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Sitges 2015: Juventud

el  Jueves, 15 October 2015 09:26 Por 

La juventud interna

Difícilmente entendemos el nuevo film de Paolo Sorrentino en Sitges, aunque, ya que está aquí, no cabe sino felicitarse por tener la ocasión de ver el que, seguramente, debiera considerarse, con distancia, el mejor film del certamen de hogaño en valores absolutos. Proveniente del Festival de Cannes, donde la cinta cosechó el emocionado reconocimiento de público y crítica, el film ha hecho lo mismo con los asistentes a las proyecciones en Sitges. Cabe admitir que Sorrentino se está revelando un auténtico artesano que domina a la perfección el sutil oficio de emocionar en celuloide. Conoce los recursos/los resortes para motivar en el espectador sensible un intensísimo sentimiento mezcla de júbilo vital, redención para con la vida y la humanidad, y casi ósmosis con el universo, cuando menos durante el visionado y algunos minutos posteriores al mismo. 

Y se nos preguntará qué ha hecho el realizador de La gran belleza para trascender de este modo. En cierta medida, no puede responderse claramente a ello. La historia transcurre mayormente en un balneario de los Alpes suizos. En él pasan las vacaciones un malhumorado gran compositor y director de orquesta ya jubilado, Fred (Michel Caine), y su mejor amigo, Nick (Harvey Keitel), que se niega a abandonar el oficio y prepara un nuevo film con la ayuda de un joven equipo de guionistas. La cinta fluye a manera de inmenso caleidoscopio, en estructura coral, donde a este par de protagonistas se suma una verdadera fauna de viejas y nuevas glorias del cine sin que en verdad haya un hilo conductor principal sino más bien una explosión de azares y paradojas (por cierto, recursos predilectos de Woody Allen) entre gente rota. 

Y ¿qué hace, decíamos, que un film-río funcione a niveles emotivos tan intensos? Acaso una química que surge de los propios actores, de una electricidad, de un estado de gracia cuyo demiurgo causante es Sorrentino. Pero nadie debería pretender limitar su savoir faire a materia aprendible por las hordas de cineastas actuales, porque lo irracional no es transferible, no puede quedar reducido a una serie de elementos propios de libro de texto.   

Acaso sea una serie de elementos concatenados aquello que hace que el visionado de este film acabe por provocar algo parecido a una catarsis. Puede que sea que finalmente comprendemos el amor inmenso que el huraño Fred ha tenido por su mujer --pese a que su hija (una magnífica Rachel Weisz, todo corazón palpitante) crea que ha sido un insensible--, al punto de hacer unas “Canciones sencillas” que sólo podía cantar su esposa, y que ahora, la mismísima Reina del Reino Unido pretende que dirija ante ella con una soprano japonesa, a lo que Fred se niega justamente por ese amor, porque esas composiciones son materia sagrada. Puede que sea esa amistad de hace años y años que mantienen Fred y Nick, llena de entendimiento tácito, de mentiras bienintencionadas, casi de fraternidad plena. Puede que sea ese joven actor (Paul Dano) que se prepara para encarnar a Hitler en ese mismo balneario, secreto admirador de Fred, que sólo parece existir, en medio de todo este geriátrico, para decir finalmente que tras días de observación y reflexión, ha llegado a la conclusión que la vida se reduce al sufrimiento o al anhelo, y que definitivamente prefiere éste último: el canto a la vida que el film celebra. 

Y también están las paradojas: una Miss Universo quiere saludar al joven actor, y éste la trata con desdén porque tras decirle la primera lo mucho que le admira, como todos le recuerda que el motivo estriba en haber encarnado a un robot (camuflado) en una serie y no por sus papeles más genuinos. Pero a renglón seguido, la modelo (Dios, según Nick, y pronto sabremos por qué: una belleza escultural que ambos ancianos admiran obnubilados en los baños) demuestra tener mucho más cerebro que el que se le supone. Y por el contrario, será una niña quien admire al actor por uno de esos papeles mayores. 

Puede que sean los diálogos, ricos, irónicos, ocurrentes, con chispa. Puede que sea la inesperada aparición de Jane Fonda, actriz musa de Nick, con quien le une un lazo de tal intensidad que cuando pretende romperlo y arruinar así, de momento, el nuevo proyecto del cineasta, lo lamenta con tal dolor que se le hace insoportable. 

O puede que sea la escenificación de esas “Canciones Sencillas” en la secuencia final, tras conocer lo mucho que hay tras ellas, donde los pocos sensibles que se han resistido a la lágrima, caerán irremisiblemente. En fin, los actores están inmensos, pero Sorrentino, demiurgo malévolo, casi ya un clásico, queda como ese director de orquesta aún capaz de emocionar con honestidad en un mundo donde el cinismo ahoga. 

Y además...

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