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Historias Asombrosas: El superviviente

el  Sábado, 05 May 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.

El suicidio no era una opción.
Aunque en ocasiones se sintiera tan desesperado como para acercar la pistola láser a su cabeza.
Aunque tuviera que resistir la tentación de apretar el gatillo.
Era un sirviente de la Flota, un soldado del batallón 3000, y sabía que no había mayor acto de cobardía y deshonor.
Pero, ¿y qué honor había en el hecho de arrastrarse para beber el sucio agua de los charcos y cazar repugnantes glimpimks como sustento?
En lo poco que quedaba de su destrozado uniforme podía leerse una sola palabra: Garlick.
Por las noches, se acercaba hasta los restos calcinados de su nave y se sentaba sobre los hierros ennegrecidos a contemplar las lejanas estrellas hasta que el sueño le vencía.
No había nada mejor que hacer.
Otras veces dormía sobre el jergón de hojarasca seca y ramas que había construido apoyado en una plancha metálica del fuselaje.
De día, recorría la escasa y agreste superficie del planetoide en busca de agua, comida o entretenimiento. Rara vez encontraba alguna de las tres cosas.
El paisaje era ante todo rocas y arena rojiza. Algunas plantas parduzcas y achaparradas se amontonaban en ciertas zonas ligeramente más húmedas, como un rebaño temeroso y reseco. Sus frutos eran ásperos y duros, pero Garlick no estaba en posición de poder elegir.
Extrañamente, la atmósfera era respirable. En ocasiones, cuando la desesperación y la soledad atenazaban su ánimo, hubiese deseado que no lo fuera, para poder morir asfixiado y que todo acabase al fin…
Pero no.
Allí seguía, atrapado para siempre en aquella roca perdida en la infinitud del espacio profundo.
Cada cierto tiempo, una tormenta eléctrica azotaba el planetoide, y obligaba a Garlick a refugiarse bajo los restos quemados de su nave. Las lluvias eran entonces tan  torrenciales como breves, pero al menos refrescaban el ambiente y rellenaban los sucios charcos. Atraídos por la humedad, los glimpimks salían de sus madrigueras subterráneas, y Garlick aprovechaba para cazarlos. Pero las criaturas eran escurridizas y sólo atrapaba algunos pocos, que devoraba con ansia y asco, crudos.
Hacía tiempo que había abandonado toda esperanza de ser encontrado.
En un primer momento, pensó que alguien habría captado su transmisión de emergencia, que La Flota enviaría una patrulla de rescate en su busca. Pero ahora, mirando el cielo insondable plagado de estrellas, asumía que nunca volvería a ver su mundo.

Esa noche, Garlick contemplaba el firmamento con el láser en la mano, mientras buscaba razones para no volarse la cabeza. Como tantas otras noches.
Y entonces lo vio.
Al principio no le prestó demasiada atención, pensando que se trataba de la estela de algún cometa errante.
Luego comprendió que se dirigía hacia su posición.
A medida que se acercaba, los contornos de una aeronave se fueron perfilando en la negrura del espacio.
Loco de alegría saltó desde el fuselaje y comenzó a hacer señas.
Entonces vio las llamas y comprendió que no era una misión de rescate.
El piloto trataba de forzar un aterrizaje de emergencia, pero el fuego consumía toda la parte trasera.
Dando bandazos, se precipitó hacia el planetoide con un rugido metálico.
Un segundo más tarde, la nave se estrelló y luego todo quedó en silencio.
Garlick echó a correr hacia el lugar del accidente.
Tras una enorme roca rojiza, una lengua de fuego se elevaba.
Garlick rodeó la roca y se paró en seco, petrificado.
Las llamas mordían los propulsores traseros y el casco estaba seriamente dañado. Aun así, la aeronave había resistido el impacto bastante mejor que la suya.
Porque no se parecía en nada a la suya.
De hecho, no se parecía a nada que Garlick hubiese visto antes. ¿O tal vez sí?
Un recuerdo fugaz lo hizo estremecerse, sin saber muy bien por qué. Se asustó y se escondió tras la piedra, pistola en mano.
Por encima del crepitar de las llamas, Garlick oyó el zumbido siseante de una compuerta al abrirse, luego un forcejeo metálico, y el sonido de un cuerpo posándose en el suelo.
Temblando, Garlick se obligó a mirar.
Una espantosa figura se recortaba contra las llamas. Caminaba erguida sobre las patas traseras, y cubría su cuerpo con un pálido y demencial uniforme. En su espalda, un extraño fusil colgaba como una amenaza de plata.
Garlick parpadeó tres veces, perplejo.
La criatura rescató un curioso artilugio del interior de la nave y lo usó para extinguir el fuego.
Luego arrojó el aparato lejos de sí.
Una escafandra de cristal deformado cubría la cabeza del horrible ser. Con dedos repulsivos, tecleó los botones en su antebrazo. Una luz verdosa parpadeó, seguida de un breve pitido.
El bicho se sacó la escafandra con ambas manos.
Aterrorizado, Garlick se parapetó de nuevo tras la roca.
En su mente comenzó a abrirse paso un viejo recuerdo infantil: tan sólo una imagen, una ilustración antigua en un virtua-libro de cuentos para jóvenes, que algún dibujante fantasioso había diseñado para atemorizar a los chiquillos. Debajo, aparecía el nombre de aquella temible especie, pero hacía tanto tiempo de aquello que Garlick no conseguía recordarlo.
En esas fábulas ya olvidadas, se narraban las crueles hazañas de aquella raza de seres grotescos y depravados, una especie que sembraba la muerte a su paso, saqueando ciudades, esclavizando planetas, destruyendo civilizaciones, extendiéndose como un cáncer, como un virus que infectase la galaxia a golpe de sangre y fuego.
Hasta entonces, Garlick pensaba que no eran más que cuentos de vieja, invenciones para asustar a los críos y hacerles más obedientes. Hacía años, siglos, eones que nadie veía a uno de ellos: no había constancia documental de sus actividades. Ni siquiera de su existencia.
Sin embargo, allí, en aquella inmunda roca abandonada, una nave había aterrizado.
Y el monstruo era real, e iba armado.
La criatura se puso en marcha y Garlick se pegó a la roca, tiritando de miedo. Oyó unas pisadas que se acercaban y tuvo que contener un grito.
El monstruo pasó de largo.
Bajo la luz azulada de las estrellas la bestia caminaba con zancadas antinaturales.
Garlick contuvo el aliento. Se dirigía al lugar donde él, muchas lunas atrás, también se había estrellado.
Dominando el miedo que lo atenazaba, Garlick lo siguió sin hacer ruido, hasta ganar el abrigo de un rebaño de matorrales parduzcos. Despacio, muy despacio, se tumbó en el suelo. La pistola en la mano le temblaba.
Esperó agazapado entre los arbustos mientras el abominable ser inspeccionaba los restos de su nave calcinada.
La bestia emitió un gruñido asqueroso, nasal, al descubrir el camastro entre el fuselaje. Luego volvió la cabeza.
Una voz distorsionada y espeluznante gritó en algún tenebroso idioma alienígena.
Garlick apretó el arma con fuerza.
La criatura se movía en su dirección.
Coraje. Valor. Disciplina.
Aunque se sintiera como un chiquillo otra vez, atrapado en una mala pesadilla, en un cuento de terror olvidado.
Aunque tuviese delante al monstruo de las antiguas leyendas.
Era un soldado. Moriría luchando.
Cualquier cosa era mejor que pudrirse en aquella roca perdida en el espacio sideral.
Los pasos se acercaron.
Con un grito de guerra y desesperación, Garlick salió de entre los arbustos y le disparó a bocajarro. El fogonazo del láser acertó en mitad del pecho, la bestia salió despedida hacia atrás y cayó con un ruido sordo.
Jadeante, Garlick se acercó con cautela para examinar el cadáver chamuscado y tirado en el suelo. Dos ojos horrendos y sin vida lo contemplaban. La boca era horrible, y había quedado congelada en un rictus grotesco. Una maraña de pelo cubría su cabeza y buena parte de su repulsivo rostro. No había en aquel espécimen nada armónico, ni siquiera tolerable a la vista.
A su mente acudió de nuevo aquella imagen infantil, aquel antiguo dibujo donde se veía a uno de esos seres crueles, terribles y repugnantes que de joven tanto le habían atemorizado.
Y ahora él había matado a uno de ellos.
Garlick Ozm Rhagar, sirviente de La Flota Lizardiana, soldado del batallón 3000 de la Legión Nigma, desenrolló su cola escamada y sus tres ojos parpadearon con orgullo.
Por fin se acordaba.
A esa raza, a ese monstruo, lo llamaban el Hombre.


Madrid, marzo de 2012

Por: Francisco José López Sánchez

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