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Historias Asombrosas: Domingo

el  Lunes, 07 May 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.

Domingo.
Catorce de Febrero de 2034.
Diez de la mañana.
Calor. Hace mucho calor. Demasiado.
A pesar de todo el tiempo transcurrido, de todos los años que han pasado, aún no estamos acostumbrados a ello. Dudo que lleguemos a acostumbrarnos, más que nada porque probablemente antes de que nos podamos llegar a acostumbrar, la raza humana ya habrá desaparecido.
No soy pesimista, soy realista.
Nadie se lo creía cuando miraban al cielo y veían como día a día el “agujero” se hacia mayor y crecía y crecía. Nadie quería creer que estaba ocurriendo eso, y mucho menos que pudieran ser testigos directos y presenciales de tamaño suceso.
Nadie se lo creía, yo tampoco.


Domingo.
Catorce de Febrero de 2034.
Once de la mañana.
Calor.
La temperatura ha ascendido diez grados en poco más de una hora. La temperatura actual es de treinta y seis grados Célsius. Con un poco de suerte a las tres de la tarde, que suele ser la hora en que se registran las mayores temperaturas, rondaremos los cincuenta y cinco grados. Si no hay suerte, como sucedió el miércoles pasado, se podrían llegar a registrar los setenta grados.
Eso ya no es calor, es un horno.

Domingo.
Catorce de Febrero de 2034.
Doce del mediodía.
Calor. Mucho. Más de lo habitual.
Los termómetros marcan ya los cuarenta y ocho grados. Mal augurio. Es probable que a este paso se batan todos los récords de temperatura.
Parece que estemos condenados. Bueno, no lo parece, ya lo estamos. Hace tiempo, mucho tiempo que estamos condenados.
El futuro quiere escapársenos de las manos, no quiere existir.

Domingo.
Catorce de Febrero de 2034.
Tres de la tarde.
Horno.
Récord.
Los termómetros que han resistido el envite de la temperatura marcan los ochenta y tres grados. Nunca se había vivido aquí en el sur de Europa un calor tan insoportable.
A lo largo de estos años en que las temperaturas han ido aumentando, de forma progresiva primero, y de forma irregular después, la fauna no lo ha podido resistir y han ido cayendo todas las especies, una tras otra, tan solo sobreviven en pequeñisimos zoos artificiales algunos representantes de diversas especies, como si de una segunda arca de Noé, aunque a la inversa, se tratase.
Por lo que respecta a la flora, es totalmente inexistente en el exterior, no existen ni selvas, ni bosques, ni prados, ha desaparecido todo rastro de flora sobre la faz de la tierra, incluso aquellas plantas de desierto tan resistentes, cualquier rastro de flora ha sido borrado, dejando el planeta entero casi desértico. Tan solo han sobrevivido algunas de las plantas de interior, las más resistentes, que a pesar de estar prácticamente extinguidas también, han logrado sobrevivir con la ayuda de la técnica y de sus propietarios.
Por lo que respecta a la raza humana mejor no hablar. Ese orgullo de pertenecer a la humanidad ya no es tal, una población diezmada por los drásticos cambios climáticos que han culminado en una variación de las temperaturas de forma tan brutal, una población mundial que ha decrecido geométricamente, sobretodo en los últimos años, una raza humana que se reconoce como culpable de todo el sufrimiento en que se ve envuelta junto con el resto del planeta, unos seres humanos que se saben al borde la extinción, no pueden estar orgullosos de pertenecer a la humanidad.
Nadie puede estar orgulloso de ser el artífice de su propia autodestrucción.

Domingo.
Catorce de Febrero de 2034.
Cinco de la tarde.
Calor. A pesar de ella se ha iniciado un ligero descenso en la temperatura.
Cincuenta y seis grados son los que refleja el termómetro. Una temperatura exagerada si, pero no para los tiempos que corren. De todos modos esto ocurre aquí, en el sur de Europa.
A las tres y doce minutos en Túnez se llegaba a la friolera, valga la contradicción, de ciento once grados Célsius, mientras que sobre esa misma hora en el desierto del Sahara se había llegado a los ciento cuarenta y siete grados. Con esas temperaturas la arena del desierto ya no es tal, sino que se convierte en cristal, en miles y miles de kilómetros de cristal. Ya no existen desiertos de arena o de sal, ahora solo existen los desiertos de cristal. Tampoco existen montañas propiamente dichas, tan solo son un conjunto más o menos grande de piedras que crujen y estallan bajo las altísimas temperaturas, y provocan que las montañas ya no sean estáticas como años atrás, sino que estén en movimiento constante. Es como si el mundo entero se hubiese convertido en una cantera rodeada de cristales.
Las ciudades que no se han fundido bajo estas temperaturas asfixiantes se muestran vacías, desiertas, el asfalto de las calles no es mas que una gran masa negra, viscosa, ardiente que se confunde con las aceras, que se mezcla con ellas formando conglomerados viscosos de un material ya indefinible que atacan y se mezclan con las construcciones que antaño habían sido tan codiciadas para vivir o trabajar, formando en ocasiones extrañas figuras como esculturas provenientes de una mente enfermiza.
La gente vive atrapada en sus propias viviendas, en sus colmenas, sus nichos de propiedad, siempre que hayan resistido a los cambios de temperatura. Nadie puede ni se atreve a salir a las calles. El transporte en si ya no existe, ni aviones, ni barcos, ni trenes ni autobuses, ni coches ni bicicletas. De hecho serviría de bien poco, nadie iría a visitar las montañas que se rompen por el calor, ni los mares que se desecan, ni los desiertos de cristal, son espectáculos grandiosos, eso es cierto, pero carecen de interés para una población que solo desea sobrevivir como sea, al precio que sea y a costa de quién sea. Solo nos salva de una muerte rápida y segura dos cosas, las redes informáticas sin cable y  los módulos de teletransportación.
Las redes informáticas descableadas nos mantienen en contacto unos con otros y nos permiten seguir estudiando y trabajar en pos de un intento de recuperar una vida mejor. Que se le va a hacer, es uno de los defectos de la raza humana, y es que de ilusión también se vive.
Los módulos de teletransportación son el único medio de transporte posible, aunque hay que tener en cuenta que no todo el mundo dispone del mismo modelo, ya que la mayoría son de fabricación casera, lo que a veces comporta algunas incompatibilidades y fallos en el sistema de transporte, en ocasiones con resultados bastante desagradables. A pesar de los inconvenientes es el único modo de poder transportar cosas, comida, personas y demás, por lo tanto el más usado.

Domingo.
Catorce de Febrero de 2034.
Ocho de la tarde.
Calor.
La temperatura roza los treinta grados, veintinueve para ser exactos. El ambiente es aun opresivo, pero nada que ver con el de las tres de la tarde. Aquí y allá empiezan a caer las primeras tormentas que volverán a llenar los mares, las montañas ya hace un buen rato que no estallan ni se rompen y los desiertos de cristal empiezan a agrietarse peligrosamente.
En pocas horas llegará el frío.

Domingo.
Catorce de Febrero de 2034.
Diez de la noche.
Frío.
Aunque parezca mentira el termómetro señala siete grados, la temperatura ha caído en picado, y seguirá cayendo. En unos pocos minutos estaremos con temperaturas bajo cero y seguirán bajando. Del calor más sofocante habremos pasado al frío más extremo en pocas horas. Los desiertos de cristal que se estaban agrietando, ya se estarán rompiendo bajo el frío glacial convirtiéndose de nuevo en extensiones de miles y miles de kilómetros de arena, que mañana bajo un intenso calor volverán a convertirse en cristal para volver a convertirse de nuevo en arena por la noche. Arena en cristal, cristal en arena, una rutina drástica y brutal, pero rutina al fin y al cabo. Así mismo las montañas se volverán a romper, pero ahora bajo el frío, es por ello que las montañas desaparecen, ya que están todo el día rompiéndose, moviéndose, casi desplazándose, y quedan reducidas a enormes canteras en constante movimiento. Y con los mares casi llenos ya, la gran mayoría de las tormentas de agua se convertirán en ventiscas y tormentas de nieve, y es más que probable que se forme una capa, más o menos ligera de hielo sobre la superficie del mar, llegándose incluso a rehacerse buena parte de los polos árticos y antárticos, que evidentemente volverán a deshacerse bajo el calor del día.
Esta es la definición del devenir del nuevo mundo, cambios constantes, brutales y radicales, pero rutinarios.
Negro porvenir.

Domingo.
Catorce de Febrero de 2034.
Once y treinta de la noche.
Hielo.
La única ventana de mi vivienda que da al exterior está cubierta con una capa de hielo, por lo que no puedo admirar al paisaje nocturno y desolado del exterior. No importa demasiado, no hay nada por ver.
La temperatura exterior es de veinte grados bajo cero. No es mucho frío, el sábado pasado se llego a cincuenta y uno bajo cero, el récord de frío por el momento aquí en el sur de Europa. En los polos se han llegado a alcanzar temperaturas de hasta ciento veinte grados bajo cero, para al día siguiente llegar a los sesenta grados. Todo ello provoca esta gran inestabilidad y zozobra en el mundo. No duraremos demasiado, la raza humana, la humanidad, no durará demasiado.
Por cierto, dios mío, casi lo olvido, hoy es el día de los enamorados, el catorce de febrero es el día de los enamorados. Le escribiré una carta de amor a mi querida, mi amada Laura.
Laura murió hace poco menos de cinco años, atrapada en una fuerte tormenta de nieve que se precipitó de una forma intensa, rápida e inesperada. En esos años aun se podía ir, según como, por las calles de las ciudades, eso si a ciertas horas y con sumo cuidado, aun así, de vez en cuando sucedían accidentes imprevistos y trágicos en su mayoría como el que acabó con la vida de mi adorada Laura. Bueno, en realidad no acabó con su vida, no del todo, solo con la vida de su cuerpo físico. Su mente, su cerebro aún vive. La tienen sus padres en casa, y cuidan de ella como pueden. Lo peor de todo es que no me dejan verla, no me dejan estar con ella, no me dejan amarla. El motivo es sencillo, como ella se dirigía mi casa cuando sucedió el desgraciado accidente, me consideran culpable en gran medida de su estado actual. Ella sabe que no fue mi culpa ni fue de ella, simplemente fue una cuestión de mala suerte, de muy mala suerte, y aunque ella se lo explicado varias veces y ha tratado de que la entendieran, sus padres no han atendido nunca a sus razones, ya sabemos como son los padres.
Así que le escribiré la carta de amor y se la enviaré  por infocorreo directo a su cerebro. Es la única manera en que puedo hablar, establecer comunicación con ella directamente, sin intervención de nadie más, sin que sus padres se enteren. Desafortunadamente no la podemos usar a menudo, supone para ella un gran esfuerzo y cualquier día podría acabar con su vida, aunque ella acepta el reto con agrado e ilusión y me anima que lo utilice sin miedo a perderla, las cosas, dice ella, no serian mucho peor que ahora, sobretodo para ella.
Pero yo sinceramente creo que si que podría ser peor, muchisimo peor. No puedo vivir sin ella.

Lunes.
Quince de Febrero de 2034.
Dos y dos minutos de la madrugada.
He recibido su contestación.
Me quiere. Me quiere mucho.
Yo la quiero a ella. Con todo mi corazón.
Deseo con toda mi alma que pronto algún día todo esto pueda arreglarse y pueda estar junto a ella por lo que nos resta de vida, disfrutar con ella, amarla, sentirme parte de ella, ser un todo los dos juntos.
Pero por el momento solo existe la esperanza y poco más.
Vanas esperanzas.
Vanas esperanzas de salvación.

Por: David Garnacho

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