Scifiworld

Historias Asombrosas: 54321

el  Martes, 01 May 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.

Por un momento, creyó que había perdido la razón y, como en las viejas historias, esto le pareció terriblemente divertido. Lo cierto es que no recordaba cómo había llegado ese bisturí oxidado a su mano. Durante unos minutos examinó con cuidado su filo y el moho grisáceo que se acumulaba en el mango, deteniéndose en las pequeñas imperfecciones de la hoja, moviéndola en el aire rasgando velos invisibles. Cuando se aburrió, volvió a pensar en su situación y, entonces, no pudo, o quizás no quiso, evitar que un doloroso acceso de carcajadas brotara de su garganta dejándole un regusto amargo. Acercó el filo del bisturí al tatuaje que adornaba su antebrazo izquierdo. Era un número dibujado con tinta azul. 54321. Cuando le tocó en el sorteo, hace mucho tiempo, cuando él era otro, pensó que era una cifra lo suficientemente alta como para evitar el destino que ahora sufría. El bisturí tocó su piel, estaba frío, apretó un poco más, hundiéndolo en la carne, un hilo de sangre manchó el metal. No sentía dolor. “No te acobardes ahora”, pensó, “es un trabajo fácil, sólo tardarás un minuto, no es mas que piel mezclada con tinta y no necesitas ninguna de las dos cosas”. Dejó el bisturí en la mesa junto al resto de instrumental médico. “Más tarde acabarás con esto, no hay prisa, tienes todo el tiempo del mundo”. Se sentó en la camilla, con las piernas colgando en el aire, sin tocar el suelo. Las frotó con energía tratando de que la sangre volviera a correr por sus venas. Se sentía mareado, confuso, enfermo. Entonces se dio cuenta de que todavía estaba desnudo y de que hacía mucho frío. Tiritando, bajó de un salto de la camilla, los músculos de las piernas le traicionaron sin previo aviso y se cayó al suelo. El impacto hizo que se mordiera la lengua, el sabor de la sangre llegó a su garganta y, por fin, vomitó. Después de eso, se encontró mucho mejor.
Apoyadas junto a la pared, encontró unas muletas que alguien había fabricado con los restos de alguna máquina ya inservible. Tenían un aspecto casero y poco fiable y no parecían haber sido utilizadas en mucho tiempo. Pero sólo tenía dos opciones. Eran ellas o arrastrarse por el suelo. Así que, auxiliado por las muletas, salió tambaleándose de la enfermería. En el pasillo recordó las instrucciones que les habían hecho aprender antes de embarcar. Las flechas verdes dibujadas en la pared siempre llevaban a los úteros. Las rojas al  Jardín. Siguió las grises. Orientándose con dificultad, recorrió corredores mal iluminados, casi todas las luces estaban fundidas y del techo colgaban cables despellejados como las entrañas de una bestia de plástico y filamento. Avanzaba lentamente, resbalando en las manchas de grasa que se extendían por el suelo, aterido  por el frío, las piernas y los brazos le dolían por el esfuerzo que suponía utilizar las muletas, cada escalera que tenía que subir o bajar era una prueba de voluntad. Las paredes estaban impregnadas de una capa de óxido sucio y maloliente, había pintadas en idiomas que no reconocía y las que pudo leer eran, en su mayor parte, oraciones dirigidas a Dios. Pensó que con el tiempo él también terminaría escribiendo alguna estupidez y por alguna razón eso le asustó.
El dormitorio del centinela era un agujero oscuro y estrecho. Había una mesa con una silla y una cama junto a la pared y un pequeño armario para guardar la ropa. Se puso una camiseta, un jersey y unos pantalones que habían sido remendados varias veces. En una pequeña montaña de zapatillas, encontró dos que eran de su número y de pares distintos. Las suelas tenían refuerzos y habían cosido parches en los agujeros. Se miró en el espejo del armario. No pudo reconocerse, era un extraño pálido y delgado, un espectro que andaba y gemía. Se sentó en la cama, con la cabeza apoyada en sus manos, tratando de decidir cuál iba a ser su siguiente paso. “Bueno, compañero, eso parece obvio”, le dijo en voz alta al cadáver que había tumbado en la cama. Era un hombre de rostro arrugado y amarillento, con el pelo y la espesa barba de un color lechoso, moteado por algunas hebras de cabello oscuro. Sus ojos estaban abiertos, mirando al techo, endurecidos por el aire, una sonrisa deformaba sus facciones dándole el aspecto de un pequeño duende malévolo. Le cogió el brazo izquierdo. Su piel estaba agrietada por el tiempo y tenía la misma textura que el cartón mojado, sin embargo el número tatuado era perfectamente legible, el tiempo no le había afectado. 54320.  “Esa gente sabía lo que hacía”, pensó. Cubrió el cadáver con una sabana y volvió a la enfermería para buscar la camilla.
 Fue un funeral corto, no hubo discursos ni oraciones, simplemente dejó el cuerpo en la sala de extracción y, pulsando un botón, lo mandó al infinito. Eso fue todo. Al volver a la enfermería, había cogido el bisturí y, con él en la mano, se dirigió a la sala de piedra. Aun recordaba cuando el primer centinela había grabado su nombre en la fina capa de cemento, lo habían retransmitido por televisión, la imagen del día, puede que del siglo, como dijeron los presentadores de los telediarios. Y ahora lo que había sido roca desnuda estaba marcada por el paso de los siglos, con miles de nombres cicatrizados en su superficie. Algunos blanquecinos, casi ilegibles, otros grabados con fuerza, casi con rabia, pero la mayoría apenas eran unas leves marcas sobre la piedra. Buscó el último nombre, recorriendo las hileras con un dedo, y escribió el suyo debajo. Era importante mantener las tradiciones en una nave y más cuando era tan vieja como esta. Cuando terminó de escribir, dejó el bisturí en el suelo y se sentó apoyando la espalda en la pared. Ahora era el centinela, amo y señor del arca “ALBION” y de todo lo que contenía. Cincuenta y cinco millones de seres humanos, durmiendo en sus úteros, dependían de él. Así se estableció, así se acordó. Siempre habría un centinela mientras los otros dormían. Y cuando ese centinela muriera, cuando su corazón, conectado a la Madre-Caja, dejara de latir, esta se encargaría de despertar al siguiente de la lista. Por eso tenía un número tatuado en el antebrazo y esa era también la razón de que hubiera querido arrancárselo de raíz nada más despertar. Porque sabía que nunca vería la tierra prometida.
 Durante una semana revisó con miedo y esperanza los archivos de Madre-Caja. Ninguna de las  sondas enviadas por delante de la “ALBION” había descubierto un planeta que tuviera las condiciones mínimas para ser el nuevo hábitat de lo que quedaba de la raza humana. Parecía algo obvio si se tenía en cuenta que aún estaban navegando en la oscuridad pero no podía dejar de tener la ciega ilusión de que, en algún momento, un error, por muy pequeño que hubiera sido, los hubiera alejado de un posible hogar. Pero todos los datos indicaban que ese error no se había producido. Repasó los diarios de los centinelas, escuchó los últimos mensajes que se enviaron y recibieron de las otras naves, de las arcas que eran las hermanas de la “ALBION”. Todos tenían cientos de años de antigüedad. Hacía mucho tiempo que se habían separado, alejándose en la oscuridad, siguiendo direcciones alternativas. El contacto entre ellas se había perdido sin remedio. Así que tampoco podía saber si los otros habían tenido más suerte. La única opción era seguir adelante, ya no importaba lo que hubieran dejado atrás.
Durante los primeros siete meses, pensó que si era posible morir de soledad, pronto iba a haber un nuevo centinela a cargo de la nave. Era una sensación abrumadora, casi física, tan dolorosa que estaba presente en cada hora del día, podía notar su peso, abrumador, inmisericorde, sobre sus huesos, sus músculos, en todos sus pensamientos.  No podía dormir, así que como en un castigo ideado por dioses tramposos, permanecía despierto, en una vigilia sin descanso, recorriendo la nave, comprobando que los sistemas automáticos funcionaran. No era muy difícil, hasta un chimpancé sin un gran nivel de inteligencia podría haber hecho ese trabajo, todo estaba diseñado para que instintivamente se supiera qué luz tenía que estar encendida y cuál tenía que estar apagada. Aburrido, sin mucho que hacer, jugaba al ajedrez con Madre-Caja e invariablemente perdía. A veces cuando ya no podía soportar más, visitaba al número 54322, el futuro centinela de la “ALBION”. Tardaba más de cinco horas en llegar hasta su útero y entonces se sentaba frente a él  y lo miraba en silencio durante lo que parecían ser días enteros. Y lo cierto es que no había mucho que ver. Era un tipo calvo, con tendencia al sobrepeso, que hacía muecas con los labios mientras soñaba. De vez en cuando, daba una patada al cristal protector con sus zapatillas manchadas de grasa,  tratando de despertarlo,  pero no pasaba nada, apenas se agitaba el líquido en el que se mecía el durmiente y temblaba, levemente, la matriz que lo mantenía vivo. La mayor parte de sus horas las malgastaba en paseos, sin rumbo fijo, recorriendo los innumerables pasillos de las arcas, deteniéndose, de vez en cuando, en las que contenían a las mujeres más atractivas. Había hecho su lista de favoritas e imaginaba, con todo lujo de detalles, lo que pasaría si despertara cualquiera de ellas. Pero sólo era una fantasía. Sabía que sólo Madre-Caja podía despertar a los durmientes y eso sucedería cuando él estuviera muerto o hubieran encontrado su nuevo hogar. Así que, murmurando su descontento al vacío, seguía caminando. En su deambular, había un lugar que evitaba conscientemente. Nunca entraba en el Jardín. A veces oía gruñidos y violencia tras las puertas cerradas y pensaba que no debía ser un lugar especialmente recomendable después de tantos siglos sin vigilancia. “La vida se abre camino”, pensó mientras arrancaba una orquídea de color violeta que había crecido en uno de los pasillos y se la colocaba sobre la oreja. “Unos cientos de años más y esto parecerá el Amazonas”. Y así pasaban lentamente los días, esa era su vida y se estaba acabando lentamente. Hasta el momento que descubrió que alguien había estado en su camarote.
Era un aroma especial, olía a lluvia, a madera quemada, se extendía por las sabanas como una mancha invisible, como una huella dactilar, única y personal. Y por supuesto era un aroma que no había emanado de él. Revisó toda la habitación, husmeando el aire como un sabueso, con la cabeza ligeramente levantada, y notó algunos errores en el orden establecido, pequeños indicios, como una silla separada de la mesa por unos centímetros, un vaso mal colocado, detalles apenas perceptibles que lo llevaban a una conclusión: no estaba solo en la nave.  Lo que por otra parte era imposible, así que lo más razonable es que se estuviera volviendo loco. Sin embargo, durante una  semana, volvió a percibir el mismo olor que había encontrado en la habitación en algunos pasillos, en la enfermería, en la sala de máquinas. Se preguntó donde se podría esconder, si es que existía de verdad, el otro habitante de la nave. La respuesta parecía clara.
Entró en el Jardín armado con un cuchillo y una barra de acero. Era un mundo totalmente diferente al del resto de la nave. Se desplegaba en siete círculos concéntricos que descendían hacia el infinito. Hacía un calor sofocante, las plantas y los árboles habían crecido con total libertad y se extendían como un inmenso bosque lleno de ruidos, vida y furia. La curiosidad pudo más que el temor y penetró en la oscuridad de la floresta evitando pisar hormigas grandes como relojes. Los árboles se erguían como columnas, surtidores de verdor que daban refugio a cientos de pájaros de colores brillantes y extraños que lo miraban con curiosidad desde las ramas, emitiendo con sus picos sonidos que parecían carcajadas. Evitó pasar cerca de un animal que se parecía levemente a un león o quizás a un tigre con un pelaje del color del océano en un día de tormenta y se quedó extasiado contemplando el galopar de unos caballos de seis patas y crines grises rodeando una colina.  Empezó a llover y se sintió extraño, como un virus en un cuerpo ajeno, casi había olvidado cómo era que la lluvia le mojara la piel, cómo era el misterio de la naturaleza. Y eso le dio miedo. Durante dos semanas, dedicó parte de sus horas a recorrer, tímidamente, los niveles más cercanos del Jardín, sin alejarse mucho de las puertas. Pero cuando  de nuevo notaba el aroma en su camarote o en los pasillos, algo tiraba de él, provocándole a ir cada vez más lejos, a penetrar en lo más profundo del bosque, alejándose de las máquinas, de las arcas y de Madre-Caja y sus absurdas partidas de ajedrez. En una de sus expediciones, encontró un río y siguió su corriente durante casi un día. Llegó hasta una pequeña laguna rodeada de rocas y sauces. Sentada a horcajadas en una rama, una mujer arrojaba piedras al agua. Por un momento se quedó paralizado, sin poder reaccionar. Tenía la piel extraordinariamente blanca, casi albina, y su pelo era negro como las plumas de un cuervo. De repente dejó de tirar piedras y, como si hubiera oído algo, se giró en su dirección. El se escondió detrás de un árbol. Dejó que pasara un minuto, sintió como el sudor de su frente se secaba lentamente, lo limpió con el dorso de la mano y, cuando creyó que era seguro hacerlo, volvió a asomarse desde su escondite. Ya no había nadie sobre el sauce y se preguntó si no estaría soñando despierto, si no habría sido traicionado por su mente, hasta que se fijó que, en la laguna, todavía se mecían las ondas provocadas por el impacto de las piedras sobre el agua. Notó unos dedos en su hombro y, cuando se volvió, ella estaba junto a él, sonriéndole. Y entonces supo que ya no podría volver a estar solo, que aquella era una línea que ya no pod&iacut ;a volver a ser cruzada.
Se llamaba Alicia. En su brazo izquierdo tenía tatuado el número 125.618. Y no sabía por qué estaba despierta. “Kirby, el otro centinela, me encontró en la camilla de la enfermería un día. No podía explicarse cómo había llegado allí, ni por qué                Madre-Caja me había despertado. No era mi turno, ni él estaba... bueno, muerto. De alguna manera se había cometido un error, un tremendo error que ya no tenía solución. El era muy anciano cuando desperté y quizás estuvimos juntos un año, no lo sé, es difícil llevar el curso de los días aquí. No fue una época fácil, había estado mucho tiempo solo y ya no estaba acostumbrado a tratar con otros seres humanos. Cuando falleció me asusté, no sabía lo que iba a pasar,  tuve miedo y me refugié aquí. Es mi lugar favorito de la nave, yo fui una de los conservacionistas que insistió en llevarnos con nosotros algunos animales y plantas, así que era casi mi destino terminar viviendo en el Jardín, aunque creo que ahora mismo tendríamos que cambiarle el nombre, porque jardín, lo que se dice un jardín ya no es... Pero, bueno, el caso es que  no sabía como establecer un primer contacto, como ibas a reaccionar o que tipo de persona eras. Te he estado observando, esperando el momento adecuado”. El la dejó hablar durante un buen rato más pero, en realidad, no la estaba escuchando. Todo era mentira, por supuesto, no hacía falta ser un tipo muy listo para deducir que su historia no se sostenía por ningún lado. Madre-Caja no cometía errores. Punto. Sin duda alguna conocer la verdad era importante, todo dependía de él, no podía permitirse ser condescendiente con la fantasía que le estaba contando esa mujer, la seguridad de la misión estaba en juego, el nuevo hogar de la humanidad, las arcas, 55 millones de seres humanos. Pero no podía dejar de mirarla y sentía como ese aroma tan especial que parecía brotar, como una leve capa de rocío, de su piel blanca, lo envolvía en silencio, haciendo enmudecer las voces de su conciencia.
Casi, sin darse cuenta, se encontraron viviendo juntos en el Jardín. En las primeras semanas de su relación, él todavía atendía, con disciplina y serenidad, sus obligaciones pero, conforme pasaban los días, Alicia, que se sentía incómoda, casi enferma, en esa parte de la nave, lo atraía más hacia su terreno, alejándolo del orden mecánico de la “ALBION” para llevarlo al caos del  bosque. Y él no podía, no quería, oponer resistencia. De alguna manera sentía que había estado perdido y que Alicia lo había salvado, que sin ella habría muerto, aunque hubiera fingido seguir respirando o jugando al ajedrez o simplemente pensando, nada podría haber disfrazado su muerte en vida. Pensó que  estaba siendo afortunado, que, posiblemente, ninguno de los otros centinelas que lo habían precedido había conseguido evitar la soledad que implicaba su cargo. ¿Cuántos se habrían vuelto locos? ¿Cuántos habrían tomado la decisión de acabar rápidamente con todo? Suponía que  más de los que se imaginaba. Pero él había conseguido evitar ese destino. Fueron buenos tiempos, desde luego. Y se terminaron muy pronto.
De vez en cuando, veía algo el rostro de Alicia, una expresión tan fugaz que parecía que nunca hubiera estado allí. Pero él era muy consciente de que había existido, de que una mujer diferente lo había mirado durante un segundo, alguien a quien no conocía y a la que, por alguna razón, temía. Y eso provocaba que las dudas, la desconfianza, volvieran como águilas dispuestas a devorar sus entrañas. Cuando le preguntaba por su relación con el otro centinela, ella se encerraba en un silencio hosco, casi violento que se extendía durante horas. Era una coraza que sabía que era mejor no intentar penetrar. Esa sensación de misterio no resuelto, unido a su eterno insomnio, provocaban que pasara las noches temiendo que, de alguna manera, las mentiras ocultas terminaran por corromper su paraíso. Sintiendo el cálido cuerpo femenino a su lado, la suave respiración de Alicia mientras dormía, tenía la tentación de olvidarse de todo, de ignorar lo que los hechos se empeñaban en señalarle sin descanso. “Soy feliz, ¿por qué iba a querer cambiar las cosas?”.
Utilizó a Madre-Caja para localizar la posición de Alicia. La información sobre el número coincidía con su nombre y sus rasgos físicos y de edad. No sabía lo que estaba buscando en realidad. Suponía era un comienzo tan bueno como cualquier otro para demostrar que a lo mejor estaba equivocado y que ella no le había estado mintiendo. Al fin y al cabo, como mucho encontraría un útero vacío, nada más. Tardó casi siete horas en llegar hasta allí, subiendo y bajando escaleras, recorriendo pasillos que parecían no tener final. Había sido un asesinato. Alguien había hecho, con un punzón, un agujero en el cristal, que se había roto formando pequeñas telarañas. Era un agujero muy pequeño y, sin embargo, había sido suficiente para provocar el desastre. El cuerpo aún se conservaba relativamente bien, con la piel ennegrecida y momificada, los ojos convertidos en dos fríos soles de color blanco. Mechones de pelo negro cubrían desordenados y escasos el cráneo casi desnudo de la mujer. En el brazo tenía un número tatuado. No le hizo falta mirarlo para saber cuál era. “Jodidos números, nada puede borrarlos”, pensó mientras sentía como todo se desmoronaba a su alrededor.
Volvió al Jardín. Por el camino había estado pensando en el crimen, quién lo podía haber hecho y por qué. Pensó que, quizás, el viejo centinela había sucumbido a la locura y la desesperación. Se lo imaginó tomando la decisión de despertar a una compañera, eligiendo a una chica guapa que alejara el dolor y la frustración, que hiciera que la soledad solo fuera un mal recuerdo. Lo había hecho a las malas, rompiendo el cristal, esperando que Madre-Caja detectaría a tiempo la brecha y que, para salvar al durmiente, empezaría los procesos del despertar. Pero nada había sucedido como estaba planeado y ella, su futura compañera, había muerto en su arca, sin llegar a darse cuenta de lo que estaba pasando. Eso era lo que había sucedido, misterio resuelto o, al menos, era la respuesta más lógica a sus preguntas excepto por un pequeño detalle. Alicia estaba viva. Y a la vez era un cadáver encerrado en su arca. Nada tenía sentido.
La encontró trabajando junto al lago, cortando unas hierbas, preparando una infusión. El aire olía a flores calcinadas. Se sentó junto a ella. Alicia le sonrió y le dijo, “Bebe”. El no dudó y apuró hasta las heces el vaso que se le ofrecía. Después se sintió cansado, buscó un árbol y cerró los ojos buscando sin éxito el sueño que nunca llegaba. Cuando los volvió a abrir, sintió el cuerpo de Alicia junto al suyo. Lo tocó, levemente, con la punta de los dedos y notó lo gélida que estaba su piel, nunca se había dado cuenta de lo fría que siempre parecía estar. Buscando una seguridad que ya no podía sentir, recostó la cabeza en sus rodillas y la miró a los ojos. “Ya lo has visto”, le dijo ella, más una respuesta que una pregunta. “¿Quién eres?”. “¿No es obvio?”, le contestó mientras le alborotaba el pelo con sus dedos de hielo, “soy el fantasma de la mujer a la que asesinaste, ¿no te acuerdas? Supongo que no, nunca lo haces. A veces, también soy la madre de tus hijos, la anciana que te sostiene la mano mientras exhalas tu último aliento, soy tu vida, soy lo que más odias en este mundo, soy tu luz y tu oscuridad, soy quien debo ser. ¿Por qué nunca puedes dejar las cosas como están? Cerrar los ojos, no escuchar lo que te dicen las voces, no puede ser tan difícil. Al final, más tarde o más temprano, con la excusa de buscar la verdad, siempre tienes que estropearlo. ¿Te has parado a pensar lo mucho que me duele todo esto? No saber como reaccionaras esta vez, si serás violento o comprensivo o simplemente acabarás derrumbándote. Y, como en una maldición, otra vez te quedaras dormido y, un día, volverás a despertar y yo te esperaré y todo volverá a empezar desde el principio” “Tengo sueño”, dijo él sin poder evitar que sus ojos se fueran cerrando lentamente. “Por supuesto, mi amor”, susurró Alicia, “así es como funciona el mundo”.
Cada año, los alumnos que terminan sexto visitan el Museo del Arca. Por sus salas abarrotadas pueden ver como fue el viaje de sus antepasados, de los Ancianos, como respetuosamente los llaman en sus oraciones, la trayectoria que siguió la nave a través del infinito hasta llegar a la tierra prometida. Pueden recorrer los pasillos de la “Géminis” y ver una recreación virtual de la Madre-Caja original. Pero todas estas maravillas palidecen ante las dos salas principales del museo. Una es la mesa de piedra donde los nombres grabados de los capitanes son recitados con veneración y piedad. La otra, es la sala de los Ancianos. La profesora lleva a la clase hasta allí, tratando de que ningún alumno se pierda por el camino y cuando los tiene a todos reunidos, los coloca en círculo rodeando a los noventa y dos seres humanos que nunca despertaron. De repente, la algarabía infantil se termina y los niños miran en silencio las arcas y lo que contienen. Una de las niñas pregunta con timidez si algún día despertaran los Ancianos.  La maestra no puede evitar esbozar una leve sonrisa y pensar que ella hizo la misma pregunta hace muchos años. “Quizás algún día, eso esperamos. Mientras tanto siguen dormidos”. “¿Y sueñan?”, pregunta otra niña. “Seguro que sí”, responde sin dudar para tranquilizarlos. “Todos soñamos cuando estamos dormidos. Y estoy segura de que los ancianos tienen sueños muy agradables. Y ahora vamonos hay otros sitios que visitar en el museo y se está haciendo tarde. Coged la mano de vuestro compañero más cercano y salid de la sala en orden y en silencio”.
Y en un lugar muy lejano, el número 54321 despierta y maldice su mala suerte. Pensaba que con ese número nunca le iba a tocar. Hay un bisturí en una mesa, junto a la camilla.

Por: David Calvo Sanz

Y además...

36.jpg

Últimas reviews

Listas y Tops

C/ Celso Emilio Ferreiro, 2 - 4°D
36600 Vilagarcía de Arousa
Pontevedra (España)

Redacción: 653.378.415

[email protected]

SFW Internacional

Copyright © 2005 - 2019 Scifiworld Entertainment - Desarrollo web: Ático I Creativos

Esta web utiliza cookies para mejorar la experiencia de los usuarios. Para conocer el uso que hacemos de las cookies, consulta nuestra Política de cookies..