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Twilight Zone: The Movie: Un viaje al otro lado

el  Lunes, 24 March 2008 01:00 Por 
Análisis de la película, dirigida a ocho manos por cuatro ilustrísimos del fantástico, que homenajea a la mítica serie de Rod Sterling.

Arranquemos... Es noche cerrada. Una carretera en un bosque. Los faros de un automóvil despuntando en el ángulo de la curva. Dos amigos, hablando sobre cualquier cosa. Espera, un momento. ¿He dicho amigos?, bueno, parecen serlo, hablan muy amigablemente, con desenfado, como las personas que se conocen muy bien, o como... o como aquellas que no han empezado ni a conocerse y no pueden cerrar el buzón porque, ¿de qué sirve un buzón cerrado? ¿Tiene alguna razón de ser? Es incómodo pensar en algo así...

Ahora están jugando y ¡Oh, adoro este juego! Tatareando bandas sonoras, Tatatá, tatatá, ésa es muy fácil; Indiana Jones, por supuesto. Y los turnos van pasando, primero uno y luego el otro. Y así una y otra vez. Pero nos acercamos a algo, lo presentimos, llevamos ya demasiado tiempo en este coche como para que no pase algo más, algo... En fin no lo sé, ¿cuál toca ahora? Titi-titi-titi...¡ “Twilight Zone”, por supuesto! Y ahora el copiloto le dice:

—Quieres ver algo verdaderamente terrorífico.

Sí quiere. Sí quiero. Sí queremos. Se gira y vuelve el rostro. Y nosotros ya estamos pensando: ¿el truco de los párpados, la linterna fantasma, los ojos en blanco; todo a la vez y una serpiente de plástico? Pero ya llega, ya llega. Se gira y... OH DIOS, OH DIOS MÍO, ¡¡¡NOOOOOOO!!!

♫♪titi-titi-titi-titi-titi-titi-titi-titi-titi-titi-titi-titi-titi-titi-titi-titi-titi-titi-titi-titi-titi♪♫

Está usted viajando hacia otra dimensión, una dimensión no solo de imágenes y sonidos, sino de la mente. Un viaje hacia un mundo fantástico cuyos límites son los de la imaginación. Ésta es la señal. Su próxima parada, La dimensión desconocida...

Nos bajamos de la estación y aterrizamos de lleno en “Twilight Zone: The Movie”, película que lleva a la gran pantalla, en nombre y en espíritu, la extraordinaria serie de Rod Sterling, de la que hablaremos largo y tendido cuando la ocasión nos sea más propicia.

Centrémonos ahora en “Twilight Zone” película, un film que reúne a: John Landis, George Miller, Joe Dante y... Steven Spielberg en persona. Adivinen cuál de las cuatro colaboraciones sobresale por encima de las demás. No es muy difícil. La pista es: nombre y apellido comienzan por la misma letra.

Y siguiendo con los nombres ilustres tenemos, ni más ni menos, a Richard Matheson —el legendario autor de moda gracias a su más bien paupérrima adaptación cinematográfica de “Soy Leyenda”, una versión con Will Smith a la cabeza que nada tiene que ver con su homólogo en papel— con la pluma preparada para firmar no uno, ni dos, sino tres de los cuatro episodios, más un prólogo que completan esta producción. Así que con estos autores el resultado será un strike, ¿no? Pues no, como mucho tiramos siete bolos; y el último cayó llorando (y bailando).

El problema de “Twilight Zone” es el problema endémico de las películas en las que dos, tres, o diez realizadores meten mano para dejar su pequeña impronta en un espacio reducido: irregularidad. Las ideas son buenas, pero el resultado es mezzo-mezzo.

El primero de los cortos, dirigido por John Landis, nos enfrenta a un republicano fracasado en su trabajo que carga su frustración contra los negros, los judíos, los chinos y cualquier cosa que no sea americano 100%, signifique eso lo que signifique.

Tras protagonizar un escándalo en un bar, insultando sin pudor a las minorías de su país mientras en la mesa de al lado un grupo de afroamericanos tratan de ignorarlo y concentrarse en sus bebidas —aunque, por dos veces, uno de ellos tendrá que levantarse y soltar la conocida cantinela que patentaron héroes del pasado como Humprhey Bogart o John Wayne: ¿Hay algún problema, amigo?— y sus propios amigos le hacen el vacío, este pequeño Hitler en potencia traspasará el umbral del local y se verá transportado a, sí a la “Twilight Zone”. Un viaje alucinante por las muestras de racismo y xenofobia más salvajes de la humanidad lo aguarda. Y, para redondear el asunto, no habrá lección moral que pueda devolver al protagonista a su presente para desandar el camino del odio y aprender a eximir sus pecados. No, como suele decirse: “habérselo pensado antes, que ya era usted mayorcito”.

Así que, haciendo cuentas, este primer peldaño es un buen arranque, pero peca un poco en el ritmo y en la previsibilidad de la narración, una vez que la sorpresa del concepto ya ha sido revelada desde que nuestro protagonista abandona el pub.

El segundo de los segmentos es el mejor de la película y el más luminoso. Pertenece, como no, a Steven Spielberg. De él sólo decir que comienza con un retrato magnífico de esa otra realidad que anida en los asilos, un microcosmos infinitamente rico que ya ha atraído a narradores de genio en numerosísimas ocasiones (a bote pronto pienso en Stephen King y su “Casa Negra”, o en el arranque de “La milla verde”, pero hay muchos más ejemplos), pues supone un marco incomparable para “rendir cuentas”, para mirar el camino, las páginas ya leídas y reflexionar sobre lo que se ha perdido. Sobre eso mismo, sobre lo que se ha perdido, va este corto de Spielberg.

Como todas las ideas geniales de la ficción, el concepto que sustenta este episodio parte de darle la vuelta a una situación cotidiana e inmutable (asumida) de nuestra naturaleza humana: Envejecemos, siempre envejecemos, sin vuelta atrás. Así que, pensó Spielberg, ¿cuál es la alegoría perfecta para demostrar que todo nuestro tiempo en este mundo es valioso? Invertir el proceso, no sólo detenerlo. ¿Qué pasaría si los ancianos pudieran volver a ser niños? ¿Eligirían serlo? La respuesta parece obvia, ¿no? Pues, tal vez, y digo sólo tal vez, tengan que pensarlo dos veces. O incluso tres.

Joe Dante aterriza en “el límite de la realidad”, con una interesante aportación nacida del genio y figura de Matheson, que arranca fenomenalmente bien y se hunde, demasiado pronto, en lo anodino. La idea es fantástica. Una mujer extremadamente atractiva recoge a un niño solitario en un bar de carretera —uno de esos típicos bares de película americana, con amplio mostrador, asientos redondos y giratorios, descuidado suelo de linóleo, y edificio achaparrado y feote dominando un cuadrado de asfalto para el estacionamiento, con sus isletas para los escasos, y oxidados, surtidores de gasolina de los vehículos— después de que éste le confiese que su casa queda lejos para los zapatos. Pero, a su llegada al hogar del chico, nuestra protagonista descubrirá una tensa y pesada atmósfera, casi palpable, que envuelve con su aura de extrañeza el comportamiento de sus anfitriones. Hasta aquí todo es perfecto, pero en la resolución de la tensa atmósfera planteada nos quedamos muy, muy fríos.

Como colofón, lo peor del film. No por ello malo; pero casi. El interesante arranque del último capítulo, dirigido por el genial George Miller (la trilogía de “Mad Max” y la reciente “Happy Feet”, por citar dos obras conocidas de este estupendo, aunque intermitente, realizador), en el que la claustrofobia aparentemente inexplicable que un hombre de negocios sufre mientras viaja en un avión, se resuelve de un modo muy torpe. Un monstruito se encarga de fastidiar los motores del ala izquierda y nuestro sufrido viajero intentará impedírselo, poniendo en peligro al resto del pasaje. Por supuesto, él es el único capaz de ver al susodicho monstruo.

Entre la cutrez de los efectos especiales (y no vale eso de eh, ¡¡que estás en el 84!!, porque del 76 es “Star Wars” y.... viva la diferencia) y la sorprendente falta de tensión en la puesta en escena, sorprendente porque es Miller quién ocupa la silla del director, este capítulo baja la media del film del notable alto al notable bajo, o al seis más ramplón. Y la broma final que intenta darle una vuelta de tuerca en el último plano y, de paso, cerrar el film dotándolo de circularidad en relación a su prólogo, es una “cagada” con cada una de sus seis letras ganada a pulso. Lo siento, señor Matheson y señor Miller pero hay milongas y milongas y esta es de las segundas, de las que no nos podemos tragar.

Aún así, y sobre todo por su extraordinario segundo episodio, merece la pena ver “Twilight Zone: The Movie”, sobre todo a los que, como yo, os guste lo de escribir ficción, porque hay que reconocer que las ideas son evocadoras, aprovechables y “semilla”. Crecen en direcciones que uno puede aprovechar a poco que les de un par de vueltas.

 

 

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