordando un film francés, “La Totale!”, y pensando en la pregunta que todos los genios se hacen: ¿qué pasaría si...?

“True Lies”, película que podemos considerar como el film de acción definitivo, pues el género jamás será el mismo tras esta visita cargada de acidez, ironía e inventiva en la que Cameron se embarcó sin billete de vuelta —una secuela estaba prevista para 2002 pero el 11-S dejó a Cameron con una idea muy clara en la cabeza: “en estos días el terrorismo no es un asunto de risa”—, nos deja a un paso de concluir este periplo por la carrera del realizador que en Scifiworld hemos decidido realizar en este mes de marzo y que, esperamos, haya sido cuando menos ameno para quienes nos hayan acompañado en todas las estaciones y quienes lo empezaran a hacer dos párrafos atrás. A todos y todas, gracias y bienvenidos, las mentiras de Cameron serán nuestra asignatura, digo lectura de hoy.

Mentir... Parece mucho más simple de lo que realmente es. Mentir, es, en esencia, el crisol en el que se moldea toda historia. Mentir es inventar, fabular, crear algo que no existe. Aunque nos acostumbramos a asumir su noción negativa como la única posible, la que implica el desengaño de los sentimientos por parte de alguien que descubre una mentira, el hecho es que cada vez que pagamos una entrada y nos retrepamos en una butaca, cada vez que pasamos las páginas de un libro o un cómic, o cada vez que, simplemente, adornamos un relato cotidiano a nuestras amistades sintiéndonos, por un instante, bajo el calor del foco, disfrutamos de la mentira. Así que James Cameron, del que ya hemos ido dejando claro que es un genio, se propuso jugar a ser Pinocho. ¿Y sobre qué iba a mentirnos Cameron? Pues su conejillo de indias fue un género cinematográfico: el cine de acción y, si queremos hilar fino, su variante con espías (mentirosos) como protagonistas.

La mentira de Cameron en “True Lies” es de una complejidad abrumadora, porque el realizador nos quiere hacer creer desde su arranque que estamos viendo una película distinta a la que realmente vemos. Vamos, que juega al despiste. Sólo así se entiende que después de un extraordinario prólogo, en el que asistimos a una magistral infiltración y presentación del personaje, pero que no se sale de los tópicos salvo en sus abundantes pinceladas de humor, nos encontremos con que nuestro espía está felizmente casado desde hace quince años, tiene una hija de catorce y se presenta todas las noches, madrugadas la mayoría, frente a su mujer como ¡agente de ventas de una empresa de informática! ¿Inaudito? Es que por ahí van los tiros.

El primer golpe nos lo llevamos con la cotidianeidad terrenal del protagonista y con las sucesivas tomaduras de pelo que la vida le depara al James Bond de turno, magistralmente encarnado por un Arnold Schwarzenegger en estado de gracia,  demostrando una vez más  que, en manos de Cameron, es un actor distinto. Y es que la imprevisibilidad de la película contagia al reparto, de tal manera que los personajes del film se sienten mucho más vivos que los meros clichés que suelen plagar las producciones de este género. Desde el vendedor de coches usados que busca beneficiarse a la mujer del superespía Harry Tasker, hasta su cáustico (y algo “tocapelotas”) compañero de fatigas Albert “Gib” Gibson, por no hablar ya de su cónyuge, una espectacular Jaime Lee Curtis que protagonizará el baile más sensualmente ridículo de la historia del cine en una escena de la que hablaremos luego más detalladamente, viven su papel con una convicción y seriedad que les otorga a los personajes esa dimensión de carisma extra, independientemente de la importancia de su papel, que nos “gana” como espectadores. Una magia sólo posible si el director y sus intérpretes tienen claro cuál es el objetivo y confían plenamente en sus habilidades para conseguirlo.

Y el objetivo es destruir los cimientos del cine de acción, darles la vuelta a los tópicos como si fueran calcetines para lograr la sorpresa lo inesperado. Así, durante la primera mitad del film y tras el mencionado y necesario prólogo que sirve como punto de partida para el posterior jaque mate a la premisa inicial, nos enfrentamos a los celos de un marido abochornado y engañado por su mujer, una simple oficinista que se ha burlado de uno de los agentes de espionaje más letales del planeta. Y poniéndole, supuestamente, los cuernos con un vendedor de coches usados que se hace pasar por espía para beneficiarse a mujeres casadas y aburridas de su día a día. En fin, como diría el colega de Tasker: “Si tú no fueras el otro hombre, te partirías el culo de risa.”  Al mismo tiempo, Cameron inserta una subtrama de acción que, a pesar de una set-piece verdaderamente espectacular, no adquiere la misma relevancia, en este primer acto, que las cuitas del agente por mejorar su estabilidad familiar.

James Bond vuelto del revés. En vez de ser él el que rompe corazones y mancilla sábanas ajenas, se encuentra con que un piltrafilla va a oler las rosas de su jardín. Pero una serpiente acorralada es una serpiente seis veces más letal. Tasker decidirá abusar de sus recursos como agente al servicio del gobierno y montará una operación con todos sus complementos de dramatismo —escuchas solapadas, persecuciones en helicóptero y un escuadrón de hombres uniformados con los clásicos fusiles de asalto— para cazar a una oficinista díscola y un pobre hombre que “tiene que mentir para poder follar”.

A partir de aquí, Cameron jugará un poco más —pobres de nosotros, ratones— y preparará el segundo acto de su gran mentira. Tasker decide, tras confirmar que no ha consumado traición alguna en lance amoroso, concederle a su amada y esposa la dosis de pimienta por la que suspira. Y es entonces cuando se revela la escena más hilarante de “True Lies”, la conocida secuencia del baile y la grabadora. Tasker obliga a su mujer a acudir a una suite bajo el alias de Michelle, una prostituta encargada de satisfacer los peculiares apetitos de un posible traficante de armas. Lo genial es que él es dicho traficante, engañando a su mujer mientras disfruta de sus habilidades interpretativas en el rol que le ha diseñado. Y éstas sobrepasan con mucho lo que Tasker pudiera esperar. El mentiroso es, nuevamente, engañado. Pero aún queda una carta sin volver sobre la mesa, porque, llegados a este punto, ¿por dónde sigue el film?

Sin que tengamos tiempo para respirar, esta comedia de equívocos vuelve a transformarse en un film de pura acción, enlazando el argumento con la primera secuencia del film y la posterior persecución a caballo por las calles  de Washington, pues Harry y su mujer son secuestrados por terroristas islámicos que han robado cuatro cabezas nucleares con el objetivo de coaccionar al gobierno norteamericano. De aquí al final, tiros, explosiones y pinceladas de humor, pero con la acción como protagonista indiscutible. El círculo se ha cerrado. La broma es redonda.

El caso es que, llegados a su extraordinario desenlace, no somos capaces de decir si Cameron ha realizado una parodia o un film de acción pura, porque “Mentiras Arriesgadas” es ambas cosas al mismo tiempo. Y lo es con armonía, no hay nada discordante en su fusión de estilos, porque la elegancia y maestría de Cameron los filma como un bloque heterogéneo, logrando ridiculizar y alabar, en cada secuencia, el género que sustenta su película.

“True Lies” es, con la sana distancia que otorgan casi década y media de pasado cinematográfico, un auténtico tótem intocable de los 90, una película perfecta que supone al género de acción lo que la saga de Indi al de aventuras. Smoking y silenciadores, sombreros y látigos son las diferencias. Pero, en lo importante, Indiana Jones y Harry Tasker piensan, y ríen, sobre lo mismo: “Qué grande es el cine”.

Y además...

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