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UP: Saltar, reír, vivir...

el  Sábado, 08 August 2009 02:00 Por 
Análisis de una película única y extraordinaria que confirma a Pixar Studios como la estrella más brillante del firmamento cinematográfico.
Incitan a la reflexión.

No son más de cinco minutos.

Pero incitan a la reflexión. A una profunda reflexión.

Con mano maestra, Pixar Studios crea algo más que una emoción en la duración de un (breve) cortometraje. El cuestionamiento del cinismo, de la ironía, de la desesperanza es lo creado por Pixar en el extraordinario prólogo al verdadero arranque de “Up”, última película de la compañía y también podríamos decir que nueva obra maestra con su sello.

Aunque, sinceramente, será esfuerzo de esta pluma el renunciar, día tras día, a cualquier epíteto que, en su seno más íntimo, se presenta como vacuo. Obra maestra  y genio son etiquetas; simples marcas que anulan la extraordinaria individualidad de cada obra y artista. Por ello, prescindiremos de baremar los logros de “Up” en relación a su estatus con otros filmes pasados y presentes o a cualquier término que pretenda homogeneizar sus méritos en un concepto tan difuso como manido.

Porque está por encima de ello.

Su único juez es ella misma.

Renunciando a lo fácil, busquemos, entonces, su esencia. Su esencia se aprehende en su título: “Up”; salto, impulso, sí ¿Pero a qué? A la vida.

Carl Fredricksen está solo. Es viejo y está solo. En esos cinco minutos hemos sabido por qué. Hemos contemplado su vida en los pequeños instantes diarios, en la suma de momentos aparentemente triviales que, de pronto, estallan en lo romántico o lo trágico. Hemos comprobado su impotencia al no poder ser más que espectador de sucesos que lo conmocionaban en lo más profundo. Y, gracias a ello, sentimos a Carl Fredricksen algo más que vivo. Lo sentimos unido a nuestro corazón. Porque la vida nos trae a todos momentos como los que Carl Fredricksen ha vivido. Y porque, por nimia o rutinaria que sea la vida, y la de Carl Fredricksen no lo fue precisamente poco, ésta siempre tiene un valor extraordinario y único para quien la vive. Y cada una de esas islas que conforman el breve archipiélago de felicidad que nos es concedido se atesora en el baúl de los recuerdos y se revive, una y otra vez, en la vejez.

Pero si hay algo verdaderamente extraordinario en estar vivo es la capacidad de sorpresa imprevisible que nos aguarda cada mañana, sin que lo sospechemos. En cualquier momento y en cualquier lugar, la vida puede arrastrarnos, arrancarnos del suelo que tanto miramos cuando estamos tristes y elevarnos como un globo a las alturas. Para Fredricksen ese instante viene concedido en Russell, un joven chiquillo boy-scout no muy avispado que quiere completar su colección de menciones ayudando a Fredricksen en lo que él desee. Éste, hastiado de la vida y colérico con el mundo, aprenderá a valorar el afecto de un niño y cumplirá, en el ocaso de su vida, el sueño de ser padre.

Y no deberíamos decir más sobre “Up”, porque conviene terminar brevemente. Podríamos prolongarnos en analizar la majestuosidad clásica del lenguaje cinematográfico que emplea —muy incrementado caso de que se pueda disfrutar con la película en 3-D, ya que es la primera que emplea la tecnología no como reclamo, sino como sutil herramienta para transportarnos a un mundo más vivo y real gracias al volumen de objetos y figurantes—; en lo extraordinario de sus secuencias de acción —nada que envidiar tiene a la saga “Indiana Jones” la conclusión de la película en un enorme Zeppelín plagado de perros parlantes verbigracia de unos collares inteligentes—, o en su no menos excepcional sentido del humor —posible gracias a un dúo cómico ya inolvidable, el del pájaro antediluviano y el perro labrador y bonachón, que por una vez se comportan como animales y no como humanoides con pelaje o plumas— . Pero es innecesario.

Lo dicho debería sobrar y bastar para convencer al espectador indeciso de que no dude más.

Merece la pena comprar el globo que nos tiende Pixar y elevarnos muy lejos para contemplar desde el cielo toda nuestra vida y sonreír.

Porque sí. Siempre habrá merecido la pena.

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