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Historias Asombrosas: Ad Astra

el  Martes, 01 May 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.

La Estación Espacial Internacional orbitaba gradual y mecánicamente alrededor de la Madre Tierra. Amir, el Piloto, holgazaneaba distraídamente viendo pasar por la Cabina de Control variedad de objetos que fluctuaban erráticos. Un reloj de arena cristalina, negra y blanca, ingrávida, se cruzó en el campo de visión de Amir. Lo empujó suavemente con un dedo; el reloj se alejó con la misma lentitud de movimientos que Amir empleara para realizar su gesto. Sonriente, el Piloto miró de reojo el Panel de Mandos y su rostro perdió todo atisbo de felicidad. Nada en absoluto había cambiado en los últimos tres días; ninguna señal procedente de cualquier rincón de la Tierra. Abandonados a su suerte, ese era el comentario más extendido entre la Tripulación de la E.E.I.
    La Teniente Munchaccedía a la cabina por la escotilla sobre la cabeza de Amir, entrando con los pies por delante. Amir aparcó sus juegos cuadrándose al mismo ritmo acompasado al que un astronauta podía llegar a moverse en Gravedad Cero: muy, muy despacio.
     ―¿Novedades? ―curioseó más que ordenó la Teniente Munch contemplando distraídamente los datos que escupían las computadoras.
    ―Estática, igual que ayer e igual que hace setenta y dos horas.
     Amir borró su habitual sonrisa al descomponerse el rostro de su superior en cuestión de segundos. Un destelló a su espalda brilló en los ojos de Munch. “¡Dios!”, exclamó la Teniente. En el panel de mandos principal, las computadoras de medición se habían activado enloquecedoramente. Amir desvió su atención hacia la ventana orientada a la Tierra. Quedó subyugado por más que pretendiese lo contrario. “Necios”, pronunció la Teniente a su espalda. Una hecatombe nuclear se sucedía por los Continentes sin que nadie pudiera hacer absolutamente nada para detener la agónica destrucción del Planeta.
    Lo irracional de la situación mantenía a Amir y Munch arrimados a la visión de aquel infierno mientras sus cuerpos, carentes de la gravedad, se estremecían una y otra vez.
    Lágrimas  ―su inevitable descenso por las mejillas―, se alejaban pausadamente de los azules ojos de Amir, chocando, a cámara lenta, contra objetos a la deriva. Ante la perplejidad del cataclismo, llorar era lo único que podían hacer Amir y Munch. Millones de personas, ecosistemas, la Vida en sí… El Planeta devastado por la avaricia de unos y la locura de otros.
    Hombre y Mujer fueron conscientes de una realidad ineludible que se acrecentaba en sus pensamientos: “Estamos solos”.
    Para Amir, los crujidos que se ocasionaban habitualmente en la Estación Espacial se trasformaban ahora en los lamentos que él no era capaz de pronunciar; se estremeció ante la idea de que nadie podría oír sus gritos en el Espacio. Con el Tiempo, esa certeza se volvería locura. Que en el Cosmos reinaba el silencio era una gran mentira comprobada sobradamente por la Tripulación durante el largo periodo de Misión Espacial. En aquel día, el réquiem de la Tierra se fue transformando en la antesala a una compleja pregunta que tomaba forma en la mente de Amir: “¿Qué será de nosotros?”. Las exclamaciones desgarradas de sus compañeros comenzaron a llegarles; eran partícipes de su infinito dolor.
     ―Lo han hecho… ―dijo la Teniente con un nudo en la garganta.
     ―Estamos solos ―fue cuanto se atrevió a decir Amir.
    ―¿Qué vamos a hacer? ―La pregunta retórica de Munch no obtuvo respuesta de su Piloto.
    Detonaciones, más enérgicas que las nucleares, colapsaron la atención de Astronauta y Teniente. Ambos abrieron los ojos de par en par. Las vistas más allá de la ventana. La Tierra se partía como arcilla. Franjas zigzagueantes atravesaban el Globo. Los cimientos del Planeta Azul se hundían.
     ―¡Resistir y Continuar! ―aulló Amir, al pronto, con determinación.
    No lo pensó. Tecleó en el ordenador central. Lo poseía el instinto más arraigado en el ser Humano: Supervivencia. Más tarde, cuando todo fue un ingrato recuerdo, sería una anécdota inolvidable con regusto agridulce. El resto de Tripulantes apareció en el compartimiento. Ningún compañero preguntó ni a Amir ni a la Teniente, que había comprendido la actitud del Piloto y ayudaba con el Panel de Mandos; el resto de integrantes del la Estación Espacial adivinó sus intenciones. Al instante, un mensaje colapsó el monitor principal del panel de mandos: “PROPULSORES ACTIVADOS. CARGA 100%”. Amir se impulsó hasta un pequeño armario en un lateral. La palabra EMERGENCIA estampada. Tomó varios sobres lacrados. Los abrió a la desesperada sin necesidad de consultar a Munch. Mientras, la Tierra se deshacía. De un sobre extrajo una llave. “Perfecto”. Amir la introdujo en una tapa de plástico a la derecha del teclado. Levantó la tapa. Miró un breve instante a la Teniente Munch, ésta afirmó con la cabeza, tenía permiso. Amir mantuvo el temple firme sobre un pulsador rojo en forma de hongo. Esperó. Nervios. Tensión en la cabina. Los Tripulantes empezaron a agarrarse a cualquier sujeción. Amir miró al frente. Desesperación. La Tierra sangraba lava por sus heridas. Trozos gigantescos de masa terráquea se despegaron. Otros se replegaron, succionados, hacia el núcleo del Planeta. “Ahí va nuestro hogar”. Y entonces, Amir apreció la primera onda expansiva de la implosión antes de que llegara hasta la Estación. No titubeó. Golpeó el hongo rojo.
     ―¡Vamos! ―rugió―. ¡No me falles ahora, vieja lata!
    Un terrible latigazo, multiplicado por mil gracias a la onda, expulsó de la órbita a la Estación Espacial a velocidad imposible. Dejaron a un lado la Luna, Marte, el Cinturón de Asteroides… Alejándose, los Miembros de la Tripulación pudieron contemplar el fin del Paraíso. Y un terror silencioso, viscoso y cósmico, se fue adueñando de sus almas. Devorándolos con lentitud cancerígena ante una única certeza, incuestionable y dolorosa: eran los últimos Seres Humanos.
     ―¿Ahora, qué? ―susurró la Teniente Munch avasallada por los acontecimientos.
    Amir, triste, sin dejar de mirar hacia el lejano anillo de materia formado por los restos de la Tierra, fue quién habló:
     ―“Ad astra per aspera”, como diría Séneca, mi Teniente. “Hasta las estrellas mediante el sacrificio”. ―Luego, melancólico, añadió con una amarga media sonrisa y un deje de derrotismo resignado en la voz―: “El Espacio… la Frontera Final”.
     Alguien murmuró una palabra: “Dios…”.

Por: Juan Antonio Oliva Ostos

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