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Youth Without Youth: Con la pizarra en blanco

el  Martes, 13 May 2008 02:00 Por 
Análisis de la última película de Francis Ford Coppola, primer film del realizador tras once años de ausencia.

Con la pizarra en blanco, así ha decidido afrontar los últimos años de su carrera uno de los cuatro o cinco cineastas más importantes de la historia del cine. A sus sesenta y nueve años de edad, Francis Ford Coppola afronta un desafío imposible, titánico y ciertamente pueril: reinventarse a sí mismo. Pero, si uno conoce, aunque sea por encima, la trayectoria artística de Coppola, conocerá también que la lucha, pueril sí, pero no por ello menos valiente, contra lo imposible, el artista enfrentado a las tempestades de la inspiración,  es el combate pugilístico para el que el autor ha nacido.

“Youth Without Youth” su regreso a las pantallas después de once años de ausencia, es un film proscrito, ninguneado, por no decir denostado, por la crítica e incomprendido por el público. Su caso nos recuerda, por más de un motivo, al de otro film que ha caído, salvo para algunos pocos, en las simas del olvido. Hablamos de “La Fuente”, obra magna de Darren Aronofsky y uno de las obras artísticas capitales sobre la muerte, el sacrificio y el amor, que no es poco.

Pero allí donde Aronofsky triunfa, Coppola se queda con el barco varado en tierra de nadie. Independientemente de la dificultad que requiera su interpretación, “La Fuente” de Aronofsky es, si se comprende, una película inequívoca y con un propósito definido. De ambas virtudes carece por completo “Youth Without Youth”, aunque el amor y la muerte, y también la alteración de las normas convencionales del espacio y el tiempo, son comunes a ambos films.

Coppola ha llegado a definir su nuevo film como “una ‘En busca del Arca Perdida’ en versión intelectualizada”. Esta afirmación que, aislada, poco menos que resulta ridícula, cobra su sentido al ver la película, sin que ello le reste su evidente petulancia. “Youth Without Youth” es, al igual que la primogénita de las aventuras de ese arqueólogo tan de moda en estos días, una búsqueda. Pero aquí no se trata de encontrar un ídolo dorado o un arca que oculta un poder divino. La búsqueda emprendida por el personaje de Tim Roth es una búsqueda (¿lo adivinan?) intelectual.

El origen del lenguaje. Nada más y nada menos. Y también, el amor ya perdido. El punto de partida para esta aventura es muy poco convencional. El anciano lingüista interpretado por Roth es alcanzado por un rayo en plena calle y, gracias a ese encuentro fortuito con la naturaleza que debería haberle causado la muerte, adquiere unos poderes intelectuales sobrehumanos que le permiten vagar por el lenguaje de culturas ya extintas.

Además, misteriosamente, su cuerpo comienza a rejuvenecer a marchas forzadas. Se le caen los dientes, las arrugas de su rostro desaparecen, el arco de su espalda se endereza y un largo etc de transformaciones corporales demuestran que sí, efectivamente, su cuerpo ha invertido el curso natural de la vida y la muerte. Aunque no todo es cara en esta situación. Al margen de la infelicidad provocada por volverse virtualmente inmortal, pues su rejuvenecimiento se detiene en la plenitud de un joven adulto, y de los peligros que su condición impone, pues su secreto es perseguido y ansiado por muchos, Dominic Matei ha penetrado en un territorio ignoto de la mente humana y su personalidad se ha desdoblado completamente. Es, virtualmente, dos personas.

El problema de este interesante inicio es su nudo, el desarrollo. Completamente hermética, la película de Coppola parece estar construida, consciente o inconscientemente, tras una cortina de plomo. Es imposible comprender con claridad más que retazos de lo que está sucediendo. Sabemos que hay un amor pasado de Matieu —interpretado por una extraordinaria debutante, Alexandra Maria Lara— al que perdió por su excesiva dedicación al estudio y al que reencuentra muchos años después por pura casualidad, reencarnada, en cuerpo y alma en el cuerpo de una joven. Sabemos también que Matieu tiene problemas para comprender la realidad e interpretar qué es vida y qué es sueño y si tiene algún sentido, en definitiva, tal distinción. Sabemos qué y cómo, pero no sabemos los por qué.

Deshilvanada, inconexa e incluso, en apariencia, incompleta, asistimos atónitos a un film confuso y con un verdadero tufillo a obra de principiante con talento pero sin control, como si un joven ventiañero hubiera asumido, por primera vez, su condición de artista y tratara de preparar una exquisitez mezclando el yogur con la fabada. Y si reflexionamos sobre su título y en el hecho de que su protagonista rejuvenece en su ancianidad, uno no puede dejar de sospecharse que Coppola, voluntariamente, nos somete al suplicio de una obra imperfecta y muchas veces irritante.

Pero, si es así, habría que darle la razón en que el viaje, al menos en lo estético, merece y mucho la pena. Coppola demuestra cómo con una fotografía primorosa, un uso de la música más que afinado, un reparto capaz de ceder ante el absurdo propuesto y el riesgo ocasional de apostar por recursos ya marchitos en nuestros días —las sobreimpresiones heredadas del mudo que Coppola volvió a poner de moda en films como “El Padrino”— se puede crear arte al margen de lo que se cuente.

“Youth Without Youth” es un film más que irregular, pero, a la vez, es un agradable soplo de aire fresco frente a propuestas más previsibles y un feliz reencuentro con uno de los más grandes. Eso sí, ahora que ya nos ha contado su batallita, esperemos que con “Tetros”, el título da que sospechar, Coppola vuelva al redil y nos ofrezca un producto tan bello como racional que de experimentos ya vamos repletos. Más no pedimos, maestro.

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