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Déjame Entrar

el  Lunes, 12 July 2010 02:00 Por 
Nueva crítica para nuestro concurso del nº29.

Basado en una novela de John Ajvide Lindqvist, este inusual filme sueco de vampiros, decepcionará a más de un lector de la obra original (pese a que el guión sea del propio Lindqvist) y, especialmente, a todo fan del cine fantástico que se regodee en los montajes frenéticos y los FX de última generación. Nada de esto encontrará en esta singular película de Tomas Alfredson, una historia de amor preadolescente con toques de horror que destila una sensibilidad muy particular por parte de sus autores, combinando ternura y toques macabros con resultados sumamente originales...

Vaya por delante que nos encontramos ante una película pequeña, sin un gran presupuesto ni unos efectos demasiado brillantes, aunque la tan cacareada (y lamentablemente destripada en muchos medios) escena final es realmente espeluznante y su factura técnica, excelente. Sin embargo, para lo que pretende contarnos “Déjame entrar” no hace ninguna falta. De hecho, si omitiéramos el tema del vampirismo, la historia, aún variando sustancialmente, seguiría funcionando (realizando las pertinentes –y numerosas- modificaciones, claro).

La cinta de Alfredson nos narra la historia de Oskar, un sensible y solitario chaval de 12 años que vive en un hogar desestructurado, a principios de los 80, en una gris localidad sueca que aparece bajo un perpetuo manto nevado. Su única relación con sus compañeros de colegio es la que mantiene (en el incómodo rol de víctima) con un trío de pequeños matones que le martirizan constantemente. En esta tesitura, conoce a Eli, su nueva vecina, también de 12 años (pero desde hace mucho tiempo) y que ha olvidado lo que es sentir frío. “Casualmente”, desde que Eli ha llegado al barrio han comenzado a sucederse macabros asesinatos...

En principio, nada absolutamente nuevo bajo el sol pero es así, reutilizando mimbres conocidos (procedentes de géneros diferentes y, a priori, no demasiado susceptibles de ser combinados), como Lindqvist y Alfredson consiguen dar una vuelta de tuerca a un tema, el del vampirismo, que siempre parece admitir un nuevo revisionado, no agotándose nunca del todo sus posibilidades...

En esta cinta, el Lindqvist guionista ha obviado los elementos más truculentos y sórdidos de su libro, eliminando subtramas y explicaciones sobre el origen de Eli, la niña-vampiro, centrándose en la historia de amor y soledad de los dos niños protagonistas... y enfadando a muchos lectores de la novela que le acusan de traicionar el espíritu de la misma. En mi opinión, el autor se ha limitado a dejar la historia en el chasis, contando lo que consideraba imprescindible de la misma con cuatro pinceladas que se nos dibujan eficazmente el background vital que ha perfilado la personalidad de los dos niños.

En mi humilde opinión, Lindqvist y Alfredson han acertado plenamente en los elementos seleccionados y también (y esto es mérito del director) en el tono y el ritmo elegidos. Respecto al tono, si un calificativo le cabe a este filme es el de gélido (y no sólo por la nieve, omnipresente durante todo el metraje): la escasez de diálogos, la contención interpretativa, la elección de planos largos y encuadres sobrios, la frialdad de la paleta cromática... Todo ello consigue transmitirnos la sensación de soledad y aislamiento de Oskar y Eli, cuya propia frialdad expresiva a duras penas enmascara una urgente necesidad de cariño, de calor llamémosle “humano”... Y es que es tal la gelidez emocional que sirve de contexto a esta historia, que, hasta el interior de las casas resulta mucho más inhóspito que las frías calles en las que se desarrollan los primeros encuentros entre los dos niños (fascinante la primera aparición de Eli), dos criaturas de la noche, cada una a su manera.

Sobre el ritmo, excesivamente lento según algunos, se nos antoja que cualquier otro sería inadecuado para esta historia en la que el frío (emocional y climatológico) ralentiza casi hasta el pulso de los personajes. Precisamente, esa morosidad narrativa, ese aparente “no pasar nada”, provoca que los escasos y puntuales estallidos de violencia resulten mucho más impactantes. Como las pocas escenas con FX resueltas, en ocasiones, con elegantes elipsis (la subida de Eli al árbol, por ejemplo).

Sobre la particular versión del vampirismo de “Déjame entrar”, éste se presenta más como una maldición que como un mito romántico (aunque la película lo sea). Eli es un ser que bordea el salvajismo. Es un animal hambriento, prisionero de sus pulsiones más primarias (las escenas que la muestran alimentándose ponen los pelos como escarpias)... y sin embargo, es imposible no sentir una empatía absoluta con ella, viendo su lucha silenciosa por mostrar una ternura que nadie le ha enseñado a exteriorizar, sintiendo su vulnerabilidad detrás de un descuidado aspecto que, en ocasiones, nos remite al de “El pequeño salvaje” de François Truffaut...

Y no es una comparación gratuita, si nos paramos a pensarlo: en ambas películas, asistimos a un proceso de reeducación. En la cinta de Truffaut, el Dr. Itard pretende reintegrar en la sociedad humana a Víctor, el niño salvaje, al cual, unas circunstancias inusuales (el abandono en plena naturaleza, en su caso) han provocado un total desconocimiento de las más mínimas convenciones que se dan entre los que deberían haber sido sus iguales (y que, tal vez, nunca lleguen a serlo ya). En el caso de “Déjame entrar”, Oskar es el involuntario profesor y Eli, la niña-salvaje que aprenderá, en este caso, a amar gracias a él.

Estamos pues, ante una película fascinante (aunque no una obra maestra como han querido ver algunos) que, sólo por lo inusual de su propuesta, merece un visionado. Por mi parte, Eli ya ha pasado, por meritos propios, a formar parte de mi iconografía particular del cine fantástico reciente.

Por no mencionar que, por fin, se nos muestra qué es lo que pasa cuando un vampiro entra en una casa sin ser previamente invitado...

Por: Javier Vigara

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