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Historias Asombrosas: Agujero negro de gloria

el  Sábado, 05 May 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.

El cielo no existe: solo las estrellas. Todo lo demás es oscuridad. Se te cuela entre los dientes y por debajo de los párpados. Se desliza entre los cortes que el parabrisas ha dibujado en tu cara. Intentas cerrar los ojos, la boca, las manos abiertas igual que garras, como si todavía sujetaran el volante, pero tu cuerpo no te responde. La carretera está helada y te quema la espalda. Tienes la sensación de que tu piel se ha fundido con el asfalto. Cuando notas que tiran de ti hacia arriba temes dejarla atrás igual que una serpiente. Y eso es justo lo que ocurre.
    Te miras a ti mismo a los ojos desde dos metros de altura. Tres, cuatro. Tu antiguo rostro es un collage de sangre y cristales. Tus viejos brazos y piernas componen una esvástica sobre el suelo con sus nuevas articulaciones. Cinco, seis. El amasijo de metal que fue tu segundo cascarón descansa cerca del primero, con el rosario aún colgando del espejo retrovisor.
Enfrentas tu ascensión sin miedo, casi con naturalidad. Como si siempre lo hubieras sabido y siempre lo hubieras esperado.
    Tu mente está tan clara que tu vida anterior te parece un sueño, y esa lucidez te hace consciente de que todavía sigues interpretándolo todo en términos humanos. Buscando equivalencias para las maravillas del presente entre las percepciones del pasado. Aún crees ver a través de los ojos, y cuando piensas en levantar las manos delante de ellos contemplas una carrera de fuegos que proyectan en el aire la silueta de tus dedos, como si prendieran en los espacios que antes ocupaba tu sangre. Pequeñas llamas azules compitiendo en una pista cerrada con forma de persona. Ahora eres un ser de luz... y no estás solo: la noche es un hervidero de almas en ascensión. Energías liberadas que flotan igual que tú hacia su destino en las estrellas. La dicha que te invade ante esa visión hace que se acelere el circuito de tus venas.
    Atravesáis las nubes, os bañáis en rayos ultravioleta y cruzáis tormentas de meteoros, mientras los vientos ocultos que impulsan vuestro viaje os van acercando a todos en una única columna, una corriente de almas que llena el vacío del espacio con el clamor de su expectación. Observas a tus compañeros más cercanos con una mezcla de timidez y fascinación, e intuyes claramente que así lo están haciendo ellos también. Giras sobre ti mismo para tener una panorámica completa del increíble paisaje que te rodea. La Tierra es un oscuro paquete envuelto a lo lejos en jirones de algodón que apenas dejan ver un atisbo de los misterios que alberga; fútiles y mundanos, en cualquier caso, comparados con los que ahora te esperan.
La Luna se cierne sobre vosotros más llena que nunca. La rodeáis en un suspiro, y la confrontación con su cara oculta parece imprimir un nuevo empuje a vuestra eslabonada marcha. Bordeáis esferas rojas y gigantes anillados, franqueando formaciones de asteroides que parecen estar luchando por un hueco en la distancia, cuando en realidad están separados por millones de kilómetros. Extensiones astronómicas que cada vez os lleva menos tiempo recorrer.
Los cometas que antes os escoltaban ahora no pueden seguir el ritmo de vuestra vertiginosa procesión. Los puntos de luz que aparecen brillando en el horizonte os adelantan convertidos en monstruosos soles rugientes. Las galaxias se amontonan a vuestra espalda igual que semillas de diente de león. Todo se acelera y se concentra en la línea de vuestro avance, como si la realidad se estuviese yendo por el desagüe y la corriente de las almas fuese el manojo de pelos que va en vanguardia. Y ya llegáis al sumidero.
    Un punto de oscuridad, distinguible aun en la negrura del espacio, es la cloaca hacia la que todo se encamina. Una suerte de vibración recorre la corriente de almas y te impele a abandonarla, pero ya ni siquiera puedes controlar tu ángulo de visión. La fuerza que tira de ti también te obliga a mirar. El punto negro se acerca igual que antes los soles y revela un contorno en espiral que nada tiene que ver con el de la galaxia donde descansan tus restos mortales. Gira muy lentamente, absorbiéndolo todo, tragándose la luz del universo sin hacer distinciones entre lo astral y lo divino.
    Lo que sientes al entrar en el agujero se parece al dolor que has conocido en la misma medida que el árbol se parece al recuerdo del sueño de su semilla. Te precipitas por un negativo de la realidad, un estrecho túnel de paredes ondulantes y escabrosas con rebabas que tu mente traduce en todo tipo de instrumentos afilados y punzantes, mientras anhela tener una boca por la que poder gritar hasta apagarse. Pero eso no ocurrirá. El mecanismo de seguridad que te hubiera hecho perder el conocimiento en la Tierra forma parte de la carne que ya empieza a pudrirse en aquella carretera. Así que sigues cayendo la eterna caída, traspasando el sufrimiento a la velocidad de la luz. Infinitamente violado en tu forma angelical. Extasiado ante la revelación de que, cuando buscamos el infierno, miramos en la dirección equivocada.

Por: Andrés Abel

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