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Wolf´s Creek: Naturalismo y crueldad

el  Viernes, 06 June 2008 02:00 Por 
Análisis del debut cinematográfico de Greg McLean, director de "El territorio de la Bestia", uno de los mejores realizadores del género en la actualidad.

Greg McLean sabe lo que hace. Es evidente en cada plano, en cada imagen que entreteje sus dos películas, “El Territorio de la Bestia”, de reciente estreno en nuestro país, y la magnífica “Wolf´s Creek”, de la que hablaremos largo y tendido a continuación. Pero no es exagerado reiterar esa primera idea sobre el cineasta australiano: sabe lo que hace y sabe cómo hacerlo.

El escenario, su Australia, país del que su cámara sabe extraer siempre una atmósfera palpable, un retrato que, sólo con el poder de la imagen, es capaz de evocar un país. Es lo primero que sorprende en la puesta en escena de Greg McLean, pues es, probablemente, el único cineasta de género al que podemos definir como contemplativo. Greg observa a las gentes y los paisajes de su país no en busca de manipular su aspecto en imágenes de postal, sino de percibir el entorno en el que sucede la acción de su relato como un universo aparte de la narración, que no depende de los corsés que el guión quiera aplicarle. Simplemente está ahí, al margen, retratado para la posteridad con una mirada sincera y reflexiva.

Y son estos pequeños detalles los que dotan a esa atmósfera realista, podríamos decir que incluso naturalista, de una peculiar lírica de lo extraño. El sol escurriéndose en un horizonte quebrado de laderas sombrías, la lluvia resbalando por el cristal, el agujero en una señalización de carretera con un canguro pintado en negro sobre un fondo amarillo, las serpientes de asfalto, disparándose al infinito entre el paisaje llano y polvoriento, el cráneo pelado de un búfalo incendiado por el resplandor sangriento del crepúsculo... Uno puede sentir el entorno como algo amenazante antes de que el horror siquiera se insinúe. Y es que el horror, en el cine de McLean, tarda en insinuarse.

Tanto “Wolf´s Creek” como “El Territorio de la Bestia”, dedican la mitad de su metraje a que conozcamos a sus personajes. Lo curioso es que McLean no esconde ninguna sorpresa, pues en ambas películas, mediante textos explicativos que enfocan el leit-motiv sobre el que gravitará la historia, ya sabemos, desde el principio, qué va a ocurrir. No sabemos cuándo.

En el caso de “Wolf´s Creek”, McLean nos avisa de que su película trata sobre las desapariciones ocurridas en Australia, en concreto sobre un porcentaje en concreto del total, un inquietante 10% del que, en algunas ocasiones, no se llega a saber lo ocurrido. A partir de esa premisa McLean nos presente al trío protagonista, tres jóvenes, ya no adolescentes, que se preparan para hacer una visita turística a “Wolf´s Creek”, región con el gran aliciente de contar con uno de los mayores cráteres del planeta. Pero las cosas, como podremos supones, no irán bien.

Lejos del cine de adolescentes adocenados —en el que se define a los personajes con brocha gorda, abundando en los tópicos fácilmente digeribles, como si el público de género fuera incapaz de enfrentarse a personas de carne y hueso— McLean dirige a sus actores siguiendo la misma senda que sigue con su puesta en escena. Realismo. Lo fantástico de los personajes de “Wolf´s Creek” es que no parecen estar actuando; simplemente son jóvenes de ciudad, aunque uno sea nativo y sus dos amigas vengan de Gran Bretaña no hay grandes diferencias con respecto a su educación y sus conocimientos de supervivencia en tierra virgen, jóvenes que sólo piensan en el viaje como una oportunidad de diversión en todo el espectro imaginable. Sexo, drogas y disfrute del paisaje y la libertad de vivir en los veinte años, cuando el horizonte existencial se funde con el físico. Dura, lo que dura un día.

Y entonces, cuando hemos pasado el tiempo suficiente con estas personas, pues así las sentimos, para encariñarnos con su cotidiana mediocridad —no son más ni menos que cualquiera con sus años, no poseen ninguna habilidad extraordinaria que levante barreras con la butaca— el horror estalla. Y estalla con una brutalidad inimaginable.

McLean opta por amedrentarnos con el horror físico. No existe ningún aspecto sobrenatural en la trama, salvo la presencia del mal encarnado en un psicópata sin escrúpulos, que no tiene ningún pasado traumático que lo alimente. Sólo posee una sed infinita de violencia y lascivia. Pero no hay justificación para su actitud, nada que nos permita agarrarnos a un esquema preestablecido de cómo van a acabar las cosas.

Como no existe villano, tampoco existen héroes y eso nos sitúa, como espectadores, en un territorio peligroso e imprevisible. Si estuviéramos ante un film que jugara con las reglas del género que nos son conocidas, nuestra tranquilidad con respecto a qué puede pasarles a los protagonistas, en definitiva, nuestro alejamiento emotivo con respecto a la tragedia que se desata en la pantalla, sería mucho mayor. Estaríamos en aguas ya transitadas y, por lo tanto, nos consideraríamos a salvo. Pero ése no es el lugar en el cual se desarrolla este film. Aquí la violencia y el horror no distinguen amigo de enemigo. Sucede lo que tiene que suceder y nosotros, simplemente, somos mudos testigos.

El cine de esta nueva ola de realizadores de horror —Alexandre Aja, Neil Marshall y el propio McLean por citar el triunvirato más interesante, triunvirato al que podríamos unir a Carter Smith como D'Artagnan, pues gracias a su espléndido debut con “Las Ruinas” se ha ganado un puesto de honor entre este grupo de cineastas que parecen haber surgido, de lugares muy diversos del globo, con el objetivo claro de renovar el género— se sustenta más en la reimaginación del cine gore que en el terror psicológico. Si en los 90 nos encontramos con que los esquemas terroríficos de antaño, que llevaron en las dos décadas anteriores a quebrar los tabúes en cuanto a qué podía mostrarse y qué no, se habían transformado en una autoparodia maniquea por la vía del exceso, parece que la receta del horror en el siglo XXI es una vuelta al realismo y a la perversión de películas como “La Matanza de Texas”. Es decir, se busca cuestionar el por qué el espectador disfruta con la violencia mediante historias tan realistas y crudas en las que dicho disfrute se vuelve difícilmente justificable. La violencia no es comedia, o al menos ésa es la lección que uno sustrae de films como “Alta Tensión”, “The Descent” o la misma “Wolf´s Creek”.

Independientemente de adónde lo lleve el futuro, está claro que Greg McLean, que ha producido, escrito y dirigido sus dos films hasta el momento, camina con paso firme para convertirse en un referente del horror en el cine durante los próximos años, una de esas personalidades artísticas de las que sólo puede esperarse la calidad y la sorpresa. De momento, gracias a “Wolf´s Creek, puede presumir de contar con una obra maestra. Y, a buen seguro, no será la última.

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