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Historias Asombrosas: El lado oscuro de la luna

el  Sábado, 28 April 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.
Encontrarse un cadáver no es la cosa más inusual que pueda ocurrir. Tarde o temprano, todo el mundo muere. Y temprano o tarde, el muerto es encontrado por alguien, si es que ese alguien no se encontraba ya al lado del muerto cuando éste aún no había empezado a serlo. Así que hallar un cadáver, si bien no es algo que le ocurra cada día al común de los mortales, tampoco es algo de una remotísima probabilidad. Lo insólito en este caso fueron las particulares circunstancias del evento. El dónde y el cómo Robert Bishop se encontró con un cadáver, completamente muerto y completamente desconocido, en aquella mañana del mes de abril del año 2119. Y es que Robert Bishop estaba a bordo de la Solaris7, una nave de prospección minera interestelar que orbitaba alrededor de Rea, una de las lunas de Saturno, a 1,277,988,900 km de la Tierra, y de la que él era el único tripulante.
Robert Bishop estaba realizando sus ejercicios matutinos de footing (matutinos según el calendario y horario marcianos de la nave, por supuesto) alrededor del fuselaje interno de la Solaris7, gracias a la gravedad artificial que proporcionaba la continua rotación de la nave alrededor de su eje central, cuando se encontró con el cadáver. Estaba allí, en medio del corredor. Era un hombre. Vestía el familiar mono de color grisáceo habitual en los mineros espaciales, con el logotipo de la compañía sobre el lado izquierdo del pecho y la insignia con su rango y nombre en el derecho. Tendido boca arriba, los brazos algo separados del cuerpo, y los ojos abiertos y fijos en la miríada de tubos y cables que cruzaban el techo. Por la entreabierta boca asomaba la punta de una lengua color rojo oscuro.
El inesperado encuentro hizo que Robert Bishop vacilara durante unos instantes en su carrera y casi trastabilló, pero se recuperó con rapidez. Saltó con elegancia por encima del cadáver y continuó con sus ejercicios alrededor del cilindro rotante de la nave.
¡Jodido síndrome de Robinson Crusoe!, murmuró por lo bajo.
Aunque la comunidad médica la conocía como alucinación inducida por aislamiento confinado de larga duración, las ratas del espacio, como les gustaba llamarse a sí mismos a los mineros espaciales, lo llamaban el síndrome de Robinson Crusoe.
Desde la base central en Marte, donde estaba el cuartel general de la compañía dedicada a la explotación minera del Sistema Solar, hasta las lunas de Saturno, suponía para Robert Bishop un viaje de casi dos años. Seis meses más de exploración en las lunas del gigante anillado, buscando nuevos yacimientos, y dos años de vuelta a casa tras aprovechar el impulso gravitacional del gran planeta gaseoso. Una vida de confinamiento en el reducido espacio vital de una nave que surcaba indefensa la enormidad del espacio, con sólo ocasionales y dificultosas conversaciones (más de una hora de intervalo entre cada réplica) con los seres queridos en el planeta madre. Cualquier ser humano que pase todo ese tiempo sin contacto con sus semejantes acaba por sufrir alucinaciones.
A todas las ratas del espacio les ocurre. Tarde o temprano, un amigo imaginario aparece de la nada, materializándose de súbito en la nave, para alivio de la soledad y el aburrimiento. Se trata de una alteración más o menos benigna y por completo reversible. Nada que no se cure con un par de semanas en un centro psiquiátrico y un buen cóctel farmacológico tras la vuelta a casa.
A Robert Bishop le encantaban las historias policíacas de suspense, de esas con crímenes y detectives de sombrero torcido y gris gabardina que se situaban en el lejano siglo XX. Combatía las largas y vacía horas devorando las novelas del género que se encontraban en la base de datos de la nave. Así que su alucinación, en vez del usual amigo imaginario, amistoso y charlatán, se había materializado, por supuesto, en forma de cadáver desconocido y misterioso.
Durante los primeros días intentó ignorarlo, suponía que acabaría por desvanecerse en cualquier momento. Ni siquiera se molestó en preguntar al ordenador central de a bordo. Ya sabía cuál sería la respuesta de la máquina: el único ser humano, vivo o muerto, presente en la Solaris7 era él mismo. Ni tan siquiera mencionó el incidente en el último informe rutinario que mandó a la base de la compañía minera en Fobos City.
El problema fue cuando el cadáver empezó a oler.
Aguantó el hedor todo lo que pudo, pero al fin se decidió. Reprimió una mueca de asco cuando se acercó al muerto. La piel había adquirido un desagradable tono purpúreo. Le empujó el hombro con el pie y pudo sentir la solidez del cuerpo a través del tejido de su bota.
Eso le hizo sentirse tremendamente desconcertado. Se supone que las alucinaciones son incorpóreas, pensó.
Miró al cadáver con el ceño fruncido. El hombre muerto parecía tener una fea herida en la sien derecha. Costras de sangre reseca y negruzca rodeaban la lesión, en cuyo centro se podía apreciar asomando el blanco de los astillados huesos craneales.
Tras unos minutos de cavilación comprendió que para sentir a su alucinación como algo sólido, debía hallarse en una fase muy avanzada del síndrome. Pero Robert Bishop no era un hombre que se dejase amilanar con facilidad. No en vano era uno de los mineros veteranos más avezados de todo el sistema.
Se puso los guantes y el casco del traje espacial que usaba para sus incursiones en el exterior de la nave. Eso lo protegería del asqueroso olor y del aún más desagradable contacto. Envolvió el cadáver con varias piezas de la tela plástica que se utilizaba para la recogida de muestras minerales y lo arrastró hasta el gran congelador de las cocinas. Al salir se fijó en varios bultos grandes, envueltos en plástico, que se encontraban al fondo de la cámara bajo cero. Creía saberse de memoria la lista de víveres a bordo, pero no pudo recordar que había dentro de aquellos alargados paquetes. Se dijo a sí mismo que lo averiguaría más tarde.
Al día siguiente, cuando realizó de nuevo sus ejercicios matutinos, el pasillo estaba vacío. No más encuentros con cadáveres imposibles.
Sonrió muy satisfecho de sí mismo.

***

17 Junio 2120
Prospecciones Mineras Interestelares S.A.
Marte, Fobos City,
INFORME CONFIDENCIAL
Asunto: Incidente Solaris7
Nave: Solaris7, #XPS-147, tipo estándar modificado clase C de exploración minera en el Sistema Exterior. Tripulación usual de seis miembros, tres hombres y tres mujeres, al mando de la capitana e ingeniero astroespacial Jelena Jorensen.  
Resumen del Incidente: El día 9 de Mayo del presente año, la nave Soralis7 fue detectada navegando a la deriva a 6,500 km del borde exterior del Cinturón de Asteroides. Hacía más de un año del último contacto con la nave. Avisadas las autoridades, la policía de la flota interestelar procedió al abordaje de la Solaris7, que no respondió a ninguno de los requerimientos de comunicación realizados. Las unidades de asalto de la policía de la flota procedieron al abordaje según protocolo estándar. En el interior de la nave fueron encontrados los cadáveres congelados de cinco de los seis miembros de la tripulación, con la excepción del joven cocinero de a bordo Robert Bishop. Los cuerpos mostraban signos de violencia. No se encontraron daños estructurales apreciables, ni fallos irreversibles en los sistemas de navegación y soporte vital, aunque se pudo constatar la falta de uno de los trajes espaciales utilizados para reparaciones en el exterior de la nave. El ordenador de a bordo fue precintado electrónicamente por las autoridades policiales a petición del comité ejecutivo de la compañía Prospecciones Mineras Interestelares S.A. La caja negra permanece en las dependencias centrales de la policía de la flota interestelar, en Fobos City, a la espera de su desclasificación.
Conclusión: Información recolectada insuficiente para una determinación precisa de los sucesos ocurridos en la Solaris7. El caso permanece abierto.

Por: Juan Nadie

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